Yo soy Lorena Peña. La hija menor de una familia de San Salvador, ni pobre ni rica, con suficientes recursos para subsistir y de tradición liberal democrática.

Mi papá era militar pero de línea progresista, fue de los primeros que pelearon contra las dictaduras. Mis hermanos y yo estudiamos la primaria en un colegio laico y la secundaria en un colegio católico. Tuvimos acceso a la universidad, lo cual en un país como El Salvador era un privilegio de muy pocos.

En el colegio participé mucho de todos los movimientos católicos vinculados a la teología de la liberación, trabajé en alfabetizaciones y misiones religiosas, y por esa vía tuve un acercamiento a gente de bajos recursos.

Fue en el contacto con la gente en el campo y en comunidades urbanas marginales donde arribé a otro nivel de reflexión de las transformaciones que uno quería para la gente y esa transformación chocaba contra el poder establecido.

Cuando tenía 16 años y alfabetizaba durante las vacaciones con un párroco en un cantoncito, llegó la Guardia Nacional a ver qué estábamos haciendo y nos dijo que nuestra labor era subversiva. Eso fue para mí el campanazo más grande de que había algo más por hacer. Luego se dieron muchos fraudes electorales en mi país, hubo una época de represión masiva y mis hermanos se sumaron a la lucha política.

Bajo esa influencia en 1973 me incorporé a la guerrilla urbana clandestina en San Salvador y me convertí en una de las fundadoras del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln). Fui desde comando urbano hasta encargada de escuelas políticas y de equipos de sanidad y primeros auxilios. En ese momento no usaba uniforme ni armas en forma permanente. Llevaba una doble vida: la vida legal de Lorena Peña, estudiante de economía, y la clandestina, la de Rebeca Palacios, mi nombre de combatiente. Así estuve hasta 1980 cuando se crearon los frentes de guerra con una vasta organización campesina obrera y estudiantil.

Cuando empieza la confrontación directa contra el Ejército salvadoreño para definir territorios, la organización escoge a los cuadros más experimentados y con más formación. Quizá no los mejores militares en aquel momento, pero asumimos ya no pequeños comandos urbanos sino destacamentos de 125 guerrilleros y guerrilleras cada uno. Había que organizarlos, entrenarlos, estructurarlos, capacitarlos y definir la vida en las zonas de control, desde las normas hasta la comida. Yo empecé con una carabinita pero tomando armas al Ejército nos armamos con fusiles M-16 de fabricación norteamericana.

Los cuatro hermanos asumimos puestos de mando. Yo dirigí el frente occidental. Llegé a manejar 2.000 hombres. Mientras como comando urbano había que poner una bomba y ya, en las zonas rurales había que combatir mucho. Una de las épocas más difíciles fue cuando el gobierno pasó a la política de tierra arrasada con el objetivo de que toda la población que estaba en los territorios bajo nuestro dominio fuera aniquilada o se fuera de ahí. En ese momento me dieron la dificil tarea de preservar a la población civil que nos ayudaba y ese ha sido uno de los retos más grandes de mi vida, porque el objetivo del Ejército llegó a ser más la población civil que los guerrilleros. Había viejitos, señoras embarazadas, niños y niñas que me tocó empezar a entrenarlos para salvaguardarse como si fueran guerrilleros. El lugar donde más se sufrió eso fue en la zona de San Vicente. La gente no se quería ir de su tierra. Les destruían los techos y los volvían a levantar.

Entonces les demolían las paredes y ellos las reconstruían con láminas. Había grandes operativos con helicópteros sólo para quitarles las láminas entre las que vivían. El otro escenario eran las zonas de combate. Estuve en muchos líos fuertes pero no salí herida ni capturada. De recuerdo me quedó una cicatriz en la mano de un balazo de pistola. Pero mis hermanos, dos mujeres y un hombre, no tuvieron la misma suerte. Mi hermano murió en 1975 cuando era jefe militar urbano de la capital. Años después desaparecieron a una hermana en San Salvador que también era comandante. La Comisión de la Verdad estableció que la mataron las Fuerzas Armadas, pero su cadáver nunca apareció. Mi hermana mayor murió en 1986 durante un combate en Chalatenango, cuando estaba en los niveles más altos de dirección.

Nunca estuvimos en el mismo sitio pero mantuvimos una comunicación muy linda a través de cartas. Fue un gran dolor pero al mismo tiempo una gran responsabilidad. En mi casa hay tres mártires que me educaron en ciertos principios y por eso me siento comprometida en el tema de la honestidad política e intelectual. En plena guerra me casé y mataron a mi esposo en una ofensiva militar. Salvé a nuestro hijo porque lo dejé con mi mamá. Lo más difícil fue no perder el espíritu.

Fue una guerra de grandes dimensiones aunque no se puede comparar con la colombiana porque aquí el aspecto social, político y topográfico es distinto e impone otras dinámicas. Nuestro territorio era muy pequeño. Era obvio quién era quién en cada bando. Por un lado toda la dictadura militar que completaba 70 años sosteniendo a la oligarquía y del otro todo el movimiento social campesino, obrero, estudiantil, magisterial, intelectual. Eso nos dio una perspectiva clara de qué buscábamos.

Nuestro proceso de paz empezó en 1981 y tuvo muchos altibajos hasta que se materializó en 1994. En 1990 fui nombrada miembro de la Comisión Política Diplomática del Fmln para sumarme a los esfuerzos de la negociación de los acuerdos de paz. Tuvimos dos detonantes: la gran ofensiva nuestra sobre San Salvador y la caída del Muro de Berlín, una de cal y otra de arena. La ofensiva movió al Gobierno y el muro nos movió a nosotros. Por eso los dos tuvimos el convencimiento. En Colombia hablan de los paramilitares, nosotros teníamos también escuadrones de la muerte clandestinos e incontrolables. Intentaron acabar con el proceso hasta el último momento pero la voluntad de las partes pudo más. Los paramilitares no subsisten si no tienen apoyo institucional del poder.

Ahora se ve en Colombia el gran esfuerzo que hay por la paz y lo celebro porque los pueblos tienen que buscar caminos de transformación y la guerra es un camino no un principio moral. He oído varias veces que la guerrilla colombiana ya no representa una alternativa ideológica sino que se ha corrompido y como a mí no me consta no puedo opinar porque tengo mucho respeto por la gente que se ha alzado en armas. La responsabilidad es de todos los involucrados, hay que apelar a la conciencia de todos para superar la desconfianza. Hay que tener en cuenta a las mujeres. Si las mujeres no nos metemos a los procesos de paz llega la paz de las armas pero no llega la paz de los hogares, la paz social.

El posconflicto es tan duro como la guerra. Yo no me salí un milímetro del credo del Fmln hasta que no se firmó la paz y después me di cuenta de que había un montón de cosas que no estaban en mi credo y que eran válidas. Sólo cuando se da este proceso llega la paz. Tuve que dejar atrás a Rebeca, la guerrillera, y volver a ser Lorena, una madre frustrada. Cuando volví mi hijo se había criado con mi madre y tenía 15 años. Fue tremendo. Su mamá era mi mamá.
Duro para los dos porque después de 20 años de guerra yo quería de entrada asumir el papel de madre y puedo decir que sólo hasta hace cuatro años reconquisté a Vladimir, que hoy tiene 26 años y es coordinador de operaciones logísticas de Médicos sin Fronteras en El Salvador, un gran humanista, un superpacifista, gracias a Dios. Luego me volví a casar y tengo una niña de 13 años. Vivo junto con mis otras hijas que son las hijas que le quedaron a una de mis hermanas y a mi hermano.

Volví a mi barrio después de 20 años y me pasó como el cuento holandés del hombre que se durmió 40 años y cuando despertó toda la gente de su generación no era como la conoció. En la cuadra todas las amigas de mi mamá y mi madre ya estaban viejitas, todos los maridos habían muerto y eran viudas de la guerra, mis amigas de juventud eran jefes de hogar.

Mi papá falleció al poco tiempo de muerte natural. Mi familia, después de ser un montón, sólo era mi mamá y mis hijos. Uno no debe olvidar la muerte de sus seres queridos en la guerra porque se vuelve cínico, pero tampoco debe albergar rencor. Por eso cuando me pregunto si la guerra valió la pena digo sí. Recuerdo que en El Salvador degollaban por disentir, pedir aumento de salario significaba la muerte, leer libros también. La reforma política que se ha hecho es profunda y sólo haber acabado con el militarismo valió la pena. Soy diputada nacional, desde 1994, estamos discutiendo la reforma agraria y no hay masacres. Hoy existen programas de riego, de cultivo y hay toda una gestión local. Los salvadoreños sufren menos ahora que antes y saben enfrentar adversidades como el terremoto. Ellos me acaban de elegir al Parlamento Centroamericano. Tengo 45 años. De la guerra me queda el orgullo y mi fusil M-16 como recordatorio.

Tomado de El Espectador

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