“… Este es el Bloque… Este es el Bloque…” Y seguían las consignas desde la otra punta de la marcha “… El socialismo viene y nadie lo detiene, el socialismo viene y nadie lo detiene…” “..La tiranía militar fascistoide morirá con la revolución, Che…” “…Con tanques y metrallas, al pueblo no se calla… con tanques y metrallas al pueblo no se calla…”

El Movimiento de Estudiantes Revolucionarios de Secundaria, MERS, fue una de las organizaciones medulares del BPR y por qué no decirlo, una de las más beligerantes – junto con FECCAS/UTC – en la lucha revolucionaria. El MERS estaba organizado en una dirección nacional [DN], varias direcciones regionales [DR] y decenas de direcciones locales [DL] y cientos de colectivos de estudios. Cada una de las direcciones de los tres niveles contaba con diversas comisiones de trabajo, por ejemplo, organización, finanzas, propaganda, seguridad, y conflictos. La DL de Zacatecoluca contaba con todas esas comisiones de trabajo, y colectivos de estudio, pero yo aquí en este texto quiero referirme en concreto a la Comisión de Seguridad local y regional: es mi forma personal de recordarlos y de sacudirles el polvo del olvido, y de rendirles un homenaje sencillo porque la mayoría de ellos cayeron en combate.

En la DL estaba Roberto Olmedo Nóchez alias Mangandi, que no era otro que el ideólogo de “Los Bichos del MERS de Zacatecoluca” por lo menos el más claro en cuanto a las ideas revolucionarias de Carlos Marx, Hegel, Engels y Lenin. Carlos Alfredo Carrillo era el responsable de la comisión de seguridad allá por agosto de 1977. La comisión había sido creada y organizada en base a las necesidades de la época pero no contaba con instrumentos para ello, solamente había ideas en cuanto al concepto de seguridad se refiere, nada más. Roque y yo ingresamos a dicha comisión, y la prueba de fuego fue mandarnos a prestar seguridad a una de las tantas marchas del BPR, con hondillas y cocteles molotov, ¿qué les parece? En pleno centro de San Salvador y a finales de 1977. Antes de esto ya habíamos estado en pintas de propaganda por las madrugadas en la ciudad de Zacatecoluca, solamente armados de conciencia y mucha fe por la causa revolucionaria.

Salvador, El Chele Oso, era el responsable de la comisión de seguridad que estaba estructurada y operaba en la región que comprendía San Vicente, La Paz, y Usulután. María, una jovencita de piel morena y de bello rostro hacía las veces de segunda responsable de la comisión de seguridad regional. Juventino y Oscar eran los responsables en Tecoluca, ambos eran nativos de Las Pampas. Había un compañero a quien le apodábamos “El Gallo” que era el responsable de seguridad del MERS de El Carmen y Cojutepeque. La comisión de seguridad de Zacatecoluca era la más numerosa ya que llegaba a juntar unos seis bichos y bichas organizados pero cuando juntábamos todos los recursos regionales formábamos un grupo considerable. Y con ese grupo participamos en cada marcha que se ejecutaba en cualesquier parte del país, siempre y cuando la dirección local, regional o nacional del MERS así lo requería, o la dirección del BPR nos pedía apoyo.

La Comisión de Seguridad no disponía de armas de fuego para la misión que se le había encomendado por la dirección del MERS. Solo disponía de cocteles molotov, gasolina, hondillas, tablas con clavos mejor conocidas como peinetas para poncharles las llantas y detener a los vehículos que se nos lanzaban encima con la intención de atropellarnos, y un enorme convencimiento y ganas de hacer lo mejor posible para reducir los riesgos. Algunos de sus miembros disponían de armas personales. Por ejemplo, Carlos Carrillo alias El Pollo Chele disponía de un revólver .38 special, El Chele Oso disponía de otro igual, Juventino tenía un revólver totalmente desconocido cuyo calibre era 32.20, y Numan Vaquerano disponía de una pistola calibre .38 Auto Super Colt cuyo seguro se atascaba generando dificultades en situaciones de riesgo. A veces nos prestaban pistolitas calibre .22 para prestar seguridad en las marchas, y en la mayoría de los casos recurríamos a los compañeros de la UTC que nos prestaban sus revólveres y pistolas y en casos especiales sus “escobas” como se conocían en aquellos tiempos las escopetas recortadas calibre .12. Una noche, en una casa de unos compañeros de Zacatecoluca, apareció El Chele Oso con un revólver calibre .22 el cual examinamos con pulcritud, tenía un cañón de unos 15 centímetros de largo y comenzamos a utilizarlo pero a la vez decidimos llevarlo a un armero con la intención de preguntarle si era posible convertirlo a .22 mágnum. Y así fue. Lo convertimos en un revólver .22 mágnum que poco a poco fue ganando fama y fue renombrado “quiebra-huevos” por lo largo del cañón. Después nos apoderamos de una pistola calibre .32 Auto y así, poco a poco, fue creciendo el parque de la comisión de seguridad. Pero todo esto no era mucho, y más bien parecía una broma de mal gusto comparado con el poderío de fuego de las fuerzas armadas gubernamentales que reprimían y masacraban al pueblo. Pero así se comenzó y el movimiento estudiantil y campesino se fue radicalizando, utilizando aquella filosofía de ir de lo simple a lo complejo.

A principios de 1978 se nos pidió contribuir, junto con los responsables de seguridad de la UTC, a montar el sistema de seguridad para una reunión clandestina que duraría unos tres días, según nos informaron. Los asistentes a la reunión no fueron otros que los miembros de la dirección nacional del BPR. Dicha reunión se realizó en Las Lomas de Angulo, al sur del volcán Chinchontepeque. Allí estuvo Juan Méndez que dos años después llegaría a ser el comandante Luisón jefe del frente para-central, allí estuvo Numan Vaquerano, de la dirección nacional del MERS quien llegaría a ser el comandante Juanón, segundo jefe del frente para-central y que a la muerte de Luisón asumió la primera jefatura de dicho frente, también estuvo Facundo Guardado y otros directivos cuyos nombres ahora no recuerdo. La comisión de seguridad del MERS de Zacatecoluca se hizo presente dando su apoyo para facilitar dicha reunión. Oscar, Juventino, Roque y yo estuvimos dando seguridad en aquella histórica y lejana reunión. Salvador El Chele Oso llegó una tarde a revisar cómo estábamos de moral y para ver que el sistema funcionaba, y luego se marchó.

Lo mismo hicimos, en aquel año de 1978, cuando fuimos a dar apoyo a la comunidad de “Tres Ceibas” en el cerro de Guazapa después de una matanza de campesinos realizada por elementos de la Organización Democrática y Nacionalista, ORDEN, que fue organizada y dirigida por el general Alberto Medrano. Aquella vez fuimos unos 5 compañeros a prestar apoyo y a dar nuestra solidaridad incondicional en momentos difíciles para los campesinos de la zona. Apenas portábamos revólveres .38 special pero nuestro valor y conciencia podía más. Allí estuvimos cuasi dos semanas: cuando regresábamos para Zacatecoluca fue un momento muy difícil ya que en esos pocos días habíamos hecho una camaradería fuerte con los compañeros de FECCAS de Tres Ceibas. “… El 24 de diciembre FECCAS estaba de fiesta cuando una pandilla de ORDEN les hizo una balacera… acérquense compañeros… todavía no me han matado… aplíquenle a esos bandidos la ley del proletariado… toma tu metralleta con valor… vamos a hacer la revolución…” Estas letras son parte del texto de la canción que los compañeros campesinos de la zona habían escrito, y la cantábamos todos los días y a toda hora para darnos valor y coraje mientras las patrullas de ORDEN merodeaban por cantones y caseríos vecinos, robando, quemando y asesinando.

En el segundo semestre de 1978, no recuerdo exactamente ni el mes ni la fecha, el sindicato de los trabajadores de la empresa embotelladora de gaseosas “Tropical” se fueron a la huelga exigiendo mejores prestaciones como parte de la lucha reivindicativa de los trabajadores pertenecientes a organizaciones miembros del BPR. Y a la dirección regional del MERS llegó una solicitud de apoyo ante lo cual la dirección decidió enviar a voluntarios de la comisión de seguridad. Y se pidió voluntarios porque no se sabía cuánto tiempo íbamos a estar allí dando apoyo a los compañeros obreros. Roque y yo estuvimos entre los voluntarios. A eso de las 4 de la tarde abordamos el bus de la ruta 133 para San Salvador. El Chele Oso nos esperaba en un contacto establecido de antemano. Y en horas de la noche, amparados por las sombras y la luz opaca de las farolas, entramos a las instalaciones de “La Tropical” frente al “Reloj de Flores”. Ahora no recuerdo cuántos días estuvimos allí, pero creería que por lo menos fue una semana. La situación era tensa, porque ese año fue de lucha reivindicativa, huelgas y paros laborales por doquier y las fuerzas de seguridad, léase, cuerpos represivos, en las calles con todo su poderío militar masacrando a los trabajadores, estudiantes, vendedoras de los mercados, pobladores de tugurios, entre otros. Hacíamos guardia por turnos, de día y de noche, pero por la noche era más peliagudo porque agentes de los cuerpos represivos llegaban a las instalaciones de “La Tropical” haciendo intentos por entrar por la fuerza y desalojarnos a tiro de G-3. Y nosotros dentro sintiéndonos fuertes por el apoyo que nos brindaba el pueblo organizado que nos llevaba alimentos y otras cosas. Porque en cuanto a herramientas, solo disponíamos de revólveres, pistolas, y alguna escopeta, contra tropas bien entrenadas que se transportaban en vehículos militares, algunos incluso blindados. Recuerdo que los trabajadores de “Industrias La Constancia S.A” también se habían ido a la huelga. Cuando nos cortaron el abastecimiento de agua para presionar al sindicato en huelga, comenzamos a beber gaseosa de la que se embotellaba en dicha empresa. Y así fueron pasando los días hasta que se levantó la huelga y el BPR organizó una marcha de apoyo mientras nosotros, los hombres y mujeres de la seguridad, nos retiramos por grupos en horas de la noche y de la madrugada.

“… por aquí compañeros, por aquí” gritaba la Lupe Erazo mientras la marcha se desplazaba por una de las calles del pueblo. “… Compañeros son los huevos”, le respondió socarrón un agente de la guardia nacional que estaba sentado en una silla haciendo de centinela frente al puesto de la GN de San Sebastián, municipio norteño del departamento de San Vicente. El agente tenía el rifle automático G-3 en sus piernas, sus manos puestas sobre él. Dentro de la casa cuartel había unos 8 agentes más de aquel cuerpo represivo. Iban a ser las 10.00 am de aquella mañana de mediados de 1978 cuando la marcha estudiantil organizada para apoyar a los estudiantes del MERS que habían organizado la huelga en el colegio de bachillerato de aquel pueblo cruzaba frente al puesto de la guardia nacional coreando las consignas de la lucha estudiantil y del BPR. Yo estaba recostado en la pared de la casa contigua al puesto militar como cualesquier curioso y entrometido del pueblo y a unos cuatro metros del agente de la benemérita, parecía tranquilo ya que el agente ni siquiera había notado mi presencia, pero en el fondo yo estaba tenso y con el revólver .22 mágnum bajo mi camisa, listo para desenfundarlo por si el agente de la guardia se levantaba de su silla, pero afortunadamente no lo hizo, allí se quedó quieto mirando a los estudiantes desfilar y escuchando las consignas combativas del movimiento estudiantil. La marcha dobló por la esquina y el agente se quedó allí sentado escudriñando las casitas de la esquina por donde acababa de perderse el grupo de muchachas y muchachos de la estudiantina. Entonces seguí mi camino tras la marcha y cruzando por las narices del agente, y todavía tuve el valor de decirle “buenos días” pero mi alma cuasi “se hacía en los pantalones” por el miedo, pero los bichos de la comisión de seguridad estábamos presentes: Oscar caminaba en la acera opuesta mirándome de frente, Roque y Juventino marchaban delante de la marcha, y por allí iba El Chele Oso coordinando todo aquel esfuerzo de protección a nuestros compañeros.

Aquella calurosa tarde del año de 1978 veníamos de una reunión del MERS celebrada en La Paz Opico, cuando abordamos el tren en la estación de Tehuacán. El tren arrancó luego de bajar y de subir pasajeros. En los vagones principales cercanos a la locomotora viajaban tres agentes de la guardia nacional. El Chele Oso y yo nos acomodamos en el último de los vagones. A pesar de que viajaba mucha gente había espacio suficiente para sentarse y tomar un buen descanso mientras se disfrutaba de la acuarela rural vicentina a la altura del Chinchontepeque. Pasando El Puente de hormigón y ya a la altura del caserío El Burrito divisamos un enorme garrobo que tomaba el sol en uno de los árboles de tigüilote que hacían de centinelas a orillas de los rieles del ferrocarril. De pronto, El Chele Oso hizo un movimiento brusco y desenfundó su revólver .38 special y le disparó al garrobo. La detonación sonó fuerte y sorda porque el revólver tenía un cañón muy corto. En las ramas del árbol de tigüilote, el garrobo levantó la cabeza de forma desafiante ya que la bala ni siquiera lo había asustado. Los guardias nacionales que viajaban en el tren nos miraron quisquillosos pero no reaccionaron porque El Chele Oso había sido guardia nacional y cuando era necesario actuaba como tal confundiendo al enemigo, y es posible que hayan creído que se trataba de un colega que operaba vestido de civil. Acto seguido, El Chele Oso, con una tranquilidad pasmosa, le quitó el seguro y abrió el cilindro o tambor del revólver y le sacó el casquillo vacío y lo cambió por uno nuevo. El revólver de El Chele Oso tenía el martillo quebrantado, le faltaba la parte superior, pero El Chele decía que era parte de su identidad ya que la mitad del pulgar derecho del Chele había sido cortado, según decían en una pelea de machetes de cuando El Chele había servido en la guardia nacional pero de esa historia El Chele Oso jamás habló, ni para corroborarla mucho menos para desmentirla. El revólver todavía echaba humo por el cañón mientras el tren seguía rumbo a Zacatecoluca. Yo me quedé boquiabierto, con mi mente totalmente en blanco porque esa tarde yo iba solo con las diez uñas, iba desarmado. El tren seguía serpenteando por en medio de los tempates de El Burrito y luego por los potreros de la estación de Las Cañas mientras yo en la banca, sentado, iba pensando que si los agentes de la guardia nacional hubieran reaccionado de otra forma solo nos habría quedado la alternativa de saltar del tren como en la película “fuga en cadenas”.

En la cancha de la escuelita destartalada de La Paz Opico, por las tardes y después de intensas reuniones, solíamos jugar aquel juego denominado “el tunco”. El juego se organizaba de la siguiente manera: uno de los participantes era designado para ser “el tunco”, este tenía que correr lo más que pudiera y en zigzag, evitando que los demás participantes lo atraparan, porque lo central del juego era correr y hacer ejercicios físicos, pero la parte jocosa era que cuando se atrapaba “al tunco”, se le reducía al suelo y todos teníamos que sentarnos en él, todo el enjambre de participantes, y luego se elegía a otro para ser “el tunco”. “Chele, Chele…juguemos el jueguito del tunco…” le decía riendo Numan Vaquerano al Chele Oso. Todos nos reíamos porque Numan medía más de 1.9 metros de estatura y era delgado, pero además era el que corría más rápido, era difícil apresarlo, y en la mayoría de las tardes de juego significaba correr como chiflados toda la tarde sin poder darle captura. El Chele Oso era robusto, pesaba más de 180 libras, por lo tanto era más fácil de apresar y sentarse en él pero cuando a Numan se le apresaba sufría porque El Chele Oso se le dejaba caer haciendo énfasis en el peso de su cuerpo, y todos disfrutando de las bromas. Así seguía la vida con aquellos hombres y mujeres que sabían y tenían claro, y además le dedicaban sus vidas, al rollo de la lucha revolucionaria. Aun desconozco quién se inventó aquel juego del tunco, porque en agosto de 1977 cuando yo ingresé al MERS ya lo jugaban, sin embargo jamás lo olvido porque nos alegraba las tardes allá por la fuente de aguas de La Paz Opico donde las tiernas jovencitas se bañaban con ropas por el pinche pudor y los duendecillos en sus lianas mirando hacia abajo aquellos bellos cuerpos, enigmas de la naturaleza. En esa misma cancha de la escuelita destartalada de La Paz Opico, tres años después, Porfirio, Boris y yo, perderíamos la espoleta de la granada industrial durante la instrucción militar a las tropas nuevas.

Aquel domingo de 1978, a tempranas horas de la mañana, la marcha de protesta reivindicativa de los campesinos organizados de la UTC se realizaba en Jiquilisco, municipio del departamento de Usulután. Hacía allí se dirigían los campesinos de las comunidades organizadas del departamento de La Paz, San Vicente y Usulután. Cuando nos hicimos presentes, la comisión de seguridad de la UTC compuesta por integrantes de Las Milicias Populares, ya estaba en el lugar portando “escobas” recortadas calibre .12 ocultas en sacos de yute y de mezcal. Entre el grupo de seguridad de la UTC estaba El Coco-Seco, mi hermano Salvador Sánchez. Nosotros partimos temprano y en bus desde la terminal de Zacatecoluca, y allí, Numan Vaquerano me pasó su pistola .38 Auto Super Colt. En plena marcha apareció un grupo de agentes de la guardia nacional y hubo varios disparos ante lo cual los participantes de la marcha fuimos obligados a dispersarnos por montes y caminos aledaños a Jiquilisco. En la caminata por montes, cañaverales y pantanos, venimos a salir del atolladero por San Marcos Lempa y allí tomamos el bus de regreso para Zacatecoluca. En el bus de regreso me dormí totalmente y con la pistola de Numan bajo mi camisa. Recuerdo haber cruzado El Puente de Oro, cuando de pronto sentí un toque suave en el hombro y brinqué asustado: “Bicho”, me dijo el cobrador del bus, “ya llegamos al pueblo…” Abrí mis ojos asustado y soñoliento, y entonces vi el árbol de amate negro donde Masferrer, por la carretera litoral: las manecillas del reloj marcaban cuasi las dos de la tarde.

Estos textos con relatos de la comisión de seguridad de Los Bichos del MERS de Zacatecoluca incluyen el periodo desde el segundo semestre de 1977 y todo el año de 1978, pero solo les relato una selección de historias, ya que la verdad pura es que como comisión de seguridad del MERS de la región para-central estuvimos presentes en todas las marchas organizadas por El BPR y sus organizaciones miembros, además apoyamos algunas actividades más combativas como “apedreos” a casas de patrulleros y orejas que se habían hecho notables como contrarrevolucionarios. Unas marchas fueron más reprimidas que otras, unas más sangrientas que otras como la marcha de protesta realizada por los campesinos organizados de la UTC y FECCAS en San Marcos cuando los militares infiltraron a los patrulleros de ORDEN en las filas de la marcha, y de repente comenzaron los tiros de pistolas y de revólveres y los machetazos dentro de las filas campesinas. Y en el medio del zafarrancho tuvimos que correr porque nadie identificaba o sabía quién le disparaba a quien y para colmo la guardia nacional había tomado posiciones en las calles adyacentes viniendo de San Salvador. Y en otras tantas marchas que fueron disueltas por los cuerpos represivos, terminábamos refugiándonos en las aulas de la Universidad Nacional de El Salvador, UES, y algunos de nosotros que no conocíamos muy bien la ciudad capital, terminábamos perdidos por las calles y avenidas, o vericuetos de los barrios capitalinos como fue mi caso un par de veces. Además cuando regresábamos para Zacatecoluca siempre teníamos problemas con el retén militar que ponían las fuerzas armadas en la salida de San Salvador y a la altura de San Marcos. Allí siempre detenían a los buses interdepartamentales, bajaban a todos los pasajeros, y hacían registros minuciosos, y capturaban a los sospechosos: varios compañeros fueron capturados en aquellos retenes, y después ya no se supo de ellos. Una tarde, después de participar de una marcha por la mañana, yo fui bajado de un bus en aquel retén del que les platico, y me pusieron contra una pared junto con los demás pasajeros. El lugar estaba cercado por los soldados portando rifles G-3, eran muchos pero sus rostros sudaban por el nerviosismo. Comenzaron el registro de los primeros pasajeros de la fila y después de revisar a unos cinco, nos ordenaron subirnos al bus, y nos fuimos: yo iba con mi cara de papel por el tremendo susto.

El teniente, de apellido Canizales, de la policía nacional y sus agentes, eran los primeros en presentarse a reprimir las marchas del BPR, y del FAPU. Era costumbre que su fotografía fuera publicada en la portada de los principales periódicos del país un día después de cada marcha: el teniente siempre con su carabina M-1 en la mano y la pistola al cinto. Recuerdo uno de los diarios de la época – ahora no recuerdo si fue la Prensa Gráfica o El Diario de Hoy – en la portada del día siguiente de la marcha aparecía publicada la fotografía de Salvador El Chele Oso que había sido tomada por un fotógrafo en el momento cuando corría huyendo de la policía y de sus balas, con una mano se sostenía la cachucha, y con la otra la falda de la camisa bajo la cual ocultaba el revólver. El teniente Canizales tenía cara de malo y facciones de asesino pero como oficial militar de bajo rango es posible que solo cumpliera órdenes de sus superiores, los coroneles, generales y oligarcas. Y vaya que sabía cumplirlas: era el primero en disparar sin mediar palabra alguna. Y así siguió enfrentándose y reprimiendo a cada marcha hasta el día en que lo abandonó la suerte, y los grupos de autodefensa, campesinos y estudiantiles, le incendiaron el vehículo radio-patrulla con un par de cocteles molotov, y además se lo tirotearon con pistolas calibre .45 y revólveres .38 y de allí no se volvió a saber más de él, y La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy dejaron de darle publicidad.

“¿Lo vieron o no lo vieron…?” La pregunta fue disparada por uno de los borrachos con los que nos topamos aquel domingo a mediodía cuando realizábamos una reunión a orillas del hijoputa río Acahuapa en las vecindades de la ciudad de San Vicente. Y allí estábamos nosotros, Oscar y yo, de La Comisión de seguridad. Era un grupo de unos cinco hombres, borrachos todos, que se toparon con nosotros, los bichos del MERS que sosteníamos una reunión con los compañeros de San Vicente. La pregunta fue disparada en un tono agresivo y amenazador. Y es que algunos de ellos venían armados de pistolas y de machetes envainados así que cuando nos vieron y nos preguntaron que qué hacíamos en aquel lugar les respondimos que estábamos bañándonos y pescando cangrejos, es más, yo personalmente les señalé una monumental piedra y les dije que allí se había ocultado un morrocotudo cangrejo partiendo de que había visto huellas frescas en las arena dejadas por algún crustáceo. De allí la pregunta de si lo vimos o no lo vimos cuando se ocultó. Y es que a ojos de los borrachos, el grupo en el que había muchachos y muchachas de semblantes citadinos, les pareció sospechoso y se aprestaron a indagar. Nosotros también entendimos que los integrantes del grupo de borrachos no eran otros que patrulleros al servicio de las fuerzas armadas gubernamentales así que entablamos conversación con ellos y los desinformamos mientras sigilosamente nos retirábamos de las orillas del hijoputa río Acahuapa. “Claro que lo vimos…” respondí, mientras Oscar y Marta Cerna me secundaban en mi afirmación. En las reuniones posteriores de Los Bichos de MERS, y especialmente Juventino y Marta Cerna, me hacían la broma aquella de si “¿Lo vieron o no lo vieron…?” solo por pura maldad adolescente, pero además, les contaron a los demás miembros estudiantiles que me conocían, sobre el altercado con los borrachos allá por las orillas del hijoputa río Acahuapa.

Mi penúltima misión como miembro de la comisión de seguridad del MERS fue una barricada y concentración organizada entre la UTC y el MERS pasando el hotel Vista Hermosa, por la curva de la carretera y a la altura de Ulapa saliendo de Zacatecoluca, a finales de 1978. A eso de la una de la tarde, campesinos y estudiantes, nos tomamos la carretera, repartimos propaganda y detuvimos el tráfico. Y en eso estábamos cuando un vehículo que transitaba viniendo de San Juan Nonualco se nos echó encima, cuyo motorista manejaba como poseído por el demonio mientras su acompañante, pistola en mano, arremetió contra nosotros: cuasi me puso el cañón de la pistola en la cara porque yo era el que estaba más inmediato, al tiempo que yo le hacía dos disparos con el revólver calibre .22 mágnum “quiebra-huevos”. El automóvil atravesó las barricadas de llantas incendiadas en medio de las llamas y del humo y se perdió por la callecita entrando a Zacatecoluca mientras nosotros, estudiantes y campesinos, nos retirábamos hacia el sur buscando El Cantón Los Platanares.

El MERS en Zacatecoluca

En febrero o marzo de 1979 fue mi última misión como miembro de la comisión de seguridad. Fue una actividad planeada, organizada y ejecutada solo por estudiantes pertenecientes al MERS para obstaculizar el tráfico como una forma de protesta por tanta masacre y violación a los derechos humanos. La barricada con quema de llantas se organizó a eso de las nueve de la mañana allá por el km 58 de la carretera litoral, muy cerca de la fábrica de Aceros S.A. En grupos, organizados por tareas, dispusimos las llantas, las rociamos con gasolina, y detuvimos el transporte particular y colectivo. Hacia la parte oriental estaba Roque, Reinaldo Toñito Miranda, Moris El Fish, y otros tantos compañeros. Hacia la parte occidental estaba yo, Juan Sánchez, Mariano de Jesús Ascencio “Nito” Vela, Ada, y otros compañeros y compañeras. Cuando yo lancé la primera molotov hacia el montón de llantas para que la botella de vidrio al estrellarse contra el asfalto diera inicio al fuego, la botella molotov se fue rodando por sobre el duro asfalto pero sin reventar. Por el otro lado, Roque la tomó con sus manos y la lanzó de nuevo hacia las llantas pero la molotov no reventó sino que se fue rodando hacia mí. Yo tomé la molotov y la volví a lanzar sobre las llantas para iniciar el fuego, pero igual, la molotov se fue rodando hasta los pies de Toñito Miranda. Y así estuvimos un rato de aquella histórica mañana sin poder dar inicio al fuego de la barricada porque las botellas conteniendo los cocteles molotov no reventaban contra el duro asfalto mientras los motoristas y pasajeros de los buses detenidos y otros transeúntes se reían de nosotros los bichos estudiantes, y por nuestra torpeza con las molotov. Por fin logramos reventar un coctel molotov y así ejecutamos aquella barricada y nos retiramos disciplinadamente. Esa fue mi última misión como miembro de la comisión de seguridad del MERS. Aquella mañana yo ya no portaba el revólver calibre .22 mágnum “quiebra-huevos” sino la pistola calibre .45 de Ricardo porque desde varias semanas atrás ya pertenecía a una escuadra guerrillera, y como tal me había ido a la clandestinidad, y había tenido que argumentar y pedir permiso para que me dejaran cumplir con el compromiso de mi última misión en el MERS. Ramón Torres, él mismo que llegó a ser el comandante de la agrupación de batallones, o brigada Felipe Peña Mendoza, siendo el jefe de nuestra escuadra, me dijo que el MERS y la guerrilla eran dos cosas diferentes, sin embargo que podía ir porque luchábamos por la misma causa aunque utilizando métodos de lucha diferentes, aunque lo noté no muy convencido de mis argumentos. La noche anterior a la mañana de la barricada que les platico, allá arriba del caserío El Perical, exactamente por La Finca el 4 de Mayo, Ricardo, guerrillero curtido, viendo que aquel “bichito” iba desarmado, me miró directo a los ojos, y sin mediar palabra sacó su pistola de equipo con sus dos magazines de reserva y una pequeña bolsa conteniendo munición, y me la extendió con sus dos manos: yo también lo miré directo a los ojos y le extendí mi mano en señal de agradecimiento por el gesto solidario. “Ustedes serán excelentes combatientes…” disparó Ramón Torres desde el fondo del ranchito, mientras, por el otro lado, Cristiano y Juan, nos miraron sonrientes en señal de aprobación. Ahora, 35 años después, estoy convencido de que aquellos pequeños gestos solidarios y de camaradería, de hombres rudos y montaraces como Ricardo, nos formaron como lo que fuimos, y todavía somos.

EPILOGO

Numan Vaquerano, originario del pueblo de Apastepeque, municipio de San Vicente, fue miembro de la dirección nacional del MERS y como tal, miembro de la dirección nacional del BPR. Desde agosto o septiembre de 1980 fue el segundo jefe del frente para-central, hasta el 25 de enero de 1981 cuando cayó en combate Juan Méndez, que había sido jefe de seguridad de la dirección nacional del BPR. Juan Méndez llegó a ser el comandante Luisón, primer jefe del frente para-central. El batallón X-21, en realidad se llamaba “Batallón Juan Méndez”, y es que el distintivo X-21 solo era eso, un distintivo para confundir al enemigo. Juan Méndez, el comandante Luisón, cayó en combate en la hacienda La Sabana, un par de kilómetros al sur de San Carlos Lempa, cuando las avionetas que transportaban armas se accidentaron, y Julio Talavera, uno de los pilotos, fue capturado por las fuerzas armadas gubernamentales. Numan Vaquerano o comandante Juanón cayó en combate a finales de 1981 en Chalatenango cuando se dirigía para una reunión de altos mandos y fue emboscado por tropas enemigas. Los compañeros, comandos de la FES, que lo escoltaban también cayeron combatiendo en dicha emboscada. El legendario Marcos/Boris también acompañaba a Juanón aquel día, y logró escapar de la emboscada enemiga con heridas de bala en una de sus manos.

Salvador, apodado El Chele Oso, era originario del pueblo de San Lorenzo, municipio de San Vicente. Fue miembro de la dirección regional del MERS y responsable de la seguridad a nivel regional. Cayó en un enfrentamiento combatiendo contra tropas de la guardia nacional por el km 58 de la carretera litoral, a la altura de la fábrica de Aceros S.A, el día 29 de junio de 1979. En ese enfrentamiento resultó herido Roque, pero logró huir, allí cayó también otro compañero.

Carlos Alfredo Carrillo apodado por nosotros El Pollo Chele, originario de Zacatecoluca, cayó en una casa de seguridad en San Salvador cuando guerrilleros de Las FPL se enfrentaban a tropas del ejército que descubrieron dicha casa. Es posible que haya sido a finales de 1979, o a principios de 1980. Me narraron que fue el último de la escuadra que cayó combatiendo frente a un vehículo blindado, al parecer una tanqueta.

Juventino, originario de Las Pampas, un par de kilómetros al sur de Tecoluca, cayó por el km 58 de la carretera litoral y a la altura de la fábrica de Aceros S.A, en 1979, cuando fue bajado de un bus y detenido en compañía de su novia por tropas de las fuerzas armadas gubernamentales, posteriormente los dos fueron ejecutados por sus captores pero jamás se supo de sus cadáveres.

Oscar, originario de Las Pampas, y uno de mis compañeros más cercanos, cayó en un enfrentamiento contra tropas de la guardia nacional a la altura de La Cruz Verde, cerca del Ingenio azucarero Jiboa por la terrible carretera Tecoluca a San Vicente, en junio o julio de 1980. La dirección partidaria o de las estructuras de masas decidieron realizar una barricada a la altura de La Cruz Verde, y para ello dispusieron a los bichos de la comisión del MERS, y allí estaba Oscar, que era el último que quedaba de los, ya para ese tiempo, veteranos de la comisión. Oscar y unos siete muchachos de la última generación del MERS a los cuales conocí muy poco se dispusieron para la misión. Aquella mañana, muy temprano, yo estaba en la escuelita destartalada de La Paz Opico siendo ya parte del mando guerrillero cuando Oscar llegó a buscarme para hablar conmigo y saludarme. Pasaban las siete de la mañana de aquel soleado día. Nos dimos la mano, nos miramos a los ojos, sonreímos, le pasé unas tres cargas de tiros para el revólver .38 special que portaba y un poco más de una hora después escuchamos el tiroteo del enfrentamiento. Pasadas las 09.30 de aquella mañana, Oscar, mi amigo y compañero, y los otros 7 muchachos yacían tirados y perforados de sus cuerpos por las ráfagas de rifle G-3 disparadas por los asesinos de la guardia nacional. Más tarde fuimos a recoger los cadáveres de los ocho compañeros y los transportamos para La Paz Opico para darles sepultura. Todavía me pregunto quién fue el hijoputa que se le ocurrió mandar a los muchachos con revólveres y pistolas a realizar la barricada en aquellos momentos cuando ya la guerra se había generalizado en todo el país, y nosotros, la guerrilla, ya estábamos a un promedio de detonar cinco minas vietnamitas diarias en dicha carretera, y las tropas de las fuerzas armadas y de los escuadrones de la muerte patrullaban a diario, disparando a todo lo que se movía para no perder el control y la iniciativa táctica.

Roque Mejía, es el hermano menor de Ramón Torres, afortunadamente sigue vivo, y anda por allí respirando aire, y padeciendo los destrozos físicos por los años vividos, y acompañado de muchos recuerdos, y enfermedades.

¿Y yo? Bueno, ya no sé ni qué decirles. Quizás que algunas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si no me hubiera tocado vivir la guerra. Pero no tengo la respuesta, y siempre me consuelo pensando que después de una larga noche oscura siempre hay un amanecer, que después de una fuerte tormenta siempre alumbra el sol pero eso es utopía. La realidad siempre es más cruda y duele mucho, sobre todo cuando uno tiene el alma enmarañada, y agrietada por tanta herida: y es que a la medianoche, cuando la soledad es más filosa y dulce, y los demonios se hacen presentes, hasta el más macho entre los hombres pierde el sueño.

SPT | Miércoles 14 de mayo 2014

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