La Guerrilla

Eduardo "Guayo Sánchez, conocido en la guerra como Saúl, perteneció a Los Bichos y Bichas del MERS de Zacatecoluca, fue integrante de las unidades de vanguardia, y de las fuerzas especiales del Chinchontepeque, y también de las fuerzas especiales selectas de las FPL en Chalatenango, caído en combate en 1987. Sabemos que en Chalatenango procreó un par de hijos pero no los hemos logrado ubicar. La madre de Guayo falleció en San Salvador hace unos meses, pero le sobreviven dos hermanos y sobrinos. Si alguien sabe algo de los hijos de Guayo, favor contactarme para amarrar el contacto con los familiares. Guayo fue uno de mis amigos, y uno de mis compañeros más cercanos.

Eduardo Sánchez

[20] ATAQUE A POSICION ENEMIGA EN EL CASERIO LOS LAURELES

Cuando Diego, sigilosamente, y rifle en mano, puso el pie en la orilla de la calle, dejando tras de él la plantación de cafetos, todo el cuerpo se le puso tenso porque al mismo tiempo y por el lado contrario vio a una patrulla de soldados enemigos que venían saliendo del cafetal del frente y en dirección hacia él. Merced a la disciplina guerrillera, o por el conocimiento palmo a palmo del terreno, o por la sotana azabache de algún Ángel protector, no lo habían descubierto. Diego gozó a su favor del albur de descubrirlos primero y esos segundos le daban la ventaja de la sobrevivencia en aquellas condiciones de la espinosa guerra que librábamos. Eran cuasi las 05.50 y minutos de la tarde de aquel día de finales de octubre de 1981. Y, dependiendo de la perspectiva, un día más, un día menos, en la historia guerrillera del volcán Chinchontepeque, que se perdía entre plantaciones de cafetos y hondonadas, y ante los ojos de cada guerrillero macho y hembra. Sí. Por supuesto. Un días más. Un día menos. Entre ambos enemigos apenas se interponían unos ocho metros de distancia. Aquellos ocho metros de distancia solamente lo formaban lo ancho de una calle de tierra y de piedras en medio de cafetos y de sombras, y a menos de un kilómetro de La Finca El Carmen, base de las fuerzas especiales del volcán Chinchontepeque. Diego, a la sazón, jefe guerrillero experimentado, reaccionó deprisa y disparó primero vaciando el magazín de 30 cartuchos de 5.56 mm del rifle M-16 al grupo de soldados enemigos mientras la escuadra de cinco guerrilleros que marchaba tras de él comenzaban a cubrirlo con ráfagas cortas en una maniobra que parecía de acometimiento, de asalto, pero qué en realidad se trataba de una maniobra de retirada. Y es que, pasada la sorpresa, los sobrevivientes de la patrulla enemiga dispararon con todo lo que portaban. Y allí, con el humo de los disparos, se disipó el secreto de la vasta maniobra militar que ejecutaríamos aquella noche. Y el grueso de las unidades de vanguardia zonales y las fuerzas especiales, y otras unidades de apoyo tuvieron que replegarse hacia la finca El Carmen de donde habían partido hacía apenas una media hora antes. Y la operación que había sido planeada durante meses tuvo que ser suspendida hasta nuevas órdenes porque el avance había sido descubierto por aquellas pinches reglas del azar, un azar que quien sabe que “mano peluda o impúber” controlaba o manipulaba a su antojo. Diego y la escuadra guerrillera que lo acompañaba eran el grupo de avanzada de una operación de gran envergadura cuyo objetivo político-militar era aniquilar la posición de avanzada enemiga dispuesta en el caserío Los Laureles. Dos días más tarde de aquel atardecer se ejecutaría la operación: una operación de ataque y asalto ejecutada por las tropas especiales del Chinchontepeque, combinadas con unidades de vanguardia zonales, y otras categorías de fuerzas de Las FPL.

El caserío Los Laureles fue clavado en las estribaciones del volcán Chinchontepeque mirando hacia la ciudad de San Vicente quién-sabe-desde-cuándo. A mediados de 1978 todavía era un caserío en desarrollo cuyos hombres y mujeres aun soñaban en medio de las frías noches. Los zapotes, naranjas, jocotes, bananos y otras frutas, se podrían porque las cosechas eran abundantes, se vendía una parte y la otra se consumía en las familias pero el excedente se fermentaba en las ramas de los árboles madres o en la tierra olorosa a cafetal. A finales del año de 1979 el caserío Los Laureles ya había sido diezmado y sus sobrevivientes habían comenzado a huir y a emigrar quién-sabe-hacia-dónde, mientras otros, se habían incorporado a las unidades guerrilleras. Y meses más tarde de aquel 24 de marzo de 1980 cuando el Partido Comunista Salvadoreño, PCS, tomó la decisión de fundar su brazo armado, Las Fuerzas Armadas de Liberación, FAL, fue en Los Laureles donde apareció uno de sus primeros pelotones bajo el mando de Petrarca y de Doroteo. Aquel pelotón que apareció de la nada, y que portaba y lucía hombre-arma fue “cercado” por las tropas del volcán exigiendo se identificaran ya que el concepto de “la unidad” entre las organizaciones guerrilleras solo era una idea suelta en la mente de algunos de sus dirigentes, pero como proceso unitario ni siquiera estaba en pañales, y como no tenían base social en la zona u obedeciendo a decisiones estratégicas de sus mandos, pasada la ofensiva final del 10 de enero, dicho pelotón fue traslado hacia La Zona Norte del departamento de San Vicente, allá por Los Cerros de San Pedro. Durante un operativo enemigo en septiembre de 1980, cuando la fuerza aérea salvadoreña nos atacó con bombas de napalm y fósforo blanco, las tropas guerrilleras basificadas en los caseríos de La India, El Perical, La Paz Opico, El Mono, Finca El 4 de Mayo, Finca Iberia, Finca Barrios, Finca de Calecho Miranda, El Coyolito, y las estructuras de masas y población civil nos retiramos hacia el caserío Los Laureles y permanecimos en él varios días jugando a las escondidas con las tropas del ejército enemigo. Y allí recibimos apoyo moral y material de los compañeros integrantes del pelotón de las FAL que tenían su campamento oculto entre las quebradas y los breñales del lugar. Y es que, el proceso de unidad fructificó más deprisa, “de facto”, entre los combatientes de las tropas que sangraban y hacían suyo, cuasi a diario, el campo de batalla. A principios de diciembre de ese mismo año, tropas combinadas del volcán Chinchontepeque y el pelotón de las FAL, operando por primera vez bajo un mando conjunto, atacaron y aniquilaron algunas de las posiciones mantenidas por las defensas civiles y guardia nacional de la ciudad de Verapaz. En la operación se requisaron varias armas de guerra, las cuales fueron repartidas de manera equitativa entre las dos fuerzas, y esto en aras de fortalecer el embrionario proceso unitario cuando ya se había fundado el FMLN, aquel 10 de octubre de 1980, y se hacían los preparativos organizativos y logísticos para lanzarnos a la ofensiva final del 10 de enero de 1981. Las veredas y caminos, y las callejuelas atiborradas de barro de aquel caserío habían sido pateados por las botas de los primeros e históricos guerrilleros del volcán cuando estos caminaban rumbo a la ciudad de lorenzana a realizar diversas misiones de propaganda política, o de tipo militar. Porfirio y otros guerrilleros fueron de los primeros hombres en tomarse la Radio Lorenza y desde allí se propagaba el mensaje de rebeldía de las huestes campesinas. Y es que su ubicación se prestaba para las escondidas, para buscar alimentos y frutas en el inmenso paraje extendido por el valle de Jiboa y hacia el cielo. Y fue allí mismo, en el caserío Los Laureles, que se quitó la vida el compañero jefe de la escuadra de seguridad del comandante Miguel Castellanos. Y todo fue por una desilusión amorosa. Y no porque la futura novia le hubiera dado una respuesta negativa, entiendo que ella estaba enamorada también, sino porque su jefe inmediato, ni más ni menos que el comandante Miguel Castellanos, jefe de La Dirección de Zona, DZ, del partido marxista leninista, le negó el permiso del noviazgo con María, una de las compañeras guerrilleras que a esa altura de la guerra ya había perdido a su primer compañero a manos de las tropas de La Quinta Brigada de Infantería. Precisamente, eso, una respuesta negativa del jefe hacia el subordinado en mención fue el detonante que llevó al suicidio al jefe de la escuadra que no era otro que un aguerrido y experimentado guerrillero hecho en el combate de montes y quebradas. Y es que, en aquellos tiempos, cuando “asustaban y a muchos guerrilleros de cafetín y de papel les daba miedo” la infantería partisana y descalza de Las FPL tenía que pedir permiso a sus superiores para poder tener una novia en las filas guerrilleras por aquello de la filosofía del hombre nuevo, y la observancia de las estrictas reglas de seguridad y de conspiración. El jefe de la escuadra de seguridad ya había tomado la trágica decisión cuando, a eso de las 11 de la mañana de un día de finales del año de 1980, llegó a despedirse de sus compañeros y amigos, luego se retiró unos cien metros, se puso la boquilla de la sub-ametralladora M-3 en el pecho y le jaló al gatillo: las 30 balas del magazín se dispararon, impactando las primeras en el tórax del compañero, y las demás silbaron en distintas direcciones cuando el compañero ya estaba caído junto a los troncos de unos cafetos, y el armatoste, aquella sub-ametralladora histórica, la única que quedaba en manos guerrilleras de las primeras que llegaron en el año de 1977, en el suelo y sin control alguno seguía enviando se mensaje de muerte, y sus compañeros y amigos buscaban parapetos porque las balas calibre .45 no sabían distinguir entre amigos y enemigos. Ninguno de los presentes notó nada raro en el rostro del compañero cuando este se apersono para saludarlos. Se saludaron de acuerdo a la costumbre, se miraron a los ojos, incluso se gastaron un par de bromas entre machos monteses. Y luego repiquetearon las descargas de los disparos: y a partir de allí, la muerte, y el compañero jefe de escuadra, se fueron disipando entre el humo de la metralla. Y a partir de la enorme y vasta invasión enemiga a todos los enclaves del Chinchontepeque el día 4 de junio de 1981 cuando tiraron con todo lo que tenían en cuanto a tropas de infantería, caballería, fuerza aérea, cuerpos de seguridad, y armamento de guerra disponible, pretendiendo acabar de un plumazo con todas las estructuras guerrilleras y la población civil que aun quedaba, cuando murieron muchos niños y niñas, mujeres y viejos, La Quinta Brigada de Infantería dejó una compañía de avanzada en dicho caserío.

Durante un par de meses hemos planeado esta operación de ataque. Y lo hemos hecho en diversas fases interrelacionadas entre sí: primero exploramos el terreno, tanto de día como de noche, para recolectar la información táctica que necesitamos, por ejemplo, distancias entre diversos puntos claves, tipos de relieves, tipos de flora y de fauna, posibles caminos y veredas, tanto para el acercamiento como para la retirada de nuestras tropas; segundo, obtener información militar del tamaño del enemigo, cantidad de tropas, armamentos, disposiciones de las trincheras y casamatas, vituallas, comunicaciones, posibles refuerzos enemigos, plan de relevos, y lo más esencial, su moral de combate. Por lo demás, estamos en el Chinchontepeque, nuestra casa y hogar, y ellos han venido a disputarnos el terreno. Pero aún, siendo así, tenemos que ser cautelosos, y saber guardar los secretos militares guerrilleros. Valentín, Camilo y yo fuimos seleccionados para realizar las exploraciones en el terreno y recolectar toda la información posible. El objetivo general es ir barriendo de poco las posiciones enemigas establecidas en diversas posiciones del volcán, y proveernos de equipos y vituallas militares requisadas al enemigo. La propaganda gubernamental, en los medios de comunicación de masas, radio, prensa escrita y televisión, sostiene que la guerrilla es puro cuento, y que durante la ofensiva final del 10 de enero fuimos militarmente derrotados y que solamente unos cuantos grupos aislados operan en el país y que es cuestión de tiempo para exterminarnos. De allí que hay que responder de manera contundente y con todo lo que se disponga. Al mismo tiempo, todas las unidades guerrilleras exploran centímetro a centímetro, palmo a palmo, los escondrijos, quebradas, plantaciones de cafetos, y allá por donde los pechos del Chinchontepeque miran hacia el cielo abierto, y todos sus mandos están inmersos en la elaboración de planes de ataques militares. El CIIFA mantiene tropas en La Finca Siete Joyas donde creemos que han posicionadas unas tres compañías, La Quinta Brigada de Infantería ha posicionado tropas en el caserío Los Laureles, asimismo han posicionado tropas en el caserío El Mono, de allí que para obtener un cántaro de agua hay que pelear por lo menos una media hora ya que ellos mantienen esa posición y allí está la fuente de aguas entre peñascos, también han posicionado tropas en la Paz Opico. Pero lo embarazoso para ellos es aprender a convivir con nosotros ya que, por ejemplo, entre El Mono y La Finca Barrios donde mantenemos una posición insurrecta la distancia es de unos 10 minutos a pie, lo mismo con nuestra posición en La Finca de Calecho Miranda, que juntamente con El Mono y La Finca Barrios forman un triángulo entre colinas y quebradas. Y es que además estamos en un periodo especial. La consigna en todos los frentes de guerra es bien sencilla: “resistir, desarrollar y avanzar”

“Un pequeño grupo de integrantes de la escuadra de exploración de las fuerzas especiales, incluyendo a Valentín, a Saúl “Guayo” Sánchez, Camilo, y yo, explorábamos la posición de avanzada enemiga con base en el cantón Los Laureles a la medianoche de uno de aquellos días. Valentín y Camilo llegaban, arrastrándose, a escasos metros de los postas enemigos. La distancia entre ellos y nosotros era tal que algunas veces les escuchábamos hablar y se veía el resplandor de los cigarros encendidos, o si estaban medio dormidos los oíamos roncar. Una de aquellas noches cuasi nos descubre el enemigo, bueno, en realidad nos descubrieron pero no pudieron identificarnos. Y entonces Valentín tuvo que encender un cigarrillo para que nos vieran la silueta, y creyeran que éramos parte de la tropa del ejército acantonado allí. Esos dos hombres eran Valentín y Camilo: ni más ni menos, al igual que Guayo, curtidos guerrilleros de las tropas especiales del misterioso Chinchontepeque.” [Tomado del relato “[20] Valentín & Camilo”]. La oscuridad era densa y prieta aquella noche cuando Valentín, Camilo, Eduardo “Guayo” Sánchez de pseudónimo Saúl, y yo, regresábamos de una de aquellas exploraciones noctámbulas entre brumas y cafetos cuando a lo lejos, por la llanura de la parte sur escuchamos una detonación apagada por la distancia, y el cielo disparó un relámpago abriendo un resplandor parecido a un celaje prematuro. O como El Macho Juárez, uno de los combatientes que estuvo a las orillas del río y en medio del humo del combate, me lo relataría unos días después, “fue una explosión de la gran puta… El Puente cayó… y los soldados culeros no hallaban para donde correr…”: la noche del 15 de octubre de 1981, unidades de vanguardia de los frentes Para-central y Oriental destruyeron El Puente de Oro sobre El Río Lempa, considerado la mejor obra de ingeniería civil en el país.

Un amanecer del mes de julio de 1981 llegué a La Finca El Carmen. Éramos un pequeño grupo, unos 15 hombres y un par de compañeras en total. En el grupo iba también el comandante Juanón, jefe político-militar del frente para-central. Habíamos caminado toda la noche viniendo desde la zona del cantón Los Achotes, más allá de San Francisco La Laguneta, y cruzando la terrible carretera. Cuando la avanzada de nuestro grupo se hizo visible y se identificó en el primer puesto de guardia de las fuerzas especiales, uno de los compañeros del grupo, muy formal para que la broma pareciera de verdad, les dijo a los compañeros de guardia “…aquí les traemos al viejo Felipe… por el camino lo recogimos… dice que viene de La Zona Rancho…hasta con una Browning se los traemos…” Los tres compañeros de guardia salieron de las trincheras y miraron hacia el medio del grupo para ver si el visitante decía la verdad, y cuando me descubrieron entre la bruma matutina, uno de ellos respondió al comentario “…ese viejo pelazón no lo queremos aquí…desde que lo mandaron para Santa Marta se hizo el creído y se olvidó de nosotros…” El comandante Juanón, muy grave, paseó su mirada entre nuestros rostros juveniles, todos mocosos recién destetados de mamá, mientras nosotros, combatientes todos, haciendo caso omiso a las miradas del comandante, y entre risotadas, nos abrazamos y nos dimos la mano. La pistola Browning HP de 9 mm que portaba aquel día era la pistola de equipo del comandante Juanón. Yo andaba pateando los 19 años de edad, pero muchos compañeros me decían “viejo” y otros le agregaban la palabra “pelazón” que en la lengua del Chinchontepeque de aquellos tiempos, significaba “medio loco…”. Yo creo que lo de “viejo pelazón” lo decían por cariño y aprecio, pero quién sabe.

La vida guerrillera no era un simple paseo por el campo. No era un pasatiempo juvenil. No era solamente una tarde de caminata entre amigos. No era un baño en agua de rosas. Era dura y de muchas privaciones. Era de sacrificios diarios. Era una vida de lucha y de compañerismo donde cada compañero dependía del otro, y así se forjaba a diario y en cada una de las trincheras aquella solidaridad que hacía de los guerrilleros un muro inquebrantable. Era una vida enigmática, de crepúsculos y de caminos escondidos. Los guerrilleros y las guerrilleras tenían que ser muy aguerridos, muy valientes, muy machos, porque así lo requerían las circunstancias, y tener bien metido en la cabeza las causas que generaron la guerra de lo contrario las penurias eran más duras de llevar. Un atardecer, la escuadra de seguridad de Miguel Castellanos, cuyo jefe se suicidaría unas semanas más tarde en el caserío Los Laureles, y en la que también había un compañero de pseudónimo Ilama, y la escuadra de seguridad del comandante Juanón, en la que estaba El Pechudo y Chamba Copal, se encontraron mientras prestaban seguridad a una reunión del Estado Mayor. Los diez combatientes, unos de cabellos largos y descuidados, y los otros vistiendo al estilo de cualesquier ejército moderno, se miraron, se midieron, platicaron entre ellos. Y no se sabe a quién, ni el por qué, pero de pronto se les ocurrió hacer una apuesta entre guerrilleros. El ganador se llevaría cinco pesos, o sea cinco colones de aquellos que tenían mucho valor porque entonces no se hablaba de devaluación de la moneda nacional. La apuesta consistía en comer chiles, de los rojos, de los más ardientes y picantes. Y de esos abundaban en los patios de aquellas casas quemadas y abandonadas, y crecían silvestres a orillas de los riachuelos, había a granel. Y así comenzó una apuesta que no era otra cosa que una broma entre guerrilleros con la intención de matar el tiempo y divertirse un poco. Pasaban las cuatro de la tarde de aquel día cuando Ilama y El Pechudo comenzaron a comer chiles picantes. Tanto Ilama como El Pechudo representaban a su respectiva escuadra. Y es que cada unidad guerrillera tenía identidad y cultura propia. Dependiendo del contexto geográfico una unidad guerrillera asumía sus costumbres. La primera partida se esfumó de un brochazo. Y trajeron otra. Y otra. Y así siguieron los ocho guerrilleros, viendo y animando a ambos contrincantes. Ilama y El Pechudo mordiendo y comiendo chiles picantes mientras reían entre el grupo, y sorbían tragos de agua. Poco a poco fueron llegando otros curiosos, guerrilleros todos. Y el olor a lo ardiente y a lo picante se percibía en el paisaje del crepúsculo. Aquel olor que hacía estornudar a cualquiera se coló por la tienda de campaña. Y entonces salió Juanón al patio. Oscurecía cuando la presencia de uno de los dos comandantes político-militares del frente para-central dio por terminada la apuesta sin que pudiera declararse un vencedor porque ambos contrincantes seguían comiendo chiles ardientes y picantes. Aquellos dos hombres que jamás aturraban la cara en el combate contra el enemigo lo hacían al día siguiente a orillas de las quebradas y barrancos porque los intestinos pagaban la broma de la tarde anterior: Ilama y El Pechudo, un par de guerrilleros bayuncos, hicieron la apuesta solamente para mostrarse indomables y montunos, y porque en palabras de los guerrilleros del Chinchontepeque “los huevos o los ovarios les retrucaban…”.

Pasadas las tres de la tarde se dio la orden de alzar el vuelo. En el patio de la finca, que otrora sirviera para la clasificación, y para secar al sol los granos de café, formaron las escuadras y los pelotones. Cada uno de los combatientes revisó sus equipos y otras vituallas militares. Y comenzamos el desplazamiento de las tropas y el acercamiento a cada posición de combate. La marcha era sigilosa, de hecho, no teníamos prisa. La distancia entre La Finca El Carmen y Los Laureles no era considerable, solo había que internarse por plantaciones de cafetos, caminar bajo las copas de árboles centenarios, bajar y subir en cada pendiente del terreno sin perder el silencio y la cautela. Claro, el terreno era y es quebrado, no se puede marchar en línea recta o tomando el camino de pájaros sino que se debe zigzaguear. El tipo de terreno accidentado facilitaba el acercamiento a plena luz del día logrando mantener el secreto militar de la operación. El mando central de la operación lo componía Miguel El Soldado Peche y otros dos jefes militares. Miguel aun no era conocido con el indicativo de Miguel UV. El mando marchaba en el medio de los grupos. Con ellos marchaban los compañeros que llevaban las armas de apoyo, y municiones de reserva, también iba el radio operador, y el equipo de sanidad militar. El objetivo era llegar sin ser descubiertos para aprovechar el elemento sorpresa aunque el enemigo tenía sospechas del ataque pero no sabían cuándo, ni cómo, mucho menos la categoría de las fuerzas que lo realizarían, ni el poder de fuego a emplear. Recordemos que dos días antes, Diego y su escuadra había chocado con una patrulla enemiga cuando todas las unidades guerrilleras marchaban juntas a realizar dicho ataque. Motivo por el cual ahora hacíamos el acercamiento en pequeños grupos, en silencio y sin prisas, total estábamos en nuestro hábitat natural: el volcán Chinchontepeque.

El rifle AR-15 y su sucesor, el rifle M-16, fueron diseñados como rifles anti-insurgentes. Ambos rifles fueron producidos en serie teniendo su bautizo de fuego en la guerra de Vietnam. En el curso militar para jefes de Estado Mayor nos aseguraron que dicho rifle fue diseñado con cualidades técnicas anti-guerrilleras, para causar por lo menos tres bajas en una línea de fuego: un herido y dos hombres para cargarlo. Mientras que el rifle G-3 fue diseñado por los armeros y técnicos germanos para matar, y “… a paso de camino… seguirme.” A un compañero herido no se le abandona, lo cual significa como mínimo dos hombres menos en la línea de fuego, situación que no es la misma con un caído en combate. Psicológicamente hablando es menos penoso abandonar a un caído que a un herido. Las balas 5.56 mm fueron diseñadas para que vuelen al límite de su velocidad, esto no es otra cosa que un principio balístico, que significa que tan pronto la bala hace blanco en una superficie sólida, esta cambia de dirección, de allí que vi a compañeros que fueron heridos cuyas balas penetraron en una parte del cuerpo y salieron por otra, y en direcciones opuestas. Por ejemplo, el riesgo es que si la bala penetra en una pierna puede cambiar de dirección y salir por el estomago lo que significa mayores destrozos internos. Me comentaron algunos de los compañeros de La Brigada Farabundo Martí, que combatieron en Nicaragua en el año de 1979, que los rifles Gallil de La Guardia Nacional de la familia Somoza causaron una serie de estragos en las filas guerrilleras por este principio balístico. Las balas de 5.56 mm vienen de diversos tipos, convencionales, trazadoras, y de fogueo. Las balas trazadoras son las más destructivas porque cuando se disparan llevan fuego, son incendiarias, y en la oscuridad de la noche se pueden ver como luciérnagas o cocuyos buscando el corazón de la profundidad y en otros casos quién-sabe-qué con su rayo de luz rojiza. Las tropas guerrilleras del volcán Chinchontepeque, a manera de sarcasmo, aseguraban que un rifle M-16 que se mojaba o bañaba en las aguas del río Acahuapa, aquel hijoputa río que tiene fama de amariconar a cualquiera que se bañe o cae en sus aguas, se afeminaba y que luego al dispararlo parecían disparos de carabinas M-1. Las tropas guerrilleras del volcán Chinchontepeque siempre prefirieron el rifle automático G-3. El famoso e imponente rifle de color verde olivo, de calibre 7.62 mm, y cuyo indicativo en las filas de Las FPL era “papagayo.” Y es que el impacto de una bala disparada por un rifle G-3 era suficiente para no levantarse y sumergir en las tinieblas a cualesquiera. Es natural entonces que para el ataque de esta noche se decidiera concentrar los rifles G-3 y otras armas de grueso calibre como rifles FAL, y fusiles ametralladora Browning calibre 3006, para el ataque principal, y dejar los rifles M-16 para el asalto de posiciones, y para el sistema de las emboscadas de contención que combatirían con los refuerzos enemigos llegado el momento. Solamente había disponible un lanzacohetes RPG-2 conocido también como “bastón chino.” Y las granadas o papayas para este eran muy pocas, recuerdo que había menos de 10. Además se dispusieron 3 Lanzagranadas M-79 de 40 mm, unas 20 granadas de mano industriales, y la fusilería pura que les describo, y muchos ovarios, y huevos guerrilleros para la maniobra de esta noche.

La posición enemiga disponía de una sistema de defensa basado en trincheras y casamatas interconectadas entre sí y hacia la base interior de la posición. Jamás supimos la cantidad exacta de efectivos militares. Solamente por cálculos matemáticos y algunos informes de inteligencia militar. Disponían de ametralladoras M-60, Lanzagranadas M-79, cañones .90, fusilería, granadas de mano y munición en abundancia para resistir un asedio. 08.03 y minutos de la noche. La oscuridad cae con todo su peso. Las trincheras y casamatas ubicadas por la parte oeste, y sur bajando del volcán, recibieron las primeras descargas cuando el reloj marcaba la hora definida de antemano y de acuerdo a lo planificado. A las ocho todas las unidades debían de estar posicionadas para iniciar al combate. La primera media hora del ataque fue contundente. Se les atacó con toda la ferretería disponible. El Obrero, un compañero que había llegado unos meses antes y proveniente de San Salvador, disparó los 5 magazines que llevaba en pocos minutos y luego se quedó sin munición. Y no tuvo más remedio que buscar el puesto de mando y pedirle más municiones a Miguel UV. Miguel, para agilizar el trámite le pasó los magazines de su rifle. La munición era contada. Las órdenes eran ahorrar munición en lo posible pero una cosa era una orden impartida en tiempos normales, y otra era cumplirla en medio del fragor del combate, sobre todo cuando el enemigo se lanzaba con todo, y la única forma de detenerlos era dispararles en ráfagas largas. El Obrero caería unos 3 meses después combatiendo en una emboscada contra tropas enemigas del CIIFA apostadas en La Finca Siete Joyas. La emboscada y posterior combate se desarrolló en la parte norte de la finca, y en las profundidades del volcán Chinchontepeque. En aquella emboscada se les requisaron a las tropas del CIIFA unos 7 rifles G-3, granadas y municiones. Pero allí quedó el cuerpo de aquel compañero, conocido por y llamado con cariño entre las filas guerrilleras del Chinchontepeque como “El Obrero” porque eso era, un obrero, de los pocos que abrazaron e hicieron suyo el concepto aquel de la alianza obrero-campesina. Aquella mañana de finales del año de 1981, el cuerpo de El Obrero quedó entre unos cafetos, la cabeza rajada en dos partes, por los impactos de las balas disparadas por la ráfaga enemiga. El Pirringo, el futuro Teniente Pirringo, palpó el cuerpo sin vida del compañero obrero cuando ya se retiraban tratando de evadir el contraataque enemigo. Lo dejó allí porque no podían transportarlo. En la prisa de la retirada le hurgó el pecho, lo despojó del rifle, y le miró el rostro apagado y con manchas de sangre, un rostro cuyas facciones identificaban al obrero que era y fue. Pero aquella noche en Los Laureles, El Obrero era del grupo de avanzada y asalto a las posiciones enemigas. El Obrero era un gran hombre. Siempre estaba diciendo representar a su clase obrera, una clase que en los frentes de guerra quizás no fuera numerosa. El Obrero sabía reír como todos nosotros. Y fumaba. Y el humo del tabaco se le escapaba formando hileras entre los dientes carcomidos por la pobreza y el hijoputa tiempo. La noche seguía caminando. Las balas seguían silbando, surcando el aire en direcciones contrarias, buscando lo blando de la carne enemiga, aquel dulce enemigo al que había que matar, soldado campesino, o campesino convertido en guerrillero de las gloriosas FPL. Y es que, las gloriosas FPL no eran otra cosa que campesinos convertidos en guerrilleros obligados por las circunstancias del contexto de las dictaduras militares. En un intento de asalto de una de las trincheras, un compañero de las fuerzas especiales, un jovencito de unos 16 años de edad, fue atravesado por una bala de 5.56 mm desde el tórax hacia el estómago pero logró sobrevivir. Los expertos hablan de reglas en el combate pero quién sabe si las habrá. Yo personalmente no lo sé. La mentalidad turbada y miserable de los militares y de los millonarios del país obligaron a los campesinos, a los pobres, a tomar las armas para defenderse, para defender los justos ideales. De allí que el asunto filosófico de las reglas del combate sea bien sencillo para los guerrilleros del Chinchontepeque: es legítimo defenderse, tenemos que disparar primero porque si no lo haces te matan sin siquiera preguntar tu nombre. Y allí muere el mandamiento, aquel mandamiento bíblico que reza “no matarás…” Las fuerzas armadas gubernamentales si podían matar de forma impune porque sus capellanes les bendecían todas las acciones y hasta las armas. La efectividad del RPG-2 en tierra suelta y entre árboles no fue la mejor de todas. Quizás porque el RPG-2 es más efectivo contra vehículos blindados o posiciones construidas de hormigón. El fuego era nutrido. Llovían luces trazadoras iluminando las ramas de los cafetos. Y las luces de bengala iluminaban el cielo sacudiendo la flora, y la fauna de tierra y aire. Las distancias eras cortas. Se disparaba a las siluetas, a las trincheras y a las casamatas en el medio de aquel enfrentamiento entre dos ideologías. Y el Chinchontepeque cubriendo con su manto oscuro aquellos hombres y mujeres que avanzaban centímetro por centímetro. Los combates se fueron generalizando por las diversas posiciones mientras la noche avanzaba en el otrora caserío Los Laureles. Así se fue yendo la noche: aquella misteriosa noche henchida de miedos, y saturada de disparos, una noche de muerte y de dolor y con olor a plasma, una noche más de la que les platico. De pronto amaneció. Amaneció brumoso. Y con olor a pólvora tamizado con olor a sangre. A las 5 de la madrugada todavía se combatía pero pronto se daría la orden de retirarse porque se corría el riesgo de los ataques de la fuerza área que acudiría en apoyo de la tropa asediada, y también porque la munición se terminaba. Un par de trincheras enemigas habían sido tomadas por asalto, pero las demás trincheras y casamatas resistían el asedio.

A mi grupo nos tocó desplegarnos sin hacer muchos aspavientos para no llamar la atención. En parejas, por aquello de las normas de conspiración, nos fuimos adueñando de la calle pedregosa que desde la finca El Carmen conduce, por entre montes, cafetales y colinas, hacia el pueblo de Verapaz. A lo lejos, y mirando las planicies en las cercanías del kilómetro 51 de la carretera panamericana, se veían los cañaverales adormecidos, extendidos y expuestos al diáfano cielo. Y más arriba, o sea bajando desde el volcán Chinchontepeque, se atisbaba la carretera que de Verapaz conduce hacia la ciudad de San Vicente donde, dos semanas antes, detuvimos un camión del tipo furgón distribuidor de bebidas gaseosas, y le requisamos un par de cajas de gaseosas coca-cola cuando regresábamos de la exploración, aquella lustrosa tarde cuya acuarela aun está fresca y vertiendo agua en mi memoria. Nosotros ávidos de aquella bebida descubrimos que sabían un tanto agridulces y amargas porque sin trozos de hielo, o sin congelar no tienen mucho sabor, y es que las gaseosas solo son excelentes como bebidas frías. Y nosotros, la escuadra de fuerzas especiales, un tanto frustrados y desengañados porque teníamos meses de no saborear dichas bebidas sódicas. Partimos del casco de la finca como quien va rumbo a los cafetos para echarse una buena meada o a defecar naranjas y bananos y las tortillas de malanga. Más abajo nos juntamos todos. Y luego nos enmontamos en dirección paralela y siempre mirando a la posición enemiga de Los Laureles. Tuvimos que recorrer más terreno para rodear y bajar por caseríos abandonados y llegar a tiempo para montar el sistema de emboscadas de contención con luz de día. Éramos unos 18 hombres, leña pura y rolliza. Días antes habíamos explorado el terreno donde montaríamos las minas vietnamitas. También habíamos explorado las veredas y caminos, y calles de tierra por donde colocaríamos las trampas caza-bobos, por los mismos caminos y veredas por donde creíamos que llegaría el refuerzo enemigo. También montamos las emboscadas en pequeños grupos. Todo un sistema de combate. Y nos dispusimos a esperar lo profundo de la noche. Y nos comimos unas tortillas frías con huevos cocidos y sal. Unos logramos echarnos un pestañazo acostados bajo los cafetos. Pasadas la ocho de la noche comenzó el tiroteo en Los Laureles. Esa era la señal para estar sobre aviso aunque no creíamos que el enemigo de refuerzo llegaría por la noche. Y entonces nos pusimos con las botas puestas, siempre alertas. Cubríamos las posibles vías de acceso del enemigo que creíamos llegaría a reforzar la posición de Los Laureles. A partir de las cuatro de la madrugada el peligro sería más implícito. Por la noche no esperábamos el avance de la tropa enemiga. Amaneció de golpe. Frío y brumoso. Y de pronto detonaron unas tres caza-bobos de las que habíamos colocado la tarde anterior. Nos alistamos, los rifles apuntando a la dirección de las explosiones. El miedo caminando en nuestros cuerpos. Nosotros experimentando el frío de los minutos antepuestos al combate. Pero no sucedió nada. Después de un tiempo prudencial bajamos a explorar el terreno minado. Allí descubrimos, para nuestro asombro, una recua de caballos monteses que pastaban apacibles, tres de ellos yacían reventados y con las tripas al aire por las explosiones mientras arriba, en el cielo, los zopilotes comenzaban a circular preparándose para el banquete de carne de caballo. A eso de las 9 de la mañana nos retiramos cuando el sol ya alumbraba caliente, y luego de haber desactivado la mayor parte de las caza-bobos, y de haber levantado y también desactivado las minas vietnamitas, cables y baterías a las mochilas. Una semana más tarde regresando de una exploración militar realizada allá por San Cayetano Ixtepeque cruzamos por el mismo terreno. La escuadra, caminábamos en el medio de una vereda cubierta de maleza cuando de pronto, yo que marchaba a la vanguardia, sentí en mi bota el alambre que servía de mecanismo de activación. “Pateé una caza-bobos…” recuerdo que les grité a los compañeros. En seguida me quedé inmóvil, callado, con el rifle M-16 en mis manos, y con mi mente en blanco esperando quién-sabe-qué. No recuerdo más, solo que me quedé parado, sin poder pensar, mucho menos reaccionar, solamente esperando. Los compañeros, ágilmente y en silencio, se lanzaron pecho a tierra. Luego de varios segundos reaccioné, y miré mi reloj que marcaba cuasi las 7.45 am, miré a los rayos del sol que bajaban por entre los cafetos, y entonces fui consciente que mi día había llegado, y tuve mucho miedo. Pero el circuito de la caza-bobos no funcionó porque la batería se había salpicado por las últimas lluvias del mes de octubre y las temperaturas frías de la zona, y la descarga eléctrica que iniciaría la detonación no se generó obedeciendo a las reglas de quién-sabe-qué designio.

Cuando nos hicimos presentes a la finca El Carmen se avecinaba la hora del almuerzo. Las unidades de vanguardia zonales y las fuerzas especiales ya estaban allí, unos “dorando el bofe” otros “poniéndole las medias a la garza… o desplumando a una tortuga…” y contando entre combatientes las peripecias del combate de la noche anterior. Las tropas de logística, arriba en la cocina, preparando algo para calmar la bestia de cada uno de nuestros estómagos. El mando, rostros muy formales y ansiosos, listos para las evaluaciones y aprendizajes de la noche anterior. ¿Qué pasó Felipe? me disparó Eduardo “Guayo” Sánchez, de pseudónimo Saúl y que había combatido toda la noche en Los Laureles, desde la otra esquina del patio de la finca. “Emboscamos y matamos tres caballos” le respondió uno de los jefes de escuadra que venían conmigo.

“Un mes después, a finales de 1981, en el cerro El Cumbo, a unos pocos metros de las ruinas y hacienda de Tehuacán, el enemigo había apostado una unidad militar, así como también en el cantón Los Laureles a un costado de La Finca Barrios. Después de cada invasión enemiga a los caseríos del volcán, era común que el enemigo dejara bases de control donde estacionaban compañías o destacamentos, y luego de un tiempo retiraban las tropas. Pero ese no era el caso del cerro El Cumbo, tampoco la posición de Los Laureles. Eran bases enemigas permanentes, por lo menos, ya tenían varios meses de mantenerlas. Pero a finales de 1981, las fuerzas especiales, y unidades de vanguardia zonales, UVZ, atacaron y aniquilaron la posición del cerro El Cumbo. El ataque fue fulminante, utilizando lanzacohetes RPG-2, lanzagranadas M-79, y fusilería, y comandos de asalto. Allí se requisaron unos 14 rifles G-3, una ametralladora HK-21, un par de lanzagranadas M-79, municiones, granadas, y otros pertrechos de guerra. Una parte de la tropa fue aniquilada, otros huyeron aprovechando las sombras nocturnas. Un compañero de las fuerzas especiales que estaba apostado por las orillas de la línea del ferrocarril y cerca de El Puente Negro me comentó que, cuando amanecía, y él estaba levemente herido, escuchó un ruido entre los matorrales, y se preparó para disparar cuando de pronto apareció frente a él un soldado enemigo cargando 3 rifles G-3: ambos se vieron los rostros y apuntaron sus rifles pero ninguno de los dos disparó ya que las agujas percutoras picaron en blanco, puesto que ambos hombres ya no tenían municiones en sus rifles. Y es que los combates habían durado toda la noche. El soldado enemigo huyó del lugar corriendo por montes y laderas y no se supo más de él.” [Tomado del relato “[05] Hacienda y Ruinas Tehuacán”]

Así fue aquella hueste guerrillera que hoy está en el tintero de la historia. Una hueste de campesinos pobres y sin tierra, de obreros demacrados, y de estudiantes sin libros. Una hueste de cuantiosos sueños, esperanzas, y de muchos sacrificios. Pero también una hueste guerrillera de lujos. Una hueste que disponía de pelotones de servicios, de cocina, y de logística. Una hueste con mujeres tibias, dulces y bonitas en sus filas, amazonas bellas nacidas y crecidas en el Chinchontepeque. Una hueste integrada por cientos de bichas chorreadas de sudor y de barro de los caminos, bichas como La Beatriz, La Filomena, La Cecilia, La Edith, La Avispa, La Delgadina, La Sonia, La Ivonne, y otras tantas bichas que tenían los huevos y los ovarios bien puestos, bichas de curvas perfectas y ojos maliciosos, bichas que sabían reír y llorar, y amar intenso, pero que también mataban y morían en las líneas de fuego y otras operaciones. Una hueste descalza de machos y hembras que comían elotes tiernos, y bebían agua pura, agua de peñascos. Una hueste guerrillera que fue rica en compañerismo: aquel compañerismo hasta la muerte que muchos extrañamos hoy en día porque no se halla en otra parte.

SPT | Miércoles 02 de julio 2014.

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