Homenaje a Victoria en Guarjila. Foto de Ramón El Suizo

Una mañana de diciembre de 1981 me encontraba en el bar del aeropuerto de Hamburgo esperando la llegada de un querido amigo holandés. Nos habíamos visto por última vez en 1972, de tal manera que tendríamos que contarnos los años de ausencia y eso exigiría vaciar muchas botellas de vino tinto. En eso pensaba, bebiendo una cerveza y leyendo EL PAÍS, que por esos años llegaba a Alemania con un día de retraso, cuando una voz de mujer me pidió en español que le prestara la página del tiempo. Frente a mí tenía a una bella mujer de intensísimos ojos azules y una cabellera larga y rubia.

Nos saludamos, le pasé la página con información meteorológica, y la escuché protestar porque no decía nada sobre el tiempo en Managua. Cruzamos unas pocas palabras, le dije que esperaba a un amigo que no veía desde hacía nueve años, y ella me confesó que esperaba a su gran amor, al que no veía desde hacía cuatro años. Juntos caminamos hacia la puerta de llegadas y ahí nos quedamos, mirando los pasajeros que salían empujando los carritos portaequipajes.

Vi aparecer a mi amigo Koos Koster fiel a la imagen que guardaba en mi memoria. Alto, desgarbado, con una camisa de cuadros y un mechón de pelo cayéndole sobre la frente. Como siempre cargaba una cámara de televisión. Koos salió, me guiñó un ojo, abrió los brazos y en ellos recibió a la rubia de ojos azules.

En el mismo bar del aeropuerto terminamos de presentarnos. Se llamaba Christa, era médica cirujano y había conocido a Koos en Leipzig durante un acto de solidaridad con Nicaragua. Koos le contó de nuestras aventuras en el sur de Chile, participando como activistas en la campaña política que llevó a Salvador Allende al gobierno, y más tarde en otro bar, esta vez en el puerto, Christa narró su odisea para huir de la RDA y juntos me contaron que pensaban casarse e irse a vivir a Nicaragua. Ella trabajaría en un hospital de Managua y Koos como corresponsal en Centroamérica de la cadena Ikon. Era un bello plan de vida y lo celebramos deseándonos ¡Feliz Navidad! Vaya sí lo celebramos.

Durante las siguientes semanas fuimos inseparables, hasta que, en febrero, Koos anunció que debía partir a El Salvador para hacer unos reportajes. Quedamos en que iríamos al aeropuerto para recibirlo cuando volviera, pero no pudimos hacerlo porque nunca más regresó.

Koos Koster, junto a otros cuatro periodistas holandeses, fue asesinado por el ejército salvadoreño con la complicidad de los asesores militares de los Estados Unidos.

Una mañana muy fría dejamos los restos de Koos en un pequeño cementerio holandés. Los ojos azules de Christa miraban al suelo escarchado. “Me voy”, musitó. Le pregunté a dónde. “A reemplazar a mi compañero”, respondió. No hay nada más duro que despedir a una compañera que se marcha al combate. Así sin eufemismos, al combate, porque Christa se incorporó a la guerrilla salvadoreña y naturalmente pasaron muchos años sin que tuviera noticias de ella. Nos despedimos con un ¡Feliz Navidad! Y decidimos que ese sería nuestro saludo para siempre, porque cada vez que lo dijéramos, volvería a unirnos a los tres. ¡Feliz Navidad!

En 1986 viajé a El Salvador como periodista, encontré la punta de ovilla de la madeja clandestina y pedí a los muchachos que me llevaran a Chalatenango, a la zona liberada. Allí, en una aldea de Chalate encontré a una médico de la guerrilla de intensísimos ojos azules y larga cabellera rubia. “La compañera Victoria”, así me la presentaron.

“¡Feliz Navidad!” le dije. “¡Feliz Navidad!” me respondió.

No podíamos mostrar que nos conocíamos: era peligroso, sobre todo para mi, de tal manera que nos conformamos con mirarnos y luego yo con mirarla mientras atendía a docenas de heridos, mientras explicaba cómo sacar suero de los cocos, operando a cielo abierto, sanando heridas con medicinas sofisticadas o con simples plantas curativas.

El hospital de “Victoria” consistía en cuatro hamacas, una mesa de operaciones de bambú, un botiquín mantenido siempre en las mochilas que dos arsenaleros cargaban a sus espaldas, y una marmita de agua hirviendo para esterilizar instrumentos y vendajes. Nunca la vida me pareció tan frágil. Y nunca he visto a la vida en mejores manos.

Cada vez que el ejército salvadoreño o la aviación atacaban las posiciones guerrilleras, el hospital se trasladaba a otro lugar de la selva. Los enfermos en parihuelas (Bambú con hamaca y dos portadores-Red.), los instrumentos en las mochilas y “Victoria” dando ánimos, antibióticos y esperanzas.

Sé que sobrevivió y que al fin de la guerra continuaba dirigiendo un hospital de campaña. En un lugar de mi casa le aguardan los libros – los poemas de Erich Mühsam – que dejó al marcharse.

Donde quiera que estés, Christa, “Victoria”, ¡Feliz Navidad!

Luís Sepúlveda, escritor chileno, año 2000 | Compañera Christa Baatz “Victoria”, Alemania Socialista, 1942 - Venezuela, domingo 26 de abril de 2015.

Koss Koster

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