“…Dicen que venían del sur en un carro colorado traían 100 kg de coca iban con rumbo a Chicago así lo dijo el soplón que los había denunciado… ya habían pasado la aduana la que está en El Paso Texas pero en mero San Antonio los estaban esperando…” [Parte del texto de la canción La Banda del Carro Rojo de Los Tigres del Norte]

Los festejos campesinos en La Paz Opico o en La Cayetana eran regios porque Los Juárez hacían llorar la concertina mientras las guitarras destilaban lágrimas de pasión, y el contrabajo dejaba escapar sus fuertes y roncas notas musicales que se iban suavecitos meciendo a los quebrachos, y el violín salvaje destripando añoranzas de hombres machos y de mozas de manos reventadas porque también cultivaban el maíz, y cuyos amores se perdían por las tardes a orillas de los ríos, o en lo profundo de la montaña. Y la ronca, grave y profunda voz de Los Juárez entonando la canción aquella de “La Banda del Carro Rojo”, y la de “Camelia, La Texana”, la misma Camelia que le metiera las siete balas de la pistola a Emilio Varela por aquella traición sentimental. Y aquí nosotros, apretujados, y pegaditos, machos y hembras, guerrilleros todos con el corazón destripado recordando más de alguna decepción de amores juveniles, de aquellas que fueron muy duras porque eran las primeras decepciones cuando la guerra solo comenzaba, de cuando la oscura noche se nos vino encima, y de allí que “nos entierren juntos y en la misma tumba… porque por allí se rumora que nos van a matar…” Y Porfirio allí bailando pegadito con su novia. Y el gigante Benito, y Bartolo, haciendo lo mismo, cada uno por su lado. Y de Hermosura mejor ni hablemos porque ese bribón metía mano a cualesquier bicha que se dejara tocar las curvas, sus colinas, sus pantorrillas y otros remansos ocultos por el uniforme. Y de allí, el camino a explorar los cafetos y a probar la cama de hojarasca, era la siguiente estación de otoño o de primavera. Y aquí yo, tarareando las canciones para acompañar a Los Juárez, y viendo a todos en el patio de la ermita, corazón de todas las actividades sociales y políticas de La Paz Opico, y es que yo no le hacía mucho al baile porque no sabía cómo hacerlo, y porque además me daba mucha pena, el cuerpo se me achicopalaba tan solo de pensarlo. Y allá en la tarima Los Juárez cantando aquellas canciones del grupo Miramar, y de Los Tigres del Norte.

Los Juárez eran un grupo familiar compuesto por varios hermanos y primos. Ahora no recuerdo cuántos eran en total. Por supuesto que recuerdo que les apodaban “Los Caballos.” El grupo tocaba música ranchera y cantaba corridos de pistoleros afamados, de borrachos, y boleros amorosos, de aquellos boleros que le ponían a uno el alma muy triste, el pellejo de gallina, y los ojos aguanosos, y daban ganar de desenfundar la pistola y de pegarle un tiro al vacío del cielo porque él tenía “la mea culpa” de tanta desazón. Se decía que, allá por los años de la década de 1970, Los Juárez habían tocado en La Praviana, un antro artístico en el mero centro de San Salvador. Pero de allí se vinieron y se instalaron cerca de la ciudad de Tecoluca. Personalmente ignoro los motivos aunque, claro está, escuché algunos comentarios al respecto, entre otros que tuvieron un altercado y que habían baleado de gravedad a un par de contertulios, pero como repito, solo comentarios. Lo cierto es que allá por los años de 1977 cuando yo aparecí por La Cayetana y La Paz Opico, Los Juárez ya eran un tanto conocidos y se habían ganado un lugar en cada corazón campesino como grupo musical. Y a principios de 1980 cuando ya la guerra era declarada y se profundizaba por cada día, aparecieron todos Los Juárez con sus bártulos musicales, listos para empuñar las armas guerrilleras, y para darnos valor y bañarnos el alma en agua de rosas porque las invasiones enemigas y las andanadas de mortero nos ahuevaban a cada rato. Y allí la música de los Juárez jugaba su papel estratégico levantándonos el espíritu, entre otras cosas que nos endiosaban.

Álvaro, nombre de guerra del hermano mayor, asumió el mando de uno de los pelotones  basificados allá por el caserío Jerez en las afueras de La Paz Opico. Como hermano mayor siempre hizo el papel de líder de Los Juárez. Era alto y fornido, y grave en todos sus asuntos. A inicios del segundo semestre de 1980, en el mes de julio o agosto, y en horas de la mañana, hubo un intenso ataque de artillería dirigido hacia La Paz Opico y sus alrededores. Y el pelotón estacionado en la comunidad de Jerez en las afueras de La Paz Opico fue el que más sufrió aquel ataque enemigo. Allí cayó Álvaro, el mayor de Los Juárez, cuando una granada de mortero se estrelló en la trinchera. Horas más tarde subió la guardia nacional cruzando por La Cayetana y así llegaron a La Paz Opico donde nos trabamos en unas escaramuzas allá por los cocoteros, un poco arriba de donde tenían sus casitas La Familia Salinas de la que provenía El Teniente Pirringo y su tío Selvin, y La Bunga que fue novia de Sergio Chupón, pero entre nuestras filas escaseaban los rifles y los guardias nacionales subieron envalentonados así que con El Negro Hugo mandamos a requerir todas las armas de los mandos, direcciones y comisiones partidarias que estuvieran disponibles porque algunos de ellos solo las utilizaban de puro plante, en otras palabras, de adorno y para conquistar amores furtivos. De pronto un compañero regresó con el rifle Valmet que portaba Miguel Castellanos como arma personal, y que disponía de una dotación de unos 400 cartuchos. El Valmet era un buen rifle pero era intocable porque se trataba del arma personal del comandante Miguel Castellanos. Nadie sabía cómo el rifle había aparecido en el volcán, nadie sabía su procedencia o fabricación del mismo. Tenía una mira fosforescente que a luz de día significaba una buena puntería, lo mismo de noche pero la desventaja era que el enemigo podía detectar el punto de mira fosforescente y de color verde, y concentrarle fuego. Las ráfagas repiqueteando por entre cafetos y pedreros, y los beneméritos guardias nacionales zigzagueando por la pendiente, empantanados en su avance por las ráfagas de metralla disparadas por unos bichos campesinos y estudiantes, bichas y bichos insurrectos de quebradas y de bailes. Aquella tarde, cuando le devolvimos el rifle Valmet  al comandante Miguel Castellanos se lo devolvimos con unos 20 cartuchos. Aquello fue una venganza personal de La Beligerante Sección Número Uno, aquella Unidad guerrillera que fue pionera en la lucha armada, cuyos hombres y mujeres olían a monte, y a “aceite tres en uno.” Y es que ya no había municiones para el rifle, ni se sabía dónde conseguirlas. Finalmente el rifle se guardó en un tatú y seguramente allí sigue podrido con sus laureles conquistados en el combate pero al comandante le dolía porque él sabía que lo habíamos hecho para cobrarle un par de fechorías que tenía pendiente con nosotros. “Venían bravos los guardias…” le dijo El Negro Hugo al comandante cuando le fue devolver el rifle. “A puras ráfagas los hicimos retroceder, pero acabamos la munición…” En un crucero que realicé allá por las navidades de diciembre del año de 1994 en las aguas del mar Báltico, yendo desde Estocolmo hacia un puerto fines, fui a descubrir que el rifle Valmet se fabricó en Finlandia a finales de la década de 1950.

A finales de marzo de 1982 se organizó una fiesta popular en uno de los caseríos abajo de San Carlos Lempa y a orillas del río. Cuando caía la noche se hicieron presentes las mozas de la zona en edad de merecer, dispuestas a bailar y a ponerle el lazo a más de algún incauto guerrillero. También llegamos nosotros: El Pechudo, Sergio Chupón – Jesús Ventura – El Macho Juárez. Y también una escuadra de compañeros del PRTC que tenían su campamento al otro lado del río Lempa en el departamento de Usulután. El Pechudo y Sergio Chupón se habían echado un par de tragos de aguardiente puro que quién sabe dónde lo habían conseguido. Una de las mozas no aceptó bailar con Sergio Chupón porque ya le había dado palabra de bailarla a uno de los compañeros del PRTC. Sergio Chupón, desairado y acompañado de El Macho Juárez, y El Pechudo, montando los tres en un solo caballo me dieron alcance cuando ya me retiraba de la fiesta. “Con permiso…” me dijo Sergio Chupón al tiempo que me sacaba la pistola Smith and Wesson de 9 mm de la funda. Acto seguido dieron vuelta en el caballo regresando por el rumbo de la fiesta. Un par de minutos más tarde se oyeron tres detonaciones de pistola. Tres disparos al aire. Tres balas que hirieron la quietud de la noche y asustaron a los bailadores en el corazón de una zona bajo control guerrillero. Al rato me dieron alcance nuevamente. “Esos perritos andaban planteándole a las bichas con sus Galliles nuevecitos…” comentó Sergio Chupón. “Y que viva El Camelio…” gritó El Macho Juárez, mientras El Pechudo hacía malabares por mantener la dirección del jamelgo y con las riendas entre sus manos. Aquello de “El Camelio” era una broma, una bayuncada pura entre guerrilleros y viejos conocidos, por aquello de que a mí me gustaba la canción y la película de “Camelia, La Texana”, de Los Tigres del Norte. A la par de mí, y al trote, el corcel con los tres jinetes a puro pelo, en medio de la noche. El día siguiente, cuando David Papita, jefe de La Dirección de Ataque, preguntó por los disparos de la noche anterior, ninguno de los guerrilleros inquiridos supo dar información fehaciente que corroborara los rumores al respecto. Nosotros, viéndonos directo a los rostros, no sabíamos nada del asunto y todo quedó como un rumor más de los tantos que circulaban como las aguas de los ríos.

Los Juárez, Los Caballos, aquellos crudos hombres montunos que hacían llorar la concertina mientras las guitarras destilaban lágrimas de pasión, y el contrabajo dejaba escapar sus fuertes y roncas notas musicales que se iban suavecitos meciendo a los quebrachos, y el violín salvaje destripando añoranzas de hombres machos y de bellas mozas de manos reventadas porque también cultivaban la tierra y las plantas de maíz brotaban salvajes, y cuyos amores se perdían por las tardes a orillas de los ríos, o en lo más profundo del verdor de la montaña, fueron cayendo uno por uno, todos en combate. El Macho Juárez, también conocido como El Caballo, guerrillero heroico de las tropas del Chinchontepeque, combatiente indomable de las primeras unidades guerrilleras, y más tarde de las unidades de vanguardia, rebelde trasnochado, hombre de pelo en pecho, y cantante de corridos y boleros amorosos, y que también estuvo en decenas de batallas, incluyendo la de El Puente de Oro, fue el último de Los Juárez que cayó en combate. No sé la fecha exacta, tampoco sé el lugar donde cayó. “El último de los Juárez, o sea, El Caballo, todavía en el año de 1986 estaba con vida…” [Datos proporcionados por Lencho también conocido como Andrés, veterano de guerra, exjefe y cuadro de Las Milicias Populares, y excomandante del Batallón SS-20 del volcán Chinchontepeque. Martes 12 de enero 2016].

El volcán Chinchontepeque sigue aquí. Firme y misterioso, y resquebrajado por los terremotos, fermentándose y vigilando todo el valle. Verde olivo. Todos sus cantones, caseríos y comunidades fueron bombardeados, incendiados, y aplanados por la artillería enemiga. Y sus humildes pobladores asesinados y olvidados, y borrados de todo mapa. Y los corridos de borrachos, y de pistoleros afamados, y los boleros amorosos, aquellos boleros que cantaban Los Juárez y que le ponían a uno el alma muy triste, el pellejo de gallina, y los ojos aguanosos, y daban ganar de desenfundar la pistola, y de pegarle un par de tiros al vacío del cielo, destripando nuestras añoranzas amorosas de hombres machos, y de mozas de manos reventadas, también se perdieron con el viento. Por supuesto que yo continúo escuchándolos, deleitándome, y reinventándome con sus desconsoladas y machistas notas musicales para no olvidar que toda aquella vorágine revolucionaria fue una dura realidad. Y es que hoy en día el fantasma de la amnesia nos envuelve con su tenebroso manto. Ah pero yo no olvido. No puedo, ni debo olvidar. Yo los tengo presentes. A todas y todos. Siempre en mi mente. En cada atardecer. En cada anochecer. En cada amanecer. Y rayando el sol de la esperanza, de cuando el volcán y nosotros éramos jóvenes, de cuando en el volcán corría más sangre que agua. En efecto. Aquí sigo, como presente, aceitando mi vieja pistola, y sacándole punta al lápiz. Tal como éramos y fuimos, aunque le duela al hijoputa diablo.

San Salvador | Martes 12 de enero 2016.

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