El jueves 28 de enero 2016, a las 6 p.m. se presentó en la UCA "Los secretos de El Paraíso", obra de Armando Salazar que sigue paso a paso la decisión y maniobras de la guerrilla previo al asalto del cuartel El Paraíso, Chalatenango.  

Una tarde de finales de diciembre de 1983, un contingente de guerrilleros con zapatillas negras, armas cortas y extraños aparejos de bambú se concentró en El Trigalito, un área remota de pinares y vientos helados en el corazón de Chalatenango, listos para salir en misión.  

Los combatientes de las unidades de vanguardia (UV) que los observaban apenas podían creer que estos muchachos de aspecto estrafalario estaban destinados a penetrar el más inexpugnable de los cuarteles del Ejército, edificado según un patrón diseñado por estrategas estadounidenses.

Este peculiar contingente eran las FES, las fuerzas especiales selectas del FMLN, las mejor motivadas, las más disciplinadas y formidables del hemisferio en esa época. Era el 30 de diciembre. Se encaminaban a asaltar la Cuarta Brigada de Infantería, mejor conocida como El Paraíso, un cuartel ubicado en una explanada a 20 kilómetros de la ciudad de Chalatenango, y a 90 de San Salvador.

“Se le dijo a todo el mundo: señores, vamos para El Paraíso, vamos a hacer este asalto, vamos a tomarlo, vamos a aniquilarlo”, recuerda Felipito, el jefe de las FES. Un hombre de baja estatura, flaco, de mirada concentrada, que nunca alza la voz.

Esta operación de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), una de las fuerzas del FMLN, fue denominada “Unidos venceremos a la dictadura y la intervención imperialista”. Ha sido reconstruida paso a paso por el escritor Armando Salazar a partir de decenas de consultas y entrevistas con excombatientes y antiguos jefes guerrilleros que participaron en las acciones y en la planificación. El producto de esa investigación es El secreto de El Paraíso, editado por UCA Editores. El libro será presentado por su autor este jueves a las 6 p.m. en el auditorio Segundo Montes, edificio ICAS de ese centro de estudios.

La Cuarta Brigada era el bastión estratégico del Ejército en la zona norte del país, base de sus ofensivas de contrainsurgencia, centro de gravedad del régimen en la zona norte. Albergaba dos compañías. 800 hombres. A pesar de que el Ejército salvadoreño ya había experimentado sorpresas a cargo de las unidades especializadas del FMLN –fuerzas especiales de la guerrilla destruyeron una parte considerable de las aeronaves en el aeropuerto militar de Ilopango en 1982– este ataque en la víspera del Año Nuevo tomó de sorpresa al Estado Mayor del Ejército.

“Durante los años 1980-81”, describe Salazar, “el control político-militar del territorio de Chalatenango parecía la piel de un leopardo. El control del Ejercito se entrecruzaba con el control guerrillero”. El mapa empezó a cambiar en 1982 con el ataque guerrillero al puesto militar de San Fernando, dirigida por Hugo “El Negro”, un internacionalista argentino. Luego las FPL llevaron a cabo una campaña para destruir las posiciones del Ejército en los alrededores de La Montañona y el oriente del departamento.

Una maqueta de cinco metros 

El Paraíso era supuestamente imbatible. El cuartel estaba defendido por alambre de púas, obras de fortificación, un sistema de iluminación nocturna, patrullas móviles, postas fijas, patrullas, contraseñas y, lo más temible, la Guardia de Prevención, un emplazamiento con oficiales y tropas listas para entrar en combate de noche y de día. Un vehículo blindado y apertrechado custodiaba la entrada de las barracas.

Sin embargo, los exploradores de las FES pacientemente fueron desentrañando los secretos defensivos de El Paraíso a lo largo de varios meses de penetraciones nocturnas, invisibles a las postas y el sistema defensivo de la instalación. Al mismo tiempo, se sometían a un entrenamiento riguroso. Mardey, un de los integrantes originales de la FES cuenta que apenas dormían. “Estábamos en instrucción durante el día y a veces en la noche”, y los y los simulacros de alarma ocurrían a medianoche y en la madrugada. Levantarse, equiparse y calzarse les tomaba 37 segundos, aquello en las noches gélidas de El Trigalito, a 1,600 metros de altura, batida la altura por las ventiscas y la lluvia helada.

“Aprendimos a utilizar el camuflaje, diferentes tipos de armas, el TNT, los tiraflectores, las cápsulas detonantes... Hicimos prácticas de tiro, de llegar a la puerta... aniquilar con la subametralladora o con la pistola al centinela... tirar la carga hacia el interior”, narra Felipito.

La guerrilla había obtenido alguna información interna de la brigada, ofrecida por desertores y soldados que habían sido capturados en combates anteriores: detalles sobre la disposición de las cuadras, el terreno y los oficiales. Un desertor del batallón Atonal, por ejemplo, delató la ubicación de los cubículos de los oficiales y la conformación de los dormitorios de soldados.

Pero el grueso de la información se recabó gracias a la pericia y el sigilo con que operaban combatientes como Félix, Manuelón, Tony El Tunco, Andrés, Mardey, Jorge, Vidal y otros. “Ya cuando tenés tu objetivo, te enfocás en las características del terreno. Si el terreno es falda, vos vas a hacer ejercicio de incursión en falda, y buscas el terreno más parecido. Si las piedras se resbalan al nomás poner el pie, en ese tipo de terreno vas a ir a entrenar”, dice “Mardey” quien era instructor de grupo. Se cubrían el cuerpo con tile o parches de tela de camuflaje, café si el terreno lo pedía. Se infiltraron al complejo militar por turnos, una y otra vez, y en cada incursión penetraban más hondo, aprendiendo algo nuevo. Los topógrafos de la guerrilla usaron esa inteligencia para elaborar una maqueta de cinco metros de largo, curvas de nivel incluidas, un modelo a escala del objetivo. En cierto momento, los intensos reflectores del cuartel se erigieron en obstáculo formidable para seguir explorando. Entonces el mando envío a sabotear la electricidad en las horas de exploración. Se iba la luz desde Apopa y Aguilares hasta Chalatenango.

“Vimos los dormitorios. Vimos la hora de los relevos. Vimos que había uno en cada puerta de los dormitorios”, recuerda Felipito.

Cada grupo de exploración elaboraba un mapa a partir de sus incursiones, pero desconocía los mapas y los detalles específicos de las exploraciones de los otros grupos. Sólo un grupo de la cúpula militar de las FPL tenía el cuadro completo del teatro.

‘Zapatillas de viejita’ y bloques de TNT

El núcleo inicial de la FES, 25 combatientes, se nutrió con los mejores elementos de los distintos destacamentos de los frentes, hasta completar una fuerza de 125 comandos. Antes de partir a la tarea, el jefe militar de la maniobra, Dimas Rodríguez, arengó a la tropa. “Dijo que era una operación muy determinante, y que era como romper un candado”, rememora un combatiente en el libro.

Los zapatos que utilizaban eran de tela suave y suela delgada, zapatillas de viejita”, recuerda Rafita de la FES. Al verlos partir al combate, sus compañeros de las Unidades de Vanguardia (UV) se burlaban de ellos; decían que a matar culebras iban con esas varas. A una compañera que los vio partir, el aspecto de sus compañeros le hizo pensar en un grupo de actores camino a presentar una pieza de teatro.

Los extremos de las varas de bambú remataban en sendos tacos de TNT, 400 gramos cada bloque, afianzado con hilo, papel y parafina: el arma principal de la FES.

La maniobra de las FPL, dice Salazar, cubría casi la mitad del departamento de Chalatenango. Destacamentos de UV aguardaban ocultos fuera del complejo el momento de la oleada de asalto. El batallón K-93 se desplegó al occidente del objetivo, ocupando posiciones en el área de la carretera Troncal del Norte. El SA-7 se ubicó en el pueblo de El Paraíso y montó una contención en el camino a Santa Rita. El SS-20 fue enviado a sitiar el Destacamento Militar 1 en la ciudad de Chalatenango. Su misión era fijar a esa tropa para impedirle acudir en auxilio de El Paraíso. Había guerrilleros en varias lomas y alturas, incluyendo unidades antiaéreas, de logística y aseguramiento, puestos médicos y unidades de milicias populares, a la espera de que las FES rompiera los muros del cuartel.

Simultáneamente, el FMLN había preparado una operación con hombres rana para volar el puente Colima, que comunica Chalatenango con San Salvador. El plan era transportar las cargas explosivas en una balsa, valiéndose de la lechuga o ninfa gigante que crece en el lago como camuflaje.

La mayor parte de los combatientes movilizados para la tarea no fueron informados de la razón de la maniobra hasta la noche del 29 de diciembre, horas antes del ataque. De los jefes de pelotón para abajo ninguno estaba en el secreto de El Paraíso.

A las 7 de la noche el cuartel lucía iluminado. “Todos lo mirábamos” dice Héctor, entonces capitán. Los grupos de la FES ya estaban adentro, avanzando, avanzando. Las destacamentos empezaron a acercarse a la instalación. Poco después de la medianoche se fueron las luces. A las 2 de la madrugada del 30, encaramado en una loma junto al resto del mando, Dimas dijo: “Ya es la hora, ya es la hora”. A las 02:02, un soldado con la camisa desabotonada se asomo a un costado de la Guardia de Prevención del cuartel. Frente a él había dos raras figuras que llamaron su atención. “¿Qué pasa?”, pregunto.

Rafa Chicuache, del comando de Mardey, levantó su fusil.

Ahí comenzó la toma de El Paraíso.

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Roger Lindo es escritor y periodista | San Salvador. Miércoles, 27 de enero 2016 | Fuente: Archivo de la familia Dalton

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