La Guerrilla

Vitales pasos de quien sería un técnico-mecánico de Radio Farabundo Martí

Milton, así nos conocimos. Como a todos: algo pasó en nuestra vida, para decidir unirse a la legítima corriente popular armada en este país. Un muchacho “patías delgaditas” que le dicen.

De ser combatiente de una columna guerrillera que rafagueaba los helicópteros cuando pasaban sobre el cerro El Gallinero, muy cerca de Chalate, pasó poco después a ser parte del equipo de los “Saltamontes” de La Farabundo. Un equipo de jóvenes chalatecos que se dispusieron a aprender esa magia de la electrónica, la mecánica y el manejo de aparatos bajo la perseverante enseñanza de Miguel Ángel, Justiniano y de Juan Carlos, el técnico pelazón de la RFM desde su ombligo.

Pues Milton llegó a la Radio aún con los sustos de conocer San Salvador y las iglesias antes de la guerra. Asunto que conocimos hasta estos días. Él nació y vivió su infancia en San Miguelito, una comunidad campesina ubicada al norte de la ciudad de Chalatenango y al sur de Las Vueltas, unida por la entonces calle de filosas piedras y espeso barro que aún se niega a perder su identidad.

Milton a la derechaA San Miguelito un día llegó un gran operativo de cateo. Los uniformados le dieron vuelta a todo, hasta las tilosas ollas. Habitaban entre la Guardia Nacional en Las Vueltas y el cuartel de Chalate y, entre la gente, los de ORDEN. Milton era cipote y en aquel desparpajo se escondió tras las naguas de su madre.

No nos dejaban salir a nadie del cantón. Todos los cultivos que tenía la gente, allí los dejó tirados, porque si usted se iba a donde habían hechos las milpas, a recoger el maíz, allá lo mataban. Entonces nosotros ya no podíamos salir. En la noche nosotros lo que hacíamos es llenábamos los costales de las colchas, los tendidos de plástico y nos íbamos a dormir al monte.

Eso era todos los días. Hasta que se llega un momento en que matan a una cipota que se llamaba Hilda. La cipota se había acompañado, estaba embarazada. La agarran los guardias, la violaron, le rajaron los pechos en cruz y al final la rodaron a una poza que le decían la poza de las cocinas, ya llegando a San Miguelito, y la cipota quedó trabada en un palo. Al suegro de ella que era un ruquito, a ese lo mataron a puros balazos al pié de un palo de tempate, en un lugar que le decían El Morrito. Después, mataron a una cipota que estaba estudiando en el instituto, le quitaron los brazos, las piernas, así la tiraron por un lado y por otro. ¿Y ya nosotros cómo salíamos?

Milton se zambulle cuando avanzaba el operativo militar que desató la Masacre del Río Sumpul.

Yo me acuerdo aquel vergo de camiones y uno solo veía cuando pasaron el vergo de camiones y los soldados que llevaban aquellos cascos que llevaban una cruz blanca encima.

Después de la Masacre del Sumpul, las cosas cambiaron en Chalate. El día que nos fueron a sacar a nosotros allá, llegaron como 30 buses: fue la Cruz Roja, Tutela Legal del Arzobispado, los Derechos Humanos, los padres aquellos… los jesuitas, todos esos fueron y empezaron a hablar por megáfonos a la gente que saliera y que abandonara sus casas… Toda la gente empezó a salir algo asustada, como que creía y no creía mucho. Pero al final, sacaron a toda la gente y llenaron todos los buses y nos trajeron a San José de La Montaña.

Allí nos han ido a meter. Allí nos metieron, llegamos allí tipo las 9 de la noche. Como a las 11 nos han puesto un bombazo en la puerta que reviró todo para dentro. Entonces los curas son los que defendieron allí. Y toda la gente asustada… Ya había gente allí, fíjese, ya había gente porque yo recuerdo que estaban velando a un niño que se había muerto y todos nosotros en los pasillos de la iglesia, sentados pues, con sueño, con hambre. Como a las 2 de la mañana han pasado con una tortilla con un puño de frijoles para que la gente comiera, pero luego empezaron a organizar los grupos de la gente para donde las iban a movilizar, porque era mucha gente, no cabía la gente allí. Entonces, nosotros nos fuimos para una iglesia que le dicen San Roque, por San Jacinto, en la Calle México. Allí nos fueron a meter a esa iglesia. En esa iglesia, el ejército empezó a decir que ese era refugio de guerrilleros.

Entonces, estando en San Roque, en dos veces se metió el ejército. La primera vez, solo rafaguearon las puertas, hicieron una balacera para dentro. Pero la iglesia tenía un sótano, abajo. La segunda vez sí se metieron. Eran guardias, iban revueltos con soldados. Nosotros bien vimos cuando empezaron a rodear, montaron las tanquetas, en ese tiempo yo todavía no identificaba las ametralladoras pues, y vi cuando las empezaron a montar. Cuando comienza el despije, todos adentro, y quisieron llevarse a toda la juventud que estaba allí. Y entonces vienen todas las mujeres que estaban allí y empiezan a rodear a todos los jóvenes y hubo mujeres que agarraron puñadas de sal y se las tiraban a los ojos. En la noche, pues, tipo una de la mañana. La cosa es que tipo tres de la mañana ya estaban los curas allí. Ya estaban allí todos y ellos empezaron a hablar. De allí fue cuando dijeron que los jóvenes ya no podían estar allí y que el refugio solo iba a ser para ancianos y mujeres embarazadas.

Para el bicho Milton ya no había alternativa en el refugio religioso. Algunos llegaban a decirles que se fueran para San Vicente, otros para Oriente. Por lo menos conocía algunos cerros de Chalate y Milton tuvo que dejar a sus padres en la iglesia de San Roque.

Fue cuando llegó un guía de Chalate y ese nos trajo. Nos sacó de San Roque y nos llevó para la Basílica. Allí en la Basílica estuvimos seis días y entonces dijo que no se podía entrar a la zona porque había enemigo. A los seis días llegó y llevaba un gran tercio de colchas. Entonces dijo que nosotros íbamos a ser vendedores de colchas y así salimos con esa maletada de colchas a la terminal de buses. Vendiendo colchas. Entonces nos dijo: “Donde yo me baje, ustedes se bajan”. Y así íbamos en el bus. Él solo nos dijo que nos íbamos a bajar por Upatoro. Y de Upataro íbamos a agarrar para La Montañita. Cuando llegamos a Upatoro, había enemigo. Y él no se bajó. Seguimos hasta Chalate. ¡¡Allá en Chalate, al mero Chalate mismo!! Allá anduvimos vendiendo colchas en Chalate.

Nosotros las dábamos baratas, si nosotros vendimos como unas tres colchas cada uno. Pero luego, al baboso a lo lejos lo andábamos a la vista nosotros, vimos que se subió al bus y también nosotros al bus otra vez. Ya llegando allí cerca de El Limón se bajó. Nos tiramos nosotros también. Ya de allí medio asustado él, vaya, dijo, “Vénganse: aquí nos vamos”. Agarrámos por debajo de Upatoro, buscando siempre La Montañita.

Yo recuerdo cuando nos dijo el Carlos, que era el jefe de pelotón, y nos dijo: “A un helicóptero siempre se le dispara tres helicópteros adelante, para poderle dar… tres, dos helicópteros”. Toda la mara se zampaba a las zanjas, veá… los G-3ces y los Fales. Entonces estaban los Fales y unos checos que teníamos, y toda la mara cuando venía el helicóptero… bien se veía cuando echaba chispitas la panza del helicóptero.

¿Y las colchas dónde las dejaste? Allá se las repartieron en La Montañita. El jefe allí era Felipón. Despuesito de la ofensiva, de La Laguna Seca pasamos a la radio.

Fuente: ContraPunto

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