En uno de los afiches de invitación para conmemorar los 45 años del surgimiento de Las FPL está la foto del Comandante Celso, así que les comparto este relato...aunque todavía no encuentro cómo terminarlo aunque parezca que ya está terminado...pero hay datos que todavía no escribo..... 

José Roberto SibriánCaserío El Mono | miércoles 14 de mayo de 1980

Aquella mañana amaneció fresca, olorosa y limpia. El cielo manso y profundo. A eso de las 8.30 de la mañana comenzaron los combates en el caserío El Mono. En la casita de tablas y bahareque que hacía de centro de reunión de la estructura partidaria había varias pequeñas cajas conteniendo la información del encuadramiento masivo. En otras palabras, allí estaba almacenada toda la información del reclutamiento en masa para las unidades militares, batallones, destacamentos secciones, pelotones y escuadras que ya estaban en formación y entrenamiento en diversos puntos estratégicos del volcán Chinchontepeque, y otras áreas del frente Para-central. Además, había un maletín conteniendo unos once mil colones. De pronto, la tropa gubernamental irrumpió en la escena de operaciones. No se sabe de dónde llegaron pero lo cierto es que ya los tenían a las puertas del poblado viniendo por la callecita de piedras. No se sabe por dónde avanzaron pero la verdad es que lo hicieron al amparo de las sombras de la aurora y por entre montes llegando por sorpresa a la posición guerrillera del caserío El Mono. Nos sorprendieron. Y eso, a pesar de que nosotros sabíamos, y teníamos información fidedigna sobre la invasión enemiga, invasión que había sido planeada para ejecutarse aquel turbio amanecer. El sistema guerrillero de defensa falló. En lo personal estoy convencido de que el enemigo tenía información interna de la zona y de las posiciones y capacidades militares de cada una de ellas. Los compañeros y compañeras de las diversas estructuras políticas y militares comenzaron a retirarse evadiendo al enemigo y sin intercambiar disparos. A unos doscientos metros loma arriba y entre cafetos, y ya cerca de la planicie cafetalera de La Finca de Calecho Miranda, El comandante Celso, José Roberto Sibrián, al recordar las cajas y el maletín con el dinero, tomó la decisión de regresar obligado por la responsabilidad moral de combatiente, un combatiente nato de Las FPL, en busca de la valiosa información y del maletín conteniendo el dinero, ya que tanto el material del encuadramiento masivo como el dinero no debían caer en manos del enemigo. Requirió apoyo al jefe de la sección posicionada en ese lugar. Pero dicho jefe, solamente le dispuso dos compañeros de la guerrilla originarios de La Paz Opico para que lo acompañaran. Cuando regresaron sobre sus pasos en dirección a la casita construida entre la espesa floresta, las tropas gubernamentales ya estaban en el patio de ésta. Y allí comenzó un histórico combate en el que tres compañeros se enfrentaron a las tropas castrenses hasta pasadas las 13.00 horas. A eso de la una y diez minutos de la tarde, Celso fue cercado y capturado herido de muerte y asesinado, los otros dos compañeros yacían caídos a escasos metros de distancia, en medio de tres enormes piedras. Aquel día, Celso portaba un rifle M-16 que fue el primer rifle de ese tipo que llegó al Frente Para-central de Las FPL , y además portaba una pistola Browning de 9 mm. Allá por el caserío El Copinol lo fue a recoger, un par de noches antes, una escuadra de compañeros, por la terrible carretera Zacatecoluca a San Vicente y viceversa. Antes de ese rifle no los conocíamos. Solamente habíamos conocido un rifle AR-15 que teníamos. Claro que para esa época ya le habíamos requisado unos ocho rifles G-3 a la guardia nacional. Los otros dos compañeros, apenas unos mozuelos, portaban rifles G-3 con sus respectivas dotaciones de magazines de reserva y munición abundante. El comandante Celso, José Roberto Sibrián, originario de San Pedro Masahuat del Departamento de La Paz, había sido uno de los ocho fundadores de las FPL. Además había sido representante de la organización guerrillera ante el Partido Comunista de Cuba. También había sido el jefe político-militar de La Brigada Farabundo Martí de las FPL que combatiera exitosamente en Nicaragua todo el año de 1979. Aquel mediodía no hubo tiempo para velar a los compañeros caídos. Solamente se recogieron sus cadáveres. Y se les trasladó unos cientos de metros colina abajo. Y allí mismo se les preparó y a continuación se les dio sepultura junto a unos frondosos árboles. Y de acuerdo a los compañeros que habitan la zona, allí siguen sepultados. En un caserío de casitas humildes y de nombre El Mono. Un caserío que fue bombardeado y quemado. Un caserío triste, perdido y olvidado por la historia, ubicado en las colinas del volcán Chinchontepeque, donde en aquellos tiempos el agua de manantial chorreaba de entre medio de las piedras y de los talpetates, y era parca. Y las hojas de los cafetos y otros árboles de la floresta goteaban savia y germinaban sueños. Y nosotros, las tropas guerrilleras de las gloriosas FPL, bajo las sombras de los pinares, y cobijados por los techos de paja de las casitas de lodo y de bahareque, tejiendo esperanzas con el hilo de las ilusiones, y convirtiéndonos en hombres de verde olivo.

Caserío La Paz Opico | Mayo 1980

José Roberto SibriánA la medianoche del día 12, o 13 de mayo, aunque no puedo precisar exactamente cuál de los dos días por la maraña que reside en mi memoria, se celebró una reunión en la vieja y destartalada escuela rural de La Paz Opico en las estribaciones del volcán Chinchontepeque. La Paz Opico era por aquella época, la meca de las FPL en el Frente Para-central. Estuvimos presentes, una parte del Estado Mayor guerrillero y parte del mando del EPL, Ejército Popular de Liberación, unos cuantos Jefes de Las Milicias Populares, además de los representantes del partido, David “Papita” entre otros. David, se llamaba Manuel Osorio, y era originario de La Cayetana. Para la ocasión nos alumbrábamos con una lámpara de kerosene y candelas. Nos sentamos en unos viejos pupitres que utilizábamos para planear y organizar la guerra en el Frente Para-central. Allí se planearon decenas de operaciones político-militares, y se celebraron cientos de reuniones de trabajo mientras los viejos pupitres crujían por el peso de nuestras quimeras y utopía juvenil. El asunto urgente a tratar fue la inminente invasión en curso por parte de tropas combinadas de las fuerzas armadas gubernamentales, de acuerdo a los informes de inteligencia proporcionados por los canales clandestinos de nuestro partido marxista leninista, y de nuestra inteligencia militar. En la reunión revisamos el plan conjunto de defensa de nuestras posiciones en el volcán Chinchontepeque. Así mismo revisamos nuestros recursos humanos y materiales, e hicimos valoraciones sobre la moral de combate de nuestras tropas guerrilleras, inventariamos la munición, y nos dispusimos a jugarnos los sueños de la vida. En efecto. Los mismos sueños de los cuales aun sigo siendo una parte. Y por los cuales todavía sueño, y sigo siendo verde olivo. El café humeante a la medianoche sabía a montaña tibia y reconfortante, sabía a misterio femenino, y a calor humano. Abajo se veían pestañear las luces del pueblo de Tecoluca cual estrellas en el firmamento. Y sospechábamos la llanura de los caseríos La Cayetana y El Burrito extendida y oculta por las sombras. En tanto aquí nosotros oíamos ruidos y cuchicheos entre la maleza y los cafetales, y los animales del monte retozando en sus madrigueras. Arriba, los dos cocoteros proyectando sombras gigantes, asumiendo el rol de centinelas nocturnos. Y aquí nosotros, haciendo crujir los pupitres, llenos de mesura y de compromisos, y de aladas quimeras. La utopía circulando fogosa por nuestras venas, zambulléndose con su vestido de hojas entre los torrentes de nuestra sangre. Y es que, de esos elementos estaban, y siguen estando, entretejidas nuestras vidas. Así que nos convencimos, una vez más, de estar listos y preparados para enfrentarnos a un enemigo poderoso en materiales de guerra y en cantidad de tropas pero superados colosalmente por la moral de combate de nuestras muchachas y muchachos integrantes de las tropas guerrilleras. Así que nos dijimos “revolución o muerte…el pueblo armado vencerá.” Y a esperar a que amaneciera, aunque tuviéramos mucho miedo de enfrentar nuestras propias angustias, y zozobras. Naturalmente. Miedos y angustias propios de la psicología de los combatientes en una guerra, cualesquiera que fueran sus tipos, o razón de ser.

Volcán Chinchonteque | miércoles 14 de Mayo 1980

El día miércoles 14 de mayo, uno o dos días posteriores a la reunión nocturna, comenzó la invasión a tempranas horas. A eso de las 5.30 de la alborada ya avanzaban las tropas combinadas entre ejército y Guardia Nacional desde Tehuacán hacia La Cayetana. También avanzaban desde el caserío Agua Caliente, pasando por el caserío El Burrito, al caserío La India y viniendo desde La Hacienda Las Cañas, la parte sur del volcán. La terrible carretera entre Zacatecoluca y San Vicente rugiendo por los motores de los camiones alemanes Magirus transportando tropas. A la altura del caserío El Perical se detonaron los cohetes de vara avisándonos del avance enemigo. Se detonaron las primeras minas vietnamitas cuyas explosiones reventaron la atmósfera y se disolvieron en el inmenso cielo. Después de aquella invasión llegamos a una fase, y que perduró durante todo el año de 1980, de detonar cinco minas diarias en promedio, disputándonos con el enemigo el control táctico y estratégico de dicha carretera. La táctica utilizada era de una escuadra guerrillera compuesta por cinco compañeros, por la madrugada situaban la mina vietnamita en un lugar previamente explorado y escogido por las condiciones del terreno, cuando el enemigo transitaba patrullando, a pie o en vehículo, se detonaba la mina, se disparaba un par de ráfagas cortas o tiros de pistola y a correr en retirada. Pero está mañana de la que les vengo platicando, nuestro contexto se nos dibujaba muy pesado y repleto de incertidumbre, desasosiego, agüero de combates, evasiones, olor a pólvora y a muerte mientras la preciosa mañana caminaba mansamente siguiendo su itinerario celestial hacia la hora del almuerzo. Y la muerte entre ella, vestida de negro, misteriosa y hermosa, explorando el terreno, caminando suave entre la neblina y los cafetos, buscándonos para pasarnos algunas facturas pendientes, así como también buscaba a las tropas enemigas para cobrarle sus respectivas facturas porque la cruda realidad es que de esta tierra nadie se va debiendo nada. “Con la misma vara que has medido serás medido…y un tanto más.” Nosotros revisando nuestros rifles, y la logística para los futuros enfrentamientos y las operaciones de hostigamiento. La población de los cantones, comunidades y caseríos, organizada por grupos, preparada y dispuesta para comenzar el juego del ratón y el gato enfrentando, y evadiendo a un enemigo muy poderoso en materiales y pertrechos de guerra.

La Calle que va desde La Finca Iberia hacia el caserío El Coyolito | miércoles 14 de mayo 1980

Yo pasé el resto de la noche, pocas horas antes de la invasión, descansando en un rincón allí en la mencionada escuelita, y amaneciendo en el corazón de La Paz Opico. La mañana tenue, y la neblina surgiendo de las alturas, cubriendo todo a su paso. Con unos pocos combatientes, entre ellos El Pirringo, y una cantidad considerable de población civil y de las estructuras de masas, nos retiramos hacia La Finca El 4 de Mayo donde estaban posicionadas las tropas del EPL. Y allí se nos unieron las escuadras y pelotones de la sección que estaba apostada en el caserío La India mientras las tropas enemigas ya estaban en el caserío El Perical, a menos de un kilómetro abajo de La Finca donde nos encontrábamos nosotros. Con las escuadras venía Raúl y la Chela, dos compañeros que afortunadamente siguen con vida aunque muestran el paso de los años por sus ojos. Luego nos retiramos buscando el resto de las tropas nuevas que estaban posicionadas en La Finca Iberia. En la cruz de caminos subiendo para La Finca cafetalera Peñas nos estaban esperando los compañeros del batallón de tropa nueva. Organizada la retirada y mientras subíamos por la callejuela empedrada hacia La Finca Peñas y el caserío El Coyolito fuimos alcanzados por tropas del Centro de Instrucción de Ingenieros de la Fuerza Armada, CIIFA, a eso de las 11 antes del mediodía. Allí organizamos y montamos una emboscada improvisada y a continuación libramos una intensa refriega que duró minutos y minutos. La primera ráfaga la disparó Jonathan, El Cabo Delgadillo, un jefe de escuadra e instructor del EPL pero el G-3 se le encasquilló y comenzó a fallar. Frente a nosotros escuchamos el sonido metálico de los rifles G-3 de la antena enemiga al caer pesadamente por sobre las piedras de la calle. Pero las tropas que avanzaban siguiendo a la antena nos dispararon con todo lo que traían. Las balas silbaban por doquier, y nosotros cubiertos y protegidos por los cafetales, piedras y maleza. Ese día ansíe haberme bañado con ruda u otra planta que tuviera propiedades de buen agüero, pero la verdad es que no había tenido tiempo de bañarme. Ese año de 1980, las tropas gubernamentales, nos invadieron unas 3 veces por mes en promedio. En una de esas invasiones pasé 22 días sin bañarme, todo un record de tierra y mugre en el cuerpo. Durante el enfrentamiento nos topamos con los soldados a unos 30 metros de distancia, los oíamos gritar dando voces de mando, sorprendidos. No se esperaban una escaramuza de ese calibre y magnitud. Aquel día yo portaba un rifle HK-93 y unos 500 cartuchos para este, y además una pistola calibre 9 mm. Por momentos no se escuchaba nada, solo gritos y voces de mando en medio de la humareda y la confusión. Así suele ser en el teatro de operaciones militares. Aquel día le ocasionamos varias bajas al ejército, es posible que hayan tenido muertos, de los heridos estoy seguro. Nosotros solamente golpes y el desasosiego que produce el calor del enfrentamiento. Escalonada y ordenadamente nos fuimos retirando hacia el caserío El Coyolito. Llegando al Coyolito, a eso de la 1.10 pasada la hora del almuerzo, oímos los disparos con los que fueron rematados los compañeros en el caserío El Mono. Estábamos tan cerca de llegar a apoyarles, apenas unos 15 minutos de caminata, a pie. Brigada Farabundo MartíEn el grupo se retiraba con nosotros Netón, uno de los jefes del EPL de nombre Juan Recinos, que caería en combate en la hacienda La Sabana, en San Carlos Lempa, el 25 de enero de 1981, cuando la historia de las avionetas cargadas de armas. Netón, con mucha experiencia militar, había sido el jefe militar de la Brigada Farabundo Martí que combatió en Nicaragua cuando se derrocó al general Somoza. Y aquella inolvidable mañana en la emboscada, y en el medio del caos y de los disparos, estuvimos parapetados en la misma morrocotuda piedra mientras me gritaba “… tranquilo muchacho… Felipe… apunta bien para no fallar…” y es que Netón no me conocía mucho y creía que me temblaban los pantalones. Y en efecto. Yo creo que a todos nos temblaban los pantalones, tanto a ellos como a nosotros, la diferencia era que nosotros éramos voluntarios de primera línea y nos alimentábamos del valor colectivo, elemento que nos daba mucha fortaleza a la hora del combate, y además nos encontrábamos en nuestro hábitat natural mientras ellos, las fuerzas armadas del gobierno, no conocían el terreno y defendían los intereses políticos y económicos de los ricos y poderosos. Netón había conocido de cerca al Cocoseco, mi hermano mayor, pero a mí no mucho. Y mientras tanto, en el éter, las docenas de balas nos silbaban por sobre nuestras cabezas y costados. El fuego enemigo buscándonos el pellejo para perforarnos y mermarnos nuestro destino. El fuego de los rifles automáticos G-3, FAL, AR-15, HK-93, y Carabinas M-1 imponiéndose por sobre el canto de los pájaros y el bullicio de los animales del volcán. Así de hijoputa se nos dibujaba el teatro de operaciones por la calle empedrada que sube desde La Finca Iberia, en dirección hacia La Finca Peñas y hacia el caserío El Coyolito, mientras la mañana se nos disipaba por los escabrosos desfiladeros de la guerra. Y nosotros, bichitos y bichitas, campesinos, oliendo a pólvora, transpirados y cansados, retirándonos en hilera por entre los cafetos, y muy contentos de seguir respirando la vida de todos los días. Y de tan contentos que íbamos que hasta habíamos olvidado nuestros estómagos vacíos porque no habíamos ingerido alimentos desde la tarde anterior. Y lo peor era que las perspectivas de conseguir alimentos en aquellas circunstancias, con cientos de soldados pisándonos los talones, parecían remotas.

Caserío El Mono | 14 mayo 1980

Volcán ChinchontepecEn el caserío El Mono, el jefe de La Sección guerrillera se retiró con el resto de guerrilleros, milicianos y las estructuras del partido y de masas sin prestarle mayor apoyo a Celso. En su evasión se ocultaron, protegiendo a la población civil, no muy lejos de donde fue el intenso tiroteo, pero no se dio la orden de enfrentarse a las tropas enemigas. Los guerrilleros disponían de unos 15 rifles de guerra entre carabinas M-1, 1 Gallil, FAL, G-3 y un par de sub-ametralladoras, 1 Uzi y 1 M-3, y pistolas, además de unos 25 combatientes. Esta unidad había sido golpeada en marzo del mismo año, apenas unas semanas antes, cuando en una emboscada a la Guardia Nacional del pueblo de Guadalupe, en la calle que va desde Verapaz al citado pueblo, Héctor, jefe de la s ección y líder campesino originario del caserío El Mono y 2 compañeros más cayeron combatiendo. El impacto psicológico y la falta de mando se hicieron sentir en la sección guerrillera cuando se dieron los combates en El Mono. El segundo jefe había asumido el mando. Además la falta de radios de comunicación también pesaba mucho en aquel contexto que les refiero. Solo había unos 3 pares de walkie-talkies que funcionaban dependiendo del tipo de topografía y meteorología. También se encontraban en la zona varios grupos de milicias bajo el mando de El Flaco Franco pero su poder de fuego era insignificante comparado con el del enemigo ya que solamente disponían de revólveres, pistolas, escopetas y algunos rifles para cacería. Celso, herido, y los dos compañeros se refugiaron en medio de unas piedras enormes. Desde allí mantuvieron a raya a la tropa gubernamental durante intensas e interminables horas, y es que en aquellos tiempos había superávit de moral y mística de combate, nadie se rendía, se vivía y cumplía el lema de “revolución o muerte…el pueblo armado vencerá.” Los soldados tuvieron que subir por la calle de piedras y rodear por La Finca Barrios, y de allí subir la colina y bajar por el barranco hacia la finca de Calecho Miranda para sorprender por la retaguardia a los compañeros. Esta maniobra les significó caminar y rodear por montes escabrosos, bajar y pasar por quebradas, fue una maniobra militar que tomó mucho tiempo, tiempo suficiente para que los compañeros recibieran apoyo. Un poco de apoyo hubiera hecho la diferencia, pero nadie fue a prestar socorro a los tres compañeros cercados. Nosotros llegamos tarde, caminando desde el caserío El Coyolito. No llegamos a tiempo. Llegamos unos 20 minutos después de terminado el combate, cuando la tropa gubernamental se retiraba dando por terminada una invasión que, de acuerdo al planeamiento castrense, contemplaba días enteros. Una escuadra del EPL tropezó con la antena de la tropa enemiga en retirada y en el intercambio de disparos hubo heridos por parte del ejército. El vocablo “antena” se refiere a una pequeña unidad militar que se desplaza a la vanguardia explorando en el terreno enemigo. Nosotros tuvimos un compañero herido por esquirlas de granada. En aquella lejana ocasión, nosotros, solo llegamos a recoger los cuerpos de los compañeros y a darles sepultura bajo unos frondosos árboles, a unos metros de donde cayeron combatiendo, y defendiendo sus ideales en un tenaz combate que se prolongó por varias horas. Nadie sabe con certeza qué pensamientos y retratos surcaron las aguas de las mentes de los tres compañeros durante aquel intenso intervalo en el tiempo antes de cerrar sus ojos, y de alzar el vuelo. ¿Quién sabe? Lo que sí es certero es que los tres compañeros enfrentaron al enemigo con mucho valor cumpliendo con su deber revolucionario, en aquellos lejanos tiempos cuando la muerte marchaba a lo largo y ancho del país, y nosotros, la enfrentábamos con toda la ferretería disponible.

Caserío El Mono | Marzo 1980

En marzo de 1980, solo unas tres semanas antes de los sucesos que aquí les relato, lo recuerdo porque fue en los días posteriores a la caída en combate del Cocoseco, hubo una reunión informal que dio comienzo pasadas las doce de una noche ámbar. Fue en la casita de tablas y de bahareque que les menciono arriba en este texto. Estuvimos presentes, El Comandante Celso, Marcos, también conocido como Boris, y yo. Marcos era el jefe de las unidades guerrilleras del Frente Para-central. Yo participé de la reunión porque en ese momento me encontraba en el puesto de mando de la guerrilla ya que para esa época estaba al mando de las unidades de guerrilla que operaban en “Jaragua”, o sea el Departamento de La Paz. Siempre he tenido la ligera sospecha de que esa reunión solo iba a ser entre ellos dos, y que, además ellos se conocían de mucho antes, pero solo ha sido eso, una ligera sospecha. En todo caso yo fui invitado a la reunión porque en aquel momento estaba allí, en el momento y lugar apropiado, o sea, en el puesto de mando guerrillero, recién llegado de realizar una operación. Entre pláticas y tazas de café la reunión se prolongó hasta pasadas las tres de la madrugada. La oscuridad de la noche arropando los erguidos pinares con su sotana. Hablamos, bueno, hablaron ellos, yo solo me dediqué a escuchar. El Comandante Celso y Boris conversaron de muchos temas como el desarrollo social de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, el socialismo en Cuba, el mundo bipolar, y otros temas estratégicos relacionados a la revolución en Nicaragua y El Salvador. Y además conversaron sobre temas más internos relacionados a la organización guerrillera, y al trabajo de organización y entrenamiento de las tropas del Frente Para-central, y sobre el proceso revolucionario que impulsábamos con todo nuestro amor. Recordemos que Celso había sido fundador, y representante de las FPL ante el Partido Comunista de Cuba, y jefe político-militar de la Brigada Farabundo Martí que combatió triunfantemente en Nicaragua en la insurrección popular que terminó con el derrocamiento del general Somoza. La conversación fue extraordinaria y delicada, y de un alto nivel y de una calidad indescriptible, llena de valores morales y espirituales, y de un contenido revolucionario puro que aún hoy en día, todavía escucho el eco de sus voces, y por eso, a pesar de todo, sigo convencido del sendero. Y todavía voy por allí, persiguiendo a la misma estrella de la vida, con mi mente de verde olivo. Desde aquella lejana reunión cambió un poco mi perspectiva de ver y entender las cosas abstractas. Medio entendí el peso, y los contrapesos, y los riesgos de la utopía, y es que, a mis 18 años y sin una gran ficha de experiencias mundanas, yo era un tanto romántico e idealista, y entonces, comencé a descubrir un mundo quisquilloso, traicionero, y superficial, así como también descubrí valores morales y espirituales de los duros y honestos hombres que fundaron las FPL, sus sueños, sacrificios, y luchas por un país mejor para todos y todas. Y en la actualidad estoy totalmente convencido de que compañeros históricos como Celso, Dimas Rodríguez, Netón, Juan Méndez, Juanón, Jesús Rojas, Germán Serrano, Bernardo Torres, Eva, Chico y Toño, Carabina, y otros cientos de compañeros y compañeras caídos en combate, valían su peso en oro. Aquel crepúsculo matutino, y antes de retirarnos dando por terminada la conversación, Celso nos indicó con señales o quizás símbolos, no lo recuerdo a la perfección por la maraña de los años en mis ojos, o mejor dicho le indicó a Boris, que prevalecían las normas de seguridad y de conspiración, y los estatutos de las gloriosas FPL. Desde el umbral de la desvencijada puerta, y con mi mente de forajido en desarrollo, cuya clarividencia ya pescaba en el aire el doble sentido de las cosas, yo lo entendí de la siguiente manera “…lo que hablamos esta noche, aquí se queda, en este humilde ranchito, en El Mono.” Aquel histórico amanecer intuí, además, que el diablo existía, aun entre nuestras propias filas y eso que eran integradas por valerosos compañeros. Y de igual forma entendí que había compañeros de camino, y otros de destino. Y que, el hijoputa diablo no dormía tratando de retorcernos por lo bajo de nuestras miserias y ambiciones personales, o intereses de Estado. Y con lo pagano que soy hice la señal de la cruz y me santigüé por si las moscas, y para que los bienhechores espíritus me protegieran los días y meses que estaban por venir.

En las cercanías del volcán Chinchontepeque | Marzo 2015

¡No sé…! Ahora los vientos soplan cimbrando a los otrora insurrectos, erguidos, y beligerantes quebrachos. En efecto. Aquellos apacibles y magnos quebrachos. Aquellos árboles salvajemente nacidos por la pendiente rocosa viniendo de la Cayetana hacia La Paz Opico. La desconcertada campiña acabando de abrirse haciendo ostensible mi desolada y quebrada alma. Pero como les repito, no sé. Siempre he tenido la certeza de que en aquella invasión los combates comenzaron en El Caserío El Mono, y que el principal objetivo del enemigo era capturar el mencionado caserío. Hasta ese día, el enemigo solo había incursionado por los caseríos, La Cayetana, La Paz Opico, El Burrito, La India, La Finca el 4 de mayo, y El Perical. El caserío El Mono estaba ubicado más arriba y era estratégico, y el terreno escabroso. Pero aquel día cuando amanecía, el enemigo llegó directamente allí. Quizás por lo estratégico que allí se guardaba. Quizás por la importancia de lo que allí había. Tal vez por lo que significaba para el desarrollo de la causa revolucionaria. Pero, no sé. No puedo verificar nada. Por supuesto que, visto desde una perspectiva lejana, y a través del cristal y luz clarividente de la historia, es posible que el vasto operativo solo haya sido para capturar la información militar referente a las tropas nuevas y sus capacidades técnicas y militares. Y también es posible, que todo el esfuerzo militar enemigo solo haya sido para liquidar físicamente al comandante Celso. ¡Pero no sé…! No puedo verificar nada. De lo que si estoy convencido es que aquella fue la primera ocasión en que las tropas enemigas incursionaron directamente hasta el caserío El Mono, y que, muerto el comandante Celso, dichas tropas tuvieron prisa por huir y retirarse, dando por finalizada una invasión que en casos normales solía durar días y semanas, y hasta meses completos.

Viernes 20 de marzo 2015.

José Roberto Sibrián

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