Los hechos que aquí se narran descansan en el hipocampo del escritor, mientras que la mayoría de los personajes reposan en el campo santo.

Como no llevaba una bola de cristal colgada al cuello, no podía saber que sería ésta la única vez que estaría en una celda. Es más, la noche de su detención, ni siquiera llevaba el crucifijo de oro, que según su abuela paterna lo protegería de todo mal.

Por una extraña e inesperada razón, Daniel pensó en su querida tía abuela Lipa en los momentos en que el dolor provocado por el puño del sargento en el plexo solar comenzaba a irradiar sus efectos en el bajo abdomen. A lo mejor fue una simple asociación freudiana, pero en esos momentos no reparó en explicaciones psicológicas, sino más bien parasicológicas.

El calabozo en el que se encontraban, él, sus amigos y un par de borrachines, era un cuarto pequeño, de paredes pintadas de blanco cal, pero lo suficientemente grande como para tener una sólida reja de hierro como las celdas de los alguaciles en las películas de vaqueros.

El puesto de la policía nacional de la ciudad de Santa Tecla, departamento de La Libertad, estaba instalado en una típica casa colonial, la cual se abría hacia el interior, estableciendo dos zonas muy marcadas arquitectónicamente: la parte habitacional y la de recreo. Las habitaciones o los cuartos, como se dice en El Salvador, estaban organizadas en torno al patio central, donde no faltaban las plantas ni las flores tropicales y el de la policía nacional no era la excepción.

Y precisamente allí en esa ciudad poscolonial, patronazgo de Santa Tecla de Iconio, virgen mártir para católicos y ortodoxos, había pasado la etapa estudiantil su casta tía abuela. Según él, la más culta de todas sus tía abuelas y la menos pro oligárquica y pro militarista de la familia.

Para el profesor universitario de Filosofía y para el de Economías, la explicación a todos los problemas en El Salvador, se encontraba en los libros de un alemán-judío, un tal Carlos Marx. De algo estaba seguro en esos momentos: Él no había sido el primero en leer el Manifiesto Comunista en su familia, ya que un gato con botas guerrilleras de siete leguas y con siete años de ventaja le había tomado la delantera en muchas cosas de la vida. Mientras él se la pasaba jugando al fútbol con los demás chicos del barrio o viendo al llanero solitario en la televisión, el felino en cuestión, ya sabía que la historia de la sociedad humana es la historia de luchas de clases y había leído en el ¿Qué hacer? de Lenin lo que había que hacer en El Salvador. Y por andar buscando la conciencia de clase para sí, lo encerraron varios días en una celda de la policía secreta.

La “mamá Lipa” también conoció de cerca la lucha de clases cuando era una mujer joven en su pueblo natal. Fue una mujer extraña para su época y sobre todo, para su entorno familiar. A pesar de ser muy bella y de familia acaudalada, nunca contrajo matrimonio ni tampoco se le conoció amor ni pretendiente alguno. Hablaba francés y gustaba de la música clásica. Ella era la hija mayor de una familia de cafetaleros en el pueblo de Jayaque, un pueblo donde la fuerza de la gravedad y la tradición feudal terrateniente de finales del siglo XIX se sentían desde los primeros momentos en que comenzaba el tortuoso ascenso de la calle empedrada. A la vera del camino, árboles de café y de bálsamo. Todo lo que el ojo humano podía apreciar en esa ruta paradisíaca tenía dueño y en la “cumbre”, como decían los jayaquenses, se cosechaba el mejor café de altura del mundo. Parecía una ironía de la vida, que en el departamento de La Libertad los terratenientes oligarcas eran los únicos que tenían libertad para hacer todo lo que se les antojaba, incluso recurrir al homicidio y a la extorsión, para conservar y aumentar sus bienes inmuebles. Mientras que los peones y los campesinos pobres la única “libertad” que tenían era la de reproducirse como los conejos. El Salvador de principios del siglo XIX semejaba la Rusia del Zar Nicolás II. No fue casual entonces, que el departamento de La Libertad haya sido la cuna de la primera insurrección comunista en El Salvador y en Centroamérica.

Por primera vez en su vida, Daniel experimentaba en carne propia lo que significaba la libertad o mejor dicho, la falta de libertad. Así, que para entretenerse un rato se imaginó a su tía abuela tocando guitarra, recitando versos de Rimbaud en francés y contándole las aventuras de un tal Farabundo Martí, quien algunas veces a pie y otras montado a caballo, llegaba a Jayaque junto con otros conocidos comunistas, a veces de Chiltiupán otras veces de Tepecoyo, pero siempre agitando a la población campesina, pues los camaradas del partido comunista salvadoreño sabían que no bastaba con la conciencia de clase en sí para derrotar a la oligarquía cafetalera. En aquellos días, previos a la insurrección indígena de 1932, la crisis económica mundial provocada por la caída de la bolsa de valores en Nueva York llegó también a El Salvador. La baja estrepitosa de los precios del café afectó seriamente la economía salvadoreña y los barones del café en Jayaque entraron en pánico, pero ni siquiera con la Guardia Nacional pudieron evitar que el campesinado pobre y los peones de las fincas se concentraran en el atrio de la iglesia de San Cristóbal para recibir al Negro Martí, a Alfonso Luna y a Mario Zapata. Pero cuando Daniel llegó a la parte de la historia, donde “mamá Lipa” narraba la detención por parte de la Guardia Nacional de un jovencito de apenas quince años, muy querido en el pueblo, se puso nervioso; a pesar que sabía que entre la muerte de aquel joven comunista y el presente había transcurrido casi medio siglo. Estaban en los albores de 1971 y aunque los agentes policiacos los acusaban de pertenecer al “Grupo” – nada más por atemorizarlos –, y de querer “robarse un vehículo en plena vía pública” – esta imputación no era broma –, sabían efectivamente que la situación política nacional se había puesto color de hormiga con el secuestro del empresario Ernesto Regalado Dueñas por parte de “El Grupo”.

Sin embargo, aunque el levantamiento de 1932 estaba lejos, las causas socio-económicas en El Salvador no habían cambiado mucho desde entonces. Al menos eso era lo que Daniel había aprendido en las Áreas Comunes de la Universidad Nacional y desde la perspectiva del materialismo histórico, el secuestro del empresario era una expresión, radical por cierto, de la agudización de la lucha de clases.

Pero ellos eran simplemente un “grupo” de huevones incautos, quienes creyéndose los reyes del mambo y del fútbol, habían decidido celebrar el triunfo de su equipo “Colinas FC” en “El Cafetalón”, en el famoso complejo deportivo, ubicado en los terrenos que otrora formara parte del patrimonio de una de las familias oligarcas salvadoreñas más influyentes de finales del siglo XIX y principios del XX: La familia Guirola.

Daniel había contribuido a la victoria con dos goles, uno de ellos de volea, al estilo Pipo Rodriguez[1] . “Las pupusas tecleñas son las mejores”, dicen los especialistas en la materia, “comienzas con una y terminas con más de media docena”. De este modo, de pupusa en pupusa y de cerveza en cerveza, se hizo de noche. Se dirigieron, entre rancheras y carcajadas, a la Colonia Las Delicias que se encontraba a la salida de la ciudad. Allí, en la casa del Conejo, pernoctarían. En esos lúdicos menesteres estaban, cuando de repente apareció un radio patrulla amenazante con las luces apagadas, saliendo de una de las avenidas que confluyen en la carretera Panamericana. Tal fue el susto, que las pupusas revueltas de chicharrón con frijoles se les revolvieron más de la cuenta en las tripas, pero cuando uno de los policías gritó a todo gaznate: ¡Esos son!, el instinto animal de conservación tomó el control motriz neuronal y, ni cortos ni perezosos, todos los miembros del “grupo” salieron huyendo sin saber por qué.

Les pasó lo mismo que al verdadero “Grupo”: Se atomizaron al instante y ninguno de sus miembros se fue para la izquierda. La mayoría se perdió en los laberintos del lado derecho de la Panamericana. ¿Qué hacer?, se preguntaron los cuatro restantes. Daniel, quien para entonces no sabía de las consecuencias histórico-estratégicas de “Un paso adelante y dos atrás” de Ilich Ulianov, giró instintivamente 180 grados y aunque la Panamericana ya estaba asfaltada, puso pies en polvorosa y el resto lo siguió. Pero los cuatro cayeron en las redes inevitables de la policía minutos más tarde. Daniel cometió, además, el error “táctico-operativo” de buscar refugio en un automóvil estacionado frente al mercado municipal.

– Así que vos sos el hijueputa que se quería robar el carro – imputó el sargento – dirigiéndose a Daniel.
– Eso no es verdad – alcanzó a decir Daniel, cuando el policía golpeó con un gancho de derecha la boca del estómago.
– Aquí vas hablar hijueputa, solo cuando yo te lo ordene – vociferó el sabueso oligárquico lambiscón, poniendo bien claras las relaciones asimétricas de poder reinantes.
– Mire señor oficial, en la casa de enfrente vive mi tío – intervino diplomáticamente El Conejo tratando de calmarle los ánimos caldeados al sargento. Efectivamente, enfrente del cuartel de la policía vivía el tío del Conejo, apodado así por los dos feroces incisivos centrales que decentemente ocultaba tras el mostachón à la Pancho Villa que acostumbraba a estilar.
– ¡Eso a mí me vale verga! – contestó prepotente el uniformado. ¡Como si allí viviera uno de los Duke! – añadió soberbio.

Los Duke, junto a las familias Regalado, Guirola, Araujo, Álvarez, Salaverría, Trigueros, Escalón, Palomo, Prieto, Figueroa, Orellana, Menéndez y otras familias de inmigrantes como los de Sola, Goldtree Liebes, Nottebohm, Bloom, Dreyfus, Daglio, Freund, von Schönenberg, Schwartz, Schildknecht, Deininger, Haas, Sol Millet, Hill, Mathies, Meza Ayau, Zablah, Simán, Bahaia, Salume, Belismelis y Meardi formaban parte del núcleo principal de acaudalados que dieron origen a la leyenda de las 14 familias oligárquicas salvadoreñas. Todos ellos, en alianza clasista con los Dueñas eran los verdaderos dueños del país. Y muchas de esas familias, residían en Santa Tecla o en otras ciudades del Occidente del país. No por casualidad, la insurrección popular de 1932 tuvo lugar fundamentalmente en los departamentos de La Libertad, Sonsonate, Ahuachapán y Santa Ana: La retaguardia estratégica de la oligarquía salvadoreña en aquellos años. Por eso, a nadie le extrañó la furia y el odio con que la clase feudal-terrateniente arremetió contra la población indígena y campesina en esas zonas cafetaleras. El partido comunista salvadoreño le había tocado los huevos al tigre oligárquico en su propia cueva y eso era una irreverencia imperdonable. El fusilamiento de Farabundo Martí, Alfonso Luna y Mauricio Zapata y el asesinato de centenares de “comunistas alzados”, fueron el mensaje eterno y diáfano de la oligarquía salvadoreña para todas las generaciones venideras de revolucionarios marxistas.

Ante uno de estos oligarcas, aquel sargentico altanero se hubiera cagado en los calzones, si uno de los detenidos hubiera sido hijo, sobrino, nieto o bisnieto putativo de tan ilustres mandamases. Pero para el suboficial de la policía nacional ellos eran simplemente hijos de puta y como tales había que tratarlos. Dieciocho horas y tres minutos duró el “correctivo” policial. Los pusieron en libertad sin darles mayores explicaciones.

Meses más tarde, Daniel fue a despedirse de su tía abuela Lipa. Lo recibió como siempre, con la sonrisa a flor de labio, como solo las abuelitas saben recibir a los nietos que quieren de verdad. Sería la última vez, que “Danielito” la visitaría en el asilo de ancianas San Vicente de Paul en las cercanías del Cementerio General de San Salvador. La muerte de “mamá Lipa” lo sorprendió una tarde de verano en las orillas alemanas del lago de Constanza, pero el recuerdo de aquella anciana que lo quiso mucho quedó grabado en algún sitio de su cerebro. El pueblo de Jayaque, perdido dentro de las brumas de la cumbre, lloró el día de la muerte de la ilustre ciudadana.

Daniel regresó a Jayaque en agosto de 1993 con las cenizas de Jorge, su padre, en una urna y las desparramó en los montes y en los cafetales de la "Cumbre". Esa fue la última vez que lo vieron, cuentan los jayaquenses.

Tuvo que pasar casi medio siglo, para que el pueblo salvadoreño elaborara el “trauma del 32” en la teoría y en la práctica. El “Grupo” y las posteriores organizaciones político-militares surgidas en 1970 fueron la inevitable respuesta social de la nueva generación de revolucionarios salvadoreños nacidos bajo la tétrica sombra que dejó la masacre de 1932. El fantasma comunista que puso en pánico a la oligarquía salvadoreña continuaba deambulando por los valles y montañas de Cuscatlán. No se trataba de la leyenda del Cipitío o de la Ciguanaba ni mucho menos de las historias parapsicológicas que se contaban en Santa Tecla en torno a la mansión de Don Ángel Guirola de la Cotera. ¡No!

Era el comienzo de la primera revolución socialista y popular en El Salvador, que es parte ya del vaivén de la historia de la lucha de clases…cuzcatleca.

[1] Mauricio Alonso “Pipo” Rodriguez: Conocido futbolista salvadoreño especialmente durante las décadas del 60 y 70 del siglo pasado. Famoso por sus goles de volea en el aire.

Fuente: robiloh

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