El 27 de noviembre de 1980 fueron secuestrados, en pleno día, 5 dirigentes del Frente Democrático Revolucionario, FDR.  Pero hubo otro compañero secuestrado que no era de la dirección del FDR sino de la UPT, Doroteo Hernández.

Humberto Mendoza, Enrique Alvarez Córdova, Juan Chacón, Manuel Franco y Enrique Barrera fueron torturados y asesinados de la manera más vil y cobarde.

Los esbirros se ensañaron de manera particular con Enrique Alvarez Cordova, un miembro de las llamadas 14 familias que se comprometió con las causas populares hasta entregar generosamente su vida.

Los dirigentes del FDR habían retornado recientemente al país después de visitar Costa Rica y México para gestionar apoyo internacional a la lucha del pueblo salvadoreño.

En esos países, el grupo Yolocamba ITa acompañó a la delegación en actos públicos en comunidades, barrios populares y universidades. Compañeros como Adrian Goizueta y Luis Enrique Mejia Godoy se hicieron presentes de manera solidaria en estos eventos.

La barbarie de su asesinato, comparable al magnicidio de Monseñor Romero, fue un signo de la maldad, el cinismo y la desvergüenza con que actuaría la oligarquía salvadoreña y el estamento militar durante los años de la guerra abierta.

El odio de la oligarquía contra Álvarez Córdoba fue muestra de su irracionalidad y espíritu de venganza contra alguien que prefirió comprometerse con los más pobres y no con los verdugos.

El viernes 28 de noviembre de 1980, nos encontrábamos en el Ministerio del Interior en La Habana junto a Amparo Ochoa, a Vicente Feliú y Silvio Rodríguez cuando recibimos la noticia del asesinato.

Ese 28 de noviembre lloré por mis compañeros compañeros como nunca he llorado, todavía les sigo llorando como a los mejores hijos de este pueblo.

Aunque mucha gente no sepa sus nombres, aunque sus asesinos sigan impunes, aunque no se les haya erigido ningún monumento; ellos vivirán por siempre.

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