He mirado en Facebook las fotos de la inauguración del museo de Radio Farabundo Martí (RFM), la emisora donde trabajé entre 1982 y 1991 en el norte de Chalatenango. Durante la guerra civil, la estación sobrevivió en condiciones sumamente peligrosas, pero no fue capaz de resistir los vaivenes de la paz.

Remontémonos al siglo pasado. 1980. La guerra civil está en marcha. Las organizaciones sociales y armadas del país llaman a la población para unirse al ejército de liberación. Fui parte de aquel proceso en mi condición de propagandista. Me sentía seguro de que mi lugar no era en un ejército. Mi estupor fue enorme cuando recibí la orden de ingresar a Chalatenango para poner en marcha una radioemisora. Contra lo que me aconsejaron insistentemente mi familia, el miedo y el sentido común, obedecí. Aquel sábado, como dice una amiga, hice mi propia “elección trágica”.

Tengo mala memoria para las fechas, pero recuerdo bien el día que entré a la zona de guerra. Fue un sábado, al mediodía, el 21 de noviembre de 1981. Un grupo de guerrilleros me esperaba en los alrededores de Upatoro, Chalatenango para cargar montaña arriba una parte del equipo destinado a poner a funcionar la radio. Así comenzó aquel viaje que duraría diez años.

En el frente, la radio fue una especie de circo trashumante, con un elenco formado por jóvenes de ambos sexos, principalmente campesinos, universitarios y obreros. También llegaron una mexicana, una alemana, una ecuatoriana y un inglés. Entre todos creamos complicidades, afectos y también aversiones que van a pervivir.

En 1992, las negociaciones de paz establecieron que las dos emisoras rebeldes, Venceremos y Farabundo Martí, debían insertarse en la nueva sociedad democrática. El Estado les otorgó sus respectivas frecuencias. Quedaba atrás el tiempo en que nuestras transmisiones eran interferidas por el ejército, pero ahora se necesitaba convocar a la audiencia con un lenguaje y programación diferentes. Si mantenerla operando en tiempos de guerra requirió de esfuerzos logísticos inimaginables, donde participaban centenares de personas, principalmente campesinos organizados, en la paz había que pagar las facturas de agua y luz, además de la planilla, y para esto se necesitaba un modelo de negocios. Se pasaba de las utopías al mercado.

Los tropiezos de la RFM en el periodo democrático los experimentó también la Venceremos. En su interior se produjeron incruentas pero destructivas pugnas de egos y poder. Al final, sus frecuencias fueron vendidas a nuevos propietarios.

El Museo de la Radio Farabundo Martí no debiera convertirse en la capilla de un grupo de adeptos. Ojalá sea un espacio que reanime la vivencia de lo que pasó para promover la reunificación del país. El patrimonio de la RFM es algo más que un puñado de cacharros y un mosaico con fotografías de los protagonistas de aquel episodio. Los días de la radio debieran vincularse a la historia y las necesidades presentes de las comunidades de Chalatenango y Cabañas. Ellas son también las creadoras y herederas de ese patrimonio.

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