La Guerrilla

"Mi madre murió el 19 de septiembre de 1989 en Dulce Nombre de María en una emboscada. Gracias por recordarla" Carlos Torres López, hijo de Sonia.  

Sonia era cuasi una niña cuando, a mediados de 1980, apareció por las alturas del volcán Chinchontepeque, y fue enviada como sanitaria militar al hospital de campaña ubicado en las afueras de La Paz Opico. Nadie de nosotros la había visto antes, no la conocíamos, mucho menos sabíamos que era hermana menor de Carabina, o sea Ovidio López, un líder natural por las comunidades de Chalatenango y que también había estado en El Chinchontepeque durante el año de 1978 mientras huía de la despiadada represión gubernamental desatada en el departamento de Chalatenango. Y como la disciplina militar era férrea y voluntaria nadie indagó más sobre aquella reservada niña ya que solo preguntábamos lo necesario para ejecutar cada una de las misiones asignadas. Sonia era de estatura mediana, de piel más clara que aceitunada, y de un par de ojos claros y amarillentos, de pelo negro y lacio, un tanto misteriosa y muy bonita. Y entonces comenzamos a verla por la ermita de La Paz Opico, o por la fuente de aguas cuando, por las tardes, íbamos a bañarnos o a lavar nuestros uniformes.   

Los días en el hospital de campaña no tenían principio ni final porque las jornadas de atenciones a los compañeros heridos eran permanentes. Y tras uno otro, se hacían como presentes, y de forma circular borrando la claridad de los días y las noches ya que se atendía de forma permanente. Y no era para menos: había varios compañeros heridos de bala o por esquirlas de granada, y las compañeras enfermeras eran más que eso, eran compañeras de lucha que aparte de su función de sanitarias militares también atendían la parte psicológica y social de los heridos. Y entre exclamaciones de dolor, bromas inocentes y también picantes, y declaraciones de amor, se les iban las amanecidas, los crepúsculos y las tinieblas de la noche. La urgencia del hospital de campaña se nos hizo más latente cuando a finales de 1979 nos hirieron de bala y de machete a Pedro [Gregorio González. Véase los relatos de “La Beligerante Sección Número Uno”] y no disponíamos ni de la estructura necesaria mucho menos del personal competente o las medicinas y equipos adecuados para enfrentar este tipo de contingencias. El 10 de mayo de 1979 había sido herido de un brazo Ramón Torres [Véase relato “Los Veintitrés Kilómetros de La Terrible Carretera”] por una bala de rifle G-3 en un enfrentamiento a orillas de la carretera y a la altura de la subestación de CEL de Agua Caliente en las cercanías de Tecoluca. Y más tarde, ese mismo año, un compañero de las escuadras que mandaban Héctor Torito y Porfirio que había sido herido durante la ejecución de un golpe de mano y posterior enfrentamiento por las proximidades del hospital nacional Santa Gertrudis de la ciudad de San Vicente, y que cuando llegaron con el compañero herido allá por La Paz Opico no había forma de cómo atenderle de urgencia las tres heridas en el pecho ocasionadas por balas de pistola calibre .45 y los perdigones de escopeta calibre .12 en varias partes de su cuerpo. Cuando llegamos con Pedro con un disparo de revolver .38 spl y un machetazo en el pecho solo disponíamos de un estudiante de medicina proveniente de La Universidad de El Salvador, UES, que hacía “sus prácticas sociales” con nosotros, los guerrilleros del volcán Chinchontepeque. Poco a poco fuimos resolviendo este asunto, y ya para agosto de 1980 había llegado Pedrito y su esposa Sonia, ambos médicos de profesión. Y el hospitalito de campaña comenzaba a tomar forma e impulso cuando Sonia, con su idiosincrasia resplandeciente y con sus farolas ambarinas, fue enviada a esa estructura de sanidad militar.

En diciembre de 1980 fue enviada a La Zona Rancho junto con los mandos que íbamos a preparar la ofensiva final del sábado 10 de enero de 1981. Aquella inolvidable navidad la pasamos en el puesto de mando ubicado en el caserío de Peñas Blancas inmersos en un ajetreo organizativo de cara a la anunciada ofensiva final. Las mañanas se marchaban deprisa, los mediodías nos caían con todo el sopor del sol, y las tardes se evaporaban con la brisa fresca que soplaba desde las aguas y las brumas de los ríos aledaños como el Copinolapa y el Lempa. Y las noches aterrizaban en medio de nuestras nostalgias por las novias, novios, magnos compañeros y compañeras, y los cafetales del volcán Chinchontepeque que habíamos dejado atrás y que había sido nuestro hábitat natural, en mi caso personal desde 1977. Así iba y venía la vida con toda la fogosidad de su juventud y el peso de sus esperanzas a finales de 1980. Y como Roberto, el instructor militar, y El Chele Beto eran bromistas e inventores de malabares decidieron gastarle una broma a Sonia para lo cual buscaron mi apoyo. La broma consistía en manipularle el cerrojo y la corredera a la carabina M-1 para que cuando Sonia estuviera prestando servicio de guardia en altas horas de la madrugada en el puesto de mando no pudiera disparar, en tanto Roberto y Beto tratarían de darle un buen susto, meterle mucho miedo, y ver su reacción. ¿Qué les parece? Planeando una gran ofensiva militar contra El Gobierno y sus Fuerzas Armadas, y a la vez inventando bromas, bromas que por cierto, podrían salirnos caras, pero que Beto y Roberto las veían y entendían como una válvula cultural porque nuestra época de juventud y la escuela la habíamos dejado a un lado por meternos a contribuir a ganar la guerra, y yo, que se suponía era muy maduro para mi corta edad les hacía caso al par de bribones convirtiéndome en cómplice, es más, yo también inventaba malabares y otras bromas como aquella cuando amarramos a Porfirio Ojos de Gato en su hamaca mientras dormía una noche que habíamos tenido una reunión de mandos en San Francisco La Laguneta, y la otra que cuando despertó y se quiso poner sus botas de marca “Cobán” se las habíamos amarrado a un horcón de la casita donde habíamos pasado la noche. Para nuestra suerte, la noche de la broma, Sonia ni siquiera se inmutó sino que mantuvo una actitud de frialdad echando mano a la carabina y haciendo el aspaviento de disparar hacia donde creía que venía el ruido, y los extraños sonidos que pretendían amedrentarla. Yo estaba cerca de ella para intervenir a tiempo y así poder evitar cualesquier contingencia o compañero herido por algún plomazo perdido que ella pudiera disparar.

¡…Cabrones más virgos son ustedes…! ¡Hijos de puta! Les gritó Sonia desde su posición de guardia nocturno y con la carabina M-1 en sus manos apuntando hacia el vacío de la oscuridad. Y es que Sonia, al igual que las demás mujeres de aquella época lejana y medio olvidada, se amarraba bien los pantalones y las botas, y “le retrucaban los ovarios” así como a los hombres “les retrucaban los huevos” para enfrentarse a las tropas enemigas en la ruta por construir la visión utópica, el socialismo. Aquellas voces de “me retrucan los ovarios” y “me retrucan los huevos” fueron terminologías lingüísticas de acuerdo al lenguaje popular desarrollado entre los guerrilleros de Las FPL por los andurriales del volcán Chinchontepeque y que se fueron extendiendo hacia otros frentes de guerra. Aquella noche, Sonia, me miró a través de la claridad de la madrugada como inculpándome, y a la vez haciéndome saber que ella tenía conocimiento que yo también era parte de la broma. Pasada la ofensiva final del sábado 10 de enero, Sonia fue enviada a La Sección que mantenía la posición en el cantón San Gerónimo, cuyo jefe era Luis El Cafecito. Y cuando la invasión enemiga que comenzó cuando amanecía el domingo 15 de marzo allí se encontraba entre las tropas de La Sección guerrillera que combatieron unos tres días por las orillas del río Copinolapa contra las tropas enemigas del DM2. Una tarde de finales de abril de 1981 descubrimos que a Sonia la pancita le crecía resultando ser el embarazo de su primer bebe. El responsable de la pancita no era otro que el tal Luis, El Cafecito, otro aguerrido y a la vez bromista de nuestro grupo, y cuyo apodo se le pusimos con Porfirio allá por las alturas del caserío El Mono en el volcán Chinchontepeque porque físicamente se parecía a Inés, El Cafecito, un compañero originario de San Carlos Lempa y que actualmente vive en Australia. Y a finales de junio principios de julio regresé a las alturas y cafetales del volcán Chinchontepeque. Y la historia guerrillera con sus cientos de recovecos siguió caminando por las quebradas y veredas en busca de la utopía cuyo horizonte se nos tornaría más nublado y oscuro a medida que avanzábamos en el desarrollo de la lucha armada. ¿Y Sonia? De las posiciones de San Gerónimo por las estribaciones de La Zona Rancho pasó a las de Chalatenango, su tierra natal, donde siguió escribiendo mucha historia con su firme voluntad, el ardor de su juventud, el valor de su sudor y lo rojo de su sangre. Unos ocho años más tarde, desafortunadamente, caería en combate. “… Mi madre murió el 19 de septiembre de 1989 en Dulce Nombre de María en una emboscada. Sus últimas palabras dichas a una mujer campesina fueron "… mis hijos son todo para mí…" Me escribe Carlos Torres López, uno de los hijos de Teresa López, nombre de pila de Sonia, nuestra inmortal guerrillera.

San Salvador | Noviembre 2016.

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