Anécdota sobre la cobertura del sepelio de Monseñor Romero

La mañana era radiante y colorida por la tradición del Domingo de Ramos, aunque en la plaza miles de entristecidos esperaban la ceremonia en la que se sepultaría al pastor –asesinado seis días antes por un experto tirador mientras oficiaba misa-. Las delegaciones seguían llegando, entre ellas una muy nutrida de la Coordinadora Revolucionaria de Masas. Y de pronto el caos. Se escuchó una fuerte explosión al costado norte del Palacio Nacional y desde la azotea de Catedral observé humo y papeles sueltos frente a una tienda de telas: “El Centro Textil”, y al instante gente corriendo. Luego disparos, gritos y el desparpajo en la plaza frente al templo católico.

En cuestión de minutos todo se descompuso, la multitud queriendo ingresar a Catedral, en cuyo atrio el Cardenal mexicano, Ernesto Corripio Ahumada (1919-2008), junto a unos 300 sacerdotes y obispos de todo el mundo concelebraba misa en las exequias del Arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero.

Algunos socorristas y civiles arrastraban cadáveres de personas que habían sido tiroteados o fueron aplastados por el tumulto. Hubo al menos 20 muertos esa mañana, la mayoría mujeres. Algunos muchachos empuñaban pistolas y disparaban hacia el Palacio Nacional yal Banco Hipotecario, al suroeste y sur de Catedral Metropolitana, desde donde se oían detonaciones.

Otros, sacerdotes, periodistas y civiles que estábamos en la azotea para captar imágenes o tener una mejor visión fuimos blancos de francotiradores, pues algunos impactos caían cerca de nosotros. Maldiciones, enojos y temores surgieron de inmediato ante la impotencia.

Abajo, en medio de todos, también había periodistas filmando, grabando, tomando notas haciendo fotos, entre ellos mi credencial-barrera Credencial de prensa extendida por el Arzobispado amigo y colega Luis Galdámez: se le ve en una toma en la que cámara en mano se arrastra en el pavimento, entre la iglesia y la plazuela.

Adentro de Catedral miles habían entrado por las puertas laterales y solo se escuchaba un murmullo avasallador que reflejaba el temor por lo que estaba pasando. El cadáver de Monseñor Romero y varias de las víctimas habían entrado en silencio.

Para la reconstrucción del templo, que fuera destruido por un incendio en agosto de 1951, los trabajadores colocaron una especie de descanso o andamios enormes en los que se apoyaban para sus labores. Debajo de esa estructurame encontré al sacerdote Sergio Méndez Arceo, al que algunos llamaban “el Obispo Rojo” de Cuernavaca (1907-1992), quien de inmediato condenó los sucesos y acusó a la Junta de Gobierno integrada entonces por militares y demócrata cristianos por los hechos. La imagen regordeta de aquel religioso defensor de la Teología de la Liberación, cabeza calva y sudando a chorros, vienen a mi mente.

Al inicio de la ceremonia el interior del templo tenía filas de bancas y sillas ordenadas en las que estaban los invitados especiales de espaldas al altar y veían hacia el portón principal de Catedral en donde se había colocado el féretro de Monseñor Romero, flanqueado por Corripio Ahumada y otros obispos, pero luego de la explosión y los tiros todo era un desconcierto. Las sillas tiradas, las bancas a los lados, un desorden dentro del templo; mientras apresuradamente sepultaban al arzobispo y afuera corría el rumor de que su cadáver había desaparecido.

Ese día fui al acto de despedida de Romero por mi cuenta y riesgo, pues los dueños de Radio Sonora ordenaron que no cubriéramos los actos. Casi lo mismo había sucedido el día del magnicidio, cuando apenas se dio la noticia la muerte del arzobispo y una ampliación poco después, nos ordenaron que no siguiéramos informando.

No entendí los peligros que conllevaba informar de un hecho abominable, como hoy tampoco entiendo porqué los “grandes medios” no publicaron o minimizaron noticias de los actos, en el 34 aniversario del magnicidio que conmovió al mundo. Ese 24 de marzo el arzobispo había muerto de un certero tiro al lado de su corazón cuando alzaba el cáliz en una misa en la pequeña capilla del hospital para cancerosos La Divina Providencia, en memoria de doña Sara, madre del periodista Jorge Pinto, dueño de El Independiente, un periódico muy crítico del sistema que fue constantemente asediado por bombas, crímenes y amenazas contra sus instalaciones y empleados. En la tarde del crimen (6.26 pm) el que dio la noticia en Sonora fue el joven reportero, apenas saliendo de la adolescencia, Alexis Majano, hijo del colega Rosendo y sobrino del coronel Arnoldo Majano, miembro de la Junta de Gobierno. Aunque alcanzamos a dar la noticia y una pequeña ampliación casi de inmediato se nos ordenó suspender toda información que aludiera el crimen, que de inmediato fue atribuido a los escuadrones de la muerte derechistas comandados por el ex mayor del ejército, Roberto D´Aubuisson (muerto en 1992 de cáncer). En 1993, la Comisión de la Verdad encargada por la ONU para indagar las atrocidades cometidas en el país, determinó que D´Aubuisson organizó y ordenó la muerte de Romero porque era incómodo a los intereses de la derecha.

Tiempos difíciles

La situación conflictiva del país se había empeorado desde el golpe de Estado del 15 de octubre de 1979, cuando jóvenes oficiales derrocaron al régimen del general Carlos Humberto Romero. Se generó una carga de violencia diaria, represión de militares y cuerpos de seguridad en el campo y la ciudad, protestas, ocupación de iglesias o embajadas, matanzas y persecuciones. Y Monseñor era el principal imán de todos, pues siempre tenía una palabra, un consuelo ante tanta adversidad o una interpretación para la prensa, especialmente la internacional, pues los medios nacionales le ignoraban, en su mayoría.

En una corta entrevista telefónica para la radio, el arzobispo Romero me explicó su forma de ver lo que pasaba en esos días de sangre. Sus palabras fueron contundentes acerca de la realidad, pero en más de una ocasión me aclaró que no era experto en política, que su visión era desde la iglesia, desde su opción por los pobres. Y así entendí sus palabras.

Uno de esos días fue el 22 de enero de 1980, cuando los grupos populares en la Coordinadora Revolucionaria de Masas organizaron una gigantesca manifestación de protesta que acabó en violentos incidentes. En su diario apuntó: “se dice que (es) la más grande de toda la historia de nuestra nación” y explicó que Héctor Dada, entonces miembro de la Junta de Gobierno, le aseguró que el tiroteo en el centro de la ciudad no había sido causado por los cuerpos de seguridad pues “estaban acuartelados”. Dada creyó en la versión oficial que le proporcionaron, aunque en los primeros días de marzo renunció.

Monseñor cita que “reporteros que estaban presentes en los hechos y muchas veces de testigos, señalaban que los guardias que estaban en el balcón del Palacio Nacional habían tiroteado a la muchedumbre”.

A mí me tocó relatar lo que observé ese mediodía trágico. Pero la dirección de la radio nos impidió seguir informando de lo que ocurría en la marcha,porque entrevistamos a varios dirigentes, como Óscar Bonilla (fallecido en 2010), presidente de AGEUS y Marisol Galindo, de las LP-28, quienes denunciaron la presencia de una avioneta rociando veneno sobre la multitud. Nos ordenaron volver a la emisora por quejas del ejército y verlo todo desde la terraza del edificio Rubén Darío (desplomado por el terremoto en octubre de 1986), pese a que éramos testigos de lo que sucedía en las calles de San Salvador.

El dueño de la radioemisora quería que solo relatáramos que todo transcurría con tranquilidad y que evitáramos transmitirlas denuncias de lo que sucedía, y por eso dejamos de informar junto al colega y jefe de Prensa en ese momento, Marcos Alemán. Nos fuimos a la terraza y al lado de nosotros estaba un tipo de barba espesa con unos binoculares, los que me prestó para que observara al este de la calle Darío. Era Raúl Monzón, un destacado locutor quien posteriormente se unió a la lucha de los rebeldes y años después falleció en México. Con los binoculares observé que sobre el balcón norte del Palacio Nacional estaban dos guardias con sus armas al hombro, parecían en descanso, pero en un instante uno de ellos se acercó para ver hacia abajo pues dos chicos con mochilas se dirigían a una de las paredes del Palacio. Llevaban pintura y el agente quien sabe que pensó y con su arma G-3 hizo dos disparos al aire y luego hacia sus víctimas. Varios cayeron temblorosos sobre el asfalto y comenzó la refriega, pues la marcha también era protegida por milicias populares.

Le pedí a Marcos que me permitiera informar de lo sucedido, pues eso podría ayudar a que mucha gente se salvara si escuchaban mi relato evitando ir al centro, pues la cola de la gigantesca marcha aún no había salido del Monumento a El Salvador del Mundo. El centro ardía. Comenzaba el noticiero de deportes y lo suspendimos para informar de esos sucesos sangrientos.

En las calles desoladas de San Salvador quedaron una veintena de cadáveres, aunque al final se registraron 68 muertos y más de 200 heridos. Unas 300 personas se refugiaron en Catedral otras en la iglesia El Rosario y unos 40,000 miembros del Bloque Popular Revolucionario, que no llegaron a caminar en la protesta fueron llevados a la Universidad de El Salvador. Algunos dijeron que eran más de 200,000 los que se concentraron para esa manifestación.

El oficio y el miedo

Las radios fueron silenciadas y se mantuvo una cadena nacional permanente en la que se desvirtuaba cualquier información que no fuera la oficial emanada de la Junta. Monseñor Romero pidió a Sigfrido Munés, entonces Secretario de Comunicaciones de la Junta, que permitiera el pluralismo informativo, pero su petición fue denegada.

Esa noche fue convocada una conferencia de prensa en la Universidad y pudimos ver el cerco a que estaba sometido el centro de estudios. Junto a Marcos fuimos y además de nosotros solo estaban Cristina, una chica estudiante de periodismo de Estados Unidos y René Tamsen Aparicio, quien hacía trabajos para una emisora de ese país del norte. René desapareció unos días después y nunca se le encontró por más esfuerzos que hizo su madre, una empleada del Instituto Salvadoreño de Turismo (ISTU) quien constantemente nos buscaba en la radio para hablar de su hijo y saber de alguna pista. No pudimos ayudarle.

Con mucho temor por lo oscuro y solitarias que estaban las calles y alrededores, salimos en busca de un taxi. Milagrosamente lo logramos y Marcos pretendió volver a su casa al otro lado de la universidad, pero por la presencia de dos sujetos extraños merodeando la zona desistió; y volvimos a la emisora a preparar noticias para el día siguiente. De repente ordenan suspender la cadena con Radio Nacional y justo a las 10 de la noche iniciamos el noticiero con la conferencia en la UES. Fue atrevimiento pues hubo un nuevo llamado a cadena casi de inmediato, aunque generó temor porque algo nos podría pasar.

Esa noche la pasamos en vela, conectados a través de un radio de “banda ciudadana” hablábamos constantemente con Raúl Beltrán y el fotógrafo Iván Montecinos, ambos de la agencia UPI. Fueron horas muy difíciles, sin conciliar el sueño y en medio de la noche me acercaba a la orilla de la terraza del viejo edificio, como queriendo obtener explicaciones de la violencia o rememorando esas imágenes tristes de los jóvenes en los estertores de la muerte.

Al siguiente día volvimos a la tarea, al oficio de informar. Sin duda aquello había sido una experiencia valiosa en el aprendizaje del periodismo, pero el temor era y es humano.

Reportamos que el arzobispo Romero intercedió para que se lograra quitar el cerco a la universidad y los miles que allí se encontraban salieran hacia sus lugares de origen. Él también lo cuenta en su diario en el que destaca que por la tarde ofició una misa frente a catedral por los muertos durante la protesta.

En su diario registra la intensa actividad que tuvo en esas semanas antes de su asesinato. En enerotrabajó en la denuncia por evitar las muertes violentas que ascendieron a unos 500 (16,6 diarios), intensificó sus labores de mediador en el secuestro del embajador de Sudáfrica en el país, Archivald Gardner Dunn, a fines de noviembre por un comando de las FPL, viajó a Bélgica a recibir una distinción de la Universidad de Lovaina y tuvo una reunión con el Papa Juan Pablo II en Roma, luego de gestiones realizadas por Washington pidiéndole apoyo a la junta gobernante que no podía terminar de armar su gabinete después de la renuncia de muchos de sus integrantes.

Las diferencias entre los civiles y militares de la Junta se venían acentuando y me tocó cubrir la conferencia de prensa de los Ministros de Agricultura, Enrique Álvarez Córdoba (asesinado en noviembre de ese año junto a varios dirigentes del FDR) y Salvador Samayoa, quien unos días después anunció su incorporación a las FPL, el mayor de los cinco grupos armados que integrarían después el FMLN. Junto a ambos estaban otros funcionarios que también renunciaron.

Álvarez Córdova, el acaudalado empresario convencido de la realidad de su país se había comprometido a promover los cambios, pero ese día fue contundente en su denuncia y claro en su renuncia al gabinete de un gobierno que cada vez parecía inclinado más a la derecha y encausado a reprimir a la población que se opusiera.

Las lecciones recibidas en el aula sobre el periodismo y la práctica en la misma universidad en donde también se había desatado una violencia interna, además del aprovechamiento de su campus para actividades de organizaciones populares y hasta clandestinas, me habían servido para entender la forma en que tendría que hacer periodismo.

Fue una experiencia valiosa para mi formación periodística y conciencia humana, aunque me costaba entender el por qué los medios tradicionales ignoraban la realidad dura que los salvadoreños estábamos viviendo.

Ahora, después de 34 años de su crimen la figura del obispo mártir sigue creciendo y muchos le llaman “San Romero de América” o “Pastor de los pobres en El Salvador”, como lo reflejaban las leyendas escritas en camisas o pancartas que portaban cientos deperegrinos entre el 22 y 24 de marzo cuando la iglesia y los feligreses conmemoraron el magnicidio.

También se espera que El Vaticano pronto le beatifique, como lo consideró en una peregrinación el Obispo Auxiliar de San Salvador, Monseñor Gregorio Rosa Chávez. “Sentimos que estamos muy cerca de su beatificación, todos los signos nos indican que esa fecha se acerca”, dijo a una agencia internacional de noticias al aludir el proceso que se inició en 1995.

Esa tarde de domingo del 30 de marzo de 1980 todo presagiaba que los negros nubarrones desatarían una tempestad en El Salvador, tal como ocurrió durante los 12 años siguientes. Por mi parte seguí acumulando experiencia y dejé de ser el muchacho inexperto.

Los Curiosos

Fuente: ContraPunto El Savador

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