Llegué a la librería de la UCA y le pregunté al señor que está en la entrada:

--¿El libro de Sánchez Cerén?
--En la sección de Política --pausa--.
Allá, detrás de los libros infantiles.
--Excelente lugar --le dije.
No se rió. O la broma fue mala o no le gustó que un desconocido con barba hablara así de la distribución de su librería. No lo culpo.  
Y desde luego que lo primero que hice fue leer el prólogo de Lorena Peña. Su padre, José Belisario Peña, ya fallecido, es uno de los hombres más admirables que he conocido, con convicciones firmes desde que, en 1944, siendo teniente, se alzó contra la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez. En 1972, durante el golpe de estado --fallido-- contra Fidel Sánchez Hernández, fue el último en rendir su posición, que era ANTEL; ya todos los demás jefes militares habían huido o se habían entregado, y él seguía resistiendo. Por allí de 1980 o 1981 estuvo preso en El Salvador, siendo ya miembro de las FPL. Desde su celda oyó cómo torturaban durante tres días, y luego asesinaban, a Armando, el compañero junto con el cual lo capturaron, un gran amigo suyo y también mío. Poco después, de regreso en México, le detectaron un cáncer bastante agresivo, y se ofreció para que experimentaran con él nuevos medicamentos, para que su muerte sirviera de algo. Un viejo impresionante. Su hijo, Felipe Peña, fue de los primeros militantes de las FPL. (Algunos dicen que fue del núcleo inicial, pero gente de ese núcleo me aseguró que no, que entró poco después.) Su hija, Virginia Peña, murió combatiendo en Guazapa unas semanas antes del cese el fuego que terminaría en los Acuerdos de Paz. Otra hija --no recuerdo su nombre-- fue desaparecida en 1979 o 1980. Una bebé suya nació en mi casa, literalmente. Así que algo interesante podía esperar del prólogo. Y sí. En la segunda línea habla del "legendario comandante Salvador Sánchez Cerén", es decir: una figura que se ha convertido en leyenda debido a sus méritos. Me sonreí de ladito porque recordé cuando lo nombraron primer responsable de las FPL. Las apuestas estaban en favor de Salvador Guerra, ahora retirado de la política, y Valentín, quien quedó como segundo responsable. El comandante en jefe sería Leonel González, y le pregunté a mi padre quién era. Frunció el ceño, como preocupado, y me dijo:
--¿No conoces los escritos pòlíticos de Leonel?
Pude haber contestado que claro, que los tenía en un lugar preferencial de mi librero, pero con mi padre era mejor no andarse con cuentos, así que le dije la verdad:
--No. --¿En serio? ¿Tampoco sus escritos militares?
--No.
--Pero sí has oído hablar de los combates en los que ha participado, los pueblos que ha tomado, las ofensivas...
--No.
--Pues ése es Leonel --me dijo, y de haber sido otra persona hasta habría jurado que estuvo a punto de llorar. No veo el momento de empezarlo --después de leer a Sandino; hay prioridades y jerarquías-- y de leerlo lo más objetivamente que pueda, incluso tratando de no reír. Por allí escribiré alguna nota acerca de las memorias del... uh... mítico comandante. Algo es claro: el objetivo es mostrar una cierta imagen con fines absolutamente obvios, o sea la campaña electoral. Aun sin haberlo leído, me parece una torpeza política: allí hay información que dará a sus adversarios, ya sea porque la haya puesto o porque no la haya puesto. Ésta es la hora en que habrá gente diseccionando el libro para ver de dónde se pescan. Para mí sólo hay algunos puntos que quiero conocer --su infancia en Quezaltepeque, de la que habla en el primer capítulo, me tiene un poco sin cuidado, aunque tr

aiga foto de él pequeñito-- y cotejar con lo que ha dicho y hecho a lo largo de los años. 

Y también en la librería de la UCA, por $8.50 menos que el de Leonel (o sea por $5) encontré Secuestro y capucha, del --ése sí-- mítico Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial, en una edición que se ve absolutamente pirata, pero también absolutamente comprable, para que no le digan a uno ni le cuenten demasiada paja. No está junto a los libros infantiles, sino en un anaquel rotativo del fondo a la derecha. Sí está bien distribuida la librería, por lo que parece.

Lo que es la historia...

En la revisión de los materiales acerca del caso Ana María-Marcial me he encontrado curiosidades que vale la pena registrar. Por ejemplo, en el comunicado en el que se acusa a Marcial de haber ordenado el asesinato de Ana María, las consignas que se emiten para el periodo son sintomáticas, al menos un par de ellas.
Por ejemplo la de "Viva la unidad político ideológica...", etcétera.
Es una consigna evidentemente "diseñada" después de la muerte de los principales comandantes, y su fin es, bueno, buscar la unidad de las FPL. (En el cuerpo del documento se hace un llamado a los militantes que se han ido de la organización a regresar a la lucha, etcétera.)
Es interesante que la consigna la lancen precisamente quienes fomentaron la división ideológica dentro de las FPL: ésta era una organización con una línea bien definida y con un accionar que se correspondía con ella, esto es: aceptaron trabajar con una organización marxista-leninista, de carácter proletario, con un estilo de hacer las cosas que estaba a la vista. Y lo que hicieron fue copar posiciones, darle la vuelta a la moneda, y en el camino se quedaron los cadáveres de Marcial y Ana María. Pero eso es política básica, y qué le vamos a hacer.
La más significativa es la de "¡Revolución o muerte! ¡Venceremos!" Hasta ese momento, la consigna con la que se firmaban todos los comunicados y la correspondencia interna de las FPL era "¡Revolución o muerte! ¡El pueblo armado vencerá!" Hasta había una abreviatura, para no poner tantas palabras: ROMEPAV. Sí, suena chistoso, pero así se firmaba: "ROMEPAV, Fulanito."
La pregunta es: ¿dónde quedó el pueblo en esa consigna? El asunto no es banal: una consigna es la concreción, en una sola frase, de un momento coyuntural, de una línea estratégica, de una ideología y de un marco de acción, todo al mismo tiempo. Lenin era genial para eso: "Todo el poder a los soviets" es una consigna que resume, por ejemplo, todos los objetivos de la Revolución de Octubre en unas cuantas palabras.
O sea que el viraje estratégico de las FPL, tras la muerte de sus máximos dirigentes, fue más brusco de lo que uno se atrevería a pensar y, entre otras cosas, la "nueva" consigna habla del grado de militarización al que pudo llegarse y de la abstracción de la cúpula en sí misma.

 Por suerte, en los documentos de finales de 1983 vuelve a aparecer el ROMEPAV... pero en segundo lugar después de la de "¡Venceremos!" Si uno se pone sutil, hasta puede correr el riesgo de leer: "Venceremos [¿quiénes?] a través del pueblo armado." Si suena a sensibilidad excesiva, lo lamento; las consignas nunca se tomaron a la ligera, y supongo que menos en esos momentos.
Otra cosa interesante, en el primer fragmento que se reproduce, son las firmas de la dirigencia máxima de las FPL en diciembre de 1983.

Si se dan cuenta, allí están, avalando la condena a Marcial, dos personajes muy especiales: Mayo Sibrián, el comandante psicópata de la Zona Paracentral. Aparece como el sexto en la jerarquía de la organización, más o menos la misma posición que ocupaba Leonel antes de la muerte de Marcial y Ana María. Sibrián asesinó a por lo menos un millar de militantes, simpatizantes y colaboradores entre 1980 y 1988, cuando fue degradado. Lo fusilaron apenas en 1991, poco antes de la firma de los Acuerdos de Paz; gracias a eso el Informe de la Comisión de la Verdad no menciona sus crímenes y lo más grave que se atribuye a la guerrilla es el asesinato de alcaldes, a cuenta del ERP.
El otro nombre es el de Miguel Castellanos, conocido como El Ronco. Su verdadero nombre era Napoleón Romero García. A mediados de abril de 1985, dos años después del suicidio de Marcial, comenzó a delatar por la televisión, en horario estelar, todo lo que sabía de las FPL, del FMLN y de lo que le preguntaran. Según algunos, fue atrapado por la Guardia Nacional y lo hicieron hablar; según otros, se entregó y ofreció colaborar; según algunos más, desde hacía años era un infiltrado del régimen. Lo cierto es que fue asesinado el 16 de febrero de 1989 por la guerrilla, cuando dirigía el Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN). Siempre me ha llamado la atención el nombre que le puso; quizá fuera casualidad que las siglas se correspondieran con el segundo apellido de Salvador Sánchez Cerén, pero no creo que nadie lo notara. Ciertas informaciones indican, por otra parte, que no fue asesinado por las FPL, sino por un comando del Partido Comunista. Es raro: el PC casi no se dedicaba a ese tipo de acciones, y las FPL sí. También al PC se atribuyen otros asesinatos similares en ese año: José Antonio Rodríguez Porth, Francisco José Guerrero, Edgar Chacón, Francisco Peccorini Letona y el fiscal de la república, José Roberto García Alvarado. Me da la impresión de que el asesinato de El Ronco fue un modo de tratar de desviar la atención hacia las FPL, para que se creyera que eran acciones suyas, y que todos los demás fueron una especie de cortina para ocultar que a quienes se quería matar realmente era a Rodríguez Porth y a Guerrero; eran los negociadores naturales del régimen en un proceso de paz, y eran juristas y polemistas temibles.

Como soy bien desconfiado, me puse a pensar: ¿habrá dejado Sánchez Cerén esas dos firmas en la reproducción que hizo del comunicado en su autobiografía Con sueños se escribe la vida? La respuesta está aquí:  

Sí, las dejó. Al menos en eso no mintió, y se agradece. Mientras no se sienta orgulloso de ellas...

Firmas

Fuente: Tribulaciones y Asteriscos

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