Caída de un revolucionario excepcional

“Vino Jesús a El Salvador buscando a Jesús y encontró a Farabundo Martí”, con esas palabras lapidarias, Julio, hermano de Antonio Cardenal, compartía en la iglesia de Arcatao el recorrido que Jesús Rojas había iniciado y lo decía lentamente frente a su cadáver un día de abril de 1991, meses antes de que finalizara la guerra en El Salvador.

A Antonio Cardenal –conocido durante el conflicto armado como Comandante Jesús Rojas- le decíamos Chusón. Con el ombligo en Nicaragua, Cardenal fue un seminarista jesuita que alumbrado por el Concilio Vaticano II, Medellín y su tío, el poeta Ernesto Cardenal, decidió andar desde 1973 los polvosos caseríos de Aguilares, El Paisnal y Guazapa. Abriendo brecha en los zarzales a la lucha popular armada, hasta llegar a ser miembro del Comité Central y de la Comisión Política de las FPL.

En sus inicios llevaba en mano el evangelio y con el método Freire iba articulando la relación con las descalzas familias jornaleras y con los zafreros de la zona. Fue uno de los primeros en llegar a colaborar con la pastoral del padre Rutilio Grande, pero la crudeza de la realidad del prójimo devoraba el nuevo testamento.

Fue allí donde trenzó gran cercanía con Apolinario Serrano, un jornalero que pertenecía a Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños, FECCAS y de la que aún no era su máximo dirigente. Chusón fue uno de los que insistía a Polín a meterse a la lucha por aprender a leer y a escribir. Polín se habrá zafado en el momento, como dicharacho que era, poniendo sobre el taburete las urgencias del proletariado. 

Es hasta finales de 1974 que Chusón decide integrarse a las secretas filas de las FPL, lógicamente, previa discusión con rigurosos argumentos jesuíticos, teniendo al frente la quemante realidad de los trabajadores agrícolas.

Jesus recibe parte de Hector MartinezAños más tarde Chusón, junto al profesor Dimas Rodríguez y Chamba Guerra, se dedicaron a la organización y fundación de los primeros pelotones armados de los pobres en Chalatenango, donde fueron criando pacientemente la textura de sencillos hombres y mujeres sobre las armas.

Chusón fue uno de los hombres que hizo importantes aportes a la teoría y a la práctica de la relación revolucionaria salvadoreña, además de ser uno de los constructores de la representación revolucionaria en la negociación que culminó en los Acuerdos de Paz.

Aquellos días de abril de 1991, en la zona de Arcatao la inmensidad humana estaba condensada. Se había articulado una conferencia con periodistas nacionales y extranjeros el 10 de abril, donde el FMLN reafirmaba posición sobre la absoluta subordinación de una nueva Fuerza Armada al poder civil, la creación de una policía civil y una procuraduría de derechos humanos en las negociaciones que en México se habían iniciado una semana antes.

La depuración de los mandos militares era irrenunciable: era sacudir 60 años de dictadura militar.

A Chusón le acompañaba Miguel UV, jefe de batallones procedentes de San Vicente y La Farabundo cubrió la conferencia de prensa con grabadora y no con una transmisión en vivo, ya que delataría ante la prensa la cercanía del campamento en La Cañada.

Después se hizo una formación militar de una parte de las tropas guerrilleras frente a la prensa para rendir parte a Chusón, como jefe del mando del Frente Norte Apolinario Serrano, porque el Batallón Atlacatl había iniciado un despliegue sobre la zona de San José Las Flores y habían tomado posiciones en cerros de Nueva Trinidad, al norte del río Sumpul. Mientras tanto, la radio YSU había reportado la presencia de dos asesores militares norteamericanos con las tropas del Atlacatl.

La situación era tensa. El Alto Mando de la Fuerza Armada sabía que Chusón y el mando estaba en Arcatao. En la madrugada del 11 de abril, el mando dispone movilizarse hacia la zona del cerro Chichilco, para hacer el vacío al operativo enemigo. En los dos pickups iban además, radistas, médicos, sanitarias y personal de seguridad. Supuestamente las agrupaciones del Batallón Atlacatl se habían retirado al sur del río Sumpul. Sin embargo, dejaron patrullas comandos al norte del cerro El Chan y colocaron varias minas clayrmore sobre la calle a la altura de El Zapote.

Es muy probable que haya habido filtración de información operativa hacia el Atlacatl, porque en la madrugada, no se podía distinguir si eran guerrilleros o civiles los que se conducían en los vehículos. Al llegar a El Zapote, las patrullas especiales del enemigo detonaron las minas y los vehículos livianos saltaron por los aires. Minutos después se escuchó el papaloteo de helicópteros seguramente para recoger a los comandos enemigos conocidos como PRAL (patrullas de reconocimiento de largo alcance).

Caidos el 11 de Abril de 1991Quince cuerpos quedaron destrozados en la calle. Miguel UV, lleno de esquirlas, apenas pudo llegar y el Atlacatl avanzaba tomando nuevamente los cerros de Nueva Trinidad. Los quince cuerpos fueron llevados a la iglesia de Arcatao y allí los veló la comunidad cubiertos con sábanas, uno tras otro. Las sábanas no lograban cubrir las botas de Chusón.

Ese mismo día fueron enterrados en el cementerio de Arcatao, por la quebrada de El Polvo que le dicen. A Jesús lo metieron en el ataúd del padre de José, el esposo de María Chichilco, un anciano de gran estatura que por años se resistía a morir y que tenía por anticipado su propio depósito. Era un ataúd de madera, grande y pesado.

Pero viendo el avance del Atlacatl, los compañeros dispusieron sacar el ataúd del cementerio y esconderlo en las laderas de La Cañada, porque el enemigo iría a buscarlo y ponerlo como trofeo sobre la mesa de negociaciones en México. Dicha emboscada fue considerada como un sabotaje, además de que Chusón era parte del equipo negociador del FMLN.

En esas horas se coordinaba la evacuación del cuerpo de Jesús Rojas y entregarlo con plena seguridad al Comité Internacional de la Cruz Roja CICR y a sus familiares. En algún momento se discutió llevar el ataúd hasta la zona de El Zapotal, al pie de La Montañona, una ruta que era sumamente difícil, además de cruzar el río Sumpul y subir hasta ese poblado.

“¿Alguna vez has cargado heridos? le pregunté a un compañero que valoraba esa alternativa. ¿Te imaginás cargar a Chusón, en el ataúd y de noche por esas veredas y charrales empedrados? Si ya cargar a un herido en una planada es un huevo…”

Finalmente el CICR y por gestiones diplomáticas se logró que fuera entregado en Arcatao y que toda la comitiva familiar tuviera salvoconducto militar en medio del operativo del Atlacatl. Además del hermano de Chusón, llegó también, Raquel, Ana Eugenia Orlich, compañera de Chusón.

En ese atardecer, una columna de guerrilleros bajaba de La Cañada e ingresaban a Arcatao con el cuerpo de Jesús Rojas. Las campanas repicaban en el pueblo para la misa y dentro de la iglesia se rindieron honores al Comandante.

Con un radio portátil Yaesu me tocó hacer la transmisión en vivo toda la misa, sin soltar el “PTT”. La tensión era altísima dado que el Atlacatl estaba ya muy cerca al sur de Arcatao y las unidades guerrilleras habían montado una gruesa línea de fuego en las afueras del pueblo y alturas inmediatas.

La radio estaba transmitiendo prácticamente en las fauces del operativo. El campamento ya se había levantado, se colocó nuevamente el camuflaje y solo los hoyos de los tatús de transmisión y motores estaban abiertos. Todos estaban encolumnados solo esperando el cierre de la transmisión para iniciar la marcha de evacuación.

Comandante Jesús Rojas

Después de la misa el ataúd de Chusón fue encajado en otro de aluminio y hermético. Nos abrazamos con Raquel y las lágrimas apenas pudieron salir.

En horas de la noche, con Ricardo nos unimos a la columna de La Farabundo en marcha buscando Los Filos y Patamera. En alguna vereda sobre los barrancos, el Chele Adam perdió paso y cayó. Para que saliera del barranco, en plena oscuridad, le ofrecí mi fusil como asidero para subir: el cañón del AK apuntaba hacia mí y el Chele estaba agarrado del gatillo del fusil. Menos mal estaba con seguro.

Tres semanas después de la emboscada, la Asamblea Legislativa saliente aprobaba a regañadientes las reformas de la supeditación absoluta de la Fuerza Armada al poder civil. El sueño de Jesús sigue entero.

Fuente: ContraPunto

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