La Guerrilla

Un hombre al atardecer   

Desde la torre de vigía contempló la avenida hacia el norte en dirección a mejicanos, y la misma avenida hacia el sur en dirección a la iglesia Don Rúa y hacia el centro de la ciudad capital. El asfalto de las calles y avenidas parecía hervir bajo el sopor del mediodía. Mirando hacia adentro, hacia la instalaciones de La Primera Brigada de Infantería, todo parecía en calma. Miró los techos de las casas de enfrente y su pensamiento se fue volando hacia los compañeros y amigos de los caseríos de la zona para-central, y es que, desde su atalaya, medio se podían ver las dos cumbres del altivo volcán Chinchontepeque. Todos los preparativos para el escape estaban listos. Estaba seguro de eso porque lo había calibrado todo hasta en milímetros. Eso creía. Y es que siempre había sido así, metódico, y detallista. Antes de recibir el turno de guardia se había puesto ropa de civil por dentro del uniforme verde olivo. Tan pronto saltara de la torre y a una distancia prudencial se despojaría de las ropas militares y se quedaría con las ropas de civil que llevaba puestas por dentro del uniforme. Las botas de combate no significaban problema alguno. No muchos se fijan en los zapatos, y si lo hacen, las botas militares pueden pasar desapercibidas, total, el país estaba en guerra y los militares eran los dueños y señores del país, con el apoyo de los ricos y del gobierno norteamericano, por supuesto. Llevaba un par de semanas planeando la fuga y había decidido que hoy sería el mejor momento para hacerlo. La parte, un tanto difícil, era qué hacer con el rifle de reglamento G-3. Había pensado desarmarlo y meterlo en una bolsa y llevarlo consigo. Armas hacían mucha falta para la causa revolucionaria, y un rifle G-3 vendría de maravilla. También había pensado dejarlo abandonado en el puesto de centinela. Pero, por si las moscas, se había procurado un par de bolsas que sirvieran llegado el momento. Y así lo hizo. Miró en derredor desde la torre y vio todo en calma. Era la última vez que veía esa panorámica desde esa posición militar. Entonces saltó de la torre hacia la calle. La altura no era mucha y estaba seguro que no significaba problema alguno para sus piernas y rodillas porque después tendría que correr y mucho, de ser necesario. Pero tenía que hacer todo deprisa para que cuando descubrieran su huida él debía estar muy lejos. Había planeado tomar unas tres rutas de buses urbanos del transporte colectivo para despistar a sus posibles perseguidores. Y luego enfilaría sus pasos hacia la terminal de buses de occidente donde abordaría un bus interdepartamental que lo llevaría, primero a la ciudad de Zacatecoluca, y de allí, a la zona rural del departamento de San Vicente. Solamente de esta forma podría coronar su hazaña. El tiempo apremiaba antes de que lo descubrieran. Si descubrían la fuga antes del tiempo que había calculado para el éxito total, y lo detenían, no tendría posibilidades de sobrevivir ya que sospecharían de él, y en un interrogatorio exhaustivo descubrirían que su leyenda no era más que eso: una leyenda pura, inventada. Había sido detenido en San Salvador, en una batida que el ejército realizaba y como estaba limpio, luego había sido reclutado por estos para prestar servicio en las filas castrense. Así funcionan algunas veces las reglas del hijoputa azar porque toda esta peligrosa aventura había comenzado en una de las salidas que tuvo que hacer de la casa de seguridad de la organización guerrillera para realizar tareas revolucionarias. Afortunadamente la leyenda era sostenible y no lo habían descubierto pero creía que era cosa de poco tiempo para que lo hicieran así que tenía que huir lo más pronto que le fuera posible. Suponía que los compañeros, que eran parte del equipo de la casa de seguridad, lo daban por muerto ya que no había regresado aquella tarde, y era posible que la misma casa de seguridad hubiera sido desalojada por los compañeros siguiendo las reglas y normas de seguridad en casos parecidos, ya que él no había tenido posibilidades de comunicarse con ellos puesto que todos los canales de comunicación interna le fueron cortados cuando lo llevaron a la brigada militar, la misma de donde, unas semanas más tarde, pretendía escapar. Y eso estaba sucediendo en tiempo real. En efecto, esta misma tarde. Hoy, para ser más exactos. Y ya estaba a orillas de la avenida luego de saltar desde la torre de vigía. El equipaje era poco, y especial, compuesto por una pequeña mochila que más parecía un morral, y un saco de mediano tamaño. Se decía a si mismo que tenía que mantener la calma y mente fría en todo momento, y actuar de acuerdo a las circunstancias que se le presentaran. Y es que ya para ese tiempo, El Coco-seco había transitado por un proceso de ser miliciano raso dentro de las estructuras de seguridad de La Unión de Trabajadores del Campo, UTC, posteriormente había sido cuadro y jefe dentro de las filas de las milicias populares de liberación, y en los días posteriores a la fuga, la organización lo promovería enviándolo a las estructuras del Ejército Popular de Liberación, EPL, del frente para-central. Además tenía preparación militar, y experiencia de combate. Y es que, entre sus méritos, ya contaba haber combatido contra agentes de la guardia nacional, policía nacional, tropas del ejército, y patrullas de ORDEN. “Con los guardias nacionales no se juega…cuando se encabronan no hay quien los pare…” le habría dicho a su madre una tarde que platicaban bajo las sombras de los árboles de mango y de los marañones allá por el patio de la casa familiar en el cantón Los Platanares, recordando un enfrentamiento con elementos de la guardia nacional que había tenido lugar por la carretera hacia El Puerto de La Libertad dónde él, Marcelino Coto, Lencho y otros compañeros se habían batido a tiros con las tropas enemigas. Así que el asunto de la fuga no era para alarmarse más de lo necesario. En peores aprietos había estado, y había logrado salir con el pellejo completo.

Se sacudió el pantalón y se acomodó la camisa. Revisó los cordones, y que los nudos de los amarres de ambas botas estuvieran bien hechos de acuerdo a la costumbre del combatiente. Se puso de pie enderezando su cuerpo al tiempo que miró a ambos lados de la avenida, y hacia las puertas y ventanas de las casas vecinas y de las tiendas para estar seguro de que no lo habían visto saltar desde la torre de vigilancia. Y comenzó a caminar, como un transeúnte más, enfilando sus pasos hacia el sur. En tanto el macadán de la avenida hervía en el sopor de la tarde que apenas comenzaba a hacerse presente. Unas tres cuadras más adelante, en un rincón discreto que creyó servir para la ocasión, se deshizo del uniforme militar, y se quedó con las ropas de paisano conservando las botas puestas porque no había podido conseguir otro tipo de zapatos. Una ventaja era que a esa hora la mayoría de las casas estaban cerradas y sus habitantes sumidos en la penumbra de la siesta. Y los vehículos circulando en ambas direcciones eran pocos a esas primeras horas de la tarde. Así que no había tantos riesgos de que lo descubrieran. Por lo menos así lo había valorado cuando planeó los detalles de la fuga. Los días del mes de noviembre caminaban hacia su final. Y los de diciembre de 1979 avanzaban a toda prisa entre los vientos de verano y de la navidad que estaban a las puertas de la esquina de dicha avenida por donde dirigía sus pasos hacia la parada de buses de la ruta número 6, o la número 2, porque esas rutas lo llevarían al centro de la capital, y de allí abordaría otras rutas para despistar a sus posibles perseguidores, hasta llegar a la terminal de buses de occidente. Lo demás era un asunto de suerte de la cual siempre había creído tener, llegada la ocasión, y mucha. También estaba de por medio, y contaba a su favor, la mentalidad audaz y aguerrida del guerrillero formado en las filas de Las Fuerzas Populares de Liberación. Así que en su mente de joven campesino alzado en armas, el peligro que significaba la huida ya había pasado y, por supuesto ya había recorrido la distancia, y ya se veía de cuerpo presente en Los Platanares donde había crecido, y vivía junto a su familia, o en su defecto en el cantón El Copinol donde su pequeña hija, Dinora, recién había nacido el 14 de noviembre aunque esto último él todavía no lo sabía, o en La Cayetana subiendo la pendiente en medio de hileras de árboles de quebrachos camino hacia La Paz Opico. Pero cuando sonó el claxon del bus volvió a la realidad. Entonces tensó todos sus músculos y energías disponiéndose a abordarlo, y a proseguir su camino. Cuando el bus se detuvo subió por las gradas de este, pagó al conductor los 15 centavos del pasaje, se guardó el ticket que acreditaba el costo en centavos de colón, en la bolsa de la camisa, y tomó asiento junto a la ventana como un pasajero más de los pocos que, a esas horas del día, viajaban entre los ruidos y el humo de los edificios. El bus reinició su marcha, perdiéndose entre las calles y avenidas de la ciudad capital.

Salvador Sánchez, apodado y conocido como El Coco-seco, siempre fue un hombre de armas. Nació en el cantón Los Zacatillos jurisdicción del municipio de San Juan Nonualco, en el departamento de la Paz. Estudió desde el primer grado hasta el sexto en La Escuela Rural Mixta Cantón Los Platanares. Y después siguió estudiando por las noches en el Tercer Ciclo José Simeón Cañas donde terminó los estudios de secundaria para luego continuar los estudios de bachillerato en el externado John F. Kennedy que estaba ubicado en las cercanías del almacén El Cairo por la calle central que conduce hacia la estación de trenes de Zacatecoluca. Y como todo adolescente era muy inquieto y arrojado en todo lo que hacía y siempre se la jugaba por sus amigos cercanos. Una noche, cuando aun no cumplía ni los dieseis años le llegaron a avisar a mi mamá que había habido un accidente de vehículo por la calle que viene desde Zacatecoluca hacia la hacienda El Nilo, a la altura de donde ahora está ubicado el instituto tecnológico. Y que había varios heridos y golpeados graves, y que entre ellos estaba su hijo Chamba, El Coco-seco. Cuando mi mamá y Manuel, mi hermano mayor, se hicieron presentes al lugar del accidente ya estaban recogiendo a los golpeados y trasladándolos para el hospital regional Santa Teresa. El Coco-seco iba desmayado y sangrando por los golpes recibidos. Y ya se pueden imaginar que a mi madre se le fue el alma quién-sabe-adónde al ver a su hijo preferido, de entre los varones, en esas deplorables condiciones. Lejos estaba de sospechar, ni siquiera en sus pesadillas más atroces, que unos cinco años más tarde estaría presente cuando los compañeros campesinos de la zona recogieron y dieron sepultura a los cuerpos de los cinco guerrilleros caídos en un fiero combate, uno de los cuales era el de El Coco-seco, su hijo predilecto que presentaba heridas de bala en diversas partes del cuerpo. Pero la vez del accidente automovilístico del que les vengo platicando, El Coco-seco logró recuperarse sin mayores problemas ni consecuencias negativas, ni para el cuerpo ni para el alma. El vehículo del accidente era propiedad de la familia Minero, vecinos nuestros en el cantón Los Platanares. Ahora no recuerdo si fue Salvador, o Ricardo Minero el que manejaba el vehículo pero lo hacía en estado de ebriedad total y en horas de la noche. Y cuando el conductor perdió el control del vehículo se dieron el tremendo vuelco y jamelgazo que les significó uno de los primeros sustos por aquellos años.

Salvador Sánchez fue muy conocido en el frente para-central solamente como El Coco-seco. Ni más ni menos. Un jovencito que se inició temprano en las estructuras de la organización campesina mientras estudiaba. Y luego fue reclutado para engrosar las filas de las milicias populares de liberación, MPL. Eran los tiempos de organizar a los campesinos, de las pintas de propaganda subversiva rayando el amanecer, del reparto de “El Rebelde” a la medianoche, de la lectura y posterior análisis de “La Estrella Roja” en los grupos milicianos y en las escuadras guerrilleras, y en las estructuras de masas y del partido en construcción. Eran los tiempos cuando cada primero de abril nacíamos de nuevo, celebrábamos, con alboradas, nuestro cumpleaños, izábamos la bandera en operaciones clandestinas a la medianoche o al amanecer, donde fuera más visible para el enemigo y para los pequeños burgueses que por cobardía y oportunismo despreciaban la lucha armada, como vía de acceso al poder, y en efecto, la bandera con la hoz y el martillo y las tres letras mayúsculas que significaban sangre y respeto, binomio de poder y pueblo como acero fundido, y también las otras dos mayúsculas que representaban el nombre del fusilado Farabundo Martí. Eran los tiempos de las huelgas de los obreros en las fábricas, y de los trabajadores en las fincas de café, y en los campamentos de algodón. Eran los tiempos de las marchas combativas del BPR rompiendo esquemas y modelos de lucha reivindicativa y revolucionaria. Eran los tiempos cuando los patrones se hacían en los calzones porque por allí venía El EPL con todos sus batallones. Eran los tiempos de la pistola o el revólver, oculto, bajo la camisa para cruzarse a tiros con los malos espíritus del paisaje. Eran los tiempos de las reuniones clandestinas por los ríos y cañadas. Y por allí iba y venía El Coco-seco en el medio del laberinto de sus pasiones por la lucha. Uno de aquellos amaneceres, por la parte sur de Zacatecoluca, un grupo de muchachos milicianos hacía de las suyas con las pintas, espray en mano, cuando uno de los jefes de patrullas salió a ver quiénes y por qué le estaban pintando la casa con consignas subversivas. El tipo salió con la pistola en la mano, con ganas de tirotearse con el mismísimo diablo si este fuera el de las pintas subversivas, pero cuando reconoció en el grupo al Coco-seco, que estaba enfrente de la casa, mientras otro compañero de las milicias escribía en la pared “¡Revolución o muerte…El pueblo armado vencerá…!” el jefe de patrullas, reconociendo al Coco-seco en el acto, le dijo “¡Ah vos sos…!” y sin decir algo más se metió de nuevo en su casa cerrando tras de sí la puerta. Solo para ilustrarles, en Santiago Nonualco había una pinta en un muro que decía “…lucha armada hoy…socialismo mañana…” me dijeron que la había escrito Santos Díaz Escoto, un cuadro del partido, originario de Los Platanares y que sería asesinado a mediados del año de 1983. Y así nacieron las leyendas que forjaron aquellos hombres y mujeres, hembras y machos, desde luego, leyendas forjadas en cada despuntar del sol, en cada amanecer que se hacía presente empachado de esperanzas.

Yo escuché hablar de esta historia de la fuga durante varias ocasiones y en diversos puntos geográficos del para-central. Sin embargo, en aquellos años de epopeyas y de heroísmos por la causa, le presté poca atención. Y es que no hubo momento oportuno para hablar del asunto porque, el azar, o el destino, o ambos juntos, actuaron rápidamente y sin vacilaciones. Pero claro, yo había visto a mi hermano con el pelo rapado a lo militar, algo que era inusual en él pues siempre usaba el corte a la “francesa oscura.” Y además, cuasi todo el año de 1979 no había aparecido por la casa y hogar familiar. Y un mediodía de finales de marzo de 1981, cuando El Coco-seco ya tenía un año de caído en combate en la emboscada por el río de aguas negras Cantarrana, el comandante Milton me comentó, allá por los cocoteros de La Paz Opico “entonces tu hermano se escapó de la brigada” me lo dijo a quemarropa y a manera de reflexión en el medio de una conversación sobre un reporte de la invasión por tropas enemigas a la zona Rancho. Luis “Cafecito” estaba presente. También escuché narrar a testigos del asunto, compañeros de una comunidad que ya no existe porque fue borrada del mapa por las tropas enemigas, que un ocaso cualquiera vieron bajarse de un bus a un hombre desconocido allá por un desvío de la terrible carretera que va desde Zacatecoluca hacia San Vicente y con la ciudad de Tecoluca en el medio. Lo vieron enfilar sus pasos hacia las alturas del volcán Chinchontepeque. Los mismos testigos me dijeron, y además me aseguraron, que el desconocido llevaba puestas botas militares, el pelo rapado al estilo militar, y un saco de mediano tamaño en sus manos lo cual les había llamado mucho la atención. Y creyendo que se trataba de un militar enemigo infiltrándose en las comunidades campesinas organizadas se le acercaron con cautela a fin de indagar sobre el desconocido. Viéndolo de cerca y en medio de las sombras de la noche que caían de golpe, reconocieron los rasgos faciales de El Coco-seco, a quien, por cierto, tenían meses de no ver por esos lados. Y se comentaba, y rumoraba que andaba en la Brigada Farabundo Martí rompiéndose la madre con la guardia nacional de la familia Somoza. Rumores nada más, me dijeron, porque esas cosas de hombres y entre machos, siempre se rumoraban, y al mismo tiempo se negaban. Y como era un compañero reconocido por todos esos caseríos organizados en La Unión de Trabajadores del Campo, UTC, no le dieron mayor importancia a la presencia del aparecido, aparte de alegrarse por el casual encuentro. Dinora, la hija del Coco-seco tendría unas dos semanas de nacida. En lo personal, si El Coco-seco fue miembro de La Brigada Farabundo Martí o no, no lo puedo corroborar, por razones de compartimentación entre los diversos niveles y tareas dentro de la organización guerrillera, de lo que si estoy seguro es que con El Coco-seco nos habíamos visto allí por enero de 1979 y luego nos volvimos a encontrar en diciembre de ese mismo año. En otras palabras, habíamos pasado cuasi un año sin vernos. Y luego compartimos en familia, de manera esporádica, unos tres meses, porque a mediados de marzo de 1980 cayó en combate. Ah y el día que cayó combatiendo vestía una de mis camisas, y portaba mi cinturón militar. Los compañeros campesinos que los sepultaron – mi madre estuvo de cuerpo presente – me llevaron las botas color de vino y marca “Cobán” que le quitaron antes de devolverlo a la tierra de sus madrugadas. Hace un tiempo – año 2006 – fuimos con mis sobrinos a buscar los lugares exactos donde están las tumbas, y encontramos que en la superficie de la tierra, por sobre los esqueletos, se cultiva maíz y caña. Y descubrimos que, la tierra, sigue igual. Y es que, hasta ahora, no se ha hecho mucho por rescatar los restos mortales de los compañeros. Y el legado de esperanza para las futuras generaciones, por el que estos hombres y mujeres excepcionales ofrendaron sus vidas, está sepultado y olvidado.

Lunes 09 de marzo 2015. | Foto: Salvador Sánchez, también conocido como El Coco-seco

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