Testimonio de cómo el dirigente político, entonces uno de los líderes de la Unión Democrática Nacionalista (UDN), salvó su vida gracias a una valiente mujer que se enfrentó a los escuadrones de la muerte que lo buscaban para asesinarlo.

Eran las 12 del mediodía del 13 de mayo de 1977, la puerta de mi casa fue golpeada violentamente al punto de descuajarse de las bisagras. Mi mamá se apresuró a abrirla como pudo y en la entrada estaba un grupo de seis hombres vestidos de civil fuertemente armados con fusiles “checos”. Por esos años ya era bien sabido que la Policía Nacional usaba carabinas, que la guardia utilizaba G3 y que los “checos” eran característicos de la Policía de Hacienda.

“Esta es la casa de Dagoberto Gutiérrez?”, dijo el tipo que comandaba al grupo; “no”, respondió mi mamá, “esta es la casa de Eva Carías”, le aseguró de forma categórica. El sujeto dudó ante la respuesta y de la bolsa de su pantalón sacó un pedazo de hoja de cuaderno y después de leerla aseguró: “esta es la casa de Dagoberto Gutiérrez y venimos a matarlo”.

Mi mamá, sin perder el temple, le respondió “ésta es mi casa, él ha vivido aquí como pupilo pero hace años que ya no vive aquí”.

Mi abuela había muerto a mediados de los años 60´s y nuestra casa del Bulevar Universitario había sido remodelada para alquilar habitaciones a estudiantes de la UES. Dagoberto había llegado así, desde Chalchuapa, para estudiar Derecho. Dago vivió varios años en esa casa y cuando nos trasladamos a la colonia Libertad, se trasladó con nosotros. Para 1977 él ya no vivía en la casa, pero tenía llave y llegaba cuando quería, ya fuera de visita o para reunirse con su grupo de “amigos”.

Para nosotros no era extraño encontrarnos a Shafick Handal, Norma Guevara, Rafael Aguiñada, Mario Aguiñada o a Manuel Franco reunidos con Dago en la sala o el comedor de aquel hogar familiar. La señal de que Shafick había llegado a la casa era que el tortillero, que siempre estaba sobre el comedor, estaba vacío. Un colón de tortillas no duraba ni dos minutos si Shafick se sentaba a la mesa. La casa era utilizada por ellos como local de reuniones a pesar de que nosotros militábamos desde 1975 en el BPR y de que yo ya colaboraba con las FPL.

Tampoco nos era extraño que la casa estuviera vigilada. Durante los años en que Dagoberto había sido diputado por la UDN siempre hubo algunos “orejas” en la zona y un grupo de vecinas tenían su propio comité de ORDEN. Don Rafael Aguiñada había estado en la casa apenas un par de días de haber sido asesinado en 1975. Es decir, ya estábamos acostumbrados a vivir así desde las huelgas de ANDES.

La cosa es que los PH “se destantiaron” con la reacción de mi mamá y cómo ellos no sabían qué hacer, ella les exigió que entraran a la casa para que constataran que Dagoberto no estaba escondido. El que comandaba al grupo, posiblemente un sargento, le respondió que ellos no iban a catear la casa sino a matar a Dagoberto. Mi mamá le respondió que si no entraban y revisaban la casa, seguramente, iban a mandar a otro grupo de noche a buscarlo. Ella misma fue a traer una lámpara para que buscaran bien por todos los rincones.

Cinco de los seis entraron, el último, que se quedó cuidando la puerta, era un chiquitín cuyo fusil era más grande que él. Cuando todos habían pasado él le dijo a mi mamá “¿niña Evita, no se acuerda de mí? Yo fui su alumno en La Unión”, agregó aquel hombre joven, “y mi papá trabajaba en los barcos con don Paulino”, el papá de mi mamá. “¡Muchachito!” le dijo mi mamá, “¿Qué andás haciendo?”. “Aquí, trabajando”, le respondió él, con una gran sonrisa. Para ellos matar gente era un trabajo como cualquiera. A ese punto los había deshumanizado el régimen.

Dagoberto nunca llamó a mi mamá por su nombre, siempre le dijo “madre”. Ese 10 de mayo del 77 Dago le había llevado un pastel para celebrar el día de las madres. El mismo día, una vecina llegó a la casa para advertirle a mi mamá que ellas mismas lo habían denunciado a la PH y que mejor se fuera porque corría peligro. Por la noche mi mamá y Clelia, una de mis hermanas, llevaron a Dago a la casa de otra vecina, hermana del coronel Orellana Osorio y desde allí a la casa de Guillermo Osorio, un médico también miembro del PC. Finalmente, Dagoberto terminó escondido en el cantón “El Manguito” en la casa de un sargento enfermero de la Guardia Nacional, yerno de Teresa Montesinos, Teresa había dicho en múltiples ocasiones que estaba dispuesta a esconder a Dago, sin importarle el riesgo que tuviera que correr, ella, mi nana era una mujer recia de San Alejo, fuerte y generosa como siempre han sido las mujeres de este pueblo.

Después de que el escuadrón de la muerte revisara la casa se retiraron, primero se salió el chiquitín que custodiaba la puerta y por último el jefe del operativo; este último, antes de retirarse regresó a donde mi mamá y le dio un pequeño abrazo y le dijo “ajá, madre ¿Qué tal estaba el pastel? Y se fue diciendo “díganle a Dagoberto que donde lo encontremos lo vamos a matar”.

En cuanto aquel operativo terminó, nosotros registramos de inmediato la casa y en una cesta de mimbre, debajo de una cama, encontramos un juego de pasaportes de Dagoberto y de Shafick con sellos de la URSS, Cuba y Checoslovaquia, así como una caja de habanos todavía sin abrir. Mientras Clelia, mi hermano Andrés y mi mamá quemaban las cosas, yo me dirigí fue al local de la AEU en la UES en donde encontré a Manuel Franco, pidiéndole que le advirtiera a Dago lo que había pasado para que ya no llegaran por la casa. Guillermo Osorio sería asesinado brutalmente, así como Manuel Franco.

Creo que nunca le conté esta historia a Dagoberto y la cuento ahora porque parece que hay demasiada gente que no sabe cuánto el pueblo salvadoreño sufrimos en esta guerra desde mucho antes de 1980, de cómo muchas mujeres corrieron riesgos y asumieron tareas para cuidar la vida de tantas personas, y de que el precio que todos hemos pagado ha sido alto por lo poco o mucho que ahora tenemos en el país.

11 de mayo 2019

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