Población civil

Los crímenes de la exGuardia Nacional Salvadoreña: El vil asesinato de Adela Girón Rivas, madre soltera y mujer luchadora.  

El viernes 20 de noviembre de 1980, los escuadrones de la muerte de la guardia nacional salvadoreña, llegaron amparados en las sombras de la media noche, a la colonia La Puerta del Sol, de la ciudad de Usulután, al oriente de El Salvador.  

Los guardias nacionales, violentamente tocaron la puerta de la casa de Adela Girón Rivas, madre soltera de 6 hijos, quién trabajaba en el mercado de la ciudad de Usulután comerciando ropa femenina. Los guardias gritaban que abrieran la puerta, sino ellos la tirarían a fuerza de balas.

Adela durante meses había mandado a sus hijos mayores a dormir a otros sitios con amigos o familiares, debido a los constantes asesinatos de jóvenes que cometían los cuerpos de seguridad en la colonia, la familia hacía un año había sufrido el encarcelamiento y tortura de Eduardo Girón de 16 años, hijo mayor de Adela, quién había sido capturado por la policía nacional y sometido a torturas durante varios meses en el cuartel de dicho cuerpo represivo en la ciudad de San Miguel. Eduardo no vivía con la familia, pues había optado como tantos otros jóvenes por incorporarse a la guerrilla, y luchar contra un régimen represivo y despiadado. Adela al enterarse que los escuadrones de la muerte acechaban su hogar, despertó a su segundo hijo Carlos de 15 años y los sacó por una pequeña ventana para que pudiera huir.

Afuera camiones militares con guardias nacionales combinados con soldados del ejército salvadoreño tenían acordonada la zona. Adela abrió la puerta y los 7 hombres encapuchados, con pelucas y con ametralladoras ingresaron de golpe, inmediatamente procedieron a amenazar y golpear a Adela. La escena era aterradora, la madre luchando para que no se la llevaran y los guardias golpeándola y exigiendo que los acompañara.

Los gritos despertaron el resto de los hijos de Adela, 4 hijos más: la mayor de 12 años, uno de 9, una niña de 5 y el menor de 3.

-¿Quiénes son ellos? gritó furioso un guardia.
-Son mis hijos- respondió Adela.
-Entonces hay que llevárselos y matarlos también, afirmó uno de los hombres apuntando a los niños con la ametralladora.
-No les hagan nada, me voy con ustedes les repuso la madre de los niños, rindiéndose ante los 7 hombres encapuchados.
De pronto una ráfaga de ametralladoras irrumpió la noche, las detonaciones se escucharon cerca, Adela pudo soltarse de los hombres que la tenían prisionera y salió corriendo hacia la puerta trasera de la casa, sabía que esas balas habían sido dirigidas a su hijo Carlos.
Los guardias al escuchar las detonaciones salieron corriendo, imaginando que la guerrilla había llegado a la zona, no sin antes disparar una ráfaga sobre Adela, quién inmediatamente cayó boca arriba, emanando sangre. Afuera el hijo de Adela había eludido las ráfagas de ametralladoras que los guardias habían disparado al ver su silueta correr en el traspatio de la casa, Carlos pudo parapetarse en un lavadero de cemento, una bala apenas había rosado su piel.
Cuando Carlos regresó a su casa se encontró con un cuadro dantesco: sus 4 hermanos yacían llorando alrededor del cuerpo ensangrentado de su madre, no pudo resistir y perdió el conocimiento.
Adela, había llamado a su hija mayor Dinora, para pedirle que la pusiera boca abajo, pues la sangre la estaba ahogando, las balas le habían destrozado el rostro y alcanzado el cuerpo, además le había pedido que la cubriera con una sábana para que sus otros hijos no la vieran morir.

-Mamita no te muras- gritaban desconsolados todos los hijos alrededor del cuerpo agónico de Adela.

Después de cumplir con lo que su madre le había pedido, Dinora salió de la casa, a implorar por ayuda a los vecinos para llevar a su madre al hospital, muchos se negaban a abrir las puertas por temor a los escuadrones de la muerte. Finalmente unos vecinos le abrieron y la introdujeron a la fuerza, Dinora les rogaba para que la dejaran salir, pues sus hermanos y su madre estaban en la casa, y su madre necesitaba atención médica, los vecinos la dejaron salir, luego otra familia refugió a todos los hijos de Adela en la casa.

Dinora estuvo toda la noche en vela, vigilando desde una rendija hacia su casa, con la esperanza de que amaneciera y pudiera llevar a su madre al hospital . Al llegar las primeras luces de la mañana, Dinora salió corriendo hacia la casa, su madre ya estaba muerta, rígida. La muerte de Adela había salvado a los hijos de morir también a manos de los escuadrones de la muerte, que no les importaba asesinar impunemente niños, ancianos o mujeres.

Así comienza el penar de los niños, hijos de una víctima más de los escuadrones de la muerte de El Salvador, esos que nunca han sido juzgados por los crímenes cometidos, quienes cobardemente se habían amparado en la ley infame de amnistía, pero que ahora se abre la posibilidad de encontrar justicia, pues durante el conflicto armado eran dioses de la muerte bajo el poder de las armas, con el suficiente poder para asesinar y torturar a mujeres desarmadas. La historia de Adela y sus hijos es la historia de silencio y de dolor compartido por miles de familias salvadoreñas que aún piden justicia.

1 de enero 2013

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