Lo que la historia no debe olvidar, lo que la historia no debe repetir

Lleno de enojo, el policía bajó del carropatrulla dirigiéndose hacia las personas que se agrupaban en la calle, sacudió su cabeza como hartado de ellos, no dio ninguna advertencia más que la que sus ojos de odio habrán mostrado detrás de sus lentes oscuros y entonces disparó a los que estaban frente a él. El sí matarás sonaba más como mandamiento en ese 22 de mayo de 1979. Al otro lado del esbirro y a milésimas de segundos del disparo, los manifestantes estaban entre la muerte y el escape. La tarde meditaba si debía empezar a empequeñecerse alrededor de la embajada de Venezuela en El Salvador.

Antes, a media mañana, el Movimiento Estudiantil Revolucionario de Secundaria (MERS), había programado una manifestación desde el Instituto Nacional Francisco Menéndez hasta Catedral. La marcha transcurrió sin novedades. La iglesia se mantenía tomada por el BPR en protesta por las capturas, desapariciones y masacres cometidas por las fuerzas de seguridad. También mantenía ocupadas las embajadas de Francia y Venezuela. Una tercera, la de Costa Rica, había sido desalojada por la policía. El Salvador era desde el día ocho, tema en los noticieros internacionales. La población había participado masivamente en los entierros de los asesinados. El gobierno del General Romero sentía el peso de la crisis política y la presión popular.

Al final de la demostración frente a Catedral, se pasó la voz de que habría una actividad de apoyo a los ocupantes de la embajada de Venezuela. Al contrario de la de Francia, localizada en la Alameda Roosevelt, en el edificio La Joya, la embajada de Venezuela se ubicaba en un vecindario aislado de la Colonia Escalón. Aunque en ambas la Policía Nacional tenía vigilancia, en la de Venezuela la presencia policial ejercía más presión. La situación se suponía delicada y el BPR decidió llevar medicinas y comida para sus compañeros en la sede diplomática. Una manifestación llevaría entonces los suministros hasta la embajada. Los participantes se movilizaron por autobús desde el Centro de San Salvador en dirección poniente hacia el exclusivo suburbio. Para el lugar de concentración se escogió al complejo de canchas de la Federación Salvadoreña de Fútbol.

Carlos Alberto llegó a la concentración en un autobús de la ruta 29, era del MERS y vivía en Santa Tecla. Cuando se le llamaba por su nombre el era Carlitos, cuando le llamaban por su apodo él era “Misisiopo”. Había sido capturado por el gobierno y recientemente liberado como prisionero político. En esa época cualquier activismo era penado con prisión. El país permaneció en constante Estado de Sitio desde la masacre del 28 de febrero de 1977. Las restricciones fueron levantadas en octubre para recibir un préstamo de 90 millones de dólares, estancado por la administración Carter para que en el país mejorara el respeto a los derechos humanos[i]. Recibido el préstamo, la Asamblea Legislativa aprobó en noviembre de 1977 la Ley del Orden Público,[ii] legislación por la cual fue hecho prisionero Carlitos.

El “Misisiopo” llegó a las canchas de la Federación de Fut como el resto de sus compañeros. Poco a poco los participantes se congregaban esperando iniciar la actividad. Alguien sugirió que por la presencia de tanta gente sería mejor disimular y hacer juegos entre todos. Carlitos jugó con sus compañeros. Corrió libremente tras ellos, su cara llena de una euforia que por un momento borró su habitual inseguridad y nerviosismo. Corría y sonreía, los meses de cárcel olvidados en el juego infantil, la algarabía ocultando la tensión, la posibilidad de la muerte. El juego se acabaría cuando se hizo el llamado a comenzar la actividad. La marcha se dividiría en dos. Unos caminarían en bloque por el sector norte y los otros comenzarían desde el sector poniente de las canchas sobre la 83 Avenida Norte.

En la intersección de la 83 Avenida con la 3ª Calle Poniente, ahora Calle Shafik Handal, dio inicio la manifestación. Unas 70 personas empezaron la caminata en ese bloque. Siete de ellas integraban una comisión que llevarían agua, comida y medicinas hasta la sede Venezolana. Jorge Mauricio Scaffini Siriany, un estudiante de la UCA de 21 años de edad y miembro de la organización FUR-30, era parte de esa comitiva. Los hombres y mujeres en la marcha caminaron gritando consignas en medio de las amplias y lujosas residencias. No se veía gente en esas calles. Subieron en dirección poniente sobre la Avenida José Matías Delgado hasta la 87 Avenida Norte, la calle en donde se encontraba la embajada. En medio de tanto lujo residencial, un pequeño tugurio se alzaba junto a un arenal.

El primer vistazo al llegar a la 87 Avenida era de los policías apostados en lo alto de un predio baldío sobre el costado poniente de la calle, terrenos que ahora ocupan locales comerciales y el World Trade Center. La distancia entre los manifestantes y aquellos era de unos 40 o 50 metros. Sobre la calle y bloqueando el acceso a la embajada ubicada en el número 604, los policías habían cruzado dos carropatrullas. Pronto ambos bloques de manifestantes, los que llegaban por el lado sur y desde la Avenida Delgado y los que subieron por el sector norte, se encontraban frente a frente con los agentes. Los megáfonos de los manifestantes anunciaban el propósito pacifico y humanitario de la actividad. Se les pedía a los policías permitir el ingreso de los siete asignados.

Marcha del BPR 22 de mayo 1979

Los minutos pasaron. Los activistas coreaban sus consignas. Un maestro de ANDES 21 de junio que se encontraba en el bloque sur indicó que era mejor retirarse. Él pensaba que los policías tenían demasiada ventaja de tiro por su ubicación. El profesor, un docente del Instituto Nacional en la población de Aguilares, saldría con vida de la masacre, pero semanas después sería secuestrado y asesinado por escuadrones de la muerte durante una cacería de terror a maestros del gremio. Ante la inseguridad del lugar y el no avance en las demandas, otros manifestantes se ponían intranquilos. Otros hacían llamados a la calma. Las demandas y las consignas no paraban. El grueso de los manifestantes en ese sector sur se ubicaba en la acera oriente, cerca de un barranco que daba al arenal. Los policías gritaban más y seguían amenazantes con sus fusiles. El ambiente se había tornado tenso y peligroso.

Un carro-patrulla apareció atrás de los manifestantes. El vehículo venía sobre la 7ª Calle Poniente hasta empalmar con la 87 Avenida Norte. El carro quedó atravesado frente a la Nunciatura. Los policías se bajaron con sus armas desenfundadas. Aunque llegaban en la patrulla, estaban uniformados como motorizados, con sus cascos blancos, las botas altas de montar, el pantalón dentro de las botas y los lentes oscuros con aro metálico al estilo Ray-Ban. Los policías recién llegados estaban a unos 20 metros de los militantes. Estos se desordenaron y la mayoría se colocó cerca del barranco. Uno de los policías se adelantó, hizo un gesto de rencor y sin mediar palabra, levantó su mano y disparó su pistola contra aquellos junto al borde. Los otros policías comenzaron a disparar. En segundos, muchos se lanzaron a una altura de más de dos metros en la hondonada. Otros buscaron refugio en el tugurio.

Un grupo logró salir por el arenal. Las balas sonaban sobre sus cabezas. Salieron a las calles desiertas de la Escalón y trataron de encontrar una salida del vecindario desconocido. Llegaron a una casa de esquina cerca del Colegio Sagrado Corazón. Uno de ellos, joven dirigente de un gremio de trabajadores bancarios, estaba herido de un pie y no podía seguir. Otro, se encontraba sin zapatos. Un estudiante de la UCA, ahora periodista internacional, estaba lleno de lodo. Los otros dos se adelantaron y hablaron con un par de jóvenes en la entrada de la casa. Estos vestían de traje porque el lugar era el local de una universidad privada. La casa de dos plantas seguía con la puerta cerrada.

En la terraza, estudiantes de la universidad veían la escena pero huyeron en desbandada al ver un camión de guardias nacionales apareciendo por el oriente de la calle. La acción de los estudiantes alertó a los guardias que pararon frente a la casa. Los dos estudiantes afuera golpearon desesperadamente la puerta pero nadie abrió. El oficial se bajó del camión, amenazante, los guardias empezaron a bajarse con sus fusiles G-3. A lo lejos se escuchaban los tiros alrededor de la embajada. Rápidamente, la mente de uno de los activistas se iluminó. Actuando con la mayor calma se plantó frente a los de la universidad privada. Les dijo que actuaran con naturalidad, a hablar en voz alta, bromear y a ignorar a los guardias.

Los estudiantes de la universidad privada se quedaron paralizados. Los guardias nacionales se quedaron confundidos. No podían ver al herido, al enlodado y al que no tenía zapatos, solo a los dos estudiantes de traje y a los activistas que los ignoraban con la naturalidad de una platica de bar. El oficial ordenó a los guardias de regreso al camión, arrancaron y se fueron en dirección poniente hacia la embajada. Los sobrevivientes caminaron en dirección oriente, una persona en un vehículo que hacía viajes les paró y los llevó sin sospechar hasta Metrocentro, allí tomaron un taxi hacia la Universidad Nacional.

Al día siguiente, se dijo que los cuerpos de los caídos estaban en la morgue. Varios activistas y familiares se dirigieron hasta allá. Carlitos “Misisiopo” había sido colocado boca arriba sobre una especie de mesa dentro de la morgue. El cuerpo de Mauricio Scaffini también estaba ahí y el de Nelson Ernesto Méndez, un niño de 15 años del Tercer Ciclo Santa Lucía y activista del MERS. Además, se encontraban los restos de Emma Guadalupe Carpio, maestra de ANDES e hija del entonces máximo líder de las FPL, Salvador Cayetano Carpio; de otro Carlos, dirigente de los estudiantes de las secciones nocturnas de secundaria y miembro de la dirección nacional del MERS; y de Delfi Góchez, escritora y dirigente del FUR-30.

En total, 15 miembros del BPR fueron asesinados, con una docena o más de heridos. Una adolescente que quedó herida contó como se hizo la muerta mientras observaba a los policías tirar ácido sobre los cuerpos, una práctica para “despertar” a los que no habían fallecido. Cuando llegó su turno, uno de los policías dijo que no le tiraran el ácido, a él le pareció que se encontraba muerta. Toño Girón, también del FUR-30, no tuvo la misma suerte. Su cuerpo tenia señales de quemaduras y torturas. Treinta años y los muertos siguen en una historia prohibida mientras no se considere que le llegó el turno a la justicia.

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