Religiosos

El día 24 de abril de 1985, fue asesinada Laura López, catequista de Guazapa. Felipa de Jesús Pascacio Hernández “Laura López” nació en el seno de una familia humilde, era la cuarta de siete hermanos. Estudió hasta tercer grado. Muy joven, a los dieciséis años, contrajo matrimonio religioso con Genaro Antonio Hernández, de quien quedó viuda con cinco hijos: tres niñas y dos niños, a quienes supo educar muy bien. Laura contaba que no quería todavía casarse porque su deseo era el de seguir estudiando; pero su mamá, debido a la pobreza en que vivían, no podía costear sus estudios y prácticamente, la obligó a que se casara con Genaro. Su esposo murió durante la guerra al caminar sobre una mina, al igual que su hijo José Pedro. Laura para educar a sus hijos, como nos relata su hija Celina, tenía de todo un poco: era cariñosa pero también era estricta. Les hablaba con claridad de la realidad que estaban viviendo y de la posibilidad de que ella podía morir en cualquier momento y que ellos, aunque pequeños, no podían permitirse ser débiles: tenían que ser fuertes para sobrevivir. Pero también les daba la oportunidad de decidir por si mismos: “No porque sean de corta edad no significa que no puedan pensar”, les decía. Además les enseñó a ser económicos, a que guardaran para el día siguiente porque no sabían que podría pasar. Invitaba a sus hijos a rezar todas las noches, pero también les recordaba: “hay que estar preparados, hay que estar en gracia con Dios, porque la muerte viene como un ladrón”. Era una mujer llena de esperanza. Le gustaba la oración a la Virgen del Carmen, la oración del Magníficat: oraciones que había aprendido desde joven, siendo catequista. En ocasiones Laura practicaba su oración personal, se iba solita, apartada de su casa a orar y le pedía a Dios por todos los que estaban en peligro de morirse.

El comienzo de su trabajo pastoral:

La relación de Laura con su esposo Genaro en un principio no fue muy buena porque él tenía el vicio de la bebida, pero siempre fue responsable con el mantenimiento del hogar. Sin embargo se dio un cambio en la vida de Genaro cuando, en el mes de Enero de 1977, el Párroco de Guazapa, el P. José Luis Ortega S.J. decidió llevar a cabo una misión por todos los cantones del municipio incluyendo el cantón de San Gerónimo, donde vivía la familia de Laura. La misión fue asesorada por el padre Rutilio Grande y colaboraron unas Hermanas Carmelitas que vivían en el pueblo. Allí se dio la conversión de su esposo Genaro. Al final de la misión, la comunidad eligió cinco coordinadores, entre ellos estaba Laura y su esposo. Él se convirtió en un hombre comprometido con Dios y con la misión evangelizadora, un hombre ejemplar y muy querido en la comunidad. Juntos llegaban a las formaciones que se impartían en la parroquia, donde recibían la preparación para el tema que irían a desarrollar en las comunidades. Trabajaban incansablemente en la catequesis, la liturgia y en los grupos bíblicos, pero la que tenía más responsabilidades era Laura. Cuando le preguntaban si no tenía miedo de predicar, decía: “para morir hemos nacido”. Laura se reunía todas las noches con diferentes grupitos e iba naciendo la pastoral social que no se logró cuajar por la represión. Al final estaban ya decidiendo construir un templo más grande, porque en la ermita ya no cabía la gente cuando se reunían para las asambleas. Decía: “No seamos indiferentes para con las necesidades de nuestros vecinos. Debemos aprender a compartir lo que tenemos”. Cuando alguien iba a buscar algo a su casa y ella lo tenía, considerando la necesidad de aquella persona, se lo daba. Le gustaba participar en los trabajos de la comunidad, sobre todo en trabajos colectivos; aunque no tuviera suficiente tiempo disponible, se las arreglaba para colaborar en las noches. Muchas veces tuvo que llevar gente al hospital y a la Unidad de Salud de Aguilares.

Laura toma una decisión arriesgada:

Una vez Laura le preguntó a Ana, una hermana carmelita, como se podía corresponder al clamor de justicia de la gente. “¿Hasta qué punto tenemos que entregarnos?”. Ana se asustó por la pregunta de Laura porque percibió que ya había dado una respuesta de entrega sin límites. En el cantón de San Gerónimo, donde Genaro y Laura vivían, estaban sacando familias enteras para matarlas, ellos estaban en la lista de los buscados por los militares. La hermana Ana cuenta que era un momento muy delicado, en el que se tenía que decidir como cristianos y cristianas su papel. Las carmelitas no podían decirles qué hacer, si irse del lugar o quedarse. Les dijeron: “Pónganse ustedes en discernimiento, que el Espíritu de Dios les ilumine cual sea lo mejor”.

Tenían dos alternativas: irse a un refugio o a la montaña. Genaro y Laura estudiaron todos los pros y contras. Las carmelitas les dijeron: “Acuérdense que tienen sus hijos chiquitos, ¿cómo van a andar ustedes guindeando allá con las criaturas? A sus hijos Laura los exhortó: “Yo les aconsejo que se queden acá, pero si ustedes quieren irse está bien, pero yo ya les di mi consejo”. Pero al final Genaro y Laura decidieron irse al cerro acompañados de sus hijos, porque se dijeron: “¿Bueno, ¿en un refugio que vamos hacer? Estar allí amontonados, ¿cuál será nuestro trabajo? Creemos que allá podemos servir más de apoyo a la gente”. Era el año 1979 cuando tomaron la decisión de irse. Genaro se fue once días antes. Después le siguió Laura con los hijos. La hermana Ana evaluó el costo de la decisión de Laura mientras la vio partir ese día con sus pequeños hijos, arrastrando sus pertenencias hacia arriba, al lado de una montaña. “Ella se llevó a sus tres hijas y a sus dos hijos. Eran tan pequeños. Dejó su casa, sus animales, sus granos básicos. Sólo se llevó lo que podía cargar para recorrer el largo camino. Se llevó al más pequeño de sus hijos en brazos y caminó en un terreno angosto y peligroso”. “Había sufrimiento”, dice Ana. “Ella estaba muy sola. Algunos de sus compañeros no entendían su cristiandad. Unas de las cosas que le dolía era que sus propios hermanos decían que, si la veían, ellos la matarían”. (Dos de sus hermanos eran miembros de los escuadrones de la muerte).

La párroco de Guazapa:

Empezó a trabajar en las comunidades de Platanares y luego en la comunidad de Consolación, Suchitoto entre otras. La palabra que predicaba era la Palabra de Dios, ante la cual se sentía indigna. La gente llamaba a Laura López su párroco porque ella era todo lo que tenían. Ningún sacerdote, durante años, había bautizado a un bebé, bendecido una boda, o celebrado la Eucaristía en el volcán de Guazapa. Ningún sacerdote se atrevía a hacerlo. Los militares salvadoreños consideraban a Guazapa el refugio de la guerrilla, el lugar donde la gente la alimentaba; así que la gente era el blanco de ataques. Laura era el párroco de Guazapa porque se rehusaba a abandonar a la gente hasta en los momentos en los que los bombardeos hacían huir a muchos otros. Laura viajaba de un cantón a otro, encontrándose con las comunidades cristianas de base y animándolas como lo hizo Pablo con las primeras Iglesias, recordándoles que si ellos eran perseguidos por el bien de la gente deberían considerarse afortunados por ese amor, por ese coraje.

Ella dijo una vez que el Buen Pastor nunca abandonaba a las ovejas y que se quedaría en Guazapa predicando el evangelio aunque sólo quedara una persona en el lugar. El único símbolo de su autoridad era un bolsón que cargaba sobre sus espaldas. En él, llevaba alcohol para las heridas, hostias para el alma, y dinero para los que no tenían qué comer.

En Guazapa, llegó a ser coordinadora de la CONIP, organización surgida en 1983 como agrupación de laicos bajo la dirección del Padre Rutilio Sánchez. De la CONIP surgieron varios equipos que organizaban actividades para la Iglesia, entre ellas la catequesis de niños y charlas pre-bautismales.

Las celebraciones dominicales:

Sus celebraciones del día domingo, eran iguales al de cualquier parroquia la única diferencia era que ella no daba la comunión. Para esto ella se ayudaba del material que le mandaban del Arzobispado y que le ayudaba a trabajar con las comunidades. Solía decir que los domingos eran para escuchar la Palabra de Dios.

Como parte de su mensaje en las celebraciones de la Palabra, luego de las lecturas de la Palabra de Dios, invitaba a las demás personas a participar, y ella iba dando las ideas centrales de la lectura. En tiempos tranquilos se hacían grupos de trabajo. Se pasaba a plenarias y luego ella hacía una conclusión de lo reflexionado. Como parte de la celebración se hacía la oración de reconciliación, el Padre Nuestro, Ave María, el Credo. También se tenía presente la memoria de los mártires de quienes se leía su biografía cuando se podía. Y la vida de éstos se iluminaba a la luz del Evangelio. Decía que la Palabra de Dios no se puede agarrar solo apegada a la Biblia, que había que aplicarla a la realidad, a lo que vivimos. En un momento le preguntaba a la gente si querían comulgar y cuando la gente decía que si, les decía que esperaran a que terminara la Guerra para que pudieran comulgar.

Aunque anduvieran guindeando varios días a la semana, el domingo siempre celebraba la Palabra de Dios, a la que acudía la gente.

Nos reuníamos toda la tarde a la celebración, a llenarnos del Espíritu Santo, ante los momentos de desánimo por las invasiones de los militares y los bombardeos. Nos confortaba al hablarnos de la Palabra de Dios y al decirnos cómo había sufrido persecución Jesucristo, nos decía que nosotros debíamos sufrir como él sufrió. Al igual decía, que el pueblo de Israel había sufrido en manos de los egipcios, pero que Dios estaba con ellos y los liberó, de igual forma nos libraría a nosotros.

Testimonio de doña María Cleofás de López

Otras celebraciones:

Laura celebraba la Palabra de Dios prácticamente de forma clandestina, en el monte, al igual que la Semana Santa y toda fiesta cristiana. Cuentan que después de una gran “guinda”, ella reunía a su gente para hacer un vía crucis de aquel sufrimiento, ella lo comparaba con el vía crucis de Jesús en el calvario, y hacía las estaciones bien bonitas, en el sentido de que la gente lo entendía muy bien, porque hablaba y sentía como ellos. Un miembro del equipo pastoral de Laura reflexionó sobre su habilidad para calmar a la gente en medio de la crisis: “Durante nuestra celebración del Viernes Santos, los aviones estaban sobrevolando y ella nos dijo: “No corran, hermanos y hermanas. Estamos aquí celebrando la palabra de Dios. No teman”. Sus palabras nos tranquilizaban; toda la gente guardó silencio. Ella dijo, “Esperemos a que el diablo se vaya, para que podamos continuar con nuestra celebración”. Todos hicieron lo que ella nos indicó” Las reflexiones de Laura, grabadas en video durante las liturgias, dan la impresión de que ella sentía que la lucha tenía una dimensión diferente; un reino del espíritu que transforma la injusticia y la brutalidad. “La cruz del martirio ha sido puesta sobre nuestros hombros… nuestro pueblo es atormentado por nuestros enemigos… pero hacemos lo que se debe de hacer. La palabra de Dios tiene que hacerse realidad… nuestro pueblo ha decidido terminar este camino de la cruz, pero el triunfo final está todavía hacia adelante… Nosotros no esperaremos a que gente de otros países nos muestre lo que se debe de hacer. Nosotros somos cristianos y sabemos lo que tenemos que hacer. Pero primero tenemos que sacrificarnos y tomar seriamente esa decisión…... Los primeros en morir son los que tienen fe.”

El Domingo de Ramos hizo una celebración en el cantón Las Delicias, en medio de una situación infernal, pero habló sobre la esperanza, reflexionando sobre la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Laura dijo: “Nos hemos acostumbrado a odiar, a tener miedo. Tenemos que ponerle fin a esta situación. Tenemos que enfrentarnos a nosotros mismos, matar el falso orgullo que existe al interior de nuestra alma, para que surja una nueva persona, para que una nueva civilización pueda ser creada –una civilización cuyo componente principal sea el amor.” En esa misma reflexión de Domingo de Ramos, Laura también habló de la violencia y la no-violencia. “No debemos colocar nuestra confianza estrictamente en las armas, pensando que la pistola es Dios y que la pistola nos dará libertad y justicia”. Haciendo eco a las palabras de Monseñor Romero que indican que “cuando todos los medios pacíficos se han acabado, la gente tiene derecho a defenderse”, Laura añadió, “Si no fuera por los compañeros en armas todos seríamos asesinados aunque tengamos fe…. No podemos mantener una actitud pasiva de cara a esta situación”.

Su trabajo humanitario:

El trabajo de la CONIP era difícil y se hacia bajo bombardeos y ametrallamientos. En tiempo de guerra iba a San Salvador a traer ayuda para los pobres como parte del trabajo de coordinación y pastoral de la CONIP y el Arzobispado. Laura López, junto a otro compañero de quien no se tienen datos, era la autoridad máxima dentro de la organización en Guazapa, era la que tenía más conocimiento e información de las actividades a realizar ya que se encargaba de llevar y pedir información al Arzobispado para las comunidades y viceversa. Cada vez que los aviones zumbaban sobre su cabeza, Laura corría en búsqueda de una cámara o de una grabadora para captar la invasión. Ella enviaba comunicados a la Cruz Roja Internacional y cartas a las Iglesias cristianas y a la prensa internacional, tomando nota cuidadosamente de la cantidad de bombas y de morteros y de cohetes que se lanzaban. También verificaba cuántos campos de sorgo, de maíz y de frijoles eran destruidos; cuántos campos de caña de azúcar se mandaban a quemar; qué familias sufrían pérdidas, la cantidad de compañeros capturados o desaparecidos.

El 08 de marzo de 1985, ella escribió varios comunicados desde un tatú mientras dos bombarderos A-37 sobrevolaban Mirandilla y El Zapote, dejando caer diez bombas. Al día siguiente escribió: “Todos estamos escondidos en un refugio contra bombas porque estamos bien al tanto que sus balas nos están esperando… En este momento, un A-37… se encuentra en los alrededores. Estamos a la orilla del lago. El otro A-37 se dirige a Cinquera para continuar con los bombardeos ahí. Han lanzado dos bombas sobre la comunidad de El Zapote, que han dejado a su paso una nube gigante de humo. Siguen disparando fuego de las ametralladoras… Mientras tanto, otro avión está bombardeando Cinquera. Estamos tratando de defender nuestras vidas, aunque ya no podemos defender nuestras chozas o nuestras pertenencias. Dios no quiere que esto suceda así. Quieren aterrorizarnos pero no vamos a tambalear”.

Laura decía que tanto los miembros de la guerrilla, como los de la Fuerza Armada, no tenían la culpa de lo que hacían sino quienes los guiaban. Ambos eran mandados, tenían sus jefes que los enviaban y debían hacer lo que les decían. Afirmaba que todos debíamos de colaborar, desde el lugar de su propia misión, con la causa de la revolución que veía como un camino de liberación. Por eso era radista y participaba en la cocina. Sin embargo en algún momento Laura tuvo diferencias con algunos miembros del Frente, por su manera franca y sincera de decirles en su cara las verdades. Ella expresaba lo que no estaba bien, porque a ella solo le importaba el bienestar y seguridad de la gente y no le gustaban las injusticias vinieran de donde vinieran; por esta razón a ella ya no la querían ahí y le pidieron que se fuera de la zona. Entonces, las comunidades se plantaron, y les dijeron a la gente del Frente: “La única que ha tenido el valor de decir las cosas bien dichas es ella. Si se va Laura nos vamos todos”. Hasta allí llegó el problema. Entonces ellos dijeron: “Laura se queda”.

La esperanza en la oración:

Acostumbraba hacer oraciones por los que sufrían las injusticias de la guerra. Una vez que Laura se encontraba en la zona de Cinquera, donde hubo una masacre, ella estaba reunida con el Padre Tilo Sánchez y varios catequistas. Ellos se encontraban en lo alto de un cerro y vieron cuando la gente iba caminando por la calle y un avión les tiraba balas, bombas y todo. Entonces Laura comenzó a rezar por ellos, diciendo: “De todas maneras las van a matar, pero hay que rezar por el alma de ellas”. Y fue cuando comenzó a llover, y el padre Tilo dijo: “el cielo está llorando porque es verano y está pringando”. Esa vez murió bastante gente y Laura se decía: “¡Cómo puede ser que nosotros estemos viendo que están matando a la gente y no podamos hacer nada!”. Esto la entristeció bastante y pasó varios días muy mal de salud, de ver que no había podido hacer nada por salvarlos, ya que por causa de la reunión se había apartado de ellos y los había dejado solos “yo tenía que estar allí”, decía. En sus oraciones pedía para que el ejército no viniera a matar ni a destruir. Con la oración se confortaba y apoyaba a las otras personas cuando estaban en guindas. Y la gente pudo experimentar en muchas ocasiones que la oración les salvaba de morir de la persecución y las balas del ejército, ya que éste mataba a todo lo que encontraba a su paso, aún los niños que estaban en el vientre de su madre.

Sus cantos preferidos:

Laura era una persona jovial, alegre y hermosa. Le gustaba la música y todas las mañanas cantaba y cantaba .Le gustaba escuchar la siguiente canción: “Aquí te dejo mi amor este canto”, y la canción: “Cuando más solita estoy”. Le encantaba la música ranchera. También prefería estos cantos: “Mira las manitas del niño, buscando socorro van, y solo en su madre lo encontrarán”; y el que dice: “No es chiche decir adiós” Se ponía nostálgica recordando a su mamá, decía: “Me hace falta mi mamá, yo estoy vieja pero me hace falta mi mamá”, y se preguntaba: “¿A saber que estará haciendo mi viejita?”, mientras desde el cerro dirigía su mirada hacia Aguilares, lugar donde residían sus padres.

Los cantos religiosos que le gustaban eran: “Cristo fue sincero”, “Cristo Libertador” y el “Gloria Salvadoreño”. Un canto que siempre cantaba y lo enseñaba a las comunidades era: “Vamos a escuchar con amor, con amor, vamos a escuchar la Palabra del Señor”, porque expresaba un sentido de unidad y de servicio. Hablaba mucho de Monseñor Romero y le gustaba cantar el corrido dedicado a él. Y al igual que éste, decía que no hay que dejar de decir la verdad. Afirmaba que era un mártir de la Iglesia, que era un hombre inspirado por Dios, que si no hubo respeto hacia él, siendo Obispo, menos lo habría hacia la población. Eran fundamentales para su vida las últimas frases pronunciadas por Monseñor Romero en su última homilía: “... en nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben al cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, cese la represión!!!!”

Sus dichos:

Entre sus dichos, estaban: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Con lo que expresaba que la guerra tenía que terminar algún día. Al momento de escuchar la llegada de un avión, decía: “Ahí viene Satanás, cuando se vaya Satanás iniciamos la celebración, si nos matan que sea por algo, que no nos maten solo por gusto, tampoco nos vamos a dejar y que les sea fácil”. Ante las dificultades decía: “Al mal tiempo buena cara”. Ante las personas que hablaban mal de ella, decía: “No soy monedita de oro para caerle bien a todos”. Otro de sus dichos era cuando le decían: “Que le vaya bien”, ella respondía: “como me va ir bien si no he conseguido lo que busco”

Decía: “Hay que ser mansos como palomas y astutos como serpientes” No le gustaban los pleitos entre miembros de la comunidad, y les decía: “Si andamos en lo mismo tenemos que querernos y no quiero a nadie peleándose, y no me gustan los chambres porque son el peor enemigo que uno puede tener.” Afirmaba que “La juventud es la esperanza del mañana”. Pensaba formar equipos de muchachos y muchachas con buen ejemplo de vida y de esta manera atraer más jóvenes a Cristo. “Los jóvenes –consideraba- son la esperanza, que luchen por una causa justa en vez de morir en una cárcel o estar metidos en vicios”.

Descripción su muerte:

Sabía que podía morir y como toda persona tenía miedo a morir por las armas, por lo que también motivaba a las personas a huir en los operativos, a esconderse. Nunca motivó a las personas a tomar las armas, ni ella las tomó; decía que su arma era la Biblia... “Mi arma es ésta, decía, y con ésta voy a morir”. También afirmaba: “Yo de todo le hago, de enfermera... de todo, menos para tirar bala, allí no, pero yo de todo”. . En ese tiempo muchos catequistas y celebradores enterraban la Biblia, ella nunca lo hizo sino que quiso morir enseñando el Evangelio. Y decía: “No importa morir por mi fe”. Su muerte fue durante uno de los operativos dirigidos por la Fuerza Armada a la población. El día 22 de abril de 1985, ella se encontraba reunida con el equipo de la CONIP, y con todos los coordinadores a escala nacional. Un catequista testificó lo siguiente: Laura estaba muy preocupada, y nos dijo, “no podemos irnos y dejar a la gente aquí, Ya hemos ofrecido nuestras vidas por ellos”. De repente en el Plan de Valle Verde, cantón Consolación, los helicópteros comenzaron a tirar tropa, y de inmediato atacaron la casa de la CONIP, que en esos momentos se encontraba llena de gente. Al comenzar la balacera la gente salió corriendo, buscando donde refugiarse porque no tenían otra salida. En la noche le dijeron a Laura que mejor se metiera en un tatú bajo la tierra. Ella no quiso porque había una señora que llevaba un niño enfermo y le cedió su lugar. Así es que agarró a su hija Celina de trece años, que siempre la acompañaba, y se dirigieron para el plan de Valle Verde, allí en medio de los cañales permanecieron escondidas un día y una noche, aguantando hambre y todo, ya que el ejército andaba en los alrededores buscando a la gente que se había escapado, porque ya habían sacado a muchísimas personas de los tatús. Sucedió que un día por la tarde un hombre salió de uno de los tatús, quizá buscando comida o algo, y los soldados que estaban cerca lo vieron, y el hombre en lugar de correr para otro lado, lo hizo para donde estaba escondida Laura y mucha gente más. Entonces comenzaron a perseguirlo hasta con ayuda del helicóptero, y como el cañal estaba pequeño, detectaron a la gente y comenzaron a balacearlos a todos. Disparaban a diestra y siniestra. La gente corría para todos lados. Y fue entonces que hirieron a Laura, no se sabe si fue el helicóptero o la tropa, pero lo cierto es que la bala le cayó en la espalda.

Los últimos momentos de Laura están descritos en el testimonio textual de su hija Celina Maritza: ««««...Y a ella fue que por acá le cayó la primer bala y le salió sangre y yo le decía: Mire, está sangrando, y me decía: “No, vos seguí caminando”, me decía, o sea que ella en el momento no sentía, o bien que sí, pero la preocupación era que nos podían agarrar y ella dijo que nunca iba a permitir que la agarraran viva. Después le dieron otro en la pierna y yo yendo detrás, ya ella no pudo caminar. Andaba un morral y fue donde me dijo ella: “Tené este morral, no lo dejés por nada del mundo que ando fotos de gente, de... –de la Metro le decía ella a la gente de San Salvador-. Aquí ando fotos de la gente de la metro que se van a comprometer y yo no quiero que los comprometan, así es que agarralo, llevátelo y no me lo vayas a dejar botado por nada del mundo”. Entonces yo lo agarré, pero yo no la quería dejar a ella, pero ella allí tirada, y me dijo: “No, andate, que yo aquí me voy a quedar, me dijo, si me quieren hacer algo, yo los voy a putear para que me maten, pero yo no me dejo que me lleven viva”, me dijo. Fue así donde yo la dejé y me fui con el morral a varias cuadras de allí, porque allí es grandísimo ese plan, y el helicóptero casi había agarrado a toda la gente, a quien no agarraron fueron a un niño y a mí -un niño que estaba herido allí. Ya por la noche los soldados estuvieron allí toda la noche. Yo me llevé ese niño, lo saqué de allí y estuvimos en Corozal dos días escondidos con el niño allí. Ya después nos encontraron la gente y allí fue donde me dijeron a mí: Mirá, ¿donde quedó?, vamos a enterrarla, pero medio enterrada, me dijeron, porque los soldados están cerquita.

Fuimos al Valle Verde a buscarla, y allí hallamos siete personas muertas, otros siete hombres que estaban allí, y más adelantito estaba ella. Entonces... ella medio se enterró, así que posiblemente no esté allí, porque fue medio enterrada porque los soldados estaban bien cerquita. Entonces la gente la enterró porque no sentían bien de que ella quedara botada, entonces dijo la gente: “No, arriesguémonos, vamos los hombres a buscarla y vas vos porque sabés donde está......... »»»» Celina cuenta que al llegar al lugar donde estaba el cuerpo de su madre, era el sábado 27 de abril ella creyó que su madre no estaba muerta, porque tenía los ojos abiertos, estaba agachada con la cabeza recostada en su brazo, estaba bien bonita, y no estaba ni morada ni despedía mal olor, no como los otros cuerpos que estaban cerca que ya estaban en descomposición. Pero al moverla se dieron cuenta que a ella le habían dado un machetazo en la cabeza, decapitándola casi completamente, por un poquito no se desprendía su cabeza del resto del cuerpo. En el morral que Laura entregó a su hija, además de los documentos de la CONIP, iba una grabadora con la cual Laura grababa todito lo que sucedía, el día que llegaba el ejército, la hora en que empezaba el avión a bombardear. Todo, todo lo grababa, incluso allí se encontraban las grabaciones de sus celebraciones de la Palabra. Además de fotografías y el dinero de la comunidad.

El espíritu de Laura vive en las comunidades:

Para las personas que conocieron a Laura López y quienes compartieron con ella y hacían vida el Evangelio, su muerte fue muy dolorosa, pues era una persona muy activa. Era de mucha iniciativa, dinámica, sabía consolar a la gente, siempre tenía el cuidado de cuando iba a San Salvador, traer algunas cosas (dulces sobre todo) para los niños. Al morir ella, decían: “¿Y hoy quién nos va a regalar dulces?” Realmente su presencia física hizo mucha falta, pero su espíritu continuó animando el trabajo de las comunidades con quien ella compartió su vida. Su palabra y su memoria sigue viva en la gente, se le recuerda por decir la verdad y luchar por la justicia. “Era la estrella que iluminaba con la Palabra de Dios y el Santo Rosario”. Enseñó a poner la fe en Dios y no en las armas o el dinero. Para los campesinos del cantón El Barío, Laura todavía vive entre ellos. Su presencia se siente cuando el carao da sus frutos. Un catequista que trabajó con Laura recordó un Viernes Santo en el que Laura preparó el lugar de adoración al sembrar una cruz al pie del carao. “Unos días después de la muerte de Laura, a ese árbol ya no le brotaban las hojas porque estaba a punto de dar frutos. Para nosotros, esto era de alguna forma un misterio. Le dije a la gente que era el fruto de Laura y que teníamos que continuar siguiendo sus pasos”. Incluso hay una comunidad en el cantón Consolación de Suchitoto que lleva su nombre, la comunidad llamada Laura López. He aquí el testimonio del coordinador de la directiva comunal, quien nos expresa las razones de nombrar así a la comunidad: “La motivación que a nosotros nos llevó a ponerle “Comunidad Laura López” a nuestra comunidad, fue eso, queríamos que esta comunidad llevara ese signo espiritual, signo de hermandad, signo de solidaridad. Entonces con ese objetivo le hemos puesto este nombre. Ella era bien motivadora a escuchar la Palabra, animaba al trabajo colectivo, a la solidaridad, al compartir con justicia. Su vida ha sido fértil, pero lo más fértil es esta comunidad, porque su testimonio ha perdurado, ha madurado en la comunidad que hoy lleva su nombre”. “Es hora de seguir adelante, Carmelo. Hay momentos en que el valor de los hombres y de las mujeres debe transformarse en lo que sintió Jesús cuando supo que El iba a morir por la gente.” (Laura López)

Fuente: tomado del libro “testigos del Evangelio, departamento de Cuscatlán”.

Por mi parte, recuerdo a Laura López en las reuniones de coordinación de CONIP que teníamos en la casa de retiros Casa de Piedra en Los Planes de Renderos, también la recuerdo en la Guinda cuando tuvimos que desalojar el Cerro de Guazapa ante la operación Guazapa 10 en febrero de 1983 que lanzó el Ejército. Creo que la última vez que compartimos fue cuando tuvimos otra reunión en 1984 a orillas del mar en el Puerto de La Libertad, recuerdo que en esta reunión, a los dos nos toco estar en la comisión de limpieza; recuerdo su sentido del humor y aún preservo una foto que alguien nos tomo cuando estábamos limpiando platos, me hubiera gustado compartirla, pero no la tengo a la mano. Doy gracias a Dios por habernos dado en Laura López a una Magdalena que supo acompañar a nuestro pueblo en los tiempos más difíciles que le tocó vivir, y pido a Dios me conceda la dignidad de encontrarnos cuando él lo disponga.

Fidel Campos

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