La Guerrilla

Aquella medianoche de principios de 1982 la luna estaba despierta y alumbraba entusiasmada regando la noche y el panorama con sus rayos lunares. Mientras nosotros llegamos sigilosamente a la plantación de cocoteros. Y nuestras sombras caminaban cautelosas a la par de nosotros tratando de ser parte de lo que fraguábamos. Y la visibilidad como cualesquier día. Era una noche transparente y plácida. Y los pájaros y los bichos dormidos sacudían las ramas con sus sueños y lamentos. Y los grillos allí dueños de la oscuridad y de sus trovas. La operación consistía en treparnos a los cocoteros y requisar aquel preciado manjar que sabe a mezcla de brebaje para Diosas. En el suelo crecía maleza ligera y había palmas resecas caídas de los cocoteros. Y los cocoteros majestuosos de casi diez metros de altura. Otros de menor altura cuyos racimos de cocos doblegaban la entereza de la palma. En algunos lugares de la litoral pacífica crece un tipo de cocotero de muy baja estatura cuyos frutos se pueden pellizcar desde el suelo pero ese no era el caso esta vez. Habíamos montado todo un operativo militar con un pelotón de muchachos. Y a la hora de trepar el único que sabía hacerlo era El Pechudo pues se necesitaba de una técnica especial para ello. Y así fue que se le encomendó la misión “Cocotero.” Y El Pechudo se trepó como el taimado felino que era. Comenzamos a bajar racimos de cocos. Y siguieron cayendo en medio de la fresca brisa marina que soplaba desde la bocana del río Lempa. Y nosotros tranquilos con el desarrollo y control de la operación. Y El Pechudo arriba en las palmeras machete en mano. Y seguían cayendo racimos. Súbitamente se oyó un chasquido pesado y seco. Nos tomó una eternidad descubrir que El Pechudo se había caído del árbol, de la palmera. Y allí estábamos nosotros mudos y paralizados. Y protegidos al amparo de la noche. Y El Pechudo quejándose entre las palmas resecas sin poder levantarse. Luego descubrimos para nuestra desgracia que no podía mantenerse en pie. Y hubo que cargarlo hasta nuestras posiciones. Y no pudimos llevarlo al hospital de campaña puesto que la operación “Cocotero” no había sido sancionada por mando alguno. Y es que las Milicias Populares de Liberación eran las responsables de cuidar la producción y otras áreas concernientes e incluso había que pedirles permiso para cortas los famosos cocoteros. Un curandero de la zona restableció a El Pechudo pero tomó tiempo y mucho esfuerzo y sobre todo fue muy doloroso para el paciente. Y además el mando guerrillero quería saber que “qué gran putas” pasaba con El Pechudo. El Pechudo era un macho de monte y se restableció. Y una mañana lo vimos revólver al cinto buscar su caballo y montar a pelo y corretear por el potrero. Y el caballo relinchando y transpirando mostrando su afecto por el jinete. Y la pradera verdecida por las primeras lluvias olía tierna. Y nosotros alegres de ver a El Pechudo sonreír y cabalgar una vez más en medio del viento. El Pechudo había sido herido de bala en dos ocasiones anteriores a la operación “Cocotero” Y luego sería herido de bala una vez más. Un disparo de carabina M-1 lo atravesó por la nuca cuando peleábamos una tarde de mediados de marzo de 1982 durante una exploración del terreno allá por el cantón Palo Galán, abajito de Barrio Nuevo viniendo desde Santa Cruz Porrillo. Y los compañeros lo vieron caer redondo chorreando sangre. El terreno era plano y las palmeras pequeñas. Y se peleó sin parapeto para ponerlo a resguardo. Y los “chaneques”, defensas civiles y pistoleros afamados acostumbrados a matar a machete y bala, entre ellos Pantaleón Renderos, de Palo Galán, El Despoblado, y La Hacienda Vieja volando bala, envalentonados porque vieron caer a uno de los nuestros. La hora de la oración estaba en camino. Ese era El Pechudo. Un campesino de la región oriundo del cantón El Copinol. Un hombre querido y respetado y apreciado por todos. Un hombre que nunca nos abandonaba por peores y desiguales que fueran las circunstancias del combate. El Pechudo moriría años más tarde, a finales de 1983, en medio de un pozo de tirador allá por el cerro La Campana en las cercanías de San Bartolo Chanmico. Una bomba lanzada desde un avión enemigo cayó en los alrededores del pozo. El estruendo sacudió toda la línea de posiciones. Y la explosión se perdió en la humareda. Y de El Pechudo sólo se encontró su cuerpo malherido, junto con el de Sergio Chupón, mientras su último aliento se derramaba entre los ramajes de los árboles. Posteriormente nos vino un vacío abrupto y duro de llevar. Y la llanura en llamas lloraba y se sacudía un desencanto más de los muchos padecidos. Pero los cocoteros de aquella noche de luna sabían a trópico y a milagro, y a pláticas entre valquirias. Y uno podía hundirse y amanecer flotando en sus dulces y cristalinas aguas. Como recién bañados. Como recién nacidos. Ojos húmedos. Y limpios de espíritu. Estómago lívido y en paz ¿Y el susto por la caída de El Pechudo aquella noche de blanca y extendida luna? ¡Este ha quedado atrás pero algunos todavía lo recordamos! ¿Y El Pechudo y sus hazañas? El recuerdo y las hazañas de El Pechudo siguen allí viviendo en el lugar de siempre: ¡en nuestros corazones! Esperando a que lo desenterremos del olvido. Y le sacudamos la mirada para que despierte.

Eskilstuna, Suecia | Enero 10 | Marzo 3 | 2004.

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