Los últimos días del mes de diciembre de 1980, y durante la primera semana de enero de 1981, allá por el caserío de Peñas Blancas, todo era movimiento y carreras: reuniones de planeamiento y de coordinación, concentración de tropas y de armas, recuento de municiones, medicinas, radios, baterías, linternas, y alimentos, arengas políticas y formaciones, y maniobras militares para determinar el estado de preparación y de la moral de las tropas que participaríamos de La Ofensiva Final. Estando en La Pinte, Boris me mandó a llamar con uno de los muchachos correos para encomendarme una misión especial y delicada: los días 8 y 9 de enero de aquel año tendría que estar en la ciudad de Cojutepeque coordinando un cargamento de armas que entrarían por tierras hondureñas para La Zona Rancho. Y hacia allá me dirigía con una escuadra de seguridad y la enfermera Delgadina, cuando aquel lunes 5 de enero fui emboscado allá por el caserío Los Jobos en las inmediaciones de San Isidro Cabañas. A pie, y avanzando de preferencia por las noches, desde La Pinte pasando por Peñas Blancas y San Gerónimo hasta Los Ayalitas en los Cerros de San Pedro, y de allí al pueblo de San Lorenzo que lo manteníamos ocupado por nuestras tropas guerrilleras, eran numerosas y arduas horas de caminata. Por el desvío de San Lorenzo, por la carretera panamericana, abordé un bus interdepartamental, y en un santiamén estaba en la ciudad de “los salchichones que parecen mazacuatas,” Cojutepeque. Allí estuve toda la mañana del día jueves 8 de enero, y cuando la tarde ya cuasi se despedía tuve que regresar a San Lorenzo porque el día sábado 10 de enero de 1981 tenía que estar de regreso en La Zona Rancho. El regreso fue difícil porque tenía que entrar por la misma ruta y cuando la ofensiva final ya estaba en pleno desarrollo y había que ser un artista para trasladarse por carreteras en tales circunstancias: había movimientos de tropas enemigas por doquier, y combates a lo largo y ancho del país, y una efervescencia de insurrección popular, y aquel sentimiento profano de que la guerra pronto iba a terminar. Y por eso entre parejas de novios enamorados, compañeros y compañeras conocidos habíamos acordado de encontrarnos “tres días más tarde…” en La Plazuela Libertad de San Salvador. Pero eso era una gran quimera, y como éramos soñadores empedernidos nos permitíamos tener algunos granos de esperanzas verde oliva: la guerra popular y prolongada que librábamos desde hacía algunos años, solamente pasaba a una etapa superior de su desarrollo dialéctico. Al presente, o sea hoy en día, y 33 años más tarde, cuando tengo la oportunidad y cruzo por La Plazuela Libertad, me siento en las viajas bancas, y echo un vistazo a los pájaros, y a los vendedores, a los peatones y a los vehículos, y al cine “Libertad,” un antro cultural que alguna vez fue mi cine favorito de los capitalinos, descuidado, podrido por dentro y por fuera, oliendo a humedad, y abandonado a su desgracia, y a veces me compro un café y lo degusto, pensando en aquel convenio entre compañeros y compañeras, y parejas de novios enamorados, aquel imperecedero convenio de vernos en esta Plazuela Libertad tres días más tarde de la toma del poder por la fuerza de las armas, y con mis ojos lánguidos por la miopía y mi vista perdida en la distancia del horizonte, pienso y me digo con voz suave para que nadie se entere: “… ojala y se aparezca algún veterano de los compañeros de aquella época, que allá por las estribaciones de La Paz Opico quedamos de juntarnos y de vernos aquí, tres días después de terminada la ofensiva final por la toma del poder…” Y cuando mis ojos se ponen medio aguanosos, y me asalta una tristeza muy dulce, colosal, y profunda que me estruja el corazón, entonces dibujo en el vacío la señal de la cruz y me santiguo el rostro de guerrillero del Frente Paracentral, y mejor me levanto de la banca y deprisa me despido de esta Plazuela Libertad, donde, por suerte, nadie me conoce, y me pierdo junto con la tarde.

Por aquellos días de “la ofensiva final” del 10 de enero de 1981, las tropas de La Zona Rancho de Las FPL, y las tropas de las FARN, se dividieron en dos grupos combinados: uno de los dos grupos atacaría las posiciones enemigas de la guardia nacional y de la defensa civil, y del ejército, ubicadas en el pueblo de San Isidro Cabañas, y el otro grupo atacaría las posiciones de la guardia nacional y del ejército en Villa Victoria. Había mucha efervescencia revolucionaria y de triunfo entre las tropas guerrilleras de infantería, a pesar de que entre los mandos y jefaturas de las organizaciones integrantes del FMLN había muchos recelos y unos, sobre todo nosotros, Las FPL, le apostábamos a la ofensiva final con todos nuestros recursos en hombres y materiales de guerra mientras que para otros “compañeros” solamente era cuestión de hacer acto de presencia simbólica pero sin sacrificar la totalidad de sus recursos ya que no creían en la ofensiva del 10 de enero como ofensiva final para la toma del poder a través del poder de las armas, y además porque en sus oscuros corazones anidaban otros planes, pero claro, en aquellos momentos aún no lo sabíamos. A estos recelos y malestares contribuía “el rumor,” bueno en realidad no era un rumor, de que por el departamento de Morazán había llegado un cargamento conteniendo unos 1000 rifles automáticos FAL, a distribuirse equitativamente y sin tomar en cuenta el tamaño de cada una de las cinco organizaciones guerrilleras, pero que la comandancia del ERP, léase comandante Atilio, se habían quedado con los rifles, y de Morazán, los rifles no fueron a ninguna parte. Posteriormente de la firma de los acuerdos de paz he leído varios análisis políticos y militares hechos por algunos de los comandantes, y personajes académicos, que cuando se refieren a “la ofensiva final del 10 de enero de 1981” han cambiado todo el contexto y el concepto y se refieren a “ella” como “la ofensiva general del 10 de enero de 1981 que marcó el inicio de la guerra revolucionaria,” una guerra que por cierto se inició una década antes y que era popular y prolongada, y por allí se puede leer entre líneas un tinte de arrepentimiento y de vergüenza. Entre los mandos y jefaturas de las tropas de Las FPL alguna vez se rumoró que la ofensiva final no fue idea de Las FPL, sino más bien de otra organización y que Las FPL tuvo que hacer suya la ofensiva en aras de contribuir a solidificar el proceso de unidad. En lo personal solamente puedo dar testimonio de lo siguiente: durante los meses de octubre, noviembre y diciembre de 1980 allá por La Paz Opico, en el volcán Chinchontepeque, y en las reuniones del Estado Mayor y de todos los mandos de las diversas categorías de fuerzas, y demás estructuras partidarias del Frente Paracentral de Las FPL se hizo hincapié en la ofensiva final como vía para la toma del poder, había conciencia de la inferioridad en pertrechos de guerra y en la preparación técnico-militar de nuestras tropas, pero se valoraba de que sí era posible lograr una insurrección popular puesto que existían las condiciones objetivas y subjetivas para ello. Sin embargo, las órdenes de La Comandancia de Las Fuerzas Armadas Populares de Liberación, FAPL, fueron claras, y de esta forma fueron transmitidas por los comandantes Luisón y Juanón y otros mandos: vamos a la ofensiva final del 10 de enero con todos nuestros recursos, hombres y materiales, poniendo a la disposición de la causa revolucionaria toda nuestra experiencia organizativa y combativa acumulada desde el mes de abril del año de 1970. De allí que las tropas de Las FPL, una tropa beligerante compuesta en su mayoría por campesinos, estudiantes, obreros, vendedoras de los mercados, pobladores de los tugurios, algunos profesionales y otros estratos sociales, fuimos a “la ofensiva final” con la moral en alto y con la intención de derrotar al enemigo en el teatro de operaciones. Llamémosle ofensiva final u ofensiva general, o “una gran balacera coordinada” como lo afirmó la comandancia de La Resistencia Nacional, RN, lo cierto es que se peleó a lo largo y ancho del país, un par de brigadas enemigas fueron incendiadas, varias unidades enemigas aniquiladas, y miles de campesinos en pie de guerra, los cimientos del ejército gubernamental y de la sociedad burguesa fueron sacudidos aquellos días por un ejército mal apertrechado de campesinos, estudiantes y otros estratos sociales: los compañeros y compañeras, caídos en aquella ofensiva del 10 de enero de 1981, ofrendaron sus vidas convencidos de que se trataba de la ofensiva final para la toma del poder, y como tal debemos de honrar y de respetar su memoria aunque muchos, actualmente, nos presentemos como arrepentidos.

Uno de los dos grupos combinados de La Zona Rancho atacó las posiciones enemigas de San Isidro Cabañas. Temprano, por la tarde, las unidades avanzaron desde La Zona Rancho para, oscureciendo, incursionar por los laberintos de la ciudad, siguiendo las rutas que se habían explorado y definido por los mandos con anterioridad a esa noche. Y así se hizo. La ofensiva final había sido planeada y estaba coordinada por La Comandancia General del FMLN para dar inicio a las 05.00 de la tarde a lo largo y ancho del país. El Gobierno y las tropas enemigas sabían de los planes de la ofensiva guerrillera pero desconocían los detalles, fechas, lugares exactos, cantidad y calidad de tropa que atacaría, pertrechos a utilizar. Sin embargo se habían preparado para recibirnos. En San Isidro Cabañas se combatió cuasi toda la noche pero las tropas guerrilleras solamente portábamos fusilería y unos pocos lanzagranadas así que no se pudo aniquilar ninguna posición por la falta de armas y equipos adecuados. Cuasi se peleó con las uñas y aun así, se causaron varias bajas en las filas enemigas. Y cuando amanecía tuvimos que replegarnos. De acuerdo a datos proporcionados por Herbert [Roberto Laínez], veterano y lisiado de guerra que participó en los combates, allí cayó Simón, un compañero jovencito, de piel morena, que era el jefe de operaciones de Las FARN en la zona, y que, según la misma fuente, era originario de Cuscatancingo en el departamento de San Salvador. En la retirada también cayó en combate Herbert, apodado “Caraguillo” líder y cuadro miliciano originario de allá por el cantón León de Piedra en el municipio de Tecoluca, en el departamento de San Vicente. Cuando se combatía en plena retirada, Herbert se parapetó en un poste de la luz eléctrica pero le dispararon desde una ventana. Las balas le perforaron la cabeza, y allí se doblegó junto a la puerta de la casa de la que le dispararon por la espalda. Y tuvimos que abandonar el cuerpo del compañero porque pronto iba a amanecer y los refuerzos enemigos iban en camino, y porque, además, escaseaba la munición y las tropas enemigas nos perseguían disparándonos con todo lo que tenían en cuanto a material bélico. Y cuando amaneció y las tropas guerrilleras tuvimos que retirarnos por completo atravesando por el cantón “El Pato Sancochado” rumbo a La Zona Rancho, un compañero ingresó a un humilde ranchito de bahareque a pedir un guacal con agua. Estando en el patio de dicho rancho le dispararon desde adentro con un rifle checo. La bala hizo blanco en el pecho del compañero. El camarada cayó en el polvo muriendo instantáneamente mientras el chaneque saltaba por la parte trasera del rancho y se perdía ladera abajo buscando los charrales y las aguas del río Copinolapa en medio de las balas que lo buscaban para cobrarle la factura.

El otro grupo combinado de tropas milicianas y guerrilleras de Las FPL y de Las FARN atacó las posiciones enemigas ubicadas en Villa Victoria. Fue un enorme esfuerzo coordinado para que los ataques se ejecutaran a la misma hora, o sea, a las 17.00 horas, este itinerario expresado en el lenguaje militar. En aquel ataque requisamos un rifle G-3 de la guardia nacional. Cuando el tiroteo comenzó por el parque de Villa Victoria, ahora Ciudad Victoria, un efectivo de la guardia nacional salió corriendo de una casa de la población civil buscando su cuartel pero tuvo la mala suerte de quedar en medio de las tropas guerrilleras. Allí también se combatió cuasi toda la noche pero las tropas guerrilleras solamente portábamos fusilería y unos pocos lanzagranadas así que no se pudo aniquilar ninguna posición por la falta de armas de apoyo y equipos adecuados. Amaneciendo se tuvo que dar la orden de retirada. De regreso en Peñas Blancas, Chepón describía, entre jolgorios, como él había perseguido a varios guardias nacionales, y que éstos se habían refugiado en una casa a puertas cerradas, y relataba cómo les había lanzado, por debajo de la puerta, una linterna encendida para ubicar sus posiciones en medio de los estruendos, pero que no había logrado sacarlos de sus posiciones por la falta de armas apropiadas a las tácticas del momento. Adán, cuadro y líder miliciano enviado desde el Frente Paracentral para reforzar La Zona Rancho se perdió por montes y cañadas, y fue a salir por unos caseríos “infectados de patrulleros chaneques” que actuaban bajo el mando del coronel Ochoa Pérez, pero como vestía uniforme verde olivo, y portaba una pistola de 9 milímetros y un lanzagranadas M-79 de 40 milímetros, confundió y convenció a los patrulleros de que era un oficial de las tropas gubernamentales que se había extraviado la noche anterior y durante los combates contra “los terengos hijos de la gran puta” así que los mismos patrulleros le mostraron el camino, y los lugares “infectados de guerrilleros” que debía evitar para salir con vida de aquella aventura. Por la tarde del día siguiente, cuando ya lo creíamos muerto, vimos aparecer a Adán allá por los pedreros de Peñas Blancas. Adán caería en combate meses más tarde cuando había sido trasladado de regreso a su zona favorita: el osado volcán Chinchontepeque, corazón y alma del Frente Paracentral José Roberto Sibrián de Las FPL.

En ambos ataques participaron los grupos de Las Milicias Populares de Liberación y las estructuras del partido cuyo objetivo era arengar a la población civil, y en la medida de lo posible, iniciar una insurrección popular, pero esta solamente se produjo en menor escala en algunos lugares del país. Las tropas de las FPL del Frente Paracentral combatimos a lo largo y ancho de dicho frente aun con la escasez de armas que padecíamos. Las tropas guerrilleras del volcán Chinchontepeque incursionaron por diversos puntos de los barrios pobres de Zacatecoluca, y allí combatieron toda la noche contra los cuerpos de seguridad y contras las tropas del Centro de Instrucción de Ingenieros de La Fuerza Armada, CIIFA. Por la madrugada, cuando se retiraban, uno de los combatientes, cubriendo la retirada de los demás compañeros fue cercado por el fuego enemigo junto a un poste de la luz enfrente del almacén El Cairo y allí quedó su cuerpo perforado por las balas. Los integrantes de la pequeña unidad guerrillera, mientras se retiraban escalonadamente, dejando atrás al compañero caído, se refugiaron en una casa junto a la vivienda de Don Pedro Doño, padre de un compañero de apellido Doño que había sido miembro de la dirección nacional del MERS y que cayó allá por la ciudad de San Miguel. La casa en mención está ubicada en una hilera de casas de adobe repellado con arena y cal viniendo desde los juzgados y bajando por la cuesta El Nance que conduce hacia la Estación de Trenes, y allí se les amaneció en el medio del cerco enemigo posterior a los ataques de aquella histórica noche del sábado 10 de enero de 1981. El comandante Luisón organizó su puesto de mando bajo la protección de una cripta en el corazón del cementerio El Espino, en el cantón El Espino Abajo, en las cercanías de la estación del ferrocarril de Zacatecoluca, y desde allí dirigió los combates que se libraron en la ciudad, y además impartió las órdenes pertinentes que se ejecutaron en todos los rincones del Frente Paracentral mientras el comandante Juanón hacía lo suyo desde el puesto de mando allá por los cocoteros de La Paz Opico. La ciudad de San Vicente también fue escenario de cruentos combates, y la Quinta Brigada de Infantería fue atacada y asediada. También se combatió por la terrible carretera que va desde Zacatecoluca a San Vicente y con Tecoluca en el medio. Y por las cercanías de La Hacienda y Estación de Trenes de Tehuacán fue averiada una avioneta del tipo “O2 push and pull” por Juan Marinero, uno de los combatientes de las unidades guerrilleras del Frente Paracentral, y originario del caserío Agua Caliente, ubicado en las afueras de Tecoluca. Así mismo en la carretera litoral, y a la altura de San Nicolás Lempa, un jovencito miliciano con un rifle .22 le disparó a un vehículo civil donde se transportaban unos oficiales del ejército. En el tiroteo uno de los civiles fue herido de un brazo, y al disparo se le cayó una subametralladora MP-5 que fue requisada por el compañero miliciano. Los oficiales lograron escapar huyendo por la carretera litoral rumbo a Santa Cruz Porrillo. Para esos días, cuando desarrollábamos la ofensiva final, las tropas gubernamentales asesinaron a unas 38 o 40 personas civiles por el cantón La Joya, situado entre los límites de los departamentos de La Paz y San Vicente, como parte de su contraofensiva y respuesta ante los ataques guerrilleros [Véase abajo el relato “Masacre por el desvío al Cantón La Joya”].

“Los reyes magos van por el camino celestial…” “Los reyes magos van por el camino celestial…” “Los reyes magos van por el camino celestial…” Este mensaje se transmitía por orden, dedujimos que desde El Estado Mayor de Las Fuerzas Armadas gubernamentales, a través de La Radio Nacional y de las estaciones de radios comerciales durante los días de la ofensiva final del 10 de enero de 1981. Lo repetían a cada momento, entre las canciones populares de, por ejemplo, “El Perro Mocho”, “Funky Town”, “El Manisero” y “Enamórate de mí” de Camilo Sesto. Y por allí, de igual forma, se escuchaba la harmoniosa voz de Dulce Rosario y su “Ropavejero y Señorita Cumbia.” Y en todo aquel duro contexto de la ofensiva final no podían faltar, en el éter, Los Tigres del Norte cantando “La Banda del Carro Rojo” y “La Muerte del Soplón.” De igual forma Galy Galeano con su “Frío de Ausencia.” Y nosotros con el pellejo de gallina, el corazón y el alma hecho paste porque en otro frente o zona de guerra habíamos dejado a la pareja amada, hombres guerrilleros y mujeres guerrilleras. El tono de la voz de la persona que leía el mensaje se escuchaba un tanto desesperado. La lectura que hicimos de este mensaje era que El Estado Mayor de Las Fuerzas Armadas gubernamentales trataba de darles coraje a las tropas asediadas en diversas partes del país, pero sobre todo en la ciudad de Chalatenango donde el cuartel fue incendiado por tropas guerrilleras pertenecientes a las FPL, y en la Segunda Brigada de Santa Ana donde un grupo de oficiales castrenses, entre ellos, los capitanes Mena Sandoval y Marcelo Cruz Cruz, se habían amotinado, para que resistieran, y avisándoles que, los refuerzos esperados iban en camino.

Unas dos semanas más tarde de la ofensiva final del 10 de enero de 1981, allá por el caserío Peñas Blancas, recurríamos al humor negro para hacerle frente a la falta de los compañeros caídos, y para enfrentar la triste y dura realidad. Hubo reuniones de trabajo para analizar y aprender de las experiencias, y extraer las lecciones positivas y negativas, así como también, recibimos informes con valoraciones políticas y análisis militares de parte de la comandancia de nuestra Organización “La Felipa.” Sin embargo, Las FPL como organización guerrillera continuaba, no solo la ofensiva permanente, sino también su desarrollo ofensivo como organización político-militar, y para ello venían más armas y otros equipos para el Frente Paracentral pero lamentablemente la avioneta que las transportaba se accidentó allá por la pista de San Bartolo en las cercanías de La Hacienda La Sabana en San Carlos Lempa: un sábado 24 de enero por la noche se estrelló la primera avioneta resultando un piloto muerto y el otro herido, y cuando mandaron una segunda avioneta a recogerlos fue detectada por el radar de La Fuerza Aérea de Ilopango. Y el día siguiente, los compañeros fueron cercados por las tropas enemigas, y parapetados entre los cocoteros, los árboles de mango y de marañón, y la piscina, los compañeros combatieron desde las 04.30 de la mañana hasta pasadas las 08.00 de la noche. Aquel domingo cayeron en combate unos 38 compañeros y compañeras, principalmente por el casco y los alrededores inmediatos de la hacienda pero además cayeron otros compañeros que bajo el mando de El Negro Hugo, incursionando y avanzando desde El Cantón Los Conejos, intentaron romper los cercos y anillos de la maniobra enemiga para facilitar la huida de los compañeros cercados. Fue un gran esfuerzo militar, y una actitud muy valiente de parte de las unidades guerrilleras y del Negro Hugo en particular y aunque se causaron bajas a las tropas enemigas, los resultados fueron limitados. 38 compañeros caídos. Ese fue el recuento que se hizo de nuestras bajas en esos recios combates. Actualmente se habla solamente de 28 cuerpos sepultados en el espacio de la piscina. Todo parece indicar que 10 cuerpos han desaparecido por los vericuetos de nuestra desconsolada historia. Pero también es posible que hayan sido sepultados en otra parte de la zona ya que no cayeron directamente en el casco de la hacienda. Los compañeros caídos en La Sabana pertenecían a diversas categorías de tropas, los había de las Milicias Populares de Liberación, del EPL y también de las unidades guerrilleras, incluyendo a los comandantes Luisón, primer jefe del Frente Paracentral, y Netón que era el jefe del EPL y que, además, había sido el jefe militar de La Brigada Farabundo Martí de Las FPL que combatió en Nicaragua durante el año de 1979 cuando se derrocó al general Somoza. Hoy en día, los restos de los 28 compañeros siguen sepultados en la piscina de La Hacienda La Sabana. Y de los otros 10 cuerpos no se sabe mucho al respecto. Aquel enero de 1981, en La Zona Rancho, los árboles de jocotes, y los mangos, comenzaban a florear pero el verano caía con todo su peso, y el calor hasta reventaba la tierra. En lo personal experimentaba un vacío que no tenía fondo, y un infinito desconsuelo, sazonado por las noches, pero la juventud de nuestros corazones podía con todo lo habido y por venir durante aquellos homéricos años.

San Salvador | martes 8 de enero 2019.

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