LOS ANGELES - Aproximadamente a las 12:45 PM del martes 8 de mayo de 1979 la primera ráfaga de balas salió del fusil de un policía nacional apostado en el costado nororiente de la Plaza Barrios. Los manifestantes posaron sus vistas en esa dirección hasta que el pito del oficial señaló la orden de disparar para todos los efectivos policiales, los disparos irían entonces dirigiéndose de ese costado hacia las gradas de la Catedral de San Salvador. Allí, quedaban aún una centena de manifestantes del Bloque Popular Revolucionario (BPR) esparcidos entre las gradas de la iglesia y la calle frente a ellas. Los manifestantes exigían la liberación de cinco de sus dirigentes capturados por efectivos del gobierno y a quienes las autoridades negaban tenerlos detenidos.

La protesta pacífica había sido programada originalmente para salir la mañana de ese 8 de mayo desde el Parque Cuscatlán para luego marchar hasta la Catedral de San Salvador, ocupada por miembros del BPR desde las capturas de sus dirigentes en los primeros días de ese mes. El BPR también mantenía ocupadas las embajadas de Costa Rica, Venezuela y Francia como forma de denunciar las capturas y la creciente represión de las antiguas fuerzas de seguridad salvadoreña. El 7 de mayo por la tarde, dichas fuerzas de seguridad montaron un operativo militar alrededor del mencionado Parque para evitar la anunciada manifestación del siguiente día. Horas antes en ese 7 de mayo y durante los actos de celebración del Día del Soldado en San Salvador, el Presidente de la República, General Carlos Humberto Romero, hizo públicas sus advertencias de reprimir las protestas del BPR.

Ante el operativo militar en el parque, la organización popular decidió el 8 de mayo la realización de una manifestación alternativa en el centro del municipio de Mejicanos. Aproximadamente a las 10 AM, los manifestantes recorrieron las calles alrededor del mercado de ese municipio. Luego, se dirigieron al Centro de San Salvador. Caminaron por la hoy Avenida Monseñor Romero y se dirigieron en dirección sur hacia la Catedral metropolitana. Antes del mediodía, la manifestación había conseguido llegar sin contratiempos hasta la Catedral y los participantes ocuparon la calle frente a la entrada principal en la cuadra sur del templo. Los discursos y las presentaciones culturales avivaban el ambiente. Por más de una hora, el evento transcurrió pacíficamente hasta que la Policía Nacional ocupó la Plaza Barrios ubicada frente a la iglesia. La plaza servía de parqueo y los policías se ubicaron detrás de los carros.

Los policías fueron apostados en la Plaza en tandas de dos grupos de aproximadamente 20 agentes cada uno. El primer grupo policial pasó desapercibido hasta que uno de los oradores del mitin señalo al resto de manifestantes la presencia de dichos agentes. El anuncio causó un poco de conmoción pero los llamados al orden de los dirigentes en la manifestación contribuyeron a la calma y a mantenerse ordenadamente en el acto de protesta. Después de varios minutos, el segundo contingente de policías llegó a bordo de un camión militar y el grupo se bajó en el costado sur de la Plaza, frente al edificio del antiguo Banco Hipotecario. En este grupo arribó también un oficial en uniforme verde olivo, distintivo que lo diferenciaba del resto de policías que portaban su habitual uniforme y su fusil G-3. Desde su entrada a la Plaza actuaron agresivamente y el oficial hizo avanzar a todos los policías hacia el costado norte para ubicarse frente a la Catedral y apostándose detrás de los últimos vehículos parqueados.

Los manifestantes se desordenaron. Unos se quedaron en la calle, algunos entraron al templo, la mayoría se colocó en las gradas y el resto se dispersó hacia los costados. El sol alumbraba por completo a esas horas del mediodía y las calles del centro capitalino se mantenían con mucha afluencia de empleados y estudiantes. Los llamados a mantener la calma se mantenían pero el movimiento agresivo de los policías sembraba la duda de si actuarían violentamente. Los disparos en el costado oriente de la Plaza despejarían esas dudas. Después de unos segundos de sorpresa, el pitido del oficial ordenando al fuego iniciaría el fusilamiento de los manifestantes desprotegidos en las gradas de Catedral. Los fusiles G-3 de los policías, e incluso los de guardias nacionales apostados en los balcones del Palacio Nacional, al costado poniente de la Plaza Barrios, enfilarían sus balas criminales hacia las espaldas de los activistas. Su única alternativa fue tirarse al suelo aunque por su posición en las gradas eran un blanco fácil. Los militantes quedarían con pequeñas entradas de proyectiles atrás en sus cuerpos, pero inmensas grietas en sus pechos, prueba de que los policías disparaban a las espaldas de los manifestantes.

El Salvador 1979

Conforme los fusiles obedecían la orden del pito del oficial, las balas trasladaban la muerte desde los costados en dirección a las gradas. Allí, varias decenas de manifestantes se apretujaban unos encima de otros tratando de entrar al recinto por la única puerta abierta del portón principal. Las balas abrían hoyos en la baranda de hierro que cercaba el templo. El polvo del cemento y una humareda se levantaba de las gradas. Los activistas, jóvenes en su mayoría, se aglomeraban tratando de entrar a la Catedral. Unos encima de otros, amarrados por el apretujamiento, con el miedo paralizándolos y empujándolos a la vez, los manifestantes no podían escapar. La única puerta abierta del portón era inadecuada para permitirles a todos la entrada que los pusiera a salvo. Desde dentro de la iglesia varios de los activistas trataban de halar hacia la seguridad del recinto a sus compañeros. Los parlantes de la iglesia denunciaban la masacre en voces de sus ocupantes. Las detonaciones, los gritos de pánico y dolor, y los impactos de balas, creaban un horrendo e interminable ruido de miedo y muerte.

Los rifles de la policía hacían sus destrozos impactando en los manifestantes. Los heridos se levantaban y en medio de las balas saltaban sobre las espaldas de sus compañeros. Otros se desangraban debajo o arriba de los otros cuerpos sin poder alcanzar su salvación. Los que habían quedado aislados en las gradas morían inmediatamente. Transeúntes en la Plaza Barrios yacían muertos en el parque, sus cuerpos luego removidos por la policía antes de levantar el cerco militar. Los de adentro de la iglesia continuaban halando a sus compañeros. Las marcas de sangre de los heridos quedaban pintadas en el suelo del templo al ser arrastrados sus cuerpos por alejarlos de la línea de fuego. Los más jóvenes caían en shock, había gritos por toda la iglesia y los llantos no cesaban. Los disparos tampoco acababan y los minutos se hacían eternos. En pleno centro de San Salvador, a pleno día, en el principal templo religioso del país y frente a periodistas extranjeros, increíblemente las fuerzas de seguridad del gobierno mostraban su intolerancia e irrespeto a la vida asesinando a campesinos y estudiantes.

Cuando las balas cesaron después de la masacre y la mayoría de los manifestantes habían logrado entrar, o se les había ayudado a entrar, el reloj de ese nefasto día marcaba más de la una de la tarde. Afuera, los cuerpos en diferentes posiciones de unos 7 miembros del BPR quedaron tendidos en las gradas. Delmy Victoria Rodríguez, estudiante de la Universidad Nacional, yacía entre esos cuerpos, su vida deshecha por las balas al igual que las de los estudiantes universitarios de la UCA José Fidel Castro y José Roberto Sarmiento. Norma Sofía Valencia, una joven de 20 años y militante del Movimiento Estudiantil Revolucionario de Secundaria (MERS), una de las organizaciones del BPR, moría en las gradas consciente y heroicamente con su cuerpo como escudo de protección para sus compañeros. Ramiro Mejía, un joven boxeador y también del MERS, era asesinado por la policía, sus habilidades y sueños destrozados en esas gradas. A Luz Dilia Arévalo, organizadora de las vendedoras de los mercados y antes organizadora de estudiantes de la nocturna, la penetraba una bala de G-3 por su vagina. Más tarde moriría en el interior de la iglesia, desangrada y sin posibilidad de atención médica por la negación de la Policía y el ejército salvadoreño, que apareció más tarde, a levantar el cerco militar y permitir el ingreso de ayuda. Este cerco alrededor de la iglesia se mantendría hasta el siguiente día.

En el interior de Catedral se desangraban otros heridos. Los llantos de estos, sus rezos y gritos de auxilio se diluían conforme pasaban las horas. La policía y el ejército respondían con más balas hacia la Catedral. Cada cierto tiempo se escuchaba el nefasto pito y los fusiles detonaban, las tanquetas que luego llegaron también disparaban balas de grueso calibre contra la iglesia como manera de mantener el miedo en los del BPR. De nada sirvieron los llamados hechos en los altavoces para que dejaran entrar las ambulancias. A eso de las 7PM entro el primer grupo de delegados de la Cruz Roja Salvadoreña, habían esperado más de 5 horas para lograr el permiso de las autoridades. Los heridos graves que habrían podido salvarse habían ya fallecido. El ejército no permitiría por una hora más la evacuación de heridos y solo en pequeños grupos y después de ser inspeccionados por oficiales quienes se burlaban de ellos diciéndoles que sus propios compañeros los habían lesionado. Los oficiales tampoco permitieron la recuperación de los cuerpos en las gradas, lo cual no fue posible hasta el día siguiente.

Por la mañana del 9 de mayo al retirar el cerco militar, las primeras personas que llegaron hasta la Catedral se encontraron con el macabro espectáculo de los cuerpos en las gradas. Los periodistas internacionales tomarían fotos que en revistas como Newsweek darían la vuelta al mundo. Al final, los cuerpos de alrededor de 25 personas fueron recuperados y enterrados, algunos de ellos yacen en el Cuadrante Mansferrer del Cementerio General. La historia oficial tendría el descaro de decir que los manifestantes provocaron todo, los policías solo se defendieron dijo el gobierno. En El Salvador se iniciaba uno de los capítulos más sangrientos y represivos de la historia del país y se gestaban los siguientes doce años de guerra que terminarían hasta la firma de los Acuerdos de Paz en 1992.

La Comisión de la Verdad de la ONU, producto de esos Acuerdos, investigaría las violaciones a los derechos humanos a partir de 1980, dejando de lado la masacre de Catedral. La matanza no se recuerda, no aparece en publicaciones del conflicto y es un evento perdido más de la historia de El Salvador. Después de 30 años en este 8 de mayo de 2009, los responsables siguen impunes, los masacrados y sus familias siguen sin justicia, y la memoria colectiva amnésica. Si en El Salvador ahora son tiempos de cambio, las organizaciones de derechos humanos, el nuevo gobierno, el Estado Salvadoreño y la sociedad en general, deben hacer justicia con las victimas, sus familias y con la historia.

Funerales del BPR

Visita la galería del 22 de mayo de 1979

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