Nosotros en hilera hilvanando la vida diaria con el pasado y el porvenir, tejiendo una madeja de colores encendidos como fuegos entre montes y quebradas: las boinas negras, gorras y sombreritos encasquetadas hasta los ojos. Los rostros pintados de carbón y verde olivo. Otros al descubierto natural, y sin pintura de guerra. Rostros de facciones suaves, de infantes, hasta ayer de tetas maternales, pero está mañana rostros duros y curtidos por los avatares de los tiempos que nos tocaba vivir y abonar con nuestra sangre. Las carabinas M-1 y M-2 al hombro, relucientes, aceitadas y listas para dispararse. La diferencia entre la carabina M-1 es que es mecánica, solo dispara tiro a tiro; y la M-2 es automática, dispara tiro a tiro y en ráfagas. Un par de granadas al pecho, colgando de los chalecos y arneses. Unos pocos de nosotros portando G-3, M-16 y FAL y pistolas al cinto y el machete en bandolera. Allí arriba las andanadas de mortero arrancando de raíz la flora, y la grácil vegetación cual alfombra de colores, ardiendo como yesca por sobre la inocente tierra. Andanadas cuyo zumbido mortífero hacían reventar intestinos y oídos. Después, y más arriba los aviones Fuga y Alpha 37 dejando caer enormes bombas de 250 y de 500 libras cuyos cráteres abrían la corteza de la tierra, dejando hoyos del tamaño de una casa, y árboles enormes con las raíces expuestas hacia el cielo, totalmente muertos, inocentes víctimas “verdes”, y la madre naturaleza sollozando por sus pérdidas. Nosotros hormigas diminutas en pie de guerra buscando guaridas en plena confusión. Pero no había donde guarecerse, a menos que la tierra se rajara de cuajo. Los campos de pastizales habían sido quemados de raíz. Todo se veía negro por el humo y la ceniza. Y esto que marzo aún no había hecho de plano su dulce y santa aparición para pasar por el ígneo los yerros de la vegetación ligera: apenas venía asomando por la mitad de un domingo quince en la hoja manchada del calendario de aquel osado año. Las explosiones iluminando el campo agraviado por la ofensa. Y las reses, vacas, terneras, cabras, cerdos, y caballos, embadurnados de napalm, mugiendo y sollozando como niños tiernos, impotentes de siquiera razonar por qué se les atacaba de esta cruel forma. Las llamas quemándoles los pelos y el cuero bajo el argumento de que había que matar hasta el último campesino y animal marxista, de acuerdo a la forma de pensar del coronel Sigifredo Ochoa Pérez, comandante del Destacamento Número Dos ubicado en la ciudad de Sensuntepeque. Y nosotros santiguados, ocultos y apostados bajo los matorrales esperando el desembarco de los helitransportados en las márgenes del río Copinolapa, a la altura de los caseríos de San Gerónimo y Peñas Blancas. El Copinolapa era el primer río que veía serpentear de sur a norte. Ahora he visto varios, por eso ya no me asombro. Sabíamos que el desembarco vendría después del ablandamiento de la artillería y la aviación. Era asunto de esperar armados de paciencia e intentar domar al miedo y aprender a convivir con el gran hijoputa porque también “se cree muy hombre” de acuerdo a como lo definiera Roque Dalton. Luego todo fue humo de colores escarlata y verde, y el rugir ronco de la metralla. Y helicópteros sobrevolando en círculos como abejas guerreras cuidando su panal y a su reina. Y Luís, alias el Cafecito, corriendo ladeado, ocultándose a lo largo de la valla de piedras, disparando con su rifle G-3 desde una cumbre y luego desde la otra punta para que la hueste nuestra pareciera numerosa. Por momentos el artilugio surtía los efectos esperados. La tropa enemiga confundida buscando parapetos, y replegándose varios metros, río de por medio. Eso nos brindaba un buen espacio para respirar la existencia y recargar los magazines. Pero luego se nos venían al contraataque intentando asaltar nuestras posiciones. Volaban bala desde varios puntos cardinales. Y en el medio del desconcierto y de la valla de piedras Sonia, carabina M-1 en la mano disparando tiro a tiro entre las largas ráfagas de rifles G-3. Sonia se llamaba Teresa López, y era hermana de Ovidio López, el legendario compañero apodado “Carabina”, y hermana mayor de la ahora diputada del Parlacen Mirtala López. Así se peleó unos tres días por las riberas del manso río aquel, convertidas en teatro de operaciones. Mientras, por el lado de Santa Marta el enfrentamiento era más crudo y cruel: doce muchachos campesinos portando rifles FAL, bajo el mando de Chepón y de Yamil, y posicionados en una elevación estratégica detuvieron a la tropa del Destacamento Número Dos que venía avanzando desde Sensuntepeque, pasando por Villa Victoria; enfrentando ataques de artillería, aviación, helicópteros y constantes intentos de asalto de la infantería. Pero las órdenes eran claras: mantener las líneas de fuego hasta donde fuera posible, y no desperdiciar la munición, pero cuando la mancha de soldados se nos lanzaba derecho no había más que dispararles en ráfaga para detenerlos. Arriba las hélices sacudiendo el viento como aspas de molino de trapiche: aquí abajo todo se inventaba para camuflarse y engañar una vez más a la muerte. Así fueron cruzando los ocasos y las auroras. Y las tardes se perdieron en los remansos de las aguas de los ríos y amanecieron desveladas en la bruma de las alturas. Y la inocencia juvenil – tesoro señero de generaciones – descuajada por el hierro caliente y el rojo vivo de la metralla, fue sepultada entre las explosiones y las alas de la noche. Después de tres días de recios y fieros combates, y cuando los pertrechos se contaban con los dedos de las manos, y con algunos muchachos heridos; y cuando los compañeros de La Resistencia Nacional, RN, bajo el mando de Chepe Cabañas trataban de retirarse maniobrando por el cantón San Felipe para no ser cercados por el enemigo; y cuando abril, abriendo sus puertas de hojas reverdecidas y frescas, se nos venía encima; tuvimos que levantar nuestras líneas de fuego, y nos vimos obligados a cruzar el río Lempa protegiendo a varios miles de gentes que en aquella lejana ocasión calculamos en unos cinco mil civiles que huían llevando todos sus bártulos, incluyendo vacas, cerdos, perros, y caballos, más ancianos y niños provenientes de los caseríos bajo control de “La Zona Rancho” pero esa es otra historia a contar junto a la hoguera de la noche, y en plena sierra, y si es que a alguien le interesara escucharla: porque al otro lado del río, y ya en suelos y pedreros extranjeros nos esperaban, representantes de El Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR, para recibir y proteger a los primeros refugiados del conflicto armado; y esparcidos, en modalidad operativa de emboscada, desde la quebrada de “Las Gallinas”, en la frontera con Chalatenango, cubriendo el terreno hasta El Valle de Los Hernández, un batallón del ejército hondureño aguardando agazapado y preparado para recibirnos a balazos: pero lo que aconteció en las cuatro semanas siguientes allá por El Valle de Los Hernández, donde un batallón del ejército hondureño mantuvo bajo cerco a los miles de civiles provenientes de La Zona Rancho es otra de las tantas historias que todavía no sé cómo relatarlas, sobre todo porque al recordar y arrastrar al presente aquellos quiméricos días, y los rostros angustiados de sus actores principales – pobladores sencillos y humildes de las áreas rurales – los ojos se me ponen pantanosos y chagüites.

El cantón de San Felipe, y otros cantones y caseríos colindantes eran controlados por las tropas de las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional, FARN, brazo armado de La Resistencia Nacional, RN. Ellos disponían de un poco más de 150 hombres, todos armados y bien apertrechados, o sea, disponían de hombre-arma. Bajo el mando de Chepe Cabañas, un becario que había recibido entrenamiento militar en Cuba, las tropas campesinas de la Resistencia Nacional, combatieron tenazmente y duro aquella vez deteniendo el avance de las tropas enemigas, pero al tercer día de enfrentamientos, en una maniobra relámpago del enemigo, cuasi los envuelven, y por poco y les arrebatan una ametralladora allá por San Felipe cuando el compañero Margarito que la operaba fue herido, y tuvieron que pelear con todas las herramientas de las que disponían y maniobrar en el terreno para que no se las arrebataran y luego comenzaron a retirarse para no ser envueltos y aniquilados. Y como no disponíamos de radios de comunicación suficientes para todas las unidades militares, y el proceso de unidad de las organizaciones del FMLN estaba en pañales, nosotros, las tropas de Las FPL, no nos dimos cuenta de la retirada hasta que nuestras líneas de fuego en Santa Marta y en San Gerónimo ya cuasi eran envueltas por la maniobra enemiga. Y cuando nosotros cruzábamos el río Lempa haciendo esfuerzos, y maniobrando en el terreno para proteger a los miles de campesinos de la población civil, incluyendo los de San Felipe y los de los otros cantones colindantes, a las tropas de Las FARN su Comandancia, por radio, les dio la orden de retirarse para el cerro de Guazapa, y Raúl Hércules, y Chepe Cabañas y sus tropas de campesinos no tuvieron más opción que obedecer las órdenes de sus superiores aunque el corazón se les partía en fragmentos por quedarse porque con nosotros marchaban sus familias: nosotros nos quedamos porque no podíamos abandonar a la población civil que eran una parte del pueblo por el que luchábamos y peleábamos, y que no eran otros que las madres y padres, hermanos y hermanas, y esposas e hijos, y abuelos de nuestros gloriosos guerrilleros, tanto de Las FPL como de las tropas de Las FARN.

Aquellos días intensos y lejanos: domingo 15, lunes 16, martes 17 y miércoles 18 de marzo de 1981, yo estuve coordinando la línea de fuego en Santa Marta por órdenes del mando, y también las comunicaciones con el mando [a cargo de Boris y de Miguel UV, y Darío, Jefe del Destacamento] ubicado en Peñas Blancas, lo mismo las comunicaciones con la sección de San Gerónimo que mandaba ”Luís Cafecito”, a la vez que mandaba y organizaba todo en la base de La Pinte, a orillas del río Lempa, además era el segundo jefe del Destacamento. Y la noche que cruzamos el río Lempa hacia Honduras protegiendo a los miles de civiles que huían de las tropas del Coronel Ochoa Pérez, aposté una parte de la tropa de la sección de La Pinte a orillas del río y en tierras salvadoreñas, y allí se nos amaneció: y fui uno del último grupo que cruzó el río aquella mañana ensangrentada y olvidada. Roberto, el instructor militar, iba detrás de mí. Llevábamos los ojos inflamados por la falta de un buen sueño reparador, y por el humo de las bombas y de las granadas disparadas con piezas de artillería; llevábamos nuestros estómagos vacíos y a punto de reventar por la falta de alimentos; llevábamos nuestros corazones llenos de tristeza mirando aquel éxodo de gente que no eran otros que humildes campesinos que huían de la barbarie y de la muerte, y sí, huían sin deberle nada a nadie. No le debían nada a ningún hijoputa malnacido: burgués u oficial militar de alto rango. En lo personal, llevaba los pies reventados por tanta carrera y caminatas desde una posición a otra, y porque la tarde del lunes 16, a eso de las cinco, durante aquella invasión, un helicóptero nos descubrió, a mí y a Roberto, viniendo desde Santa Marta para Peñas Blancas y nos dio persecución por más de un kilómetro y tuvimos que correr por alturas, veredas y quebradas para que no nos hicieran blanco, y para seguir respirando el aire puro de aquella acuarela norteña: la sopa de frijoles y el arroz al mejor estilo del “casamiento salvadoreño” y las tortillas de maíz nuevo siempre sabían y olían a amanecer untado de rocío. Aún me sigo lamiendo los dedos con estos manjares de la cocina criolla. Y el día de hoy, cuando recuerdo aquellos épicos días, los rostros barbilampiños de los compañeros y de las compañeras, los disparos, los gritos, y las andanadas de mortero, y la muerte acechando en cada colina y en cada quebrada, mis tardes se ensombrecen ante los recuerdos, sí, los recuerdos empolvados de todos los compañeros caídos en el fragor de la batalla.

Darío Sánchez | Nyfors, Eskilstuna, Suecia. Febrero | Marzo 2008.
Foto tomada del calendario elaborado por El Equipo Maíz.

Teresa de Jesús López Mejía (Sonia)

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