La Guerrilla

Un pequeño reportero, esmerado autodidacta que empuñaba solamente su grabadora y su libreta de notas

A los gringos, al alto mando y al estado mayor del ejército les asaltaban hasta fantasmas ya que aún recogían escombros en la Cuarta Brigada de El Paraíso. Pasaron más de dos meses y sus lunas y en algún día de marzo de 1984 el Batallón Atlacatl finalmente se animó a entrar nuevamente a Chalatenango.

Claro, La Montañona era objetivo forzado para el Atlacatl, que presionaba al Chalatenango insurgente previo a las elecciones donde participó Napoleón Duarte. Buscaban también silenciar a Radio Farabundo Martí, que tuvo que evacuar el campamento y moverse a los cerros de Nueva Trinidad.

Cuando entró el operativo, el mando del Frente Norte Apolinario Serrano preguntó a la radio si podían enviar otro corresponsal de guerra a la zona del operativo, pese a que Neco Godínez ya andaba como corresponsal en la Agrupación de Batallones Felipe Peña Mendoza.

Neco, quizá un cipote de unos 16 años, campesino de origen, había llegado de la zona de Guazapa a la Radio en abril de 1983 a un taller de redacción que compartió Nicolás Doljanin, Nicón (compañero argentino que a inicios de 2013, obtuvo un premio de Casa de Las Américas en La Habana por su libro “La sombra del tío”, referido a la lucha armada popular salvadoreña y a Marcial, Salvador Cayetano Carpio, fundador de las FPL). El Neco trenzó una gran amistad con Nicón en los trajines y sobresaltos con las tropas guerrilleras.

Ingresó a tareas de mensajero del mando de las FPL en las veredas de la bombardeada Guazapa en 1982. Con perseverancia acelerada aprendió a traducir su avispado pensamiento en iniciales letras escolares y pronto pasó a ser corresponsal de La Farabundo, reportando desde los radios en onda corta.

Cuando llegó al taller de corresponsales, en el campamento de La Farabundo ya estaba Bety, una compañera cocinera, hermana del bicho Milton y para Neco ella se convirtió en su amor adolescente, que no pudo, por las exigencias de su trabajo, pasar de sus insinuaciones con rancheras de José Alfredo Jiménez que sonaban en la radio.

Según recuerda Nicón su instructor, Neco nunca tuvo la oportunidad de ir al cine, pero cuando reportaba en vivo los combates en el asalto a una compañía enemiga y el bombardeo inmisericorde a Tenancingo en octubre de 1983, Neco hizo referencia hasta del bombardeo a Guernica, un poblado vasco destruido por los alemanes en plena guerra civil española: para Neco, la demolición hecha por la Fuerza Aérea Salvadoreña sobre Tenancingo no podía tener otra semejanza.

Para esos días de marzo en Chalatenango, al Batallón Atlacatl se le dejó ingresar con muy poca resistencia a La Montañona. Rastreaba directamente a los guerrilleros que pocos días antes habían entregado al CICR a más de 200 soldados hechos prisioneros en El Paraíso, incluido al coronel y a su amante.

Cuando el Atlacatl bajó de La Montañona por las crestas del Cerro La Burrera, Cerro Vivo, Los Naranjos y llegó a El Amatillo, se detuvieron. Era poco antes del mediodía. Se estacionaron en la polvosa calle que de Las Vueltas aún llevan a El Zapotal y a Ojos de Agua.

A Dimas Rodríguez y a su equipo de comunicaciones me les uní como corresponsal en las afueras de La Laguna Seca. Fueron horas en silencio. Y el Atlacatl aún sin avanzar, comenzó un infierno de ráfagas y explosiones por la zona de El Amatillo y El Picacho. Como corresponsal le preguntaba a Dimas si ya había iniciado el combate. Los estruendos no cesaban. Dimas, por tres o cuatro ocasiones me dijo que aún no. La inmensa cantidad de explosiones seguían. En pleno día el Atlacatl no miraba y estaba tanteando existencia guerrillera, cuando en realidad estaban a pocas decenas de metros.

Los pelotones guerrilleros no habían disparado un solo tiro, por órdenes estrictas de Dimas, manteniendo el secreto bajo ráfagas y en una enorme herradura desplegada entre los cerros de El Picacho y El Anonal que tenían en vértice el encaje de La Laguna Seca, donde estaba Neco.

Preguntamos nuevamente a Dimas si había iniciado el combate cuando dos bombarderos A-37 Dragon Fly asomaron en el brumoso cielo de marzo. Neco aún no tenía reporte. La orden era el secreto total. Los A-37 iniciaron el bombardeo sobre el encaje de La Laguna Seca, donde los compas se disponían a almorzar. Un hilo de humo de la cocina los delató.

Las bombas cayeron y despedazaron al mando de un destacamento de las Unidades de Vanguardia de Santa Ana que jefeaba el Capitán Andrés. Junto a él estaba Neco, el corresponsal de la Radio.

Otras compañeras y compañeros de comunicaciones, cocina, seguridad y sanidad también fueron fulminados por la bomba.

Los aviones continuaron lanzando bomba tras bomba que resorteaban por todos los cerros. Y el emblemático Batallón Atlacatl no quiso avanzar y se retiró.

Aquella tarde, salimos de las zanjas antiaéreas al oriente de La Laguna Seca. Las bombas habían incendiado los cerros y planadas de La Laguna Seca. Dimas siempre guardó silencio y su mirada fue una profunda mezcla de coraje con dolor.

Antes del anochecer, combatientes de la UV cargaban los cuerpos heridos o muertos de los compañeros. Uno de ellos era Neco. Las aún humeantes cenizas de los zacatales eran surcadas por la tilosa columna cargando las hamacas con los hermanos.

Él apenas habrá alcanzado a grabar el paso del A-37 cuando ya la bomba iba hacia ellos. Un pequeño reportero, esmerado autodidacta que empuñaba solamente su grabadora y su libreta de notas. Un corresponsal en plena línea de fuego, sin aspavientos, más dado a compartir y construir camaradería, valores y bromas con un contingente humano que por necesidad tomó las armas.

Neco comía los mismos frijoles y tortillas que la tropa y disfrutaba con ellos las tazonadas de café guindado en la hamaca. Marchaba con y como ellos. Hacer periodismo, reportear en marchas, explosiones y el esparcido olor a pólvora nunca fue fácil. No solo se requería habilidad de dar una noticia, sino tener la convicción y textura en las recurrentes llamas donde se fue escribiendo la historia de Chalatenango y de este país.

Fuente: ContraPunto l Neco: un avispado corresponsal

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