De la lluvia inclemente que le cayó a la guerrilla, de las pulgas y los malos vientos compartidos por un sueño

Imagino que a todos nos pasaba igual. El frío en los músculos, nervios y huesos era como una capa permanente de agua helada en todo el cuerpo. Hasta esos días nunca en mi vida había sentido algo igual.

Fueron los primeros y últimos meses de la guerra en La Montañona de Chalatenango.El frío bajaba por los sobacos hacia la zona de las costillas y se anidaba y hacía un torzal en la zona de la barriga. Uno sentía que los riñones hacían doble esfuerzo para mantener la temperatura o algo así. O quizá eran señales de que eran ellos los que necesitaban un poco de calor para darle calor al cuerpo. Quién sabe.

El frío bajaba acalambrando las piernas hasta los tobillos. Mantenía cierto dolor lento, muy lento, que permanecía a cada segundo, cada hora, cada día, cada semana. Las botas permanentemente empapadas, los calcetines o calcetas no lograban mantener tan siquiera el calor del cuerpo. Era un lentísimo dolor también. Una permanente señal de aviso que nunca terminaba.

Llovía y llovía. La Montañona era cubierta inclementemente por la niebla y la llovizna. Los pinos y robles no lograban romper nunca esa capa para ver el sol y éste, indulgentemente a nuestra piel, nos pudiera dar un poco, sólo breves minutos, de calor universal. Nada.

La leña para cocinar escaseaba. Seguido hacíamos remolino cerca del fuego que lograba hacer Chabelita, una mujer santa en nuestro espíritu, originaria de El Jícaro, Las Vueltas, que nos daba café, tortillas y frijoles calientes, evadiendo los humos por vapores con una cocina “vietnamita” hecha en una costilla de La Montañona.

El “toldo maldito” de la Radio Farabundo Martí, un toldo de camión de carga puerto sobre horcones, nos cobijaba del viento y la lluvia. Pero dentro, era un denso y reducido espacio de movimientos y olores: centenares de pulgas fugitivas de la humedad también buscaban refugio en nuestros cuerpos, pantalones y calcetines. Además del tufo a pedo, sobacos sudados y de patas hediondas de todos nosotros.

En ese toldo también se tramaron programas, notas de prensa, amoríos, puteadas, monitoreos, tendidos de plástico y hamacas. Y eso, por suerte, que lo teníamos.

Otros compañeros, de las unidades de vanguardia, tuvieron menos cobijo ante ese frío infernal, pero de seguro, menos pulgas que apretar y menos pedos que compartir.

Fuente: ContraPunto

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