Religiosos

Silvia Maribel Arriola, la mujer de la sonrisa, se hizo religiosa para servir a las mayorías pobres y necesitadas de su país. Como su pueblo estaba en un momento de guerra, decidió ayudar como enfermera en los hospitales de las áreas más atacadas. 

Silvia es menuda y frágil de apariencia, pero fuerte como para aportar la solución arriesgada en situaciones limite, como al optar por acompañar, como enfermera, al Ejército de Liberación Farabundo Martí, en el Frente Occidental Feliciano Ama, también como al entregar su vida por la liberación de su pueblo.

Silvia tenía 30 años de edad cuando fue asesinada por el ejército salvadoreño, el día 17 de enero de 1981, junto con otros compañeros enfermeras y médicos del campamento donde se encontraban.

La comunidad religiosa a la que pertenece nace de las comunidades de bases de San Salvador y es aprobada canónicamente por Monseñor Romero, con el nombre de Religiosas para el Pueblo.

Silvia, fue secretaria por muchos años de Monseñor Romero, ante quien hace sus votos religiosos, amiga de todos, animadora de comunidades, enfermera en un campamento guerrillero, cumple hasta el fin sus promesa de fidelidad al pueblo, dando testimonio de la Buena Noticia a los pobres. Murió con el pueblo y resucitará con él.

Oración de Silvia:

" Prometo serle fiel al Señor:
en la salud y en la enfermedad
en la juventud y en la vejez
en la tranquilidad y en la persecución
en las alegrías y en la tristeza
en su encarnación entre los más pobres
siendo pobre y solidaria con ellos en su lubha por los demás… "

Silvia nació el 20 de marzo de 1951 en el departamento de Santa Ana, hija de Jorge Arriola y Angelina Marroquín de Arriola, fue la primera hija entre cuatro hermanos (un hombre y tres mujeres).

A los 15 años descubre su vocación religiosa e ingresa a la Congregación de Hermanas Guadalupanas. Sus padres no estaban de acuerdo y decidieron retírale del convento; pero al ver su necedad, optaron por permitir su regreso al convento. Silvia permaneció ocho años con las Hermanas Guadalupanas. En ese tiempo estudió enfermería en México, compartiendo con personas enfermas y mucha gente necesitada.

Regresó a El Salvador para profesar sus votos perpetuos. Así mismo acompañó a una de sus hermanas que estudiaba Sociología, para hacer una encuesta en el tugurio de Tutunichapa. Silvia conoció allí a un grupo de mujeres de las Comunidades Eclesiales de Base, en el que pidió quedarse en la reunión y al final de la sesión conoció a Nohemí, hermana de la Pequeña Comunidad, con quien converso sobre las experiencias comunitarias –religiosa nacida de las Comunidades Eclesiales de Base y se entusiasmó por esa novedad.

Silvia, aun siendo religiosa Guadalupana, continuó visitando la comunidad marginal de Tutunichapa, en San Salvador. En poco tiempo asimiló la mística de las Comunidades Eclesiales de Base y se incorporó a visitar y vivir el espíritu comunitario. Un día Silvia recibió una carta de la hermana superiora de la Congregación donde se le exigía decidir entre las Comunidades Eclesiales de Base y la Congregación.

Por ello, Silvia decidió salir de la Congregación de Religiosas Guadalupanas y se incorporó a la experiencia de vida religiosa de la Pequeña Comunidad. El 25 de agosto de 1975 todas celebraron la incorporación de una hermana más en la vida comunitaria. “Nosotras no dudamos frente al planteamiento de incorporarse a la comunidad. Al contrario, celebramos como cipotas su integración. Silvia era una persona con grandes valores. Puso en la vida de la comunidad su espíritu, su mística y su opción para con los seres humanos. ¡Eso le encantó tanto a la gente!” (María Isabel).

Silvia vivió y compartió cinco años y medio en la Pequeña Comunidad. María Isabel Figueroa trabajaba en el archivo del arzobispado con Monseñor Luis Chávez y González. Con la llegada de Monseñor Romero en 1976, María Isabel fue trasladada como secretaria. A través de Isabel, Silvia llega a trabajar también como secretaria de Monseñor Romero. Trabajaban medio tiempo: leían y resumían la correspondencia, redactaban y archivaban. En el otro medio tiempo, Silvia animaba hasta altas horas de la noche a las Comunidades de Base en San Roque (Plan del Pito) y Cuscatancingo.

“Silvia tuvo una especial atención para los jóvenes y el acompañamiento al movimiento político. Con su forma de ser selló a cada persona, respetando su individualidad y potenciando sus capacidades” (Carmen Elena). Durante esa época de persecución, muchos de esos jóvenes se comprometieron con su vida por los cambios sociales. Ahora son parte de la lista de mártires. Otros asumieron compromisos de liderazgo en la formación y la continuidad de las Comunidades Eclesiales de Base.

Silvia fue conocida. “La mujer de la sonrisa”, Con ello, se hizo religiosa para servir a las mayorías pobres y necesitadas de su país, es menuda, frágil de apariencia, pero fuerte como para aportar la solución arriesgada en situaciones limite, como al optar por acompañar, como enfermera, al Ejército de Liberación Farabundo Martí, en el Frente Occidental “Feliciano Ama”. También como al entregar su vida por la liberación de su pueblo. Silvia de 30 años de edad, fue asesinada por el ejército, el día 17 de enero de 1981, junto otros compañeros enfermeras y médicos del campamento. La comunidad religiosa a la que pertenece nace de las comunidades de bases de San Salvador y es aprobada canónicamente por Monseñor Romero, con el nombre de “Religiosas para el Pueblo”. Silvia, amiga de todos, animadora de comunidades, enfermera en un campamento guerrillero, cumple hasta el fin sus promesa de fidelidad al pueblo, dando testimonio de la Buena Noticia a los pobres. Murió con el pueblo y resucitará con él.

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