Un rincón de esos perdido en el mapa que en realidad lo recuerdo como un extraño lugar en donde comenzar a ser guerrillero fue un asunto loco.  

A mediados de l980 aquello era un lugar habitado por varios cientos de personas, compañeros, gentes que ya se habían concentrado en el lugar y que estaban medianamente organizados para las guindas cortesía de los escuadrones. Yo era entonces, claramente, un muchacho de la capital,con su maletín de cuero, con mis pantalón negro de esos de vestir, mi camisa blanca de rayas rojas y negras y mis lentes Ray-Ban que perdí en la primera de las oportunidades en que perder las cosas personales era la rutina porque había que correr . Llegué junto a cinco compañeros todos de la ciudad, estudiantes todos, soñadores y que teníamos las ganas de hacer algo grande pero no sabíamos como. Recuerdo que me pasaba los días mirando a los alrededores, escuchando a lo lejos el ruido de la gente trabajando en el campo, cortando leña, gritando, algún perro ladrando, mirando los cerros y la neblina, mirando la gente a lo lejos en los caminos.

Tuve que resolver el asunto de la dormida y nada fue mas apropiado que aquellas bolsas plásticas en que venía el abono y que me encontré en los sembrados abandonados porque la gente utilizada como espantapájaros, aquella fue una fabulosa idea, me servían de bolsa de dormir y funcionaban perfectas pudiendo dormir bajo la lluvia sin mojar mis ropas y manteniendo mi cuerpo caliente, aun recuerdo la sensación.

No recuerdo los nombres de todos, ni los rostros de todos, pero algunos se me quedaron por siempre en la memoria, así quedó Sabino con el único G-3 en el campamento, uno de esos de fabricación alemana que le arrebataron a no se que guardia en no se que actividad y recuerdo a Raimundo con su 38 especial de cañón largo que siempre portaba en el cinturón y recuerdo también la carabina esa con un solo cargador y una bolsa de lona verde olivo en que se portaba munición, unos doscientos cartuchos y que nos servía para la posta nocturna en el punto mas vulnerable en cada uno de los sitios que elegíamos para dormir, recuerdo a Chepe Ángel, el compañero de Colon que fue capturado una vez pero que al ser liberado se vino directo al campamento y que ya entonces era una leyenda porque se había enfrentado solo alguna vez a los escuadrones y había salido ileso, el peludo, porque tenía siempre el pelo largo, no dejaba su escopeta 16 maicillera que seguramente no mataba a nadie a menos que lo tuviera encima.

En Chilcuyo se podían pasar días tranquilos que a veces eran rotos por el rumor de movimiento enemigo, Así era entonces el asunto de ser guerrillero, caminando por ahí por las casas abandonadas recogiendo laminas o hierro que podíamos utilizar, pero un día nos metieron un operativo grande vinieron guardias y soldados guiados por los escuadrones y eso rompió con la rutina, la gente se asustó y algunos comenzaron a abandonar el campamento, se creció el rumor de nuevos operativos y las gentes comenzaron a huir a Santa Ana en donde decían que se estaban formando refugios. nosotros nos quedamos un tiempo y comenzamos a hacerle frente al enemigo en la forma que nosotros podíamos hacerle frente, con minas y con emboscadas y así, cada dos que tres días había algo, un tiroteo, una exploración del enemigo, un poblador asesinado en los alrededores. Chilcuyo fue una experiencia para muchos de nosotros, fue el comienzo de algo, fue mi introducción a la vida guerrillera.

Yo nunca salí de los montes así como lo hacían mis otros compañeros, poco a poco me fui quedando y adaptando, perdí mis ropas de muchacho de la ciudad, perdí mis zapatos, perdí mis costumbres y comencé a integrarme al campo, a sufrir con paciencia lo que había que sufrir, aguantadas de hambre, caminadas extremas, lluvia y mas lluvia, caminar por lodazales, y vivir celebrando cada día que había podido vivir sin tanta novedad o celebrar mi suerte después del encuentro casual con el enemigo.
Yo no sabía que iba a quedar vivo para recordarlo.
Chilcuyo, chilcuyo, los que pasaron por ahí alguna vez saben que eso fue una locura, solo ellos y yo lo sabemos. 

José Salvador Veliz | Sábado, 17 de junio 2017.

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