La Guerrilla

Hermana menor del comandante Celso, José Roberto Sibrián, uno de los 8 fundadores de Las FPL. Aquí les relato las circunstancias de su caída en combate aquel viernes 20 de marzo de 1981.

[04] EL VALLE DE LOS HERNANDEZ

[Extracto del Relato "La Zona Rancho"]

La última semana de enero de 1981 cruzamos el río Lempa rumbo a El Valle o Aldea de Los Hernández. Nos dirigíamos hacia la posición de El Chupamiel en el departamento de Chalatenango. Llevábamos unos correos urgentes despachados por Boris para el jefe de la mencionada posición guerrillera. Solamente éramos tres: Roberto, el instructor militar, un compañero guía local y yo. Portábamos una carabina M-2, la pistola de 9 mm mía, y la pistola del compañero guía. Entonces crucé por los pedreros de aquellas tierras y por entre árboles de morro, y conocí El Valle de Los Hernández. La intención era también explorar la zona aledaña a La Quebrada de las Gallinas, y otros lugares colindantes con El Valle de Los Hernández. La Zona Rancho solo tenía tres accesos para los guerrilleros que marchábamos a pie y de noche, tres entradas y salidas, en aquellas condiciones de guerra: una viniendo desde Los Ayalitas y Los Cerros de San Pedro en la zona norte de San Vicente, vadeando al amparo de la noche por las aguas del río Titihuapa, y de allí al caserío Los Jobos cruzando la carretera entre San Isidro Cabañas y Sensuntepeque, la cual era muy peligrosa porque allí siempre habían emboscadas de las tropas enemigas del Destacamento Número Dos; y la otra era por el caserío La Pinte, cruzando a nado el río Lempa hacia El Valle de Los Hernández en tierras hondureñas, o hacia el departamento de Chalatenango. Había una tercera que era hacia el oriente del país, cruzando al norte de Villa Victoria y enfilando los pasos por quebradas y cañadas, por caseríos y cantones en dirección hacia Nuevo Edén de San Juan hasta llegar a una de nuestras posiciones, donde manteníamos una sección guerrillera, todavía en el departamento de Cabañas. Pero coronar una larga marcha por cualesquiera de los tres accesos, entradas y salidas de y hacia La Zona Rancho dependía de disponer de excelentes guías conocedores del terreno. Cuando veníamos de regreso de la posición de El Chupamiel, y de El Portillo del Norte que también visitamos en Chalatenango, con Roberto y el guía local decidimos quedarnos un par de días en El Valle de Los Hernández a fin de familiarizarnos con el contexto de la aldea y las costumbres de sus aldeanos. Y es que, además teníamos que explorar aquella zona porque por sus rutas íbamos a introducir vituallas y otros pertrechos militares a La Zona Rancho.

15 de marzo de 1981, día domingo: apenas amanecía cuando tropas del Destacamento Dos de Sensuntepeque y de otras unidades militares, bajo el mando del Coronel Sigifredo Ochoa Pérez, incursionaron por Santa Marta, San Gerónimo y otros cantones en esa área de Cabañas. En Santa Marta, unas dos escuadras compuestas por unos 12 compañeros, portando rifles automáticos FAL y G-3, hacen frente a la tropa gubernamental. En San Gerónimo, Luís Cafecito y una sección de compañeros y compañeras se enfrentan a las tropas castrenses a orillas del río Copinolapa. Desde la noche anterior teníamos información fidedigna sobre la inminente invasión enemiga, así que estábamos preparados en la medida de lo posible. Aquella semana de mediados de marzo libramos combates duros, crudos, y recios, y otras escaramuzas que se prolongarían por cuasi 15 días, o sea, dos semanas con sus días claros y luengos, sus amaneceres frescos, sus tardes bochornosas, y sus noches azabaches y de luna llena. La Fuerza Armada utilizó, aparte de tropas de infantería, piezas de artillería, helicópteros y aviones norteamericanos contra unidades guerrilleras de las FPL y de la RN mal apertrechadas, y contra comunidades campesinas indefensas. La noche del martes 17 para amanecer miércoles 18 de marzo, la población civil de Santa Marta, Peñas Blancas, La Pinte, San Gerónimo y de otros cantones fue masacrada cuando huyendo intentaban cruzar El Río Lempa hacia El Valle de Los Hernández en Honduras. En las turbulentas aguas del río murieron acribillados y ahogados, mujeres, hombres, ancianos, niños, perros, cerdos, cabras y caballos. No se sabe con exactitud cuántos habitantes de la zona murieron aquel día. Y si no nos hemos preocupado por averiguar cuántas personas murieron aquel amanecer, mucho menos nos vamos a preocupar por determinar cuántos animales caseros perecieron ahogados y bajo las balas. En aquel operativo enemigo también participó el ejército hondureño asesinando a unos 25 campesinos pobladores de los caseríos integrantes de La Zona Rancho, y violando a nuestras mujeres, y manteniendo un cerco de control a orillas del río Lempa y de La Aldea Los Hernández cuando ésta, iba siendo abarrotada por los cientos de refugiados salvadoreños que llegaban todavía con sus ropas empapadas y chorreando agua del río Lempa. Desde Villa Victoria, los militares gubernamentales, disparaban con piezas de artillería, mortero de 105 mm, hacia el río Lempa por donde cruzaban a braceo los campesinos, mujeres, hombres, niños, niñas, ancianos. El chele Alirio, rastreando las comunicaciones enemigas, escuchó por la radio que una granada de mortero había caído en tierras hondureñas y en medio de la tropa catracha, hiriendo gravemente de la mano a uno de los oficiales; escuchó también que el oficial al mando y al parecer con grado de Mayor se comunicaba con el oficial al mando en Villa Victoria y lo mandaba a la mierda por la mala puntería y porque las esquirlas de la granada le habían cercenado una de sus manos. La población civil de Piedras Coloradas, y otros caseríos, también fueron masacradas aquellos días lejanos y arrinconados.

“… La cantidad de vergas que la Vilmita se ha comido”, decía Sergio, “no caben en un furgón de 18 ruedas”, se rascaba la cabeza y agregaba, “aunque pensándolo bien si caben”, y luego remataba con su humor negro, “pero entonces no arranca el hijoputa” mientras se acicalaba el sombrero dando la impresión de haber resuelto un acertijo para un crucigrama dominical. “… Hay mujeres que andando paren y todavía dicen que son vírgenes” apuntaba Sergio como reflexionando consigo mismo, y riendo a risotadas con la lengua entre los dientes amarillos y carcomidos por la caries y el abandono, contraseña inequívoca de que, aquellos dientes jamás habían visitado a un dentista. El viejo Sergio era un campesino y combatiente de la sección ubicada en el caserío de La Pinte a orillas del río Lempa. Sergio, un campesino del campo, no sabía leer, tampoco sabía deletrear, y no tenía “conciencia de género” porque esos conceptos “civilizados” todavía no los había inventado la cooperación de los países desarrollados [léase Unión Europea, Canadá, Los Estados Unidos de Norte América] y además no eran necesarios porque las compañeras guerrilleras combatían bajo las mismas circunstancias que los machos, y en las líneas de fuego se paraban por igual demostrando la misma valentía, y además los hombres también ejecutábamos tareas domésticas como moler maíz en los pequeños molinos o echar tortillas y cocinar o lavar la ropa. Tampoco sabíamos algo de las experiencias amorosas, buenas o malas, de Sergio, y en la guerra no disponíamos de psicólogos o psiquiatras que nos elaboraran patrones de conducta, nos bastaba con atender las normas de la disciplina revolucionaria. La Vilmita era una compañera campesina y guerrillera integrante del pelotón de servicios de la misma sección. La noche que nos retiramos de la zona y cruzamos a la población civil a través del río Lempa, Vilmita iba con el resto de las tropas desarmadas. Y llegó entre los miles de civiles buscando refugio en el mencionado valle. Y cuando amaneció y se hizo pleno día, toda la aldea fue cercada y sitiada por un batallón de tropas hondureñas al mando de un oficial con el grado de Mayor. Y semanas después de terminada la invasión me informaron de que la Vilmita, nuestra querida y respetada compañera cocinera, había sido violada por varios soldados catrachos, allá por El Valle de Los Hernández. Y en la misma semana que cruzamos a la población civil hacia El Valle de Los Hernández, el compañero esposo de La Vilmita, cayó combatiendo en una emboscada en la que perdimos en total 14 compañeros. Y solamente 3 logramos salir del cerco enemigo allá por el río Tizate, conocido como el río de Los Pueblos. Allí peleamos, iluminados por los rayos de la luna llena, desde las 02.00 de la madruga hasta el amanecer del viernes 20, y a eso de las 08.00 cuando el sol ya calentaba y los pájaros trinaban, y el calendario deshojaba un días más, y las aguas del río Tizate seguían su curso diario, un pequeño grupo de compañeros sobrevivientes todavía combatía con tenacidad y ahínco, cercados totalmente por un numeroso enemigo. Y los helicópteros de la fuerza aérea salvadoreña, sobrevolando cargando muertos y heridos. Recuerdo como si hubiera sido ayer por la tarde, el humo y los gritos, y los disparos y el olor a pólvora, y el miedo caminando por todo mi cuerpo, y hago memoria que dichas máquinas, los helicópteros, iban y regresaban. En total fueron unos seis vuelos de transporte llevando muertos y heridos, y abasteciendo a la tropa del Destacamento Dos con munición y otros pertrechos militares. Pero en las riberas de aquel río de Los Pueblos dejamos a unos 14 compañeros caídos cuyos nombres legales jamás supimos, y ahora olvidados porque no existe ni siquiera una tumba donde ir a ponerles flores y a recordarlos porque fueron campesinos organizados convertidos en guerrilleros, y que lo dieron todo por la causa, en una época muy ardua, cuando “asustaban” y nadie, léase ningún hijoputa, te pedía un “Curriculum Vitae” para ser parte de las organizaciones político-militares y participar de la lucha armada ofrendando lo más preciado, lo más valioso. Y el sanguinario, y cruel enemigo, a la mayoría de los cuerpos caídos en combate, ya muertos, les cortó la cabeza y las colgaron de las ramas de los árboles de carago y de tigüilote para escarmiento de las nuevas generaciones y para amedrentar a los campesinos de la zona que simpatizaban con la causa revolucionaria. Unas dos semanas más tarde, regresando con dos escuadras de tropas nuevas desde la zona norte de San Vicente, todavía se podía ver aquel cuadro macabro: las cabezas de los compañeros ondeando en las ramas y a tono con los vientos que soplaban desde los cerros mientras nosotros allí, con los pies sobre la tierra, los puños cerrados, los dientes chirriando, y el corazón sangrando. Pero allá, bajo los árboles de mango y la vieja ceiba de La Pinte, unas cuatro semanas después de aquella emboscada, El Viejo Sergio ya había juzgado a la Vilmita y hacía bromas de su infortunio hasta que le hicimos un llamado a la disciplina, pero él argumentó que solo eran reflexiones personales y que no trascendían las fronteras de su imaginación haciendo énfasis en que el ejército hondureño ya nos debía varias facturas y que se diera la orden para comenzar a cobrárselas: y es que los militares catrachos acompañados por defensas civiles y otras patrullas, capturaron, allá por El Valle de Los Hernández, a un compañero jefe de escuadra de la sección de La Pinte, lo torturaron y le cortaron la cabeza con machete, y luego el cuerpo fue lanzado en las aguas del río Lempa. Hubo otros hechos de violación a los derechos humanos por parte del ejército hondureño en coordinación con las tropas de Sensuntepeque pero los humildes campesinos no quisieron hablar de eso, quizás por miedo, quizás porque eran asuntos muy dolorosos, y acaso era mejor para ellos olvidar tanta desdicha e injusticia causada por la maldad del corazón humano, léase Destacamento Número Dos de Las Fuerzas Armadas gubernamentales.

La población civil sobreviviente de aquel ataque en las aguas del río Lempa, y en desbandada fue apareciendo por grupos allá por las primeras casas del mencionado valle. Atrás quedaba el río Lempa surcado de sangre inocente y al otro lado de este, las casitas y los potreros de Peñas Blancas incendiados por las tropas salvadoreñas. Por la tarde de aquel día miércoles 18, Roberto y yo logramos entrar a las casitas del corazón del valle a explorar la situación: allí estaba Venancio acostado en una hamaca, bajo una cama guardaba un lanzagranadas M-79 y bajo la falda de su camisa tenía su revólver, y le había cortado el cuero de la camisa de las botas para que parecieran zapatos “burros” de la marca Adoc, o sea “burranger” que usaban nuestros campesinos. En otra casa estaba otro compañero con un rifle FAL bajo la cama, y así sucesivamente. Y un par de cuadros del partido marxista leninista de Las FPL inmersos en una discusión un tanto estéril sobre que si era viable o no, pedir asilo político en la embajada mexicana que operaba en Tegucigalpa. Y había otros compañeros que en horas de la madrugada habían llegado a El Valle de Los Hernández y ahora se encontraban cercados por las tropas catrachas. Todo era caos y tristeza, y caras afligidas, y padres y otros familiares llorando a sus seres queridos que habían perecido en las aguas del río: era para ahuevarse y romper a llorar. Luego de permanecer un poco más de una hora y de hablar con algunos compañeros, Roberto y yo nos hicimos una idea de la situación político militar y decidimos intentar salir de la aldea. Comenzaba a caer el frescor del atardecer y pronto oscurecería cuando nos internamos por una veredita hacia el arroyo que serpenteaba por las orillas del valle. La idea era evadir y evitar chocar con las tropas hondureñas. Y luego tratar de buscar y coordinar con los pelotones que permanecían escondidos por los matorrales y chaparros de la quebrada de Las Gallinas al lado de Chalatenango. Pero tan fácil no resultaría la salida de la aldea porque tendríamos que pasar en medio de puestos de guardia. Y así fue: cruzando por un muro de piedras nos topamos a dos soldados hondureños portando rifles FAL de paracaidistas, o sea el rifle FAL de culata plegable, los saludamos dándoles las buenas tardes, y nos respondieron el saludo, pero cuando habíamos caminado unos 50 metros manipularon sus rifles y se aprestaron a dispararnos por la espalda; Roberto y yo, con pistolas de 9 mm bajo las camisas tuvimos que correr en zigzag por matorrales espinosos para salvaguardar el pellejo. A la medianoche de aquel mismo día miércoles 18, y ya reagrupadas unas cuantas escuadras de nuestras unidades, cruzamos de regreso las aguas del río Lempa y nos internamos en las quebradas y riachuelos del caserío La Pinte. La luna alumbraba las veredas y nuestras esperanzas como si fuera un amanecer más entre relámpagos y hogueras. Nosotros solamente éramos unos dos pelotones de tropas guerrilleras medio equipadas. Entre la tropa venía Darío, el jefe del destacamento y que se llamaba Raúl, también venía una compañera enfermera de nombre Dora Alicia Sibrián Ramírez que era la hermana menor del comandante Celso, José Roberto Sibrián, el compañero que fue uno de los fundadores de Las FPL, y que cayó combatiendo en el caserío El Mono, en el volcán Chinchontepeque el 18 de mayo de 1980. Nos ocultamos y guarecimos por un pequeño desfiladero y allí se nos amaneció el día jueves 19. Desde allí veíamos las llamas de los incendios en Peñas Blancas, y allí seguían las tropas del coronel Ochoa Pérez exterminando todo lo que se movía y tenía vida. Nosotros, totalmente desolados, y contando la poca munición, solamente éramos una treintena de guerrilleros y no disponíamos de comida, ni medicinas u otros pertrechos. Amaneció alumbrando un sol hermoso y el cielo raso como despercudido con jabón y pintado de celajes. Tendidos entre arbustos de baja estatura pasamos aquel día jueves 19, comiendo solamente mangos tiernos y sin sal. Y la tropa gubernamental cruzó a unos 200 metros, buscándonos para liquidarnos. Oscureciendo nos reunimos los mandos para evaluar la situación militar, y allí tomamos la decisión colectiva de tratar de replegarnos hacia la zona norte de San Vicente. Y hacia allí enfilábamos nuestros pasos y penalidades cuando a eso de las dos de la madrugada, y a la altura del río Tizate, caímos en la emboscada de la que les platico arriba en este relato. Darío, el jefe del destacamento, iba de guía ya que era originario de la zona, y la conocía como la palma de su mano. Después de él caminaban los demás guerrilleros en ristra. Yo iba en la retaguardia garantizando que ninguno de nosotros se perdiera por el camino. Pero de súbito escuché, por la retaguardia, voces y movimientos, y los primeros disparos esporádicos y las balas que pasaron silbando por sobre mi cabeza. Darío y la escuadra de la vanguardia se toparon con un doble cerco de soldados, pero todos estaban dormidos entre muros de piedras y bajo una hilera de árboles de carago. Y a los disparos en la retaguardia le siguieron ráfagas de fusiles y ametralladoras, y el combate en regla dio comienzo. La tropa nuestra fue divida en dos pequeños grupos, y aislados uno del otro en el medio del tiroteo. Cuando los primeros rayos de sol alumbraron los arbustos, y amanecía aquel viernes 20 de marzo de 1981, yo logré retirarme, detrás de mi marchaba Roberto, el instructor militar. Por el otro andurrial, Darío logró escapar por las aguas del río Tizate pero no supimos nada de él hasta unas tres semanas después cuando regresó a La Zona Rancho. Las bajas en nuestras filas fueron cuantiosas, tanto por la cantidad como por la calidad de los compañeros pero la guerra continuaba y no había tiempo para llorar, es más, llorar se interpretaba como síntoma de debilidad y cobardía por aquello del misticismo revolucionario de la organización, misticismo que demandaba seguir su ejemplo de lucha como la mejor forma de rendirles tributo a los compañeros caídos en los avatares del combate...

Foto tomada del calendario elaborado por Equipo Maíz.

Compartir