EI macho pardo

– Eh, Jorge, vení – gritó Emeterio, asomando la cabeza por la puerta. Mirá, tenés que ir al Jicaro a traer el explosivo que está preparando Lucas. Lleváte el macho que esta allí afuera.

– ¡Tomá esta nota, es para el viejo Lucas!

EI reloj marcaba las nueve de la mañana cuando Jorge partió rumbo al Jicaro montando la pobre bestia. En pocos minutos, atravesó La Laguna y comenzó a subir la cuesta del Portillo. A la derecha, el abismo que terminaba en un vallecito junto a las orillas del Sumpul, donde las hordas criminales vestidas de verde olivo habían asesinado el 14 de mayo de 1980 a cientos de mujeres, ancianos y niños.

Ni la masacre del Sumpul había sido capaz de detener la corriente libertaria ni las bombas asesinas habían apagado la llama de la vida.

EI mulo conocía bien el camino. Jorge, despreocupado, entonaba una canción de Alí Primera: Canta canta compañero que tu voz sea disparo / que con las manos del pueblo no habrá canto desarmado... La noble bestia avanzaba lentamente, evadiendo las piedras del camino. Tan lento era el caminar, que Jorge comprendió al astuto animal. Jorge se bajó del macho en gesto solidario. Liberado de la carga, el mulo aligeró el paso, al tiempo que descargaba una retahíla de pedos, que Jorge interpretó como señal de agradecimiento.  Al llegar al rio Tamulasco, el macho se detuvo a beber agua. Jorge lo imitó. Al nomás llegar al taller de logística, Jorge entregó la nota a Lucas, quien le dijo que el material estaba listo.

"...diez minas vietnamitas, 35 candiles, 2 tamales, decía Rafael mientras colocaba el material explosivo bajo la sombra de un limón..." Lucas se encargó de acomodar la carga en una caja de madera; el mulo inquieto movía la cola azotándose el lomo. Los enormes ojos observaban a los dos guerrilleros que trataban de ponerle el apero. EI animal se resistía tozudamente a transportar los sesenta kilos de explosivo casero. A cada lado colgaban cinco minas sujetadas en redes de henequén, en la parte superior del aparejo yacía la caja de madera conteniendo las 35 granadas caseras, en el espacio entre la caja y el apero iban apiñados los dos tamales.

EI sol golpeaba en vertical. Lucas cortó unas ramas y las colocó sobre la carga para evitar el calor.

– Bueno, compas: Si escuchan un vergazo es que hemos sido nosotros – dijo Jorge riéndose. Los obreros del taller rieron de mala gana. Es cosa de mal agüero hablar de la muerte, dicen los campesinos.

– ¡Oye, Jorge! Antes de llegar al río habrá que tomar medidas de precaución.

– ¿Porque?

– ¡Joder, hombre! ¿No sabes que la Guardia Nacional acostumbra a emboscarse por estos parajes?

– A mí Emeterio no me dijo nada – contestó Jorge pensando en lo tranquilo que se había detenido a beber agua horas antes.

– Vamos, hombre, que se por qué te lo digo – volvió a insistir Lucas, notando la incredulidad de Jorge.

Río arriba se encontraba el municipio Las Vueltas, famoso por su espíritu reaccionario. Se decía que toda la población era de Orden[1].

Cruzaron el Tamulasco sin mayores dificultades. El caminar se hacía lento y pesado, diminutos ríos de sudor corrían por las patas del animal, que enloquecido corcoveaba por el calor infernal del subtrópico. Lucas y Jorge se alternaban para conducir el mulo. Los 60 kilos se perfilaban como vencedores de los desnutridos músculos del cuadrúpedo. El vaivén incontrolado ponía en peligro la estabilidad de la carga. Las piedras y las rocas del camino maltrataban sin misericordia las extremidades de los hombres y de la bestia. Por fin llegaron al Portillo.

Lucas y Jorge fumaban tranquilamente cuando dos niños llegaron al Portillo. Observándolos curiosamente los chiquillos aprovecharon la oportunidad también para descansar. Igual que los guerrilleros, ellos también venían del Jícaro.

– Continuemos – ordenó Jorge.

Lucas tomó la rienda y haló al macho cuesta abajo. Jorge, quien marchaba adelante, se detuvo a conversar con unos guerrilleros que venían de La Laguna montando a caballo.

– ¿No tiene un cigarrito, compa Jorge? – preguntó Juan.

– ¡Tienes suerte! Aún me quedan dos.

– ¡Ah pues, no compita! Lo voy a dejar en la calle – respondió incomodo.

– ¡Tomá, hombre! En el local tengo más. Ten cuidado con la brasa que traemos explosivo – advirtió Jorge a los jinetes. Volvió a mirar hacia atrás y vio como los guerrilleros saludaban a Lucas con un gesto de manos. De pronto, sintió un ruido seco y profundo a sus espaldas, los tímpanos vibraron. La muerte había golpeado la puerta de la vida, clavando sus garras en el dorso de Jorge.

El tiempo se detuvo, la mente en blanco conoció la negrura del abismo eterno. El pasado apretó tanto al presente, que el futuro quedó asfixiado, pareciendo morir de angustia. Una inmensa mano invisible lo había lanzado por los aires. El cuerpo de Jorge voló como liviana hoja de otoño burlando el féretro fantasmal. El sol y la pólvora quemaban la tierra. La montaña paría al nuevo Jorge, que renacía entre nubes de polvo y esquirlas de piedra. Abrió los ojos temeroso de no volver a ver el verde vida de los piñales. El sabor amargo de la pólvora le envenenaba el alma y las venas. EI romanticismo había muerto cercenado por diminutas esquirlas de hierro candente. La verdadera guerra sepultaba los viejos recuerdos de pláticas estudiantiles. La hora de la tertulia había concluido...

Había perdido el FAL, la mochila hecha pedazos colgaba de la espalda, el zumbido en la cabeza se hacía interminable, el eco de la explosión saltaba de cerro en cerro.

Comprendió que algo grave había pasado, miró hacia atrás y solamente vio nubes de polvo que se perdían en las alturas. En el suelo distinguió un bulto negro y temiendo algo fatal corrió gritando:

¡Lucas! ¡Lucas! ¡Lucas!

– ¡Mírame la cabeza! ¡Mírame la cabeza! – exclamaba Lucas, fuera de sí.

Jorge examinó con nerviosismo la cabeza de Lucas. Con los dedos fue quitando, uno a uno, los pedazos de carne sanguinolenta que pendían de los cabellos. Dos enormes agujeros a la altura del cerebelo sangraban a borbotones. La espalda de Lucas parecía colador y las piernas sangraban flageladas por el látigo de la explosión.

– Vete rápido al hospital – ordenó Jorge, sin darse cuenta que gritaba. Afortunadamente, el hospital se encontraba a ochocientos metros.

La cabeza del valiente mulo aún pendía de la rienda, el resto del animal había desaparecido como por arte de magia. Jorge buscó las pertenencias de Lucas. Después de varios minutos, encontró su propio FAL. Milagrosamente se habían salvado los niños que venían detrás de la bestia.

– ¿Qué fue lo que pasó? – preguntó Jorge dirigiéndose a uno de ellos.

– Yo solo vi la llamarada que salió de la caja de madera – respondió.

Jorge comprendió que la causa del accidente se debió quizá, a que uno de los candiles se había auto-encendido. Pero en ese momento no había tiempo para las explicaciones pirotécnicas.

– ¿Qué pasó pelao? – preguntó preocupado Ramiro. Jorge no podía hablar. Había llegado corriendo al local de servicios y se le dificultaba la respiración. Tenía el rostro blanco amarillento, le dolía la espalda y la cabeza, los oídos no paraban de zumbar. Quiso sentarse y sintió un fuerte dolor en las nalgas: algo viscoso y caliente humedeció su mano. Comprendió que estaba herido. En el glúteo superior tenía encarnada una esquirla de piedra del tamaño de un guisante.

– Vé a que te curen – dijo Ramiro.

Ramiro acompañó a Jorge al hospital. Allí encontraron a Lucas sentado sobre una banca recibiendo las curaciones de manos de una sanitaria. Las heridas en la espalda no eran de gravedad. Felizmente, las esquirlas no habían logrado penetrar los duros huesos de la cabeza. La fama de “cabeza dura” se había confirmado aquel día. Lucas podría contar orgulloso algún día en Vascongadas, la dureza de su testa.

– ¿Cómo te sientes? – preguntó Ramiro.

– ¿Qué?

– ¿Cómo te sientes? – repitió gritando.

Lucas, que de por sí era más sordo que una tapia, con la explosión había quedado más sordo que un artillero.

– La cabeza me duele – contestó. ¿Tienes un cigarro?

– Nosotros pensamos – comentó Ramiro – que el enemigo estaba bombardeando. La explosión se escuchó como un mortero 120. ¿Qué mierdas pasó?

– A mí no preguntes, que no me di cuenta – contestó Lucas.

Los cipotes que venían detrás vieron una llamarada en el lomo del macho – señaló Jorge.

¿Y qué traían allí?

– los candiles y dos cargas explosivas – respondió Jorge.

– No comprendo cómo pudieron activarse – comentó Ramiro.

– Los candiles venían cebados – agregó Lucas.

La idea de construir una espoleta para los candiles que facilitara el encendido rápido y seguro, había sido de Lucas.

Algunas veces llovía durante los combates y la humedad dificultaba el encendido de las granadas. Con la “nueva espoleta” no había necesidad de encender primero el cigarrillo. EI mecanismo era sencillo: La mecha lenta se encontraba al interior de un tubo de plástico que evitaba que la mecha se humedeciera con la lluvia. La cabeza de la mecha estaba rodeada de varios fósforos con sus respectivas cabecillas en contacto directo con la lija. La fricción iniciaba la combustión de los fósforos y estos, a su vez, transmitían a la mecha el calor necesario para activar el mecanismo detonador de la granada.

– Yo pienso que con los golpes se produjo la fricción – señaló Jorge.

– Hay cosas en la guerra que no se pueden explicar con la lógica formal – comentó Ramiro. ¡Increíble que aún estén vivos! La cantidad de explosivos era suficiente para aniquilar a una compañía entera del enemigo – terminó diciendo.

Para Jorge, su primera experiencia con explosivos significó dos cosas: la toma de conciencia de que la vida se escapa en segundos y que !jamás hay que transportar explosivo cebado!

A pesar de haberse perdido el material explosivo que se utilizaría en la operación de Nueva Trinidad, los combates se realizaron tres días más tarde con todo éxito.

Fuente:  "Cerca del Amanecer" y otros temas de interés visita el blog de Roberto Herrera, robiloh.blogspot.com.es

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