Remembranzas de la guerra civil, memorias de un ex guerrillero

La realidad es que el Belloso y el Atlacatl casi nos agarraban del pelo. A todos. Pero siempre la noche fue nuestra cruel y confiable compañera.

Después de operativos terrestres y aéreos, pusimos nuevamente la nariz en dirección a La Montañona. Pocos días teníamos de estar en nuevo campamento, cuando asomó otro masivo operativo militar. La Farabundo no tenía ni seis meses de haber iniciado sus transmisiones, no lográbamos estabilidad y entraba su primer invierno.

Fue la segunda o tercera guinda. La diferencia es que esta vez íbamos literalmente con todo el campamento cargado en el “tren de mulas”. Una docena de caballos y mulas llevando en sus lomos los transmisores, los radios, los motores, el molino, el frijol y el maíz, grabadoras, baterías, combustible, el toldo, máquinas de escribir... Todo, literalmente todo, para no dejar de transmitir mucho tiempo. Tal decisión en parte surgía de una nueva variable: el asentamiento avanzado de una compañía reforzada del ejército en El Jícaro, al pié de La Montañona.

Con las bestias, la irregular columna de la radio se duplicó en las veredas de pinos y cada quien con su mochila, cargada igual. El nuboso atardecer presagiaba más lluvia. El parsimonioso descenso de La Montañona nos llevó a cruzar algunos caseríos poblados donde los jefes guerrilleros ordenaron completo silencio. El enemigo ya se había tomado La Montañona.

Pero en caminos desconocidos, llegó un punto en que los caballos y las mulas no pudieron pasar. Eran barrancos indescriptibles, donde los aparatos de la radio quedarían destripados.

No hubo opción. Los caballos y mulas, las bestias como se les decía, tuvimos que descargarlas en la vereda. Los bultos que no fueran estratégicos fueron escondidos en los charrales rodeados de lenguas puyudas de piñales. Allí quedaron para el olvido los urbanos “sleeping bags”, cobijas de montaña, cántaros, ropas, comales y los animales.

Mientras tanto, la lluvia sobre nuestros cuerpos y almas era interminable. Al poco rato, los compas cortaron unas ramas y tuvimos que seguir la marcha cargando sobre nuestros hombros los motores, los transmisores, acopladores y aparatos de comunicación, algún combustible y batería de carro.

Por esas cosas del azar, a su servilleta y a Juan Ángel (Mincho Valiente), nos tocó la masa del motor tranca de por medio. Mincho tenía menos estatura y el pedazo de motor amarrado se bamboleaba para un lado y para otro andando en las pedregosas veredas, en subiditas y bajaditas. Los productores y técnicos así íbamos aprendiendo a “hacer radio” en Chalate, a quererla, a salvarla, a medir la escritura o locución cada palabra, muchas veces puteando en la oscuridad inmensa. Y seguía lloviendo.

Después de muchas horas de marcha, al fin, llegamos a lo que parecía ser un descanso o zona de protección en la zona de Cuevitas, al norte de La Laguna, donde la frontera era un zamarro Río Sumpul que tumbeaba. Éramos centenares y centenares los que andábamos allí. Nosotros no teníamos contacto con las unidades guerrilleras o “las masas”, ni nos dimos cuenta, y permanecimos más cerca a la unidad del mando del Frente Norte. Eran pocas las ocasiones en que nos veíamos pelo a pelo.

El lugar eran unos zanjones pedregosos atravesados por numerosos surcos de agua, uno tras otro y con pocos y pequeños árboles y arbustos. Por la tensión, la carga en el lomo y el desvelo no fue estorbo caer dormidos sobre las piedras con las pequeñas corrientes de agua por bajo.

Estábamos absolutamente empapados, hasta el cuero arrugado de las partes íntimas y cada quien con su carga. Poco antes del amanecer nos despertamos y la tensión nuevamente se puso de pié.

Silencio total, que nadie se mueva y cúbranse. Los de la radio, no teníamos información si el enemigo estaba cerca o no.

Era una situación de amenaza, que empezaba a ser “normalita”. Entonces creímos que la situación daba espacio para quitarnos las camisas mojadas y colocarlas al sol que iba arañando los zanjones.

Del grupo de la jefatura del mando se acercó rápido el Negro Hugo y con un grito contenido y sigiloso, con el rostro fruncido dijo mirándonos a cada uno: “Si ponen la ropa al sol… los fusilo. Póngala bajo los árboles, el viento la secará”. Era una extrema orden de sobrevivencia colectiva emitida por el jefe militar a un personal que no estaba bajo su entera disciplina y mando.

Y tuvo razón. A los pocos minutos la exploración aérea de los aviones enemigos pasaba y repasaba sobre el sector norte de La Montañona, tratando de ubicarnos. En la intercepción de las comunicaciones enemigas, el Batallón Belloso quería saber dónde estábamos miles de gente de la población (información que no sabíamos los de la radio) y combatientes, ocultos en zanjones y charrales.

Titiritábamos de frío en silencio, a la espera, mascando nuestras almas, con el agua circulando sobre nuestros pies y las nalgas sobre piedras, mochila al hombro. Así pasamos todo el día. Al atardecer dieron la orden de movimiento y retornábamos nuevamente a La Montañona. Las cargas quedaron allí, escondidas.

Tras un buen tiempo de marcha, habremos saltado a un tramo de la calle entre La Laguna y El Carrizal, cruzando la puertona de la montaña. Era un maremágnum de gente ascendiendo con pesados y extenuados pasos, pateando el barro licuado por otros adelante. Casi espantos deambulando en la oscuridad que conocía el camino.

Llegó un momento en que los trozos de la columna de La Farabundo se entremezclaban con las mujeres y bichitos de la población de las comunidades. Nadie era más que nadie en la marcha. Todos éramos los mismos en esos riesgos. Muchas mujeres llevaban en brazos a sus hijos que lloraban de frío y hambre. Daba coraje y sentido ese sufrimiento y nos mirábamos a nosotros mismos, a cada paso.

La madrugada nos agarró subiendo aquellos barriales donde a veces dábamos un paso y perdíamos cuatro tras el resbalón en el lodo gelatinoso. La Montañona, nuestro hogar, era dibujada intermitentemente en la oscuridad por el resplandor de los relámpagos. Con deseo, sus siluetas íbamos a ella.

Fuente: ContraPunto

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