Mi Madre se llamaba María Amalia Sánchez Aguilar. Nació el día 13 de septiembre de 1923. Siendo hija de Fernanda Sánchez, y de Dionisio Aguilar. En su partida de nacimiento, que está archivada en la alcaldía de San Juan Nonualco, fue registrada como “india.” Así de ignominiosos eran las autoridades y los hijoputas pudientes de aquella época. Y eso que los padres de mi madre, o sea mis abuelos maternos, eran dueños de tierras y otras propiedades. Mi Madre, era la única mujer que fumaba... Fotografía tomada el 3 de agosto de 1993 cuando iba a cumplir los 70 años de edad.  

Mi Madre se llamaba María Amalia Sánchez. Era la única mujer, primero del cantón Los Zacatillos y luego del cantón Los Platanares que fumaba puros desde que yo la recuerdo y tengo uso de razón. Al parecer lo hacía desde que tenía quince años de edad cuando una medianoche, mientras lavaba ropas en un estanco del poblado, se le apareció, de acuerdo a la versión de ella, La Siguanaba. Y esta historia que nos contaba muy seguido le cambió la vida. Siempre que nos contaba la historia juraba por La Santa Virgen María que aquello era cierto. Desde entonces adoptó la costumbre de fumar y de mantener tabaco cerca de ella porque, eso asustaba a los malos espíritus, y La pinche Siguanaba era uno de ellos. Así que desde pequeño siempre la veo y la recuerdo parada junto a la cocina de leña, siempre de vestido de colores y oliendo a tabaco y a trabajo duro, su pelo negro y largo caído hasta la cintura, su semblante entre serio y risueño allí, detenido entre el paisaje y las palmas del techo del rancho. Y su puro despidiendo humo hasta el cielo de sus labios. Los perros correteando en el patio de la casa y las gallinas picoteando entre las hojas de los árboles de mango, de marañón y de jocote. Mi padre regresando de la hacienda y del diario trabajo a la oración y con quesos frescos envueltos en hojas. Esos valiosos recuerdos son una estampa familiar que llevo a todas partes, y a la cual recurro en mis momentos de tristeza y de aguda soledad, y de la cual suelo sacar fuerzas para seguir por el camino caminando, tan solo sea por la pinche costumbre de seguir por el camino. Es la misma que me enciende el alma y la sangre cuando recuerdo que los militares me la arrebataron cuando destruyeron la campiña, y con ella mi estampa familiar de inocente niño que solo quería jugar al trompo, a las canicas, y a las apuestas y albures donde el botín no eran rifles de guerra, ni granadas, sino que nueces arrancadas de los marañones o chibolas ganadas a los compañeros de aventuras, y a jugar pelota y a salir de cacería con los grandes amigos como Santos El Toro Muco y a Cristóbal, su hermano menor [Ver relato Cuatro Amigos y Una Semana Santa en el Tintero]. Más tarde nos obligarían a aprender a sobrevivir entre los montes y quebradas. Así aprendimos el arte de la guerra, sus emboscadas y golpes de mano, los ataques y hostigamientos, asimilamos los entretejidos de la guinda, porque guindear no era un asunto sencillo, había que conocer cada recoveco de barrancos y cañadas, cada rincón en la profundidad de la montaña o del cafetal, a caminar de noche sin encender una linterna, y a comunicarnos por señales y sonidos de pájaros, a pasar días y noches enteras sin comer y sin dormir, y sin bañarnos. Pero como les venía platicando, La Amalia Sánchez, Mi Madre, era la única mujer del cantón que fumaba puros para espantar a los malos espíritus como la Siguanaba, a la cual había visto directo a los ojos aquella lejana noche en el estanco del poblado.

En efecto. Así era mi Madre, aquella gran mujer de la que ahora les comparto unas pocas historias de su vida. Mi madre, una mujer fuerte, tierna, y valiente como pocas. Una tarde de domingo entró desde la calle un borracho a pedir agua a nuestra casa. Entró sigilosamente. Y cuando lo descubrimos ya estaba en el patio de nuestro hogar. Cuando estuvo frente a mamá le pidió agua. Y ella le alargó un guacal con el preciado líquido pero los borrachos no razonan, por eso son borrachos. Y poco a poco se fue encendiendo de la cara y a subir el tono de exigencia por aquello de que en nuestra casa no había una gota de alcohol que se le pudiera convidar. Y entonces desenvainó su machete, amenazante. Mi madre corrió adentro del rancho donde en una de sus paredes había varios machetes colgados. Tomó un machete y se enfrentó al borracho. Y en un santiamén al estilo del mejor esgrimista lo desarmó, y le dio unos cuantos planazos para que escarmentara a no meterse con la familia. Y luego lo tomó de la mano y lo sacó para la calle por donde había aparecido aquella olvidada tarde de domingo. Así que mi madre peleaba a machete limpio, con cuchillo si se presentaba la ocasión, y también a puro puño, blandiendo las hojas de los almendros y resedas de su corazón. Pero no vayan a creer que era una mujer belicosa aunque si era de sangre caliente, por el contrario era una mujer sencilla, amante de la paz, y con un gran corazón para apoyar al prójimo como ella le llamaba, y acostumbrada al duro trabajo de la campiña. Como madre procreó 16 hijos, a todos los trajo al mundo ella solita y sin recurrir a hospital o a cuidado de partera alguno. Dionisio Sánchez el último de sus hijos murió envenenado por la fumigación “bajo volumen” de una avioneta ya que la algodonera del patrón lindaba con nuestra casa allá por la hacienda del coronel Jorge Jarquin. Y entonces, yo que soy el número quince y el penúltimo, pasé a ser el último de los hijos de La Amalia Sánchez, o sea, él “seca-leches” como me decían a manera de broma y para hacerme enfadar y amargarme el rato. Sin duda. Así era mi madre. Una mujer conocida en la comarca y que tenía grandes amigos por aquello de que era mejor vivir en medio de siete ladrones y no de una mala lingua como ella misma aseguraba. Amigos cultivados a lo largo y ancho de los años por aquellos andurriales reventados y olvidados.

“Doña Chenta” le gritaba Audelio Ayala desde la calle cuando pasaba montado en su caballo viniendo del pueblo. “Don Carlos” le respondía mi mamá desde la cocina y recurriendo a una broma de antaño entre ellos, y que solamente ellos entendían. Audelio Ayala era un pequeño hacendado y gran pistolero de la zona, amigo muy cercano de mis padres. Yo lo conocí personalmente cuando una tarde diáfana lo visitamos con mi padre. Y desde entonces descubrí o pude apreciar la profunda amistad que había entre ellos. Pero la vida es cruel y el humano rastrero como la hidra. Audelio Ayala fue asesinado durante los primeros seis meses del año de 1981 por guerrilleros de Las FPL. Mis pesquisas personales indican que pudo haber sido una equivocación completa. O la operación fue sancionada y ordenada por un cuadro del partido solamente por requisarle a Audelio la pistola Browning HP de 9 mm que portaba. O quizás porque el hijo menor, Audelito, se puso el uniforme de soldado castrense en plena guerra civil y fue obligado a cometer crímenes de guerra contra la población civil que lo había visto crecer desde el vientre de su madre. En todo caso Audelio Ayala no tenía la culpa del camino que siguió su hijo menor. Y además, existen indicios que Audelito fue reclutado y obligado por la fuerza como cientos de muchachos en aquellos años. Se decía que en su juventud Audelio había dado muerte a un agente de la guardia nacional. Y que huyó de la justicia y tuvo que trabajar en un barco de carga que hacía viajes entre el puerto de La Libertad y Colombia pero que no podía tocar suelo salvadoreño porque tan pronto lo hiciera lo atraparía la justicia. Los testigos, entre ellos mis padres, dicen que así vivió unos 8 años hasta que pudieron resolver el asunto con dinero. Pero esto es más una leyenda que otra cosa. Aunque me contaron la historia muchas veces yo no puedo dar fe que sea cierto, pero claro, eso sí, yo conocí personalmente a los personajes principales de esta historia. Quizás para la posteridad sea bueno que relate, o haga constar, que todos los involucrados en la muerte de Audelio Ayala cayeron uno a uno durante la guerra civil, incluyendo al jefe que dio la orden. Ah pero yo les venía platicando sobre La Amalia Sánchez, Mi Madre. Y como Audelio Ayala fue amigo de mi familia por eso les cuento un poco de su historia de vida.

A orillas del río Sapuyo lavaban la ropa las mujeres del cantón Los Platanares. En una época, a mediados de los años 70, apareció un hombre desconocido que se desnudaba para asustar a las lavanderas, y cuando estas se corrían huyendo del malandrín, este les robaba las ropas y otras pertenencias hasta que un día cualquiera le salió el tiro por la culata ya que lo hicieron huir a machetazos y jamás volvió ni siquiera por sus ropas que dejó abandonadas allá por un amate negro que servía de vigilante desde la colina. El mismo árbol de amate negro desde el que aseguraban se oía bailar a los malos espíritus durante aquellas medianoches de oscuranas, y de lluvias. Un árbol de amate negro cuya flor jamás nadie ha podido ver, a excepción de sus frutos que se pudren con el sol, y sin color ni olor. Pero La Amalia Sánchez había visto muchas cosas, benignas y malignas, de este mundo y del otro, como nos aseguraba por las noches junto al fogón de maderos junto a los cántaros de agua de la vertiente de peñascos. Los mismos cántaros que fueron vaciados una madrugada, y luego robados por unos vecinos envidiosos quienes todavía nos deben esa afrenta familiar.

Hubense Ayala era primo hermano de Audelio. La familia Ayala era numerosa, y se había desparramado por los cantones de la parte sur de Zacatecoluca. No sé si eran nativos de la zona o si procedían de otra parte del país. La mayoría de ellos eran hombres de pistola y de machete, dueños de tierras y de ganado. Hubense se hizo famoso como hombre de pistola y de machete, y de escopeta. Me contaba mi mamá que Hubense mató al primer hombre a sus quince o dieciséis años de edad, al menos eso indicaban las personas que lo conocían y mis padres se preciaban de conocerlo. Hubense no vivió para cumplir los treinta años de edad. Cuando lo mataron ya había dado muerte a unos 23 hombres de acuerdo a la leyenda. Estaba joven pero la vida lo obligó a llevar una práctica azarosa, y como en la campiña rural, la vida no importaba mucho por aquello del machismo o porque la existencia de las personas se veía desde otra perspectiva. Un duo de cuñados lo emboscaron allá por La Reforma en las afueras del cantón Las Tablas. Una tarde de domingo le dispararon a quemarropa cuando cabalgaba en su caballo, y venía de traer su escopeta y más municiones, y ya caído en el suelo lo remataron a machete. Cuentan las historias que Hubense llegó borracho aquel domingo a la casa familiar de una amante que tenía. Los padres de la muchacha la escondieron y se la negaron porque Hubense borracho perdía toda la cordura. Entonces Hubense les disparó a ambos padres en las piernas los cuales cayeron en el patio de la casa. Hubense se marchó en su montura hacia su hacienda para buscar armas y más municiones dejando en la casa de la novia a los dos padres heridos, y una pistola calibre .22 que los dos cuñados encontraron y que fue con la misma pistola que le dispararon cuando venía de regreso para rematar a los suegros. Años más tarde, yo personalmente, junto con Hermosura, El Viejito Capachivas y otros guerrilleros, visitamos la cruz de madera que marcaba el lugar preciso donde había caído Hubense Ayala abatido por los tiros disparados con su misma pistola aquella fatídica tarde de domingo.

Un mediodía olvidado durante los festejos de La Santa Cruz que se celebran en el mes de mayo, y en particular el día tres, en el parque de San Juan Nonualco discutían dos ganaderos por un negocio de venta de ganado. Uno de ellos acusaba al otro de haberlo engañado, y que en sus cuentas le hacía falta dinero, discutían acaloradamente mientras el acusador y engañado sostenía una niña pequeña en sus brazos. El embaucador se defendía a palabras mientras acariciaba la culata de su revólver. La discusión seguía. El ganadero de la niña se cansó y dio la vuelta para marcharse dándole la espalda al otro ganadero. Cuando el embaucador vio que su socio le dio la espalda y se alejaba caminando con la pequeña de la mano le disparó por la espalda dándole una muerte instantánea. Hubense Ayala que estaba en un chalet bebiendo un fresco de horchata y que había presenciado la escena de la discusión se levantó de la silla, desenfundó su pistola, la revisó, bajó las gradas y desamarró su caballo que estaba enfrente y atado a un poste de la luz. Arrió a su caballo y dio alcance al ganadero que a pie huía luego de dar muerte por la espalda a su socio de negocios. Cuando lo alcanzó le increpo: “…a los hombres no se les mata por la espalda.” Y a continuación desenfundó su pistola y le asestó varios disparos al ganadero que cayó en un charco de sangre. Hubense huyó de la escena en su caballo y a toda prisa. La primera casa en la que se detuvo, luego de cabalgar cuasi un par de horas, fue la de mis padres. Entró al patio de la casa, desmontó, amarró su caballo, le pidió agua a mi madre, y le contó la historia del altercado entre los dos ganaderos que por cierto eran conocidos de la zona. “Y entonces tuve que matarlo” le habría dicho a mi madre, a manera de justificación. Don Yeyo Ayala, padre de Hubense, y tío de Audelio, arregló todo con la justicia para lo cual vendió varias reses y engrasó la mano de los jueces, abogados y fiscales. Y la justicia ciega, miró para otro lado olvidándose del asunto como por arte de magia negra. Esos eran algunos de los amigos de mis padres. Amigos como Audelio y Hubense. Primos hermanos. Hombres de monte, y de pistola, y de machete, y de tragos, y de mujeres bellas, y montunas. Hombres de alazanes que cuando sus amos se emborrachaban no cabalgaban por las calles sino que saltaban cercas de alambre de púas para asegurar que estos llegaran sanos y salvos a sus hogares porque tenían enemigos a muerte que no vacilarían dispararles por la espalda o aprovechando una borrachera. Así que sus cabalgaduras también se convirtieron en leyendas junto con sus amos.

Mi Madre, La Amalia Sánchez, aquella gran mujer que era la única del cantón que fumaba puros, y que sobrevivió a la guerra cargando con las penas por nuestros familiares muertos, ejecutados y asesinados por las fuerzas armadas del gobierno, falleció el sábado 26 de Octubre, a eso de las 09.20 am, del año 2002. Se fue solitaria como había llegado, con la mañana fresca y oliendo a verano, y caminando entre mis recuerdo infantiles. Dicen mis hermanos mayores que no sufrió mucho, que de repente se quedo dormida. Y lo último que les pidió fue que se le enterrara en horas de la mañana (domingo 27 octubre, 09.00 am), o sea antes del mediodía. Ya que por la tarde – según ella misma – la tierra calienta mucho. Unas semanas antes le dio un dinero a mi sobrina para que comprara un anillo, y le encargó que me lo entregara cuando yo volviera “a casa.” Unos pocos días antes de su muerte, se bañó y lavó su vestido de flores y de colores matizados para estar lista y preparada para su largo viaje quién-sabe-adónde. Cuando me informaron de su fallecimiento, yo me quede allí, en el umbral de mi otoño de hojas descoloridas, con las lágrimas recorriendo cuesta bajo las cicatrices de mi rostro, y sin poder articular palabra, ni creerlo porque así de hijoputa suele ser la vida de los pobres y excluidos. Y el exilio, obligado o voluntario, es como el doble filo de una larga noche de las tantas que atiborran mi mochila de subversivo, un subversivo formado en el Chinchontepeque. 

San Salvador | Sábado 18 de julio 2015 | 10.25 PM.

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