A Jorge Edgardo Castro Iraheta “Medardo”, guerrillero salvadoreño caído en combate el 23 de octubre de 1985.

Yo tuve un amigo en la montaña quien, aunque siendo tan joven, sabía de cosas que a mí me gustaban y un día de tantos de los que compartimos en el Volcancillo me dijo que la hermenéutica marxista del desarrollo del Hombre sostiene que la lucha de clases es el motor de la historia y que la exégesis dialéctica no hegeliana de Federico Engels, forma parte de la conciencia revolucionaria y que es la antípoda de la filosofía aristotélica y de los diálogos socráticos mayéuticos no dogmáticos.

Yo tuve un amigo en la montaña quien, aunque siendo tan joven, se interesaba por la revolución sexual de Wilhelm Reich y no le paraba bola a los cánones doble morálicos de comandanticos beaticos, pero me recomendó no divulgar mucho mi “teoría de las relaciones sexuales abiertas”, pues era peligroso hablar de esas “herejías” en las guerrillas de Chalate.

Yo tuve un amigo en la montaña quien, aunque siendo tan joven, sabía de cosas que yo no sabía. Aluciné cuando un día me dijo:” Jorge te contaré un secreto, pero no se lo cuentes a nadie. Hay compas que solo “volados” soportan el ácido de la guerra, estarían psicóticos sino fuera por los hongos alucinógenos que crecen donde pastan las vacas, ya sean éstas gordas o flacas, pues todas cagan lo mismo. Y otros, que antes de ir al combate se estimulan con una dosis extrafuerte de una pasta de café instantáneo”. A ninguno de los que anduvieron “pedo” ni mi amigo ni yo le pusimos el dedo.

Yo tuve un amigo en la montaña quien, aunque siendo tan joven, hizo suya la máxima de Juvenal y saltó y corrió con la elegancia de bailarín del Bolchoi, y combinó a la perfección el fútbol con el juego ciencia y también con el teatro, tocó el balón con los pies como toca el diestro cirujano el bisturí cuando corta el tejido blando, no sé si prefirió a Lorca, a Brecht o de la Barca, pero sé que con su tropa hizo las de Fuenteovejuna o las de Charles d’Artagnan.

Yo tuve un amigo en la montaña quien, aunque siendo tan joven, había leído bastante. La novela de MacLean que yo había expropiado con fines literarios junto con muchos libros más en la iglesia de San José las Flores, después que la Guardia Nacional abandonó el pueblo, la clasificó de pura paja. No sé si leyó completo “Los cañones de Navarone”, a mí al menos, la película me empiló. Con mis once añitos yo era un cabro chico mocoso y él apenas tenía dos. Pocos días más tarde, después de mi visita al campamento, él con su tropa cerca de la Hacienda a los del Atlacatl o del Belloso emboscó. Sabía mandar al subalterno, combinando con maestría la disciplina y la tolerancia,….una de cal y otra de arena.

Yo tuve un amigo en la montaña, quien no fue ni bolchevique ni menchevique. Tenía mucho de Bakunin y un pelín de León Trotski, no fue político ni diplomático ni dado a los discursos ni arengas panfletarias, desplazado eso si hacia el rojo, conversando conmigo soñó despierto a El Salvador socialista. Prefirió muchas veces callar, sin darme por eso la razón, que no siempre la tuve, pues mi amigo siempre sostuvo que el sendero del socialismo no es una línea recta, sino un camino sinuoso y empedrado, con muchas curvas y recovecos, un día se da un paso adelante y al otro siguiente, se retroceden dos, para continuar avanzando en espiral de lo simple a lo complejo.

Yo tuve un amigo en la montaña, quien más que amigo fue un hermano gemelo, pero eso lo supe recién, treinta años más tarde….

Fuente: robiloh

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