Religiosos

El 11 de mayo de 1977 fue asesinado en la Parroquia Cristo Resucitado de la Colonia Miramonte , el padre Alfonso Navarro Oviedo y el menor Luis Alfredo Tórres.

El padre Alfonso Navarro Oviedo nació el 22 de septiembre de 1942 en el Bo. San José de S.S., hijo de Napoleón Navarro (ciudad Zacatecoluca) y de Dolores Oviedo(de San Pedro Mazahuat, La Paz); estudio su primaria en la Escuela República Oriental del Uruguay de San Salvador, cursó su primer año de Plan Básico en el Instituto Miguel de Cervantes y el 24 de enero de 1957 a sus 14 años ingreso al Seminario San José de la Montaña para estudiar su segundo año de Plan Básico. En 1962 desde Venezuela llegó un equipo para dar cursillos de capacitación social donde Alfonso tomó parte activa y fue descubriendo una linea de trabajo con la Juventud.

En 1965 ayudó al Movimiento “Weekend con Cristo” en un retiro de tres días buscando despertar conciencia cristiana en la juventud, en estos encuentros conoció a jóvenes de Opico con quienes entablo mucha amistad. Cuando Alfonso y sus compañeros de ordenación salieron del Seminario en 1967, el Vaticano II y Medellín eran un hecho actual; agregando que tuvo la dicha que el Padre Rutilio Grande fue su prefecto durante varios años en el Seminario Mayor. Así pues, Alfonso N. Oviedo salió con una visión nueva y actualizada de la Iglesia Católica. Fue ordenado el martes 8 de Agosto de 1967 en el nuevo Gimnasio Nacional junto a sus compañeros José Luis Ramírez, Astor Homero ruíz, Lucio Enríque Sánchez, Jorge Alberto Miranda, Trinidad de Jesús Nieto y Blas Morales (Mexicano).

Mons. Luis Chávez y González había impulsado el proceso de actualización para su clero, con distintos cursillos con famosos teólogos latinoamericanos, a la luz del Vaticano II y los documentos de Medellín. Había ya una Iglesia jóven identificada con los pobres y contraria a los privilegios de cualquier índole.

El padre Raymundo Brizuela podría contar de tantos momentos de felicidad y alegría pastoral que compartió con Alfonso, quien llegó recién ordenado a ayudarle a San Juan Opico. Alfonso pronto enfatizó su trabajo con los jóvenes. Cada vez comentaba a sus compañeros las enseñanzas que sacaba de los campesinos y lo expresaba con una frace:”tienen hambre de la palabra de Dios”. El Padre Raymundo eligió una parroquia más pequeña: San Pablo Tacachico, y dejó a Alfonso al frente de la Parroquia de Opico. meses después, el padre Raymundo pasó a la parroquia de San Matías y le tocó entonces al padre Navarro asumir el cargo de Párroco y le es nombrado como colaborador el gran amigo y hermano en el sacerdocio el padre Guillermo Alfonso Rodríguez (Garo); juntos comienzan por fortalecer la cooperativva campesina, para formar los agentes de pastoral, instruyendose en la Biblia como señalandoles sus derechos y sus deberes consagrados en la Constitución Política de El Salvador y urgiendoles a progresar sin la violencia, pero avanzando todos los días.

Su gran preocupación: la formación de agentes de pastoral. siempre preocupado por estar al día en la teología, participaba en los retiros, en los encuentros, en las reuniones del clero, dejando en el recuerdo de todo el presbiterio su inquieitud teológica. Lo mismo hace con su pueblo, pues constantemente están reunidos con campesinos y estudiantes en cursillos, jornadas en cada cantón de Opico y donde la situación socio-económica de sus feligreses lo cuestiona. en cada cantón endrán catequistas y con ellos, que tienen hambre de palabra de Dios, va formando comunidades cristianas.

Entonces Alfonso comienza a “caer mal” entre los terratenientes y ricos del lugar, y la reacción no se hace esperar: Ya “es subversivo”. Los agentes de la Guardia Nacional recorren los cantones y caseríos diciendo u ordenando que “no le hagan caso al cura Navarro porque es comunista”. A propósito de esta parte, Alfonso contaba en ese entonces que cierto domingo, después de celebrar la misa de las siete de la noche y en la que había enfocado las exigencias que hizo Jesús al joven rico, que desea seguir sus pasos, pero no quiere dejar sus riquezas, en el atrio lo esperó un rico del pueblo y lo increpó: “Si Cristo dijo eso, estaba loco”.

Alfonso, con especial dedicación, une a varios jóvenes que no encuentran que hacer con su tiempo libre y los organiza en un Club que les forma, les enseña doctrina social de la Iglesia, les da conciencia de vivir en comunidad y les señala el papel que, como jóvenes, les corresponde en la transformación del mundo, hacia un orden mas justo basado en el amor cristiano.

Para los “mandamas” del pueblo, que hasta hace poco gozaban de los beneficios de un pueblo adormecido, esto es demasiado y comienzan a llegar anónimos y papeles pegados en las paredes exteriores de la casa conventual tildandolo de “comunista y subversivo”. Alfonso está convencido de las bondades de la doctrina social de la Iglesia y prosigue sereno.

ACUSACIONES PUBLICAS 1)El 8 de Agosto de 1970, exactamente el día que cumple tres años de ser sacerdote, en la página 4 de El Diario de Hoy aparece una nota titulada “Baile Nuevaolero en el Convento de San Juan Opico”, diciendo dentro del texto que “los jóvenes daban todas las muestras de estar endrogados”. La verdad era otra: la sobrinita del padre Navarro habia hecho su primera comunión y para celebrar se había dispuesto aumentar el cariño en el prójimo, invitando a treinta niños pobres recogidos entre las calles del pueblo; se les repartió dulces, refrescos y se reventaron dos piñatas. Algo diferente para estos niños, que solo habían visto piñatas desde fuera de los balcones. Los jóvenes del club habían participado en el reparto de los pequeños regalos y se unieron a la alegría. 2) El 5 de mayo de 1971, el Dr. Waldo Chávez Velasco, entonces jefe del Centro Nacional de Información, de Casa Presidencial (CNI), llamó personalmente al padre Navarro y lo invitó a una platica “informal”. Alfonso, conocedor de la persona que lo invitaba, hizo del conocimiento del señor Arzobispo la invitación y así se presentó el padre Navarro al interrogatorio del Dr. Waldo Chávez Velasco. Este le pregunta a Alfonso sobre la doctrina de la Iglesia y su disposición al trabajo sobre los “siete curas extrangeros acusados de comunistas y subversivos” y la opinión de la Iglesia sobre la organización ORDEN. El Padre Navarro recalcó que contestaría con la opinión de la Iglesia, le explicó además que los siete sacerdotes de que hablan no hacen otra cosa que predicar doctrina social de la Iglesia y pedir a los cristianos que la pongan en práctica. Sobre la organización ORDEN, Alfonso le explica que la Iglesia rechazaba toda organización que masifique al campesinado y que valiéndose de su ignorancia se le engañe y se le instrumentalice para transformarlo en un grupo paramilitar de opresión sobre sus mismos hermanos campesinos (la historia actual confirma la verdad de ese señalamiento). 3)La reacción no tardó muchos días. El jueves 27 de mayo de 1971, apareció en grandes titulares de la prensa comercial “la declaración sobre el crimen del señor Ernesto Regalado Dueñas”, quien hacía pocos días había sido secuestrado y asesinado en forma misteriosa. En esa noticia, el bachiller Carlos Joaquín Solórzano Castro, aparecía dando declaraciones el miércoles 26 (después de cinco días de haber sido capturado con violencia por policías vestidos de civil, en el barrio San Jacinto) y que basado en suposiciones y rumores, señalaba a un grupo de universitarios compo autores del secuestro y crimen del señor Regalado, agregando “que a lo mejor el padre Alfonso Navarro Oviedo había ayudado a la fuga o a esconder a los implicados. Lo que realmente pasó es que los implicados tenían terrenos en Opico, y por supuesto, ahí es habían escondido (entrevista al padre Astor Ruíz el día 3 de diciembre de 2005, parroquia de La Asunción, Mejicanos). El padre Alfonso recibió tan desagradable noticia en un retiro espiritual con varios sacerdotes. Sorprendió a los tribunales, cuando en compañía de monseñor Rivera Damas, se presentó el mismo jueves 27 de mayo, ante el Juzgado Segundo de lo Penal de San Salvador, a pedir formalmente que le citaran a declarar en el sonado caso; esta segunda noticia salió en grandes titulares y fotografías de primera plana. La solicitud fue aceptada y se ordenó que, por exhorto y ante el juez de Primera Instancia de San Juan Opico, se le escuchara e interrogara. Es de tener encuenta que, aún dentro de tan grave señalamiento, el bachiller Solórzano había agregado “que conocía de la ideología del cura Navarro y que le parecía que no simpatizaba con la violencia.” Varios días después, el padre Alfonso Navarro fue citado para que compareciera el martes 8 de Junio de 1971 en el juzgado de Opico. Se presentó asesorado por el abogado José María Méndez. Antes de presentarse en el juzgado de Opico, lo rodearon con cariño los campesinos y gente de la ciudad y lo encomendaron al señor y lo acompañaron hasta la entrada del juzgado, que estaba colmado de gente y periodistas de radio, prensa y TV. Los fiscales específicos del caso eran los señores Carlos Eduardo Damas y Antonio Anaya H. Alfonso declaró que no conocía a Carlos Menjívar ni a Roberto Aldana, explicó que, “había visto sus fotografías publicadas en la prensa, pero que jamás los había visto personalmente” y agregó: “Las palabras que atribuyen a Solórzano en la declaración rendida ante la policía de investigaciones no son veraces. Yo no le dije que sabía por dónde habían salido huyendo del país Menjívar y Aldana. Le dije que, a mi juicio y dado que se había dado orden de captura de Menjívar y no se le había capturado, era probable que se había fugado del país, ya que esa noticia la había dado la prensa diciendo que en radio Habana se había dicho que estaba en la Habana”. En la declaración escrita que el padre Alfonso repartió a los periodistas ahí presentes, se lee lo siguiente: “Resulta grotesca o temeraria la deducción que se le atribuye a Solórzano de que a lo mejor yo los escondí”. Es el colmo de una investigación al querer implicar a personas por un “a lo mejor” dicho por un testigo que a la vez se duda de su espontaneidad”. Después de otras palabras declaratorias, el P. Alfonso destacó ante la prensa reunida: “Considero que la causa no es otra que el plan de ataque contra el clero, evidenciando una campaña organizada y bien orquestada. Todo comenzó con el secuestro impune del padre Inocencio Alas, siguió con el asesinato del padre Nicolás Rodríguez y ha culminado recientemente, en las denuncias que clasifican de subversiva y comunista a la doctrina social de la Iglesia”. El padre Alfonso Navarro, en aquel momento, finalizó recalcando: “Quiero dejar bien claro, que es un absurdo confundir la doctrina social de la Iglesia e imputar a los sacerdotes labores subversivas por predicar el reino de Dios, defender la justicia y la dignidad humana a través de un esfuerzo de liberación de todas las opresiones que son fruto del pecado. Quiero dejar también constancia de que la Iglesia, cuya doctrina profeso como sacerdote, rechaza la violencia y condena crímenes como el cometido en el señor Ernesto Regalado Dueñas”. Alfonso quedó libre de toda sospecha y, entre la alegría de sus fieles, se dirigió a celebrar una misa en acción de gracias a Dios. Pero el hecho de haber echado a perder el plan de desprestigio contra la Iglesia en ese entonces, le ganó mortales enemigos. El mismo El Diario de Hoy inició pronto una serie de artículos contra la Iglesia y contra la persona del padre Navarro. Entre otras plumas ya conocidas, se agregó la del señor Antolín de J. castillo, llamándole al padre Navarro: “El Camilo Torres de El Salvador”. El traslado a la Miramonte: El Arzobispo ya había aceptado trasladar al padre Alfonso Navarro hacia la parroquia que los padres de Maryknoll dejarían en la colonia Miramonte, donde parecía que el P. Alfonso podría realizar una buena labor. El nuncio apostólico monseñor Girolamo Prigione, como clara muestra de respaldo al padre Navarro y aprovechando la celebración del cumpleaños del Papa Paulo VI, lo invitó a la reunión social que brindaría a las altas autoridades y al cuerpo diplomático. El padre Navarro llega un poco tarde y al verlo, el nuncio salió desde el extremo del salón de la nunciatura a recibirlo con los brazos abiertos y lo presentó a todos como su invitado de honor, estando presentes en la reunión el presidente de la República, general Fidel Sánchez Hernández y siempre con su acompañante el doctor Waldo Chávez Velasco. Alfonso siguió sufriendo con mayor intensidad una guerra psicológica de amenazas y falsas acusaciones en Opico. Se destacaban entre sus enemigos gratuitos algunos miembros del partido oficial y el comandante de la Guardia Nacional. Una de las maniobras más sucias que de esta tempestad se recuerda, fue una propuesta que le hicieron a cierta joven de la población para que visitara al cura Navarro y le pidiera que la confesara en la habitación del padre y que ya estando ahí ella se rasgara la ropa y diera gritos para que entonces una pareja de guardias estarían listos y entraría a capturarlo. Tan sucia maniobra, no les resultó, ya que para mala suerte de ellos, la joven conocía la bondad del padre y, en lugar de lo propuesto, le mandó a contar la trampa con otro joven que estuvo de acuerdo en grabar la confesión, que remitiría al Arzobispado de San Salvador. El 31 de Octubre de 1971, el padre Alfonso Navarro Oviedo se despide de sus feligreses de Opico celebrando una misa, donde se emocionó al despedirse de esa comunidad que tanto quería. En su acta de entrega de la parroquia, finaliza recordando su lema heredado de Cristo: “La verdad nos hará libres”. (esta carta se anexa al final del testimonio). En la colonia Miramonte Llega a la Parroquia La Resurrección, de la colonia Miramonte, donde lo acompaña por unos pocos meses el padre Carlos (maryknoll). Es recibido por los vecinos con recelo ya que va precedido por la fama de Comunista. Celebra sus primeras misas domiciliarias para ir conociendo a las familias y en las misas de la capilla (que es a la vez casa comunal) trata de dejar clara su posición dentro de la doctrina social de la Iglesia. Recorre con su viejo jeep las calles de la colonia y algunos jóvenes comienzan acercándosele, ya que ejerce en ellos un magnetismo especial, logrando así sus primeros amigos. Estos jóvenes se alegran de no encontrar a un cura distante, sino a un amigo, que les pide que lo traten de tú y por su nombre Alfonso. Se dan cuenta de que los comprende y que además trata de ayudarlos (las drogas están haciendo estragos en la colonia). Recupera a varios que ya habían caído muy hondo en el vicio y se convierte la casa del cura en el segundo hogar de los jóvenes. Observa casi por un año todas las características económicas y sociales de la clase media que había en la colonia y descubre que son cristianos por “herencia”, que aún viviendo cerca unos de otros, no tienen sentido de comunidad y que prácticamente no conocen la hermandad, declarándola “no cristiana”, para elaborar poco a poco su plan pastoral. El sostenimiento de la parroquia es muy al estilo gringo: cada hogar deposita una cantidad mensual en el banco a nombre de la parroquia y, a cambio, el sacerdote debe dar todos los servicios ordinarios y extraordinarios, sin pedir ninguna ofrenda. Existe un periódico de la parroquia llamado “Luz y Sal”, y haciendo uso de éste, Alfonso comienza su concientización sobre el real sentido y papel del cristiano. Después, algunos adultos de buena voluntad, lo invitan a hacerse miembro del Club de Leones de la colonia, lo que aceptó gustoso; pero, aún ahí, sus enemigos encuentran la oportunidad de hacerle la primera acusación falsa: que después de haber estado presente en una fiesta del Club de Leones en la casa comunal, aparece publicado días después en “Platillos Voladores” de La Prensa Gráfica, la nota que dice: “El cura Navarro Oviedo de la colonia Miramonte, escandalizaba embriagado, bailando desaforadamente y dando mal ejemplo de su sacerdocio”. Los miembros de la directiva del Club se presentaron inmediatamente ante la mesa de redacción de La Prensa Gráfica y aclararon que el padre había estado junto a ellos en la misma mesa, que no había ingerido ningún licor a causa de que sus riñones le producían cálculos y que por eso, hasta el vino de consagrar lo usaba en la mínima proporción posible. Sus homilías comienzan a lastimar los oídos de los que, ante sus palabras, se descubren ser pecadores sociales. Algunos vecinos optan por ir a participar en la misa a San José de la Montaña porque ahí el padre no cuestiona a nadie. Además, estos mismos fugitivos ya no remiten la cuota a la parroquia. También casi al mismo tiempo que inicia su papel de párroco en la colonia, recibe la invitación del Seguro Social, para que sea capellán del hospital del ISSS. Religiosamente se presenta a confesar y a confortar enfermos; pero, a los pocos meses, por órdenes de “arriba”, se le despacha y no se le permite que sirva ni siquiera gratis. Las colectas siguen mermando en la parroquia y los grandes gastos que su funcionamiento absorbe son casi insostenibles, su periódico Luz y Sal deja de imprimirse y, al poco tiempo Alfonso se conforma en comunicarse de vez en cuando a través de un pequeño boletín mimeografiado y así sigue luchando contra una guerra económica siempre creciente. Como siguen descendiendo los fondos de la parroquia, para sostenerla Alfonso consigue un par de plazas en dos colegios católicos femeninos, sin descuidar desde luego la atención pastoral que le exige la comunidad parroquial; ésta cada día le va exigiendo más, pues las colonias van creciendo de día en día. Solo en dos lugares se siente más feliz el padre Alfonso Navarro: en el hospital Divina Providencia, entre enfermos y en las zonas marginales, entre pobres. Ahí encuentra su mensaje una respuesta de sinceridad y sencillez que siendo los más desgraciados materialmente, son los mas agraciados en el amor a Dios. En la Miramonte lo mismo, pues trata de ir formando pequeñas comunidades en las diversas colonias. Su consejo parroquial será su brazo derecho. Aquí hay que decir que se da en cuerpo entero a la predicación, la cual es profética y nos consta que fustiga al opresor, denuncia con claridad, sin ambigüedades, las injusticias y proclama el evangelio, con todo lo que exige, ilumina caminos de liberación. Mantiene fidelidad al magisterio y obedece a sus obispos. Con ellos constantemente lo vemos conversando de su quehacer pastoral. Monseñor Romero tuvo el gusto de aceptar la invitación para ir a dialogar con el consejo parroquial, pocos días antes de la muerte de Alfonso. Pastoral Juvenil y Familiar: En su preocupación primordial por los jóvenes, se une a un movimiento de la Cámara Junior de San Salvador y monta un ciclo de conferencias de carácter científico y cultural, en mayo de 1972. La primera es sobre la historia de las drogas en El Salvador y sus consecuencias. Continúa reclutando jóvenes con problemas de drogas y otra índole. Y con amor, comprensión y mucha amistad, sigue rescatando y convirtiéndoles en cristianos más comprometidos. Los frutos cristianos y el renacimiento de la fé en un gran sector de su parroquia se hacen palpables y hasta llegó a los oídos del señor Arzobispo, al grado que en una conversación personal con monseñor Luis Chávez y González, este le dijo “Hijo, esa parroquia estaba muerta y tu la has resucitado”. Esta es la mejor medalla para Alfonso y lleno de alegría les cuenta a todos los que le quieren. Dificultades de salud y económicas El boicot económico llega a tal extremo que, en una ocasión, alguien dio un billete de cinco colones y pidió vuelto, entonces se buscó fuera del templo. Pero también trataban de callarlo y le robaron el equipo de sonido de la capilla y, desde entonces, para darse a entender tenía que gritar, y maliciosamente lo acusaron de “estar más agresivo”. Sus pocos amigos le demostraron su amor, uniéndose para sufragar los gastos de operación y tratamiento de convalecencia en su enfermedad de los riñones, hubo que operarlo casi de emergencia en la Policlínica Salvadoreña en agosto de 1974. Dios lo seguía entrenando en el sufrimiento y en el dolor. Entró a la sala de operaciones rezando, se enfrentaba a la muerte, y aunque pálido, iba luchando por hacerse digno del reino de Dios. 4. Se enfrenta a la crisis nacional y arrecia la persecución Mientras en los últimos años el padre Navarro ya casi no tenía tiempo ni para dormir, la situación política económica y social del país había ido empeorando para la inmensa mayoría de la población. La corrupción y la represión eran insoportables. Llegó el tiempo de la ilusoria reforma agraria del coronel Molina. La ANEP y FARO comenzaron una millonaria campaña para socavar ese proyecto y acusar a la Iglesia. Entre los muchísimos campos pagados que se publicaron, uno de ellos firmados por la ANEP dice lo siguiente: “Es hora ya de que el presidente Molina habrá bien los ojos y barra de su lado a toda esa maleza: Técnicos fracasados a quienes mueve el resentimiento y la inadaptación social; agitadores comunistas, verdaderas bolsas de veneno y rencor, extremistas solapados, que dicen defender un régimen que odian, curas que no tardarán en hacer una novedosa teología marxista, en un esfuerzo por acondicionar, si ello es posible la doctrina sagrada al pensamiento rector del materialismo dialéctico”. Desde luego, el padre Alfonso Navarro tampoco calló. Con las estadísticas gubernamentales en la mano, denunció la escandalosa desproporción en la tenencia de la tierra en El Salvador y señaló el pecado social de unos pocos, burlando la necesidad de muchos. Así lo predicó en la capilla de la Miramonte y en la capilla del hospital Divina Providencia. La respuesta a una de sus más bellas homilías salió publicada desde luego en El Diario de Hoy. La firma de Raúl Lara S. trataba de ignorante al padre Navarro,le cambiaba las cifras estadísticas que Alfonso había citado; le llamaba desagradecido con las listas que publicaba de las grandes familias que habían ayudado a la construcción del hospital y asaba señalar la cifra en colones que posiblemente había costado su educación sacerdotal. Como Alfonso también en sus clases mencionó la injusticia imperante, sus palabras de maestro comenzaron nuevamente a ser deformadas por los padres de ciertas alumnas y su nombre nuevamente encabeza la lista de los curas indeseables. Con esa pesada atmósfera llegó la navidad de 1976. El padre Alfonso, siempre destacando el real significado de la navidad, colocó en las principales calles de la colonia Miramonte unos estandartes de tela con la siguiente leyenda: “Nace Jesús, reconstruyamos la justicia, la paz y el amor “; a la vez, durante el recorrido de las posadas, se repartió de puerta en puerta una hoja con un llamamiento a celebrar la navidad con espíritu de justicia y fraternidad. Exponía claramente la necesidad de evitar la vana costumbre implantada por la sociedad de consumo, de regalar al que le sobra, olvidando a los más desamparados. Llamaba pues a celebrarla con espíritu de caridad y justicia. Además, por estar cerca las elecciones presidenciales, recordaba al único líder que era Jesús y que no se debían oír las palabras demagógicas de los falsos líderes, con banderas de todos colores. Los estandartes fueron robados en una sola noche por manos extrañas y el jueves 13 de diciembre, tras cambiarle al fiel sereno de su zona, en la madrugada le mandaron la respuesta: le estallaron una bomba profesional de ocho candelas de dinamita en la cochera de la casa parroquial, destruyéndole completamente su carro, volando el techo de la cochera, dañando la sala, oficina, un servicio, las puertas exteriores y todas las vidrieras de las ventanas. Alfonso se salvó de milagro. En las últimas horas del miércoles 12, había notado un automóvil sospechoso rondando alrededor de su casa y por eso mismo, él, se había quedado en la sala con las luces encendidas hasta la una y veinte de la madrugada del jueves 13 y en el preciso momento en el que se acostaba, su fiel perra “Cherry” ladró fuertemente al sentir que alguien había entrado en la cochera. Alfonso se incorporó para ir a ver lo que pasaba y entonces vino la explosión. Tras el bombaso llegaron los vecinos, muchos curiosos y periodistas. Era peculiar la primera pregunta de los periodistas: “¿Usted se mete en política padre?”. En las oficinas del Arzobispado se recibió, días después, una llamada telefónica en la que se le advertía y amenazaba al padre Navarro. Era una situación sumamente seria para Alfonso. Pero el pastor no abandonó a las ovejas y, con todo lo que suponía permanecer, Alfonso continuó en el puesto y no trató de salvar su vida; dentro de un análisis objetivo, se había visto bien que Alfonso, por unos días, fuera a recuperarse de sus nervios, pero quiso conservarse en su sitio, aunque en determinados momentos estuvo a punto de salir; pero, en esos momentos de debilidad del profeta, recitaba el salmo “El señor es mi pastor y nada me falta”. Alfonso fue claro en señalar la procedencia del atentado: un trabajo dirigido por la extrema derecha, agregando: “Por peores cosas he pasado y no he callado. Seguiré manteniendo mi posición”. ¡El padre Navarro no se amedrentaba!. Las elecciones presidenciales Llegó febrero y ante el escandaloso fraude del partido oficial, el pueblo nuevamente ofendido al arrebatársele su justo derecho a elegir libremente a sus representantes, se lanzó a protestar a las calles y se tomó pacíficamente la Plaza Libertad. El domingo 28 de febrero de 1977 (ocho días después de las elecciones), dos señoras llegaron hasta la casa del padre Alfonso Navarro a pedirle que les fuera a oficiar dos misas en el parque Libertad. Una a la 1:00 de la tarde y la otra a las 8:00 de la noche ya que varias personas que ocupaban dicha plaza deseaban participar en la misa, pero no querían abandonar el parque. Su respuesta fue que ningún sacerdote tenía permiso para celebrarla en esos lugares y que solo con permiso del Arzobispado podrían celebrarse. Se acercaron al Arzobispado para gestionar el permiso, el cual fue concedido y entonces Alfonso se dirigió al lugar para celebrar la eucaristía, consciente del peligro. No expuso a ningún otro sacerdote de la Vicaría. El evangelio de ese día relataba lo de las tentaciones que se le presentaron a Jesús en el desierto. En esa homilía el padre Navarro actualiza el momento y describió la tentación del poder que el demonio ofrece al que se le postra y sirve. El pueblo, que era numeroso, lo escuchó en gran silencio. Para finalizar dijo, que aún cuando su cuerpo temblaba por las consecuencias que esa misa allí pudiera acarrearle, su espíritu se mantenía firme y que hacía testigo al pueblo de algo que le pudiera suceder a su persona y, desde ese momento, ya sabían quíenes podrían ser. Para muchos de los presentes, esa sería la última misa. Tres horas mas tare entraron camiones y tropa a desalojar por la fuerza y a puras balas y machetes el parque Libertad. Los que huyeron por las diferentes calles aledañas al parque, se encontraron con retenes que los acribillaron a balazos; los que lograron salir vivos de esas emboscadas fueron perseguidos varias cuadras; los que se refugiaron en la Iglesia vecina fueron víctimas de bombas lacrimógenas y fue necesario que la Cruz Roja llegara a rescatarlos tras una dramática llamada de la Cruz Roja para que se acercara a auxiliarlos. Después de la masacre, circulo el rumor de que también habían matado al padre Navarro. Monseñor Romero llega al Arzobispado Para febrero comienzan las clases de los colegios y el padre Alfonso se incorpora como maestro de varias cátedras en dos colegios de religiosas, el Guadalupano y La Asunción; entre sus alumnas se encuentran algunas hijas de militares de alto rango y de importantes funcionarios del gobierno. Prosigue con más saña la captura, tortura y expulsión de más sacerdotes. Monseñor Luis Chávez y González entrega el Arzobispado al recién nombrado nuevo Arzobispo de San Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdamez, obispo entonces de la diócesis de Santiago de María, en Usulután, en una sencilla ceremonia en la Iglesia de San José de la Montaña, el 22 de febrero de 1977. Este, al llegar a su primera reunión con sus sacerdotes, les pide unidad y Alfonso se convierte en uno de los más entusiastas constructores de esa unidad, al grado que constantemente repite las palabras del nuevo Arzobispo: “La falta de unidad es un suicidio”. El sábado 12 de Marzo, el más acusado de los Jesuitas Salvadoreños es asesinado: El padre Rutilio Grande cae acribillado en una emboscada desde unos cañales en el camino que une Aguilares con El Paisnal. El padre Alfonso, asustado e indignado por semejante crimen, profetiza basado en la historia sagrada, que su martirio traerá grandes beneficios para la Iglesia de El Salvador. El lunes 14 de marzo, el señor Nuncio Apostólico, junto con Monseñor Romero y con un gran número de Sacerdotes de San Salvador y todo el país, celebran una misa de cuerpo presente en la Catedral, junto a los restos de Rutilio Grande y de sus dos acompañantes que, junto a él, cayeron. Ahí se lee un comunicado del Arzobispado, donde se señala su protesta por este vil asesinato y anuncia formalmente que la Iglesia se retira del diálogo con el gobierno y no participará en ningún acto oficial hasta que se haya aclarado completamente el crimen del P. Grande y de sus dos acompañantes. De Catedral sale el cortejo hacia la Iglesia San Francisco, de ahí se dirigen a Aguilares y luego conducen sus restos para El Paisnal, en donde serán sepultados en la ermita del lugar. En el camino polvoriento, Alfonso carga en varios turnos los féretros de dos campesinos. Terminadas las ceremonias, Alfonso, junto a un chorro público del lugar, le dice a uno de sus hermanos sacerdotes: “Dichoso el hombre (Rutilio), pocos son los escogidos para el martirio”. Su última Semana Santa En ese ambiente de inseguridad y zozobra, llega la Semana Santa y a Alfonso se le notó una inspiración mayor, que dramatizaba aún más su visible palidéz y tristeza. El monumento que construyó para el Jueves Santo fue la reproducción fiel del ambiente que rodeaba el altar de Dios en el Éxodo de los Israelitas: en el primer plano estaba el Arca de la Alianza; al fondo, el candelabro de siete velas y rodeándolos una enorme cortina, todo lo envolvía una constante nube de incienso. Actualizando el hecho, señaló que se fijaran en esa advertencia divina, quienes en ese momento estaban violando lo que es de Dios. Para celebrar más solemnemente la fiesta de la Resurrección el 11 de abril de ese año 1977, el padre Navarro invitó a Monseñor Romero para concelebrar con todos los sacerdotes de la Vicaría. Monseñor, al verse complacido con la masiva comunión de jóvenes, le llamó a esta una “Comunidad Juvenil” y además, entregó ahí oficialmente su Primera Carta pastoral: “Iglesia de la Pascua”. Aparece en la prensa comercial los días 22 y 23 de abril la amenaza del grupo paramilitar “Unión Guerrera Blanca” (UGB), antes llamada “FALANGE”, exigiendo “que no se ceda bajo ninguna circunstancia a la mas mínima demanda de las FPL”, en ocasión del secuestro del Ing. Borgonovo Pohl, responsabilizando a los Jesuitas y demás curas comunistas y sentenciando que “De ser asesinado el Ing. Mauricio Borgonovo Pohl, ministro de Relaciones Exteriores, que había sido secuestrado el 19 de abril por las FPL, ejecutaría en represalia a miembros del grupo de presos políticos”. Casi inmediatamente aparece en las páginas editoriales de El Diario de Hoy, un artículo apoyando esa posición intransigente; el Dr. Sydney Mazzini, en idénticos términos, manifiesta su punto de vista y agrega que, de la muerte del señor Borgonovo, “Solo pueden salir ganadores los curas Jesuitas y Marxistas para llegar al poder”. El periódico católico Orientación le llama a ese artículo: “Criminal”. 7. Su muerte Al notar que sus feligreses, ante sus palabras, estaban más nerviosos que nunca, el padre Navarro agregó: “Posiblemente yo seré el próximo, pero no me lloren, traigan claveles rojos que son señal de alegría en la Iglesia”. Al día siguiente, amaneció en los titulares de los periódicos el asesinato del Ing. Mauricio Borgonovo Pohl. El nerviosismo fue general. Los miembros clandestinos de las FPL habían cumplido su amenaza ya que, por sus principios revolucionarios no se habían preocupado ante la amenaza de que serían asesinados sacerdotes en represalia. El padre Navarro recibió un llamado de presentarse inmediatamente, a las tres de la tarde de ese mismo día 11 de mayo, en Casa Presidencial, para ser interrogado sobre “El caso de la grabación”. Avisó a sus superiores en el Arzobispado, recogió en su microbús al otro sacerdote que lo acompañaría en la cita Y se presentó puntualmente. Desde el principio de la entrevista, fue claro en señalar que él sabía quién y en qué momento una alumna, hija de un alto militar, le estaba grabando una de sus clases y que sabiéndolo no sería tan ingenuo de decir algo peligroso y que, además, estaba seguro de no haberse salido nunca de la doctrina oficial de la Iglesia y exigió que le presentaran la famosa grabación para aclarar ahí mismo cualquier término que no hubiese sido muy bien interpretado; le negaron la cinta y le dijeron que lo llamarían nuevamente cuando la tuvieran. Salió el padre Navarro de la reunión, y se dirigió a dejar a su Iglesia al sacerdote que lo había acompañado y tomó rumbo al Arzobispado y dio cuenta detallada de todos los pormenores de la entrevista ante el militar que lo había interrogado. Cuando el padre Navarro salió por la puerta principal del Arzobispado, vió un radiopatrulla estacionado cerca y volvió a entrar a dar cuenta de este detalle. Cuando nuevamente salió, el radiopatrulla ya se había retirado. Entonces se fue para su casa parroquial y avisó al hospital Divina Providencia, de lo que había visto a la salida del Arzobispado. No deseaba seguir manejando su microbús y pidió que lo llegaran a traer y fue así como unas hermanas del hospitalito lo recogieron. La misa fue corta, pues casi no predicó. Cuando salía, un matrimonio amigo le ofreció llevarlo de regreso a su casa. Llegó a su casa parroquial cerca de las seis de la tarde y encontró a varios de sus jóvenes amigos leyendo y resolviendo crucigramas en la sala. Los saludó y fue a cambiarse de ropa. En esos momentos, los amigos dispusieron ir a una tienda cercana y solo quedó en la sala su más joven visitante, Luisito Tórres de 14 años. Alfonso tomó el periódico que le habían prestado, pues él no compraba El Diario de Hoy y se dispuso a leerlo sentado en una silla de aluminio que estaba en el jardín interior; sonó el teléfono y, al escuchar su voz, cortaron; se fue al jardín nuevamente y comenzó a leer y Luisito seguía en la sala. Casi inmediatamente llegaron cuatro hombres a la puerta principal y tocaron suavemente. Luisito salió para abrirles y le taparon la boca, le dieron un giro en la cabeza, lo pusieron con el rostro contra el suelo y lo encañonaron. Se pusieron pañuelos a manera de antifaz, uno se encaminó rápidamente a la cocina, tomó a la sirvienta por atrás y le puso la pistola en el cuello y le preguntó que donde estaba el padre y ella enmudeció. Los otros dos buscaban en el resto de las habitaciones. Ante el ruido, el padre Navarro se levantó de la silla y se asomó por la puerta que da al jardín. Al ver lo que pasaba preguntó: “Por favor, ¿Qué hace?”. El que tenía sujetada a la muchacha la soltó y corrió a donde estaba el sacerdote y le dio una patada de Karate que le rompió el antebrazo y lo lanzó contra una pared y enseguida al suelo. Comenzó a dispararle, corrieron los otros dos hacia la puerta y solo uno más logró también disparar descargando entre los dos siete balazos de nueve milímetros en su cuerpo. Por último, uno de los asesinos se fue a donde estaba el cuerpo ensangrentado del padre y le dio otra patada con desprecio, dirigiéndose a la puerta que da a la calle y se escuchó un último disparo. Para no quedarse sin matar, el verdugo que sostenía a Luisito Torres, le giró la cara y le disparó en la frente. Salieron a la calle tranquilamente y se subieron a los dos vehículos tipo “Jeep “ que habían estacionado enfrente de la casa parroquial, bajo un sauce y se marcharon. Habían cumplido perfectamente la orden, además, iban seguros de que nada les pasaría, estarían completamente protegidos y la segura excomunión les daba risa. Sobre la grama quedaba el padre Alfonso Navarro Oviedo, empapado con su sangre, el periódico había caído a su lado. Como un signo, la sangre cubría la fotografía de primera plana que mostraba a los socios que se habían unido para formar nuevos centros educativos, que absorberían a los alumnos. Los padres que formaban el “Comité Nacional para la Defensa de la Educación Católica”, sacarían a sus hijos de los colegios católicos para librarlos de la “concientización marxista-clerical”. Uno de los jóvenes amigos que ya iba cerca de la tienda, al escuchar los disparos, dispuso regresar a la casa de Alfonso y, al llegar a la altura del muro de ladrillo que da a la calle, oyó los gritos histéricos de la sirvienta y se subió por el muro, atravesó corriendo el jardín, saltó otro murito interior que daba a la habitación de la muchacha, tocó fuertemente a la puerta a donde había corrido a refugiarse la joven. A gritos se identificó. La sirvienta le abrió y, entre sollozos, dijo lo que había ocurrido; ambos entonces se saltaron el pequeño tapial que da a la casa vecina y ahí dijeron que habían herido al padre Navarro. Con la señora de la casa y otra sirvienta corrieron a la calle y hacia la casa parroquial y vieron que los asesinos habían dejado la puerta abierta. Cerca estaba tirado Luisito y al fondo, sobre el jardín, y después de la silla volcada, estaba bañado en sangre el padre Navarro. Al verlos llegar les pidió que lo voltearan para no ahogarse en sangre, más vecinos siguieron entrando y afuera el escándalo estaba atrayendo más gente. Después de varios minutos de confusión, sacaron a Alfonso y Luisito de la cochera. Alfonso llama a sus jóvenes amigos y se despidió de ellos. Como la ambulancia que habían solicitado con urgencia se tardaba demasiado, dos buenas mujeres, aún más valientes que varios hombres que ahí estaban presentes, lo introdujeron en el automóvil de una de ellas. Las acompañó el mas fiel amigo de Alfonso y partieron a toda velocidad. Una de ellas que llevaba en su regazo a Luisito, pedía a gritos a los demás automovilistas que le abrieran el paso. El joven amigo llevaba con la cabeza levantada al sacerdote acribillado. Alfonso pidió como última voluntad que lo sepultaran en la capilla y, más que hablar, gritaba: “!Se quienes me han matado, pero también quiero que sepan que los perdono!”. Al llegar al centro de emergencias, tan pronto lo pusieron en una camilla rodante y lo metieron a una sala, el padre Alfonso Navarro Oviedo murió y ahí quedó con la mirada clavada en el cielo. Moría realizado, pasaba con honor de la Iglesia militante en la tierra, a la Iglesia triunfante en la Gloria del Señor. Esa misma noche, una voz masculina llama a los periódicos, adjudicándose el asesinato, era el Escuadrón de la Muerte llamado “Unión Guerrera Blanca” (UGB) diciendo que era en represalia por la muerte del Ing. Borgonovo. Testimonio de Napoleón, hermano del padre Alfonso Navarro: “Salgo a la cochera y hay muchos vecinos de la colonia Miramonte, están estupefactos. “Lo sentimos mucho”, me dicen todos. “lo siento más por ustedes, les contesto, han perdido un verdadero hombre y hermano”. En eso llega un periodista y me pidió una foto de mi hermano, le digo que no tengo ninguna a la mano, pero le sugiero que use la que le tomó, cuando en enero le pusieron una bomba y agrego: “diga que mi hermano fue víctima de tres atentados: “uno legal”, otro terrorista, cuando le pusieron la bomba y éste a su persona”. Llego al centro de emergencias, pregunto por él y me señalan un pasillo y veo que al final están Monseñor Romero y Monseñor Rivera y Damas. Me saludan y me abren la puerta de una pequeña habitación: Sobre una camilla está su cuerpo tapado por una sábana, la levantan y sus ojos están fijos en el cielo y ya no hay humedad en ellos, su boca está abierta, en gesto de exhalación. Pareciera que por entre esos labios, que siempre predicaron la verdad, también salió su alma. A sus asesinos les falló el “tiro de gracia”, el último balazo había entrado bajo un pómulo rompiendo el maxilar superior, el inferior y varias piezas dentales. La bala había parado su recorrido bajo un pectoral. Tomo sus manos con la esperanza de encontrar todavía calor, pero ya están frías, se las aprieto y le digo: Alfonso te han asesinado con saña, como me duele que te hayan tocado la cara, pero tu estandarte seguirá levantado: ¡La verdad nos hará Libres! Suelto sus manos y con respeto vuelven a cubrir su rostro. Salgo de la habitación y monseñor Romero me da la mano y con tristeza me dice: “Lo siento mucho” y le contesto: Yo también lo siento por usted, monseñor, esto es una puñalada y bofetada a la Iglesia. “Entonces estamos iguales” –agrega-. Monseñor Rivera me abraza y exclamó: “!Dos sacerdotes asesinados en menos de dos meses!”. Al día siguiente cumplía sesenta días el crimen del Padre Rutilio Grande. Alfonso pidió ser enterrado en su capilla y murió perdonando, rezando por él y por ella –me dicen- no podía esperar menos de mi hermano; esa fue su mejor defensa de cuanta calumnia y difamación vaciaron sobre su persona. ¡Perdonando, demostraba su auténtico cristianismo y su enorme amor!. Cuando al poco rato lo trasladaron al centro Isidro Menéndez, para efectuar la necropsia, tras él me fui yo. Ahí sobre una mesa de concreto pusieron su cuerpo, le quitaron sus ropas bañadas de sangre y con una manguera lo lavaron como cualquier traste. Entonces pudimos ver que estaba lleno de agujeros de bala. La señora jueza me pidió que saliera de la sala, obedecí y me dirigí a sentarme afuera. Adentro quedó monseñor Romero siendo testigo de tan dantesco cuadro y tan doloroso para él. Esperé y al poco rato salió el doctor Cuéllar Ortíz para mostrarme la primera bala que extraían, es de nueve milímetros y blindada. Le pregunté si podía quedarme con ella, pero no era posible, pues la señora jueza tiene que llevársela como prueba. Pasó un largo rato, hasta que nuevamente sale el doctor agregando: “vamos a tener que dejar una bala adentro, no ha resultado importante encontrarla”. Pero, ¿la señora jueza tomará nota de eso? –pregunto- “!Desde luego!” Bueno. Está bien. ¡Gracias doctor! Por fin leen el informe: “El bazo explotado, el hígado explotado tres veces, un pulmón explotado, una lesión en el diafragma, rotos sus maxilares superiores e inferior, rotas otras piezas dentales, costillas, quebrado un antebrazo, etc. Los verdugos se han gozado en su crimen. A pedido de la señora jueza, mas tarde un grupo de técnicos de laboratorio de la sección de Investigaciones Criminales de la Policía Nacional, llegan para hacerle la prueba de parafina y comprobar que no había disparado. Mientras se ponen los guantes, no hay en ellos gestos de pesar ni compasión. Están acostumbrados y cumplen su papel con frialdad pasmosa. Solo uno me dice: “estaba jóven”, aún no había cumplido los treinta y cinco años de edad y ni siquiera pudo cumplir sus diez de sacerdocio, contesté. Por fin, lo metieron en una bolsa con ziper y emprendemos el camino hacia la funeraria para que lo preparen. Con otro sacerdote me voy tras él, pasamos por el boulevard de Los Héroes y a la altura del Hotel Camino Real, me imagino que ahí cerca, a menos de cien metros están sus feligreses esperando a su pastor, no saben que en esos momentos vamos pasando con su cadáver. Al llegar a la funeraria pido lo traten con suavidad, que se que su cuerpo ya no siente nada, pero que lo quiero mucho y ya no soporto que lo sigan tratando como cualquier cosa. Llamé por teléfono a la casa y pido que me manden sus mejores ornamentos, sí, los de la celebración más solemne. Continúo sin llorar mientras lo preparan (una hora); me pasa por mi mente toda la historia de nuestra niñéz, juventud e ideales. Recuerdo entonces cuando siendo todavía él un seminarista, comentábamos la valiente acción del joven José Raúl Flores h. que había muerto ahogado, tratando de salvar de las olas a su novia y suegra, esa vez Alfonso me dijo: “No hay muerte más hermosa que la heroica”, dice la biblia. Agregó: “que no hay amor más grande que el de aquel que da la vida por sus amigos”. Ahora, ahí solos, estaba yo frente a su heroica muerte; había sucumbido en su puesto, sin callar, sin esconderse, pese a los atentados y amenazas. Había querido dar lección de valor a sus hermanos sacerdotes, pues sabía que algunos estaban acobardados ante la persecución. Recuerdo entonces lo que había agregado a su homilía, al terminar la misa en el Parque Libertad, el 28 de febrero: “Aunque mi cuerpo tiembla, por las consecuencias que esto traiga sobre mi persona, mi espíritu me mantiene firme, pero quiero que sean testigos de que si algo me pasa….ustedes saben quienes son”. Por eso, después, cuando lo que sospechaba fue un hecho, dijo: “Se quienes son los que me han matado, pero también quiero que sepan que los perdono”. No agregó “porque no saben lo que hacen”, porque sí sabían lo que hacían: matar con saña a un inocente e indefenso sacerdote. Cuando llegaron a asesinarlo, no se encontraron con un “guerrillero”, sino a un padre lleno de amor, con tanto, que aún los perdonó. Así, pues, en la funeraria terminaron de reconstruir su cuerpo y rostro. Cuando ví que lo levantaban y lo depositaban dentro del féretro, no pude más, comencé a sollozar y salí al patio a llorar, mirando la luna dije para mí: “moriré de tristeza”.

FUENTE: Libro “Testigos de la fe en El Salvador, nuestros sacerdotes y seminaristas diocesanos mártires 1977 - 1993”

 

 

 

 

Asesinado el día 11 de mayo a las 5:40 de la tarde. El Padre Alfonso era párroco de la Iglesia de la Resurrección que abarca populosas colonias, entre otras: Colonia Miramonte I y II, Toluca I y II, Universitaria I y II, habitadas por clase media alta, media y media baja. La edad del Padre Alfonso era de 35 años.

En varias ocasiones fue amenazado; hace unos meses, en el mes de febrero su casa sufrió un atentado terrorista destruyendo el garage de la casa rural y su carro.

Alfonso Navarro trabajaba en una parroquia urbana de la ciudad de San Salvador. Su predicación profética, tanto en las homilías y la catequesis parroquial como en las aulas de religión que daba en el Colegio Guadalupana y Asunción, disgustó a las minorías opresoras. Una de sus alumnas, hija de un militar de rango, pasó grabaciones de las clases del sacerdote a los órganos de seguidad. Colocaron dinamita en la cochera de la casa parroquial, con lo cual quedó destruído completamente el carro. El padre se salvó por cuestión de segundos.

Luisito TorresSu casa simpre estaba llena de jóvenes de los movimientos parroquiales. La policia de los órganos de seguridad lo vigilaba. El dia 11 de mayo de 1977 hubo un momento en el que casi todos habían salido; aprovecharon entonces para invadir la casa y balacear al padre, así como al único joven que había quedado ahí, Luisito Torres de 14 años.

Mientras llevaban al padre al hospital, los vecinos que acudieron a socorrerlo le oyeron decir: "sé quién fue el que me mató, pero también quiero que sepan que los perdono".

Fuente:

Compartir