Una particular vigilia nocturna en "el roble"

Llegó un momento en que en el campamento seríamos unos treinta o un poco más. Eso era mucho, pero la situación de Chalatenango daba ya esos respiros en los primeros meses de 1983.

En La Montañona (en el campamento hoy más conocido), La Farabundo instaló el “Toldo Maldito” tras la cresta de Los Picachos, mirándole a los ojos a El Volcancillo. Esa cresta nos protegía del impacto de los cañoneos lanzados desde Chalate.

La verdad es que, ya en esos días, en toda la zona central y oriental de Chalatenango ya no había ni cercos de alambre ni puestos militares del ejército o la guardia. Y eso, a la Radio, la llamaba un tanto a la relajación dentro de la retaguardia guerrillera que se iba construyendo en el Frente Norte.

Como no cabíamos todos en el Toldo Maldito, una suerte montañesa de choco hacinamiento nocturno (que no tiene que envidiar un mesón urbano), se crearon unas cuantas covachas con lámina, camuflajeadas de ramas. Pese a ello, el Toldo no perdía su identidad de ser una leonera de pulgas, pedos, tufo de sudores, sobacos, hongos en las patas y otros, que se condensaban al interior… especialmente de noche, cuando se cerraban las ventoleras del toldo, debido a las bajas temperaturas y a los crueles ventarrones de inicios de año.

Para esos días, se concentró en Radio Farabundo Martí a compañeras y compañeros en un taller de redacción y para corresponsales de guerra, compartido por Nicolás Doljanin entre finas hojas de pino y rústicas mesas y tapescos de roble. En esos días de frío sol, también se habían conjuntado para reforzar la radio Mati, Anita, Kety, Nicolás, Arnulfo (Piquín), Neco Godínez, Solórzano El Sordo y Minero. Carla y Ana, habían llegado antes, logrando conocer a Juan Ángel. Ante el promontorio de gente que habíamos, hasta hacíamos las postas nocturnas en parejas, delante de la cabina de transmisión. Una hora por turno, con absoluta excepción de Chabelita y sus hijos.

Quizá de Rigoberto, el jefe de campamento, fue la idea de poner juntos al Sordo y a mí, un choco, en un turno de posta en la madrugada: uno que no oye y otro que no mira. En la oscuridad quizá alguien podrá medio entrever, pero un miope sin luz… menos. Y un sordo, no solo no oye, sino que no entiende nada, porque desaparece la utilidad de ver señales en los labios cuando otro habla. Pero allí estábamos en vigilancia, en la oscuridad. Oír sin ver y mirar sin oír.

Pero el asunto es que el Sordo se durmió en la posta, al pié de uno de los pinos que aún sobreviven y quizá sea el que sostiene un rótulo de la RFM en La Montañona, a la par de una zanja. Estábamos peor: un sordo dormido.

Estando en la posta, empecé a escuchar ruidos sobre la hojarasca y como estábamos separados por la zanja, empecé a hablarle con sigilo al Sordo.

Por instinto me topé a un pino, como parapeto, y quité el seguro a la carabina. Los segundos seguían deslizándose y el Sordo ni se enteraba.

¡¡Sordo, sordo, sordo!! ... y el sordo, no despertaba, sentado en una oxidada silla metálica. Seguro disfrutaba.

Qué hijuepringa, decía yo. Con gran tensión seguía escuchando el ruido como de pasos sobre la hojarasca que avanzaba en lo oscuro.

- ¡¡Sordo, sordo, sordo!!... el sordo no respondía, ni por una ni por otra. Le tiraba piñas y pequeñas ramas de pino. Nada.

choco1La idea de una incursión nocturna de comandos del enemigo al campamento de La Farabundo era fatal, porque para comenzar la radio nunca fue una unidad de combate, con un montón de despistados en el uso de las armas y otro montón de mujeres patulecas, casi todos urbanos. Vaya: y aún así hasta un sordo tuvimos. Y el Sordo, para más joder, ¡dormido en la posta!: hasta chineado lo hubieran hecho.

Urgido de apoyo, en devanada buscando parapetos, me fui a una covacha donde dormía Ricardo, avisándole del ruido en la hojarasca. El Sordo seguía dormido, apoyando la cabeza en el pino y el fusil… quién sabe dónde.

Algunos compañeros avanzaron encorvados y el ruido se detuvo. No había tal ataque enemigo. Ya con los movimientos de seguridad, al fin, el Sordo se despertó: estaba asustado, preguntando qué pasaba.

Algún cuzuco, cotuza o mapache nos hizo una jugada esa noche. Después del susto, volvimos al Toldo para conciliar el sueño. En la mañana, en la formación, se llamó la atención por dormirse en posta. No recuerdo si al Sordo se le puso una sanción, que sin duda hubiera sido para todos. Pero ya en el desayuno, los compas también se cagaban de la risa.

Fuente: ContraPunto

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