Con ocasión de conmemorarse el 85 aniversario del fusilamiento de los estudiantes Alfonso Luna y Mario Zapata, junto a Farabundo Martí en 1932; a manera de homenaje a sus memorias, les comparto a continuación parte del relato escrito por el costarricense internacionalista Eduardo Mora Valverde, en su libro “70 años de militancia comunista” publicado el año 2000.

En el Partido Comunista de El Salvador:

Recuerdo al gran muralista mexicano Diego Rivera parado ese día en el centro de la sala de su casa. Cuando pasábamos las parejas alrededor suyo, bailando, nos veía primero de frente y luego de soslayo, con enigmática sonrisa. ¿Se burlaba de nosotros los muchachos? ¿Nos tendría preparada alguna sorpresa?

La Célula de la Escuela de Economía de la Universidad Autónoma de México había organizado, en la casa de ese genial artista, una pequeña fiestecita esa noche. Militante de esa célula era Raúl Castellanos, quien más tarde llegaría a ser uno de los más importantes y brillantes dirigentes del Partido Comunista de El Salvador.

Esa noche Raúl llevó a su hermana Elena a la fiesta; allí la conocí y nos hicimos novios. La primera y única novia que tuve.

“Cásese con Elena; nunca encontrará otra compañera mejor”, me decía y repetía Carmen Lyra desde su lecho de enferma. Quería morir segura de que yo sería el hombre más feliz del mundo.

No fue la dulce y querida Chabela, sin embargo, la que decidió mi matrimonio, fue Elena misma. Un día le dije que lo que más ansiaba era casarme con ella, pero no podía hacerlo debido a la difícil situación política de Costa Rica, a las condiciones de clandestinidad y a las consiguientes dificultades económicas en que trabajábamos en el Partido. Mi deber de revolucionario se anteponía a mi propia felicidad personal, le expliqué. “Si el Partido no puede pagarte un salario, yo trabajaré y viviremos con el mío”, fue su respuesta definitiva.

Pocos días teníamos de haber formado nuestro hogar, cuando se suscitó una discusión política en la que participaban entre otros, el Lic. Pedro Geogroy Rivas, abogado, poeta, militante del Partido de El Salvador, y amigo de la familia de mi esposa, y Arnoldo Ferreto, en ese momento Secretario General de mi Partido. “¿Qué posibilidades existen para estructurar un Estado multinacional en Centroamérica?”, era el tema en discusión.

El c. Geofroy intervino diciendo que la unidad centroamericana debía alcanzarse de inmediato, mediante la lucha popular dirigida por los cinco partidos del Istmo. El c. Ferreto replicó que eso solo se debía lograr en los marcos de la república mundial de los soviets, debido a la existencia de diversas nacionalidades. Geofroy se violentó y lo acusó de “oportunista”, “titoista”. Yo me molesté por el ataque a Arnoldo y salí a defenderlo. De paso expuse mis tesis de que la unidad podía ser un objetivo de lucha en la etapa de la revolución democrática y antiimperialista. Me gané con ello, no solo duros ataques personales de Pedro, (lo menos que me dijo fue “inefable jovenzuelo”) sino la pérdida inexplicable de su amistad. Esto fue en noviembre de 1950. Embarazada, Elena se trasladó en esos días a San Salvador para unirse a su familia y esperarme. Yo había ya recibido una invitación para ayudar a la reconstrucción orgánica del Partido Comunista Salvadoreño, la cual sentí como un gran estímulo revolucionario, y como una gran responsabilidad internacionalista.

La Dirección de mi Partido me autorizó a aceptar esa responsabilidad, pero me pidió vender antes una colección de piezas arqueológicas centroamericanas que, a fin de contribuir a aliviar la angustiosa situación económica de esos días de clandestinidad, nos había regalado un amigo. La tarea parecía casi imposible pues no disponíamos de un certificado sobre la autenticidad de cada pieza, por lo menos aceptable para los posibles interesados en adquirirlas.

Con la compañera y amiga, la arqueóloga Sol Arguedas, recurrí a solicitar la colaboración del más famoso de los artistas mexicanos: Diego Rivera. De inmediato puso a un fotógrafo a sacar fotos de cada pieza sobre una cartulina negra; después él se dedicó a especificar al pie de cada una, las calidades según el informe en mi poder. Finalmente el famoso arqueólogo Daniel Rubín de la Borbolla esposo de Sol, autenticó.

El Partido de El Salvador vivía un período sumamente crítico. Del Secretario General para abajo, heroicos y abnegados, todos se dedicaban inevitablemente a una labor economicista. El más alto cuadro en ese momento trabajaba en la redacción y administración del periódico sindical y él mismo lo sacaba de la imprenta, lo cargaba en sus hombros y lo llevaba a las oficinas respectivas.

Con el seudónimo de Pedro Martínez comencé a escribir y actuar directamente, hasta donde eso era posible, en el combate a las concepciones economicistas, y a promover el desarrollo del trabajo político y principalmente el fortalecimiento y actividad del Partido.

Del Pasaje Guevara 8, en donde vivía con la familia de mi esposa, salía con frecuencia hacia los lugares de cita, en un terreno para mi desconocido totalmente, aunque guiado por direcciones precisas. Recuerdo el encuentro más importante. Se realizó en el cuarto, bastante modesto, de dos estudiantes de la Universidad, uno de ellos de apellido Vaquerano: dos catrecitos angostos, colocados paralelamente, a un metro y medio entre sí. Viéndonos las caras nos sentamos cuatro en un catre y tres en el otro; en total las siete personas que en ese momento teníamos la responsabilidad del Partido. “El Choco” Salvador Cayetano Carpio estaba sentado a la par mía; el Dr. Toño Díaz al frente.

El Gobierno del Coronel Osorio le había ofrecido a éste último el puesto de viceministro de Salud Pública, y en esa reunión el propio c. Díaz externó la decisión de rechazar tal oferta. Se refirió al distanciamiento en las filas del Partido de tres destacados dirigentes, Marroquín, Fernández y Martínez, a raíz de haber aceptado becas o cargos honoríficos otorgados por el Gobierno con el evidente afán de dejarlos “hipotecados” a la dictadura militar.

En el desarrollo de mi labor, yo venía insistiendo en la necesidad de volver a editar el órgano periodístico del Partido, “La Verdad”, fundamentando mi insistencia nos solo en las enseñanzas transmitidas del movimiento obrero internacional, sino también en las experiencias de nuestro Partido con los periódicos “La Revolución” y “El trabajo”. En mi opinión “La Verdad” debía salir de inmediato a la calle, en forma de volante el primer número, para poder pegarlo en las paredes y difundir lo más ampliamente posible que el Partido Comunista era un partido independiente, insobornable y revolucionario, y que su órgano de prensa, vigilante y combativo, volvería a llegar regularmente a las manos de los salvadoreños.

Unicamente un compañero, que recién llegaba de su exilio en Guatemala, hizo resistencia. “Vos sos tico y no conoces nuestra realidad. Se nos va a venir el mundo encima”, me reclamó bastante alterado. Yo le repliqué: “Ustedes heroicamente están arriesgando segundo a segundo la vida, pero es inútil que lo sigan haciendo si el Partido no se va a la calle a luchar. En ese caso es mejor que dejen la Dirección a otros compañeros”. A Carpio se le humedecieron los ojos y, después de limpiarse la garganta con pequeñas explosiones de tos, rompió el silencio: “Hace poco, al despedirme de Blas Roca, en Cuba, me dijo que los comunistas siempre debíamos sacar la cara; si nos la patean y la rompen, la debemos volver a sacar; si nos la quiebran, la debemos sacar de nuevo”. Mirando al suelo, con sus manos unidas como si fuera a rezar, y girando sus pulgares, agregó: “Estoy de acuerdo en salir a la calle con el periódico y denunciar el intento de soborno”.

En la casa de Raúl, precisamente en Mexicanos, a donde Dueñas me había llevado a pasear, se instaló un polígrafo para editar el periódico. El responsable de operarlo era un militante, miembro de la Comisión de Propaganda, de apellido Alvarado; con diligencia éste comenzó a desarrollar su importante trabajo.

Pero se produjo un atraso en las etapas del mismo pues el c. Jacinto Castellanos, mi suegro, sugirió plantear al Buró Político la revisión del acuerdo, en una reunión conjunta con la Comisión de Propaganda dirigida por él. Ya había oído decir a más de algún compañero que debido a mi desconocimiento de la realidad salvadoreña, lo estaba llevando a una provocación.

“Eduardo, yo estoy completamente de acuerdo con la resolución. Pero es mejor dar oportunidad de opinar a los compañeros de Propaganda, ligados al trabajo de masas; estos deben responsabilizarse. En El Salvador son muchos los años de crímenes y de injusticias. Usted como costarricense no tiene una idea cabal. Este pueblo está a punto de reventar y cuando reviente ni Dios padre lo va a parar. Mire Eduardo, aquí nos van a faltar postes para colgar a tanto bandido, a tanto ladrón, a tanto criminal”. En la ratificación del acuerdo, con su firme y vehemente carácter, mi suegro jugó un papel decisivo. La confirmación del acuerdo la esperaban las brigadas para salir por diferentes lugares del país a realizar las pegas. En esos momentos de tremenda tensión, una pareja, marido y mujer, adelantó su salida con tal mala suerte que fue detenida. Aunque no dijeron una sola palabra, la propaganda que cargaban y que le decomisaron, alertó a la policía, la cual se puso alerta desde ese instante en todo el país. Y cogieron a no pocos. Entre ellos cayó Alvarado, el encargado de la edición del periódico y miembro de la Comisión de Propaganda. Y si la pareja no habló, éste cantó hasta “El Barbero de Sevilla”, como decían los camaradas. Raúl trabajaba como economista en un Ministerio. Sin sospechar la delación de Alvarado, al salir de su trabajo se dirigió a su casa, en Mexicanos, para reunirse con su familia y cenar. Pero a pocos metros de su hogar lo paró la policía, la cual tenía rodeado el vecindario. Raúl trató de convencerla para que lo dejaran pasar pero le contestaron que estaban registrando la casa de un comunista, sin sospechar que lo tenían al frente. Disimuladamente se alejó del cordón policial, llegó a la carretera y a toda velocidad, mejor dicho, corriendo, tomó la dirección del centro de la capital para llegar al pasaje Guevara en donde vivíamos los demás de la familia. “Se inició la persecución. La Policía ya llegó a mi casa. Creí que no iba a tener fuerzas en las piernas para llegar hasta aquí”, nos dijo Raúl muy agitado. Cerca del Pasaje Guevara estaba el Parque Marte. Al frente vivía el entonces dirigente estudiantil Shafick Handal, después Secretario General del Partido y Comandante del FMLN. Por su papel en el movimiento legal de masas, pues era Director del Periódico “Opinión Estudiantil”, supuse sería uno de los primeros en ser capturados si no se escondía de inmediato. Cuando llegué a su hogar me salió a abrir Blanquita, su esposa. “Dígale a Shafick que se inició una represión, que se esconda”, fue lo único de la conversación, pues debía apurarme.

Me detuvieron, y bajo el pretexto de que era necesario revisar mi documentación migratoria, fui llevado al Cuartel del Zapote. Al poco rato de estar en él entró un militar con cara desagradable, con una pistola 45 colgada del cuello. Comenzó a interrogarme en un escritorio que se encontraba en el pasillo. Era el Mayor Medrano, años después, en 1966, Comandante de las tropas salvadoreñas en la llamada “Guerra del Futbol”, contra Honduras. Intentaba arrancarme una declaración en la cual aceptara haber participado en los preparativos de un levantamiento armado, instigado por la Unión Soviética y Guatemala, contra la “democracia” salvadoreña. Me pidió dar nombres y datos sobre el Partido, y me ofreció dar libertad y protección.

Consideré mejor tomar la ofensiva desde el principio y le dije al militar: “Me siento muy feliz y honrado de ser comunista desde muy niño. A pesar de no ser miembro del Partido Comunista de El Salvador, estoy identificado con sus objetivos de lucha”. Terminé refiriéndome a la recién triunfante revolución del pueblo chino asegurándole que su camino lo seguirían todos los pueblos del mundo sojuzgados por el imperialismo.

Medrano se paró violentamente, quizás herido en su condición de polizonte anticomunista, se quedó viéndome y calmándose me dijo: “Estamos dispuestos a enviarlo a donde sus amigos de Guatemala si usted les hace una solicitud del asilo”. Le contesté que yo era costarricense, con familia en El Salvador, y si querían echarme, debían enviarme a Costa Rica. El militar dio media vuelta y se alejó. Fui conducido a una habitación contigua, situada precisamente detrás del escritorio desde el cual había sido interrogado. Iba a ser mi prisión transitoria. Al entrar en ella me abrazaron, entre otros, el sastre Villacorta, militante del Partido y también víctima de la represión. Junto a el se encontraban varios camaradas más. Habían oído íntegramente el interrogatorio.

Un tazón de “caldo chuco”, como dicen los salvadoreños, pero agrio y salado, fue el menú de esa mañana, primer alimento después de casi 24 horas de haber sido conducido al cuartel del Zapote. Con alambres nos sujetaron las manos, tanto a mí como a un delincuente hondureño. Empujándonos por la espalda nos fueron indicando el camino hasta un vehículo militar y nos introdujeron en él, en el asiento trasero, junto a un oficial. Adelante iba otro oficial junto al chofer.

Silencio absoluto del hondureño; yo tampoco hablaba. Al llegar, largo rato después, a una población, mi compañero exclamó: “San Miguel” y esas fueron sus únicas palabras en el camino. Y en San Miguel los oficiales nos sacaron a los dos y nos hicieron caminar a pie, inexplicablemente, como unos 50 o 100 metros. Luego nos volvieron a meter en el vehículo y así llegamos finalmente al Amatillo frontera con Honduras. Al detenerse el vehículo los oficiales nos desataron, dejando al hondureño con las autoridades militares salvadoreñas. En el mismo vehículo me llevaron a territorio hondureño y estacionaron el carro frente al puesto de aduana del Goascorán. Según supe después, se había producido un error; a quien debieron llevar al Goascorán era al delincuente. Fue un error “providencial” pues evidentemente falseó, ante las autoridades hondureñas, la denuncia salvadoreña hecha posteriormente, de una fuga mía hacia el territorio hondureño, para hacer una “revolución”. Quizás ese error contribuyó mucho a salvarme la vida, como lo señalaré después. FIN de la Cita.

NOTA: La última noche en que Farabundo Martí y sus compañeros se encontraban en capilla ardiente, acompañado de Jacinto Castellanos Rivas (Secretario privado del General Martínez), momentos antes de ser llevado al paredón, Farabundo le dijo: “Jacinto, vos vas a ser de los nuestros algún día”. Esas palabras traspasaron la descendencia Castellanos Rivas -el anterior relato es muestra de ello-, al grado que hoy, el pueblo salvadoreño seguimos construyendo la sociedad soñada por nuestras y nuestros caídos. En otra entrega me referiré a esa estirpe de patriotas (Castellanos-Rivas) que dieron sus vidas con y por el bienestar de nuestros pueblos. José Fidel Campos Sorto

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