Al fin creo haber terminado este relato. Así como está se lo leímos, junto con otro compañero, a la madre de Celso y a su hermana un año antes de que falleciera. También le conté la historia de su hija Dora Alicia caída el 20 de marzo de 1981 a orillas del rio Tizate en las cercanias de San Geronimo en Cabañas.  

[16] EL COMANDANTE CELSO | JOSE ROBERTO SIBRIAN

Caserío El Mono | miércoles 14 de mayo de 1980

Aquella mañana amaneció fresca, limpia, y olorosa a pino. El cielo despercudido, manso y profundo. La placidez rural como pintarrajeada en una acuarela. Y el tiempo perezoso, traveseando entre los árboles del bosque. Los perros retozando entre los patios de las casitas y ranchos de paja, unos jugueteando a las escondidas, otros calentándose el pellejo entre los rayos del sol. En uno de los patios muge una vaca escuálida. Más al fondo de la pequeña comunidad relincha un caballo. Y las gallinas cacaraquean picoteando entre los desperdicios del pajar. Y en el interior del bosque comienza la algarabía de los pájaros y otros animales. Y la población absorta en sus quehaceres habituales. Aunque un par de horas más tarde nos sobrevendría un cambio brusco, tanto en el reino celestial como en la tierra: comenzaría a llover, y la invasión de tropas enemigas irrumpiría en el sosegado escenario. A eso de las 08.30 de la mañana comenzaron los combates por el caserío El Mono. En la casita de tablas y bahareque que hacía de centro de reunión de la estructura partidaria había varias pequeñas cajas conteniendo la información del encuadramiento masivo. En otras palabras, allí estaba almacenada toda la información del reclutamiento en masa para las unidades militares, batallones, destacamentos, secciones, pelotones y escuadras que ya estaban en formación y entrenamiento en diversos puntos estratégicos del volcán Chinchontepeque, y otras áreas del Frente Paracentral. Además, había un maletín conteniendo unos once mil colones. De pronto, las tropas gubernamentales irrumpieron en la escena de operaciones. No se sabe por dónde llegaron pero lo cierto es que ya los tenían a las puertas del poblado viniendo por la callecita de piedras. No se sabe por dónde avanzaron pero la verdad es que lo hicieron al amparo de las sombras de la aurora y por entre montes llegando por sorpresa a la posición guerrillera del caserío El Mono. La cruda verdad es que nos sorprendieron. Y eso, a pesar de que nosotros sabíamos, y teníamos información fidedigna sobre la invasión enemiga, invasión que había sido planeada para ejecutarse aquel turbio amanecer. El sistema guerrillero de defensa falló. En lo personal estoy convencido de que el enemigo tenía información interna de la zona y de las posiciones y capacidades militares de cada una de ellas. Los compañeros y compañeras de las diversas estructuras políticas y militares comenzaron a retirarse evadiendo al enemigo y sin intercambiar disparos. A unos doscientos metros loma arriba y entre cafetos, y ya cerca de la planicie cafetalera de La Finca de Calecho Miranda, El comandante Celso, José Roberto Sibrián, al recordar las cajas y el maletín con el dinero, tomó la firme decisión de regresar obligado por la responsabilidad moral de combatiente, un combatiente nato de Las FPL, en busca de la valiosa información y del maletín conteniendo el dinero, ya que tanto el material del encuadramiento masivo como el dinero no debían caer en manos del enemigo. Requirió apoyo de Arturo, nombre de guerra del jefe de La Sección guerrillera posicionada en ese lugar. Pero dicho jefe, solamente le dispuso dos compañeros de la guerrilla originarios de La Paz Opico para que lo acompañaran. Cuando regresaron sobre sus pasos en dirección a la casita construida entre la espesa floresta, las tropas gubernamentales ya estaban en el patio de ésta. Y allí comenzó un histórico combate en el que tres compañeros se enfrentaron a las tropas castrenses hasta pasadas las 13.00 horas. A eso de la una y diez minutos de la tarde, Celso fue cercado y capturado herido de muerte y asesinado, los otros dos compañeros yacían caídos a escasos metros de distancia, en medio de tres enormes piedras. Aquel día, Celso portaba un rifle M-16 que fue el primer rifle de ese tipo que llegó al Frente Paracentral de Las FPL, y además portaba una pistola Browning de 9 mm de alto poder. Allá por el caserío El Copinol lo fue a recoger, un par de noches antes, una escuadra de compañeros, por la terrible carretera que conduce de Zacatecoluca a San Vicente y viceversa. Antes de ese rifle no los conocíamos. Solamente habíamos conocido un rifle AR-15 que teníamos a la disposición. Claro que para esa época ya le habíamos requisado unos ocho rifles G-3 a la guardia nacional. Los otros dos compañeros, apenas unos mozuelos, portaban rifles G-3 con sus respectivas dotaciones de magazines de reserva y munición abundante. El comandante Celso, José Roberto Sibrián, originario de San Pedro Masahuat del Departamento de La Paz, había sido uno de los ocho fundadores de Las FPL. Además había sido representante de la organización guerrillera ante el Partido Comunista de Cuba. También había sido el jefe político-militar de La Brigada Farabundo Martí de las FPL que combatiera exitosamente en Nicaragua todo el año de 1979. Aquel mediodía no hubo tiempo para velar a los compañeros caídos. Solamente se recogieron sus cadáveres. Y se les trasladó unos cientos de metros colina abajo. Y allí mismo se les preparó y a continuación se les dio sepultura junto a unos frondosos árboles. Y de acuerdo a los compañeros que habitan la zona, allí siguen sepultados. En un caserío de casitas humildes y de nombre El Mono. Un caserío que fue bombardeado y quemado. Un caserío triste, perdido y olvidado por la historia, ubicado en las colinas del volcán Chinchontepeque, donde en aquellos tiempos el agua de manantial chorreaba de entre medio de las piedras y de los talpetates, y era parca. Y las hojas de los cafetos y otros árboles de la floresta goteaban savia y germinaban sueños. Y nosotros, las tropas guerrilleras de las gloriosas FPL, bajo las sombras de los pinares, y cobijados por los techos de paja de las casitas de lodo y de bahareque, tejiendo esperanzas con el hilo de las ilusiones, y convirtiéndonos en hombres de verde olivo.

Caserío La Paz Opico | Mayo 1980

A la medianoche del día 12, o 13 de mayo, aunque no puedo precisar exactamente cuál de los dos días por la maraña que reside en mi memoria, se celebró una reunión en la vieja y destartalada escuela rural de La Paz Opico en las estribaciones del volcán Chinchontepeque. La Paz Opico era por aquella época, la meca de Las FPL en el Frente Paracentral. Estuvimos presentes, una parte del Estado Mayor guerrillero y parte del mando del EPL, Ejército Popular de Liberación, unos cuantos Jefes de Las Milicias Populares, además de los representantes del partido, David “Papita” entre otros. David, se llamaba Manuel Osorio, y era originario de La Cayetana. Para la ocasión nos alumbrábamos con una lámpara de kerosene y candelas. Nos sentamos en unos viejos pupitres que utilizábamos para planear y organizar la guerra en el Frente Paracentral. Allí se planearon decenas de operaciones político-militares, y se celebraron cientos de reuniones de trabajo mientras los viejos pupitres crujían por el peso de nuestras quimeras, y la fogosa utopía juvenil. El asunto urgente a tratar fue la inminente invasión en curso por parte de tropas combinadas de Las Fuerzas Armadas gubernamentales, de acuerdo a los informes de inteligencia proporcionados por los canales clandestinos de nuestro partido marxista leninista, y de nuestra inteligencia militar. En la reunión revisamos el plan conjunto de defensa de nuestras posiciones en el volcán Chinchontepeque. Así mismo revisamos nuestros recursos humanos y materiales, e hicimos valoraciones sobre la moral de combate de nuestras tropas guerrilleras, inventariamos la munición, y nos dispusimos a jugarnos los sueños de la vida. En efecto. Los mismos sueños de los cuales aún sigo siendo una parte. Y por los cuales todavía sueño, y sigo siendo verde olivo. El café humeante a la medianoche sabía a montaña tibia y reconfortante, sabía a misterio femenino, y a calor humano. Abajo se veían pestañear las luces del pueblo de Tecoluca cual estrellas en el firmamento. Y sospechábamos la llanura de los caseríos La Cayetana y El Burrito extendida y oculta por las sombras. En tanto aquí nosotros oíamos ruidos y cuchicheos entre la maleza y los cafetales, y los animales del monte retozando entre sus madrigueras. Arriba, los dos cocoteros proyectando sombras gigantes, asumiendo el rol de centinelas nocturnos. Y aquí nosotros, haciendo crujir los pupitres, llenos de mesura y de compromisos, y de aladas quimeras. La utopía circulando entusiasmada por nuestras venas, zambulléndose con su vestido de hojas entre los torrentes de nuestra sangre. Y es que, de esos elementos estaban, y siguen estando, entretejidas nuestras vidas. Así que nos convencimos, una vez más, de estar listos y preparados para enfrentarnos a un enemigo poderoso en materiales de guerra y en cantidad de tropas pero superados colosalmente por la moral de combate de nuestras muchachas y muchachos integrantes de las tropas guerrilleras. Así que nos dijimos “revolución o muerte… el pueblo armado vencerá.” Y a esperar a que amaneciera, aunque tuviéramos mucho miedo de enfrentar nuestras propias angustias, y zozobras. Naturalmente. Miedos y angustias propios de la psicología de los combatientes que pelean en una guerra, cualesquiera que fueran sus tipos, o razón de ser.

Volcán Chinchonteque | miércoles 14 de mayo 1980

El día miércoles 14 de mayo, uno o dos días posteriores a la reunión nocturna de la que les platico arriba, comenzó la invasión a tempranas horas. A eso de las 05.30 de la alborada ya avanzaban las tropas enemigas combinadas entre ejército y Guardia Nacional desde Tehuacán hacia La Cayetana. También avanzaban desde el caserío Agua Caliente, pasando por el caserío El Burrito, y hacia el caserío La India, y también viniendo desde La Hacienda Las Cañas en dirección al caserío El Perical, por la parte sur del volcán. La terrible carretera entre Zacatecoluca y San Vicente rugiendo por los motores de los camiones alemanes Magirus transportando tropas. A la altura del caserío El Perical, los muchachos responsables de la autodefensa, y pertenecientes a diversas estructuras de las milicias populares, detonaron los cohetes de vara avisándonos del avance de la soldadesca enemiga. Se detonaron las primeras minas vietnamitas cuyas explosiones reventaron la atmósfera y se disolvieron en el inmenso cielo. Luego de aquella invasión llegamos a una fase, y que perduró durante todo el año de 1980, de detonar cinco minas diarias en promedio, disputándonos con las tropas enemigas el control táctico y estratégico de dicha carretera. La táctica y modalidad operativa utilizada era una combinación y selección de recursos humanos, materiales logísticos, y el conocimiento del contexto político, social y cultural: una escuadra guerrillera compuesta por cinco compañeros, en horas de la madrugada situaban la mina vietnamita en un lugar previamente explorado y escogido por las condiciones favorables del terreno, cuando las fuerzas armadas enemigas transitaban patrullando, a pie o en vehículo, se detonaba la mina, se disparaba un par de ráfagas cortas, con escopetas o tiros de pistola y a correr en retirada. Pero está mañana de la que les vengo platicando, nuestro contexto se nos dibujaba muy pesado y repleto de incertidumbre, desasosiego, agüero de combates, evasiones, olor a pólvora y a muerte mientras la preciosa mañana caminaba mansamente siguiendo su itinerario celestial hacia la hora del almuerzo. Y la muerte entre ella, vestida de negro, misteriosa y hermosa, explorando el terreno, caminando suave entre la neblina y los cafetos, buscándonos para pasarnos algunas facturas pendientes, así como también buscaba a las tropas enemigas para cobrarles sus respectivas facturas porque la cruda realidad es que de esta tierra nadie se va debiendo nada. “… Con la misma vara que has medido serás medido… y un tanto más.” Nosotros revisando nuestros rifles, y los pertrechos logísticos para los futuros enfrentamientos y las operaciones de hostigamiento que habíamos planeado realizar. La población de los cantones, comunidades y caseríos, organizada por grupos, con sus respectivos líderes, preparada y dispuesta para comenzar las escondidas, o sea el juego del ratón y el gato, enfrentando y evadiendo a un enemigo muy poderoso en materiales y pertrechos de guerra, pero superado por nuestros niveles de conciencia.

La Calle que va desde La Finca Iberia hacia el caserío El Coyolito | miércoles 14 de mayo de 1980

Yo pasé el resto de la noche, hasta pocas horas antes de la invasión, descansando en un rincón allí en la mencionada escuelita, y amaneciendo en el corazón de La Paz Opico. La mañana tenue, y la neblina surgiendo de las alturas, cubriendo todo a su paso. Con unos pocos combatientes, entre ellos El Pirringo, y una cantidad considerable de población civil y de las estructuras de masas, nos retiramos hacia La Finca El 4 de Mayo donde estaban posicionadas las tropas del EPL. Y allí se nos unieron las escuadras y pelotones de la beligerante Sección número Uno, S-1, que estaba apostada en el caserío La India mientras las tropas enemigas ya estaban posicionándose en el caserío El Perical, a menos de un kilómetro abajo de La Finca donde nos encontrábamos nosotros. Con las escuadras venía Raúl Surio y la Chela, dos compañeros originarios de la ciudad viroleña de Zacatecoluca que afortunadamente siguen con vida aunque muestran el paso de los años por sus ojos. Luego nos retiramos buscando el resto de las tropas nuevas que estaban posicionadas en La Finca Iberia. Por la cruz de caminos subiendo para La Finca cafetalera Peñas nos estaban esperando los compañeros del batallón de tropas nuevas. Organizada la retirada y mientras subíamos por la callejuela empedrada hacia La Finca Peñas y el caserío El Coyolito fuimos alcanzados por las tropas del Centro de Instrucción de Ingenieros de la Fuerza Armada, CIIFA, a eso de las 11.00 antes del mediodía. Allí organizamos y montamos una emboscada improvisada y a continuación libramos una intensa refriega que duró minutos y minutos. La primera ráfaga la disparó Jonathan, El Cabo Delgadillo, un jefe de escuadra e instructor del EPL pero el rifle G-3 se le encasquilló y comenzó a fallar. Frente a nosotros escuchamos el sonido metálico de los rifles G-3 de la antena enemiga al caer pesadamente por sobre las piedras de la calle. Pero las tropas que avanzaban siguiendo a la antena nos dispararon con todo lo que traían. Las balas silbaban por doquier, y nosotros cubiertos y protegidos por los cafetales, piedras y maleza. Ese día ansíe haberme bañado con ruda u otra planta que tuviera propiedades de buen agüero, pero la cruda verdad es que no había tenido tiempo de bañarme. Ese año de 1980, las tropas gubernamentales, nos invadieron unas 3 veces por mes en promedio. En una de esas invasiones pasé 22 días sin bañarme, todo un récord de tierra y mugre en el cuerpo. Durante el enfrentamiento nos topamos con los soldados a unos 30 metros de distancia, los oíamos gritar dando voces de mando, sorprendidos. No se esperaban una escaramuza de ese calibre y magnitud. Aquel día yo portaba un rifle HK-93 y unos 500 cartuchos para este, y además una pistola calibre 9 milímetros. Por momentos no se escuchaba otra cosa que no fueran gritos y voces de mando en medio de la humareda y la confusión. Y los cafetos allí, húmedos, lacerados, quietos y mudos bajo la tormenta. Así suele ser en el teatro de operaciones militares. Aquel día le ocasionamos varias bajas al ejército, es posible que hayan tenido muertos, de los heridos estoy seguro. Nosotros solamente golpes y el desasosiego que produce el calor del enfrentamiento. Escalonada y ordenadamente nos fuimos retirando hacia el caserío El Coyolito. Llegando al Coyolito, a eso de la 01.10 pasada la hora del almuerzo, oímos los disparos con los que fueron rematados los compañeros en el caserío El Mono. Estábamos tan cerca de llegar a apoyarles, apenas a unos 15 minutos de caminata, a pie. En el grupo se retiraba con nosotros Netón, uno de los jefes del EPL de nombre Juan Recinos, que caería en combate en la hacienda La Sabana, en San Carlos Lempa, el domingo 25 de enero de 1981, cuando la historia de las avionetas cargadas de armas. Netón, con mucha experiencia militar, había sido el jefe militar de La Brigada Farabundo Martí que combatió en Nicaragua cuando se derrocó al general Somoza. Y aquella inolvidable mañana en la emboscada, y en el medio del caos y de los disparos, estuvimos parapetados en la misma morrocotuda piedra mientras me gritaba “… tranquilo muchacho… Felipe… apunta bien para no fallar…” Y es que Netón no me conocía mucho y creía que me temblaban los pantalones. Y en efecto. Yo creo que a todos nos temblaban los pantalones, tanto a ellos como a nosotros, la diferencia era que nosotros éramos voluntarios de primera línea y nos alimentábamos del valor colectivo, elemento que nos daba mucha fortaleza a la hora del combate, y además nos encontrábamos en nuestro hábitat natural mientras ellos, Las Fuerzas Armadas del gobierno, no conocían el terreno y además defendían los intereses políticos y económicos de los ricos y poderosos. Netón había conocido de cerca al Cocoseco, mi hermano mayor, pero a mí no me conocía mucho, solamente nos habíamos visto en algunas reuniones de coordinación de mandos. Y mientras tanto, en el éter, las docenas de balas nos silbaban por sobre nuestras cabezas y costados. El fuego enemigo buscándonos el pellejo para perforarnos y mermarnos nuestro destino. El fuego de los rifles automáticos G-3, FAL, AR-15, HK-93, y Carabinas M-1 imponiéndose por sobre el canto de los pájaros y el bullicio de los animales del volcán. Así de hijoputa se nos dibujaba el teatro de operaciones por la callecita empedrada que sube desde La Finca Iberia, en dirección hacia La Finca Peñas y hacia el caserío El Coyolito, mientras la mañana se nos disipaba por los escabrosos desfiladeros de la guerra. Y nosotros, bichitos y bichitas, campesinos, oliendo a pólvora, transpirados y cansados, retirándonos en hilera por entre los cafetos, y muy contentos de seguir respirando la vida de todos los días. Y de tan contentos que íbamos que hasta habíamos olvidado nuestros estómagos vacíos porque no habíamos ingerido alimentos desde la tarde anterior. Y lo peor era que las perspectivas de conseguir alimentos en aquellas circunstancias, con cientos de soldados pisándonos los talones, parecían remotas.

Caserío El Mono | miércoles 14 de mayo de 1980

En el caserío El Mono, El Jefe de La Sección guerrillera organizó la retirada con el resto de los muchachos y muchachas, guerrilleros, milicianos, y las estructuras del partido y de masas sin prestarle mayor apoyo a Celso, aparte de los dos guerrilleros que menciono arriba y que cayeron combatiendo junto al comandante. En su evasión se ocultaron en las profundidades de un bosque de pinos, protegiendo a la población civil, no muy lejos de donde fue el intenso tiroteo, un tanto más arriba de la finca de Calecho Miranda, pero el jefe, cuyo seudónimo recuerdo que era Arturo, un tipo de aspecto sonriente y de piel morena, de pelo crespo y que siempre me dio una corazonada de mal agüero y hasta ahora no sé por qué, y que era originario de la zona centro que abarcaba los cantones de Angulo y Las Lomas de Angulo, no dio la orden de prestar apoyo al comandante Celso que en esos momentos se enfrentaba, junto con los dos muchachos, con toda la disciplina y moral guerrillera, a las numerosas tropas enemigas que los asediaban para aniquilarlos. Las tropas guerrilleras, que se retiraron con Arturo, disponían de unos 15 rifles de guerra entre carabinas M-1, 1 Gallil, FAL, G-3 y un par de subametralladoras, 1 Uzi y 1 M-3, y pistolas, además de unos 25 combatientes. Esta Sección había sido golpeada en el mes de marzo del mismo año, apenas unas semanas antes, cuando en una emboscada a los agentes de La Guardia Nacional posicionados en el pueblo de Guadalupe, y en la calle que va desde Verapaz al citado pueblo a la altura del desvío a San Emigdio, también conocido como La Vuelta El Bambú, Héctor Torito, jefe de La Sección y Líder campesino originario del caserío El Mono y 2 compañeros más habían caído combatiendo. El impacto psicológico y la falta de mando se hicieron sentir en la sección guerrillera cuando se dieron los combates por el caserío El Mono. Arturo, el segundo jefe, había asumido el mando. Además la falta de radios de comunicación también pesaba mucho en aquel contexto que les refiero. Solamente disponíamos de unos tres pares de radios walkie-talkies que funcionaban dependiendo del tipo de topografía y meteorología. También se encontraban en la zona varios grupos de las milicias populares bajo el mando de El Flaco Franco pero su poder de fuego era insignificante comparado con el poder de fuego del enemigo ya que solamente disponían de revólveres, pistolas, escopetas y algunos rifles para cacería. Celso, herido, y los dos compañeros se refugiaron en medio de unas piedras enormes. Desde allí mantuvieron a raya a la tropa gubernamental durante intensas e interminables horas… y es que en aquellos tiempos había superávit de moral y mística de combate, nadie se rendía, se vivía y cumplía el lema de “revolución o muerte… el pueblo armado vencerá.” Los soldados, para alcanzar sus objetivos militares, se vieron obligados a subir y a avanzar por la calle de piedras y rodear por La Finca Barrios, y de allí subir por la colina y luego bajar por el barranco hacia La Finca de Calecho Miranda para desde allí avanzar pendiente abajo y poder sorprender por la retaguardia a los compañeros. Esta maniobra les significó caminar y rodear por montes escabrosos, bajar y pasar, y avanzar por quebradas, fue una maniobra militar que les tomó mucho tiempo realizar, tiempo suficiente para que los compañeros hubieran recibido apoyo. Un poco de apoyo hubiera hecho la diferencia, pero nadie fue a prestar socorro a los tres compañeros cercados por las tropas enemigas que suponíamos provenían de La Quinta Brigada de Infantería. Nosotros llegamos tarde, caminando desde el caserío El Coyolito. No llegamos a tiempo. Llegamos unos 20 minutos después de terminado el combate, cuando las tropas gubernamentales se retiraban dando por terminada una invasión que, de acuerdo al planeamiento castrense, contemplaba días enteros. Una escuadra de exploración del EPL tropezó con la antena de la tropa enemiga en retirada y en el intercambio de disparos hubo heridos por parte del ejército. El vocablo “antena” se refiere a una pequeña unidad militar que se desplaza a la vanguardia explorando en el terreno enemigo. Nosotros tuvimos un compañero herido por esquirlas de granada. En aquella lejana ocasión, nosotros, solamente llegamos a recoger los cuerpos de los compañeros y a darles sepultura bajo unos frondosos árboles, a unos metros más abajo de donde cayeron combatiendo, y defendiendo sus ideales en un tenaz combate que se prolongó por varias horas. Nadie sabe con certeza qué pensamientos y retratos surcaron las aguas de las mentes de los tres compañeros durante aquel intenso intervalo en el tiempo antes de cerrar sus ojos, y de alzar el vuelo. ¿Quién sabe? Lo que sí es certero es que los tres compañeros enfrentaron al enemigo con mucho valor cumpliendo con su deber de hombres revolucionarios, en aquellos lejanos tiempos cuando la muerte marchaba a lo largo y ancho del país, y nosotros, la enfrentábamos con toda la ferretería disponible, además del fiel convencimiento de estar defendiendo nuestro derecho a soñar la vida.

Caserío El Mono | Marzo de 1980

En marzo de 1980, solamente unas tres semanas antes de los sucesos que aquí les relato, lo recuerdo bien porque fue en los días posteriores a la caída en combate del Cocoseco, hubo una reunión informal que dio comienzo pasadas las doce de una noche ámbar. Fue en la casita de tablas y de bahareque que les menciono arriba en estos textos. Estuvimos presentes, El Comandante Celso, Marcos, también conocido como Boris, y yo. Marcos era el jefe de las unidades guerrilleras del Frente Paracentral. Yo participé de la reunión porque en ese momento me encontraba en el puesto de mando de la guerrilla ya que para esa época estaba al mando de las unidades de guerrilla, o sea La beligerante S-1, que operaban en “Jaragua”, es decir el nombre en clave del Departamento de La Paz. Siempre he tenido la ligera sospecha de que esa reunión solamente iba a ser entre ellos dos, y que, además ellos se conocían de mucho antes, pero solo ha sido eso, una ligera sospecha. En todo caso yo fui invitado a la reunión porque en aquel momento estaba allí, en el momento y lugar apropiado, o sea, en el puesto de mando guerrillero, recién llegado de realizar una operación. Entre pláticas y tazas de café la reunión se prolongó hasta pasadas las tres de la madrugada. La oscuridad de la noche arropando los erguidos pinares con su sotana. Hablamos, bueno, hablaron ellos, yo solamente me dediqué a escuchar. El Comandante Celso y Boris conversaron de muchos temas como el desarrollo social de La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, el socialismo en Cuba, el mundo bipolar, y otros temas estratégicos relacionados a la revolución en Nicaragua y El Salvador. Y además conversaron sobre temas más internos relacionados a la organización guerrillera, y al trabajo de organización y entrenamiento de las tropas del Frente Paracentral, y sobre el proceso revolucionario que impulsábamos con todo nuestro amor. Recordemos que Celso había sido fundador, y representante de las FPL ante el Partido Comunista de Cuba, y jefe político-militar de La Brigada Farabundo Martí que combatió triunfantemente en Nicaragua en la insurrección popular que terminó con el derrocamiento del general Somoza. La conversación fue extraordinaria y delicada, y de un alto nivel y de una calidad indescriptible, llena de valores morales y espirituales, y de un contenido revolucionario cien por ciento puro que aún hoy en día, todavía escucho el eco de sus voces, y por eso, a pesar de todos los errores cometidos por líderes irresponsables y oportunistas, sigo convencido del sendero. Y todavía voy por allí, persiguiendo a la misma estrella de la vida, con mi mente de verde olivo. Desde aquella lejana reunión cambió un poco mi perspectiva de ver y entender las cosas abstractas. Medio entendí el peso, y los contrapesos, y los riesgos de la utopía, y es que, a mis 18 años y sin una gran ficha de experiencias mundanas, yo era un tanto romántico e idealista, y entonces, comencé a descubrir un mundo quisquilloso, traicionero, y superficial, así como también descubrí valores morales y espirituales de los duros y honestos hombres que fundaron Las FPL, sus sueños, sacrificios, y luchas por un país mejor para todos y todas. Y en la actualidad estoy totalmente convencido de que compañeros históricos como Celso, Dimas Rodríguez, Netón, Juan Méndez, Juanón, Jesús Rojas, Germán Serrano, Bernardo Torres, Eva, Chico y Toño, Carabina, y otros cientos de compañeros y compañeras caídos en combate, valían su peso en oro. Aquel crepúsculo matutino, y antes de retirarnos dando por terminada la conversación, Celso nos indicó con señales o quizás símbolos, no lo recuerdo a la perfección por la maraña de los años en mis ojos, o mejor dicho, le indicó a Boris, que prevalecían las normas de seguridad y de conspiración, y los estatutos de las gloriosas FPL. Desde el umbral de la desvencijada puerta, y con mi mente de forajido en desarrollo, cuya clarividencia ya pescaba en el aire el doble sentido de las cosas, yo lo entendí de la siguiente manera “… lo que hablamos esta noche, aquí se queda, en este humilde ranchito, en El Mono.” Y es que, en los informes oficiales de La Organización hacia sus mandos y Estados Mayores nos habían informado que Celso, siendo el representante oficial de Las FPL ante El Partido Comunista de Cuba, había sido retirado de La Isla por Salvador Cayetano Carpio, El legendario Comandante Marcial, atendiendo una disposición del máximo líder revolucionario. Nos informaron, además, que Celso había descubierto un par de cosas extrañas relacionadas a la revolución salvadoreña y en particular a Las FPL y que por eso había desconfiado del Partido Comunista Cubano y de su líder. Jamás se nos informaron los motivos, y nosotros, atendiendo las normas de seguridad y de conspiración, y aquella divisa de preguntar solamente lo necesario para cada misión asignada, tampoco preguntamos. Y ahora, treinta y cinco, y tantos años más tarde, cuando la historia se ha vuelto borrosa y a nadie le interesan estos asuntos mundanos y metafísicos, yo sigo ignorando los motivos pero escribo el dato en estos humildes relatos para ser fiel a nuestra memoria histórica rescatando lo parco que sé de las vivencias del comandante Celso, José Roberto Sibrián. Aquel histórico amanecer intuí, además, que el diablo existía, aún entre nuestras propias filas y eso que eran integradas por valerosos compañeros. Y de igual forma entendí que había compañeros de camino, y otros de destino. Y que, el hijoputa diablo no dormía tratando de retorcernos por lo más bajo de nuestras miserias y ambiciones personales, o intereses de seguridad de Estado. Y con lo pagano que soy hice la señal de la cruz y me santigüé por si las moscas, y para que los bienhechores espíritus me protegieran los días y meses que estaban por venir. Treinta y cinco, y tantos años más tarde… y ahora sí, con una gran ficha de experiencias mundanas, y tantas heridas y desengaños castañeteando como monedas en mis bolsillos, sigo siendo el mismo romántico e idealista. Y allí está una de mis fortunas personales: creo que la más grandiosa y estupenda. Y por eso muchos me la apetecen y codician.

En las cercanías del volcán Chinchontepeque | Marzo 2015

¡No sé… en verdad que no lo sé…! Ahora los vientos soplan cimbrando a los otrora insurrectos, erguidos, y beligerantes quebrachos. En efecto. Aquellos apacibles y magnos quebrachos. Aquellos árboles salvajemente nacidos por la pendiente rocosa viniendo de La Cayetana hacia La Paz Opico. La desconcertada campiña acabando de abrirse haciendo ostensible mi desolada y quebrada alma. Pero como les repito. No sé. Siempre he tenido la certeza de que en aquella invasión los combates comenzaron en El Caserío El Mono, y que el principal objetivo de las tropas enemigas era capturar el mencionado caserío. Hasta ese día, el enemigo solamente había incursionado por los caseríos, La Cayetana, León de Piedra, Tehuacán, La Paz Opico, El Burrito, La India, La Finca el 4 de mayo, y El Perical. El caserío El Mono está ubicado más arriba y geográficamente hablando era estratégico, y el terreno es más escabroso. Pero aquel día miércoles 14 de mayo de 1980 cuando apenas amanecía, las tropas enemigas llegaron directamente allí… a los patios de los ranchitos del caserío. ¿Quizás por lo estratégico que allí se guardaba? ¿Quizás por la importancia de lo que allí había? ¿Tal vez por lo que significaba para el desarrollo de la causa revolucionaria? Pero, no sé. No puedo verificar nada. Por supuesto que, visto desde una perspectiva lejana, y a través del cristal y luz clarividente de la historia, es posible que el vasto operativo solamente haya sido para capturar la información militar referente a las tropas nuevas y sus capacidades técnicas y militares. Y también es posible, que todo el esfuerzo militar del enemigo solamente haya sido para liquidar físicamente al comandante Celso. Pero en cualquiera de las hipótesis arriba bosquejadas, una cosa parece ser cierta: debieron tener mucha información interna, social y política, del volcán Chinchontepeque, y también información de inteligencia militar que les permitiera incursionar hasta llegar al caserío sin que nuestros dispositivos de seguridad detectáramos su presencia. ¡Pero no sé…! No puedo verificar nada. De lo que si estoy convencido es que aquella fue la primera ocasión en que las tropas enemigas incursionaron directamente hasta el caserío El Mono, y que, muerto el comandante Celso, dichas tropas tuvieron prisa por huir y retirarse, dando por finalizada una invasión que en casos normales solía durar días y semanas, y hasta meses completos...

Martes, 14 de mayo 2019.


MTR: José Roberto Ramírez Sibrián "Martín" "Celso", nació en San Pedro Masahuat, el 22 de diciembre de 1945. Fue jefe de la columna guerrillera Farabundo Martí que en 1979 derrotaron a la dictadura militar de Somoza en Nicaragua.

También puedes leer: El día que mataro al comandante Celso

José Roberto Sibrián

Compartir