“… 1 rifle Gallil y 6 magazines de reserva…”

 Parte I

Cuando Carlos informó en El Estado Mayor de que en la ciudad de San Vicente había un compañero que se quería incorporar a la lucha revolucionaria y directamente en las filas guerrilleras, pero que no había pasado por el proceso normal de reclutamiento, los presentes nos quedamos boquiabiertos y nos dispusimos a poner en función nuestros oídos.  Allí estaba dirigiendo la reunión Boris, jefe del Estado Mayor guerrillero; Porfirio, jefe de La Sección que operaba en San Vicente; La Choca Adela que era la jefa de información y comunicaciones; Benito, que era el jefe del pelotón que operaba en la zona “Ángela Montano” o sea, Usulután; yo que mandaba las tropas que operaban en la zona de Jaragua. El proceso de reclutamiento normal llevaba meses, en algunos casos, años, por lo menos en la década de los años setenta, ya que había que pasar por diversos procesos y “coladores.” Pero cuando Carlos agregó que el compañero en mención tenía un rifle de asalto del tipo Gallil en su poder, allí abrimos nuestros quinqués de par en par. Porfirio y Benito se alegraron contando ya con la nueva arma de combate porque en aquella época teníamos escases de armas. Bueno, la escasez de armas y otras vituallas militares siempre fue un problema, sensible y generalizado, por el tamaño de la organización guerrillera. Y es que las pocas armas de las que disponíamos no eran suficientes para armar a los cuasi cuatro batallones de tropas nuevas que entrenaban en las diversas posiciones del volcán Chinchontepeque. Y eso solo por mencionar al Frente Para-central como ejemplo pero la cruda verdad era que en todos los frentes de guerra bajo control de las tropas de Las FPL existía el mismo problema: la escasez de armas y otras vituallas militares para organizar y hacer la guerra popular prolongada. A La Choca Adela no le pude ver los ojos porque usaba unos lentes “culo de botella” haciendo difícil la lectura de sus movimientos de pestañas aunque la vi un tanto turbada. Boris mantuvo la compostura, y es que, como jefe del Estado Mayor guerrillero no podía actuar de otra manera. Carlos actuaba como si ya hubiera ganado la guerra, o como si la suerte lo hubiera premiado de golpe ganando la lotería, o como si nosotros – Benito, Porfirio y yo – fuéramos sus discípulos y subordinados a sus consejos y caprichos vanidosos. Las tropas guerrilleras del volcán Chinchontepeque habían comenzado a apodarlo “Carlos Vete” porque siempre estaba mandando a la tropa, tipo “… vete a hacer cualesquier cosa…” con aire arrogante, demostrando poder, e indicando que él pertenecía a otra clase social que se preciaba de manejar la lengua española de una forma perfecta, y eso chocaba entre compañeros y compañeras, en su mayoría campesinos, que medio deletreaban y otros que ni siquiera eso porque el podrido sistema capitalista no les había dado la oportunidad de asistir a la escuela y de aprender lo básico de la educación formal. Siempre fue así. Un personaje un tanto sombrío y arrogante que jamás nos inspiró confianza a nosotros tres, bueno, cuatro, porque La Avispa pensaba igual que nosotros pero nadie podía decir ni pío por la disciplina de hierro, y por falta de pruebas. Y cuando lo hicimos no nos creyeron porque no había pruebas de nada. La tropa lo veía mal, y les caía mal porque ante cualesquier indisciplina, por mínima que fuera, siempre acudía a los superiores a informar lo cual en la jerga diaria de la tropa significaba ser “soplón,” y además, jamás salía a operar, tampoco lo vimos combatir alguna vez. ¡Solo de chivito se la picaba! Al mismo tiempo había rumores de que había intentado violar a un par de compañeras, y que incluso había intentado seducir por la fuerza a Maritza La Avispa, pero que ésta le había puesto la pistola .45 en el pecho. Pero claro, jamás supimos si estos rumores tenían base real o no puesto que no hubo una investigación formal al respecto ya que ningún jefe superior se interesó por el asunto en cuestión. De lo que sí puedo dar fe es de la historia de agresión a La Avispa. Ella le informó a Porfirio, y en mi presencia, de los pormenores del asunto: día, hora y lugar, y cómo se habían dado los hechos. Y a nosotros dos, Porfirio y yo, no nos sorprendió la actitud del personaje que les menciono. La Avispa no mentía por aquello de los valores revolucionarios y el concepto de la construcción del hombre nuevo. Carlos se “marchó” del Frente Para-central después de la ofensiva del 10 de enero de 1981 en momentos en que yo me encontraba destacado en La Zona Rancho del departamento de Cabañas. Hasta hace un par de años supe los pormenores, remacho, los pormenores porque ya sabía de la operación pero solo a pincelazos, y esto por comentarios de testigos, que no son otros que compañeros sobrevivientes, que cuando pasó aquello, me refiero a que Carlos se marchó del Chinchontepeque, combatientes voluntarios de diversas unidades, al mando de El Negro Hugo bajaron a buscarlo en Zacatecoluca, donde se escondía, con la intención de pasarle la factura por varias jugarretas pendientes pero que no lograron ubicarlo. Y yo me quedé pensando en lo inverosímil y peliagudo de aquella incursión a la ciudad porque después de los combates librados durante la ofensiva final del sábado 10 de enero de 1981 la ciudad viroleña estaba militarizada totalmente por las tropas del CIIFA y los cuerpos de seguridad, léase Guardia Nacional, Policía de Hacienda y Policía Nacional, más las patrullas de ORDEN, y los escuadrones de la muerte. Pero los guerrilleros de aquella época se las ingeniaban para burlar al enemigo, utilizando para ello el conocimiento del terreno, y disponiendo del apoyo incondicional de la población civil. No obstante, aquella incursión guerrillera, que no era otra cosa que una operación no sancionada por los mandos político-militares, por supuesto, bien planeada y ahora olvidada en la memoria colectiva, eran huevos y ovarios aparte. Digo, pensándolo bien, y en base al análisis del contexto histórico. Aún me hormiguea el pellejo, solamente de pensarlo.

Resulta que Belter, ese fue el nombre de guerra que se puso, se había venido a pie desde Nicaragua, y se había traído consigo un rifle Gallil de fabricación israelita arrebatado a la guardia nacional del General Somoza durante los combates en el año de 1979. Y en efecto, así se había desarrollado la historia. Belter se vino, junto con un grupito de salvadoreños, caminando por montes y cañadas, días enteros con sus noches y amaneceres, llegando cerca de la ciudad de San Miguel. Allí escondió todo el equipo que traía consigo y posteriormente abordó un autobús para la ciudad de San Vicente. Unos días más tarde Belter volvió en vehículo a buscar su preciada carga. Esa fue la historia que nos contó allá por el caserío El Mono, y agregó que dispuso traerse el equipo completo porque la idea era incorporarse a la lucha armada en El Salvador y no quería hacerse presente con las manos vacías. En cuanto a cómo llegó a Nicaragua había un par de teorías que Belter jamás quiso discutir ni mucho menos aclarar. Nosotros tampoco le preguntamos al respecto. Cuando la insurrección liderada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, se aseguraba que El Gobierno salvadoreño había mandado, en secreto, un centenar de soldados a apoyar al General Somoza, y que de este centenar de tropas no habían regresado muchos, no supimos más al respecto ya que todo, al parecer, fue extra-oficial, y nadie se interesó mucho por el asunto. Se decía que Belter había sido uno de esos soldados que al ser capturado por los compañeros sandinistas se había convertido en otro hombre cambiando de bando, pero jamás lo supimos ni pudimos comprobarlo, y tampoco nos incumbió mucho por la calidad y valentía del compañero. Así que nos cagamos haciendo caso omiso a aquellas teorías conspirativas que quién-sabe-de-la-cabeza-de-quién surgieron y las hizo circular entre las tropas para generarnos malestar. Por supuesto que pudimos constatar en el terreno de que Belter tenía preparación y experiencia militar, ante lo cual le dimos responsabilidades como de instructor militar, tanto de la tropa veterana como de la tropa nueva. Además, en el teatro de operaciones actuaba y se movía como el pez en el agua, y sabía desenvolverse, y maniobrar de acuerdo a las condiciones del contexto.

Belter subió desde la terrible carretera hacia el caserío El Mono junto con Carlos “Vete.” Allí nos reunimos con él, y le planteamos el asunto. “Vengo a quedarme y a pelear junto a ustedes…” Nos dijo aquel lejano día. Y en efecto. Se quedó con nosotros. Por supuesto que su incorporación a la guerrilla de las FPL había sido discutida, valorada, y aprobada por la estructura correspondiente del partido marxista leninista en construcción. Llegó portando un rifle Gallil y 6 magazines de reserva, toda una nueva adquisición ya que cada magazín tenía capacidad para 50 balas. Y a partir de allí Belter comenzó a operar y a hacer buenas migas con los valientes, duros y duras, como El Negro Hugo, El Pechudo, Tierra, Sergio Chupón, La Edith, Hermosura, El Padrecito, La Avispa, Giovanni El Negro, Mariano El Subversivito, El Bolo, El Pecho de Paloma, El Pirringo, El Hombrecito y su hermano Manuel, Los Hermanos Come-Dulce, y otros tantos muchachos, hombres y hembras de valor incalculable que en aquella época lejana y olvidada abrazaron e hicieron suya la causa de los pobres y humildes sacrificando todo lo que tenían, y todo lo que pudieron llegar a tener de no haberse sacrificado en los altares de la revolución popular obrero campesina, proletaria.

Un par de pelotones de la beligerante Sección número Uno fueron posicionados en la finca La Florida bajo el mando de Belter y La Edith a manera de una avanzada de exploración y para contención y aviso en caso de invasión enemiga viniendo desde ese punto cardinal. La finca en mención estaba ubicada a varios cientos de pasos, y metros, y minutos más arriba del cantón Palo Grande en el departamento de La paz. La zona era montaña pura y espesa, bosques naturales, plantaciones de cafetos, hileras de pinares, lomas, quebradas y barrancos, todo un contexto natural cuasi perfecto para alojar y enmascarar a las pequeñas unidades guerrilleras. Desde aquella posición se realizaron exploraciones y reconocimientos de terrenos, varias operaciones, y apertrechamiento de vituallas. Allí Belter se inventó, un tanto en broma, un tanto en serio, una forma de saludo militar con la punta de la mano izquierda a la altura de la visera de la boina. Así que un día que estuve de visita y mientras caminaba por senderos perdidos en el bosque me topé con una escuadra guerrillera que me saludó con la mano izquierda. “… Total somos de izquierda…” Me comentaron cuando pregunté sobre el saludo. Yo no dije nada, ¿qué podría haberles dicho a los muchachos? Y de esa misma posición partió una escuadra a realizar una exploración una mañana diáfana. Cuando empezaba a oscurecer, y regresaban a la base, y a la altura de Las Tres Cruces, un lugar ubicado entre El Tercer Ciclo José Simeón Cañas y La Colonia 27 de Septiembre, por la calle que viene desde donde tenía su cuartel El CIIFA, en la ciudad de Zacatecoluca, hubo un recio enfrentamiento entre la escuadra y las tropas enemigas en mención. Y allí nos hirieron a un compañero que era originario de la misma ciudad y que había vivido en La Colonia 27 de Septiembre donde aún vivía su familia. El compañero resultó herido en las cercanías de la casa familiar pero logró huir, siendo capturado por las tropas enemigas el día siguiente a eso de 11.00 de la mañana mientras se escondía en una casa de simpatizantes y colaboradores nuestros ubicada por la parte norte y en la misma cuadra donde se ubicaba El Colegio católico San Pablo, y por la noche de ese mismo día fue rematado y su cuerpo lanzado en un potrero en las proximidades sureñas del cantón Los Platanares. El compañero, cuyo nombre de pila jamás supe, y su distintivo de guerra ahora no puedo recordar, era de apellido Rubio Molina, tenía un hermano mayor, José Rubio, que era un piloto de la aviación civil quien poseía una avioneta para fumigación de cultivos diversos, entre ellos algodón. Tenemos motivos, razones e información fidedigna para creer que dicha avioneta fue una de las utilizadas cuando en la manifestación popular más grande denominada de “La Unidad” que se realizó en San Salvador el martes 22 de enero de 1980 dejaron caer agua envenenada sobre las muchedumbres que se manifestaban contra la dictadura militar. La avioneta era del tipo Cessna y de color amarillo, y estaba asociada a La Compañía de los pilotos que tenían su base en Santa Cruz Porrillo, allí ellos también disponían de aviones Truck Commander. Y entre los dueños de La Compañía aérea se contaban a Roberto Angulo, y Los Vides Casanova, entre otros personajes. Aquella baja en nuestras filas nos dolió más de lo normal porque el compañero caído provenía de la clase media de la ciudad de Zacatecoluca. Era un muchacho que nació y creció en la ciudad, y que lo tenía todo, materialmente hablando, pero que al calor del contexto social y político había tomado la decisión de encampamentarse con las guerrillas del volcán Chinchontepeque. Y como tal se había convertido en un guerrillero de Las FPL. Y eso significaba que se había ganado un respeto especial de parte de las tropas campesinas. Y especialmente de parte de Belter con quien se tenían un profundo aprecio y respeto, y en sus andanzas y peripecias cotidianas fueron uña y mugre.

Cuando tropas del batallón estacionado en La Finca Iberia, y que yo mandaba, bajo el mando operativo de La Edith, y otros compañeros integrantes del Estado Mayor del batallón, amaneciendo, atacaron la posición de la guardia nacional, y de la defensa civil de Santa Cruz Porrillo, en el segundo semestre de 1980, La Edith recibió una ráfaga de disparos calibre 9 mm, de los cuales, uno le impactó en el frontispicio, un poco arriba y en dirección de los dos ojos, pero sobrevivió a la herida aunque con consecuencias de por vida. El tiro fue probablemente disparado por una sub-ametralladora enemiga. Es posible que en la trayectoria de la bala, esta haya chocado o atravesado alguna madera, solo así se explica que la bala no le hubiera destrozado con toda su potencia y fuerza el frontispicio a la Edith. En esa operación cayó en combate “El Petete,” un muchacho de unos 15 años originario de La Palma, y hermano menor de Sergio Chupón, combatiente curtido de la Sección Número Uno. Aquel amanecer, El Petete solamente portaba una pistola calibre .22 con varios magazines de reserva. Sergio Chupón se llamaba Jesús Ventura según me dijo su hermana menor a quien me encontré hace solo unos pocos meses allá por el cantón La Palma en el municipio de San Rafael Obrajuelo en el departamento de La Paz. La segunda vez, en el mismo año y mes de por medio, que atacamos las posiciones de la guardia nacional y de la defensa civil de Santa Cruz Porrillo, a Belter lo hirieron de un disparo de escopeta en el rostro. Efectivos enemigos le dispararon a quemarropa, desde una ventana. Aquellas heridas provocadas por los perdigones le significaron perder un ojo. Las tropas guerrilleras se trabaron en combate contra elementos de la guardia nacional, y civiles armados pertenecientes a los escuadrones de la muerte. Una compañera, apenas una niña, resultó lesionada ya que le dieron un escopetazo en la espalda y resultó llena de perdigones. En aquel ataque cayó otro compañero cuyo nombre de guerra ahora no puedo recordar. Retirándose desde Santa Cruz Porrillo, las tropas cargaron a los heridos y avanzaron de forma ordenada hasta llegar a la base guerrillera de La Paz Opico cruzando por los cantones Las Lomas de Angulo, y San Francisco Angulo y la terrible carretera entre Zacatecoluca y San Vicente, y a plena luz del día. Y digo terrible carretera [Véase relato sobre “La Terrible Carretera”] porque a lo largo y ancho de ella peleábamos a diario y detonábamos minas a cualesquier hora. Por sus orillas y cunetas corría la sangre, tanto de las tropas castrenses, como de nosotros, los guerrilleros del Frente Para-central.

Un par de meses más tarde Belter se había recuperado. Regresó de San Salvador alegre y con unos lentes oscuros Ray-Ban para ocultar la lesión del ojo. En la siguiente operación yo no quería que participara, y tomé la decisión de dejarlo fuera de la nómina de las escuadras que participarían, primero porque quería darle un respiro para que se recuperara por completo de la lesión, psicológicamente hablando, segundo porque había perdido visibilidad y pensábamos asignarle otras misiones. Cuando Belter se enteró de que no podía participar de la siguiente operación, llegó echando fuego donde mí: “¡Si vos pensas eso de mí,” me dijo, “estamos hechos mierda!” El Pirringo estaba frente a nosotros dos de testigo. Ambos nos miramos directo a los ojos. En aquel momento yo saqué mi pistola 9 mm Smith & Wesson de 15 tiros, y se la pasé para suavizar la situación y demostrarle que no pasaba nada, que solo había sido una consideración de parte del Estado Mayor, pero principalmente mía, y él muy contento se fue a ejecutar la operación con los demás compañeros. En aquella ocasión todos volvieron ilesos a la base que teníamos en La Finca Iberia, sin bajas que reportar mucho menos lamentar. La acción simbólica de prestarle mi pistola de equipo significaba que en nuestras unidades todas y todos éramos iguales, y que las armas no eran personales sino armas de la tropa y para pelear y hacer la guerra. Además, por aquella época en todo el Frente Para-central solo disponíamos de 3 pistolas de marca Smith & Wesson de calibre 9 mm con magazines con capacidad para 15 tiros, y del modelo 559: una la portaba Porfirio, la otra Pablo Anaya, o sea Nico, un viejo cuadro del partido marxista leninista de Las FPL originario de El Cantón La Cayetana y que además había sido el jefe o comisario político de la Brigada Farabundo Martí que peleó en Nicaragua en 1979, y la tercera la portaba yo. También había varias Browning HP 9 mm de fabricación belga pero esas las utilizaban algunos cuadros del partido, además de Boris y otros jefes militares. Disponíamos de otros tipos de pistolas, entre ellas, pistolas .45, revólveres 357 Mágnum y .38 special, Walther P38 de fabricación alemana, que se utilizaban en las operaciones diarias. Ah y antes de que lo olvide, permítanme contarles que visité al viejo Pablo Anaya allá por Tehuacán, hace un par de años. Ya pasa de las 80 primaveras pero tiene una lucidez tremenda e impecable. Cuando lo visitamos con Reinaldo Miranda, o sea Miguel Ángel Escobar, que fuera representante del FMLN para los países nórdicos, recién salía del hospital Santa Gertrudis, de una intervención quirúrgica, puros huesitos, pero todavía tuvo la gentileza de pedirle a su mujer que aliñara la única gallinita para invitarnos a una sopa. Viéndolo directo a los ojos, y recordándolo como un cuadrazo político, y el tremendo calibre de las responsabilidades que había desempeñado dentro de la organización guerrillera, su historia personal, sus cualidades humanas, lo que había sido, hecho y sacrificado por la causa, se me humedecieron los ojos porque el abandono en el que se encontraba era para romper a llorar de impotencia y de dolor. Nico, digo Pablo, me echó un vistazo con su mirada seria de campesino puro, una mirada limpia como el cielo y sin ambiciones políticas, y medio dibujó una sonrisa mostrando sus dientes carcomidos por los recuerdos y el paso de los años, y entonces me indicó: “en Las Pampas vive Miguel UV, El Soldado Peche ¿No vas a ir a saludarlo?” Pablo Anaya fue, y para mí sigue siendo, uno de los pocos cuadros políticos de la organización guerrillera a quien le tuve, y le sigo teniendo, un profundo aprecio y respeto.

En la operación del tipo “golpe de mano” denominada “Operación Guajoyo” cayó en combate. Esto fue unas cuatro o cinco semanas antes de la ofensiva final del 10 de enero de 1981. Creo que fue a finales de noviembre, o principios de diciembre. El Guajoyo era una hacienda ubicada en el sureste del departamento de San Vicente hacia el río Lempa donde había una posición custodiada y defendida por unos 30 soldados provenientes de La Quinta Brigada de Infantería, más un grupo de defensas civiles reclutados entre los colonos de la hacienda. Belter quiso pasar a cuchillo a un soldado de guardia para facilitar el ataque, asalto y aniquilamiento sorprendiendo a la tropa enemiga, se le acercó al soldado de posta sigilosamente, y cuando iba a pasarlo por cuchillo, apareció por la retaguardia otro soldado que venía saliendo del monte de orinar, y le disparó a Belter por la espalda. El cuerpo de Belter cayó sin vida en el instante. Hermosura avanzaba detrás de Belter tratando de alcanzarlo en el desplazamiento y acercamiento a las posiciones enemigas, y cuando lo vio caer, disparó el magazín de su rifle FAL aniquilando a los dos soldados. Esto de acuerdo a lo relatado por Hermosura en una conversación que sostuvimos una semana más tarde de la operación de ataque allá por La Finca El 4 de Mayo. El comandante Juan, apodado y mejor conocido entre las tropas guerrilleras del Chinchontepeque por Juanón debido a su estatura longeva, segundo jefe del Frente, y que personalmente comandó el ataque a la hacienda El Guajoyo, planteaba que había que ponerle dos hombres por cada uno de los enemigos allí apostados. Juanón, los integrantes de La Sección de Operaciones del Estado Mayor, y yo que la dirigía, nos trabamos en una discusión sobre tácticas guerrilleras y otras hierbas teóricas sobre guerra de guerrillas. Así que se dispuso un ataque con unos 50 hombres para atacar la posición de El Guajoyo, atendiendo la táctica propuesta por el comandante Juanón. Unos 50 guerrilleros, entre hombres y mujeres, súper equipados de coraje y valentía, y de muchos valores, pero militarmente mal apertrechados pelearían contra unos 30 soldados y con mejores equipos militares pero así fueron aquellos años de lucha cuando combatíamos lo mucho con lo poco e íbamos avanzando, siempre de lo simple a lo complejo. Ninguno de nosotros aturraba la cara, o protestaba por las paupérrimas condiciones, todos pasábamos hambre y aprensiones, días y noches enteras bajo las lluvias o caminando por lodazales, los pies reventados y con asentamientos de hongos en los dedos de los pies y bajo las uñas. Yo, por ejemplo, adopté unos hongos tan especiales que hicieron que se me pudrieran y cayeran las uñas de los dedos de los pies. Los padecí unos 18 años, hasta que allá en la ciudad sueca de Eskilstuna una rubia enfermera del “Mälarsjukhuset” me recomendó que comprara y usara Lamisil gel y tabletas para exterminarlos de raíz. Así que luego de 18 años logré darlos de baja a los hijoputas. Los ojos bermellones por la ausencia de un buen y reparador sueño. Aquellos fueron tiempos de mucho valor y sacrificio, de darlo todo a cambio de nada, el estómago medio vacío, y la familia en el tintero, y las compañeras igualmente sacrificadas. Nadie demandaba viáticos de viaje, de hospedaje, ni de almuerzo porque esos eran conceptos modernos que aún no se conocían. Por supuesto, a algunos de nosotros nos proporcionaban “un estipendio” que era una cantidad simbólica de dinero mensual, sobre todo cuando La Organización disponía de fondos, para gastos de transporte, alimentación, y artículos de higiene personal, que incluían pasta y cepillo dental, y otras cositas como jabón de baño, y hojas de afeitar: a mediados del año de 1979 siendo jefe de escuadra mi estipendio mensual consistía en 70 colones, y más tarde en 120 colones cuando ya era miembro del Estado Mayor guerrillero. Yo delimitaba mis gastos personales porque con ese dinero sobrante compraba municiones para armas de diversos calibres en los comercios donde todavía vendían productos para cacería: por ejemplo .38 spl, 38 Auto, .45 y 9 mm. La ideología y nuestra forma colectiva de actuar nos hacían fuertes, compartíamos las pocas vituallas militares disponibles. Y hasta el miedo lo enfrentábamos de forma colectiva. Solamente algunos guerrilleros y guerrilleras intercambiaban cigarros por tortillas, además estaban las “guacas,” o sea, el arte de recolectar, esconder y enmascarar frutas por las marañas del monte, o bajo la tierra para dejarlas madurar, y para que no las descubrieran los otros compañeros. Esto era más una broma, un juego de astucia que otra cosa, no era una actitud negativa, mucho menos desviación ideológica, pero las historias de “las guacas” todavía no las termino de escribir [Véase el relato “El Rostro Verde Olivo del Chinchontepeque”].

El famoso rifle Gallil, con sus 6 magazines de reserva y la mochila conteniendo, además, mil cartuchos, se perdió, y cayó en manos de las tropas enemigas en el recio y duro combate que se libró allá por San Carlos Lempa, exactamente en La Hacienda La Sabana, el domingo 25 de enero de 1981, cuando unidades del Frente Paracentral esperaban una avioneta con un cargamento de armas. En el aterrizaje, aquella noche en una pista de tierra e improvisada y a la luz de antorchas artesanales, la avioneta se accidentó resultando uno de los pilotos muerto y el otro herido de gravedad. Cuando la base, posiblemente en Nicaragua, de donde había partido la primera avioneta recibió el mensaje del suceso en suelo salvadoreño decidieron enviar otra avioneta para trasladar al piloto fallecido y al herido, pero cuando la avioneta con la misión de rescate sobrevoló el espacio aéreo salvadoreño, el piloto, de nacionalidad costarricense, Julio Romero Talavera, se extravió por la costa pacífica y sobrevoló el aeropuerto militar de Ilopango siendo descubierto por el radar de La Fuerza Aérea Salvadoreña. Horas más tarde, ese mismo día domingo, el piloto Julio Talavera sería capturado y torturado por las tropas enemigas, y luego remitido a los tribunales militares donde no hubo un tratamiento en regla siguiendo los procesos establecidos por Los Convenios de Ginebra para prisioneros de guerra, y sería enviado a las cárceles salvadoreñas en calidad de preso político de donde sería puesto en libertad unos 3 años más tarde. Pero no nos adelantemos en la historia. Aquella madrugada, a través del radar los operadores del sistema le dieron seguimiento y ubicaron el lugar donde la segunda avioneta aterrizó. Lo que a continuación sucedió es épico, extraordinario. Los primeros en hacerse presente al teatro de operaciones fueron los comandos paracaidistas de La Fuerza Aérea, más tarde se harían presentes las tropas del CIIFA y de La Quinta Brigada de Infantería, y también los cuerpos de seguridad, léase Guardia Nacional y Policía de Hacienda. Las tropas enemigas cercaron La Hacienda La Sabana en horas de la madrugada cuando todavía estaba oscuro, y se entabló combate durante todo el día, hasta pasadas las 08.00 de la noche cuando los últimos combatientes heridos peleaban dándole vida a la consigna de “Revolución o Muerte… El Pueblo Armado Vencerá” y “Vivan las Fuerzas Populares de Liberación, FPL, Farabundo Martí.” Yo, personalmente visité el lugar unos meses más tarde y pude constatar la consigna escrita a medias por Netón con los restos de su mano destruida por la explosión de la granada que intentaba lanzarle al enemigo cuando la ráfaga enemiga le partió la mano y la granada le explotó allí mismo: en un trozo de pared destruida había comenzado a escribir con su propia sangre “Vivan las FPL…” cuando fue rematado por las balas enemigas. Los compañeros del lugar me señalaron la piscina de dicha hacienda donde fueron cubiertos con tierra y sepultados los 38 compañeros y compañeras que cayeron aquel fatídico día. Entre ellos está Netón, que era originario de Aguilares y se llamaba Juan Recinos, y había sido el jefe militar de La Brigada Farabundo Martí de las FPL que combatió en Nicaragua cuando los sandinistas tomaron el poder derrotando a la dictadura del general Somoza, y uno de los jefes de las tropas del EPL del Chinchontepeque; y allí también está El Comandante Luisón, jefe del Frente Para-central por aquella época, también está allí Ivonne, una muchachita radio operadora de apenas unos 17 años de edad que llegó de San Salvador y que físicamente hablando era una muñequita. Luisón se llamaba Juan Méndez y había sido Secretario de Seguridad de La Directiva Nacional del Bloque Popular Revolucionario, BPR. Por mis pesquisas y conocimiento personal entiendo que hay unos 5 compañeros sobrevivientes de aquel recio, y ahora épico, combate. Ellos pueden dar fe ya que saben mejor la historia puesto que la vivieron en carne propia convirtiéndose en héroes de aquel cruento enfrentamiento entre dos ideologías opuestas. Mientras se libraban los combates en La Sabana, en el cantón Los Conejos se habían concentrado las armas y municiones que se descargaron de las avionetas la noche anterior. En dicho cantón había una considerable cantidad de tropas guerrilleras pero el jefe político, cuyo nombre de guerra creo que era Eliseo, cuasi “se hizo” en los pantalones inmutándose totalmente y no dio la orden a los mandos de las tropas guerrilleras de ir apoyar a los compañeros que estaban cercados por las tropas enemigas. “Si salgo vivo de esta… lo primero que voy a hacer es fusilar a ese cabrón” habría comentado el comandante Luisón, de acuerdo a uno de los compañeros sobrevivientes, cuando el comandante fue consciente que no recibiría apoyo de las tropas estacionadas en el cantón Los Conejos. Los estruendos ensordecedores del combate continuaban al otro lado del río cuando El Negro Hugo, asumiendo el mando de las tropas posicionadas en El Cantón Los Conejos y con un par de secciones guerrilleras, se dispuso a darle apoyo a los compañeros cercados, pero sus intentos fueron infructuosos ya que el enemigo había dispuesto 3 anillos de tropas alrededor de la hacienda, y ante la cantidad considerable de bajas tuvo que retirarse, sin embargo se sabe que pusieron emboscadas y detonaron varias minas a las tropas enemigas en la retaguardia que transportaban tropas, muertos y heridos. De acuerdo a mis pesquisas personales, unos pocos meses más tarde, y por conversaciones con compañeros que fueron parte de aquel esfuerzo militar de apoyo a los compañeros cercados, supe que El Negro Hugo y sus tropas realizaron maniobras y esfuerzos durante todo aquel día por inclinar la balanza de las probabilidades a favor de Luisón y los demás compañeros pero el final del día y la llegada de la noche significó la caída de los compañeros, ahora convertidos en “Los Héroes y Heroínas de La Sabana.” El comandante Luisón portaba el famoso rifle Gallil aquel día: digo famoso, porque a partir de su adquisición lo llevamos a cuanta operación ejecutamos. Luisón era un gran hombre y líder campesino que se jugaba el pellejo a diario, por lo que la tropa de a pie, la infantería descalza lo apreciaba y respetaba, igual que al comandante Juanón.

Parte II

Nora Alba Rodríguez, una compañera sobreviviente de aquellos años trágicos, nos da su testimonio referente al ataque guerrillero a La Hacienda El Guajoyo, y la posterior caída en combate de Belter. Y además, está de acuerdo en que mencionemos su nombre en este relato donde tratamos de recoger y de plasmar, para la posteridad, las vivencias diarias de los compañeros guerrilleros y guerrilleras, y el invaluable legado histórico y revolucionario del compañero Belter.

 “Manuel Ayala se llamaba el señor que los soldados ahorcaron en un palo de tigüilote en el terreno de Ramiro Chávez.” Así comienza Nora Alba su relato.

“El señor era colono de la hacienda El Guajoyo, y era de una de las familias que trabajaban para La Hacienda. Pienso que Belter cayó como a finales del mes de noviembre del 1980 porque después de eso nos trasladamos para ese otro lugar que era en el volcán que no recuerdo el nombre pero que era como a unos dos a tres kilómetros del cuartel El 4 de Mayo que tan por cierto allí no estuvimos mucho tiempo, lo que sí recuerdo es que allí estábamos para cuando se dio la ofensiva final y que quizás por eso nos sacaron de San Francisco Javier porque si no hubiéramos sido blanco de los helicópteros que sobrevolaron entre Tecoluca y San Vicente para el tiempo de la ofensiva. Y también recuerdo que después que pasó todo eso nos trasladaron al Cuartel El 4 de Mayo que fue adonde murió mi niño y tan por cierto el día que El Niño fallece, Francisco Escoto no estaba, andaba haciendo tareas como solía pasar porque los guerrilleros pasaban bien ocupados, de un lugar a otro porque ya para ese tiempo las cosas se agudizaban pero por suerte regresó esa noche que estábamos velando al niño, y fue algo tan fuerte para él porque él casi nunca estaba con nosotros por atender a tantas responsabilidades al igual que el resto de compañeros guerrilleros destacados en ese lugar conocido como El Cuatro de Mayo. Y yo recuerdo muy bien que me dijo, “…yo no iré mañana a ningún lugar… hasta aquí llegó todo…” me dijo, él hablaba de su vida porque estaba más destrozado que yo. Yo no le dije nada pero el jefe del cuartel le dijo que tomara su tiempo, que tan poco ellos lo mandarían así a hacer tareas pero él dijo que quería regresar a su casa, y nos dieron un permiso de una semana y que realmente no pudimos estar mucho tiempo cuando el siguiente día ya teníamos al ejército en las narices, que fue cuando logramos escapar y que de furiosos porque no pudieron agarrarnos mataron al señor Félix, marido de la Josefa, y tuvimos que regresar con doña Margarita Escoto y todos los cipotes y por eso fue que nos dieron aquella casa donde los llevé cuando asesinaron a la familia y en cuyo patio había un gran palo de aguacate, y que estaba a la orilla de la calle que viniendo de la finca de Calecho Miranda dobla a mano derecha y luego a mano izquierda hacia el campamento El 4 de Mayo, en medio de la casa y el campamento estaban unos cajones con abejas para colectar miel y con la cera se manufacturaban candelas para el consumo colectivo. Entonces Francisco fue trasladado al cuartel ubicado en la finca de Calecho Miranda, y allí es cuando yo me separo por primera vez de Francisco y decido quedarme con toda la familia y esa separación fue para siempre. Bueno hermano no sé si tu sabias como sucedieron estas cosas pero solo quería contarte un poco.”

En una plática reciente, Nora Alba me comentaba que para acercarse sin ser descubiertos a la casa de la hacienda, Belter corrió pasando por un patio encementado que utilizaban para secar al sol algunas cosechas de diversos granos en aquella hacienda. Llegó al muro de la casona, me imagino donde estaban los horcones de la casa. Allí usando el muro para protegerse lanzó una granada al interior de la casa. La granada estalló y todo siguió silencio al interior de la hacienda. Allí es donde Belter toma la decisión de entrar pensando en que quizás la granada había matado a todos los soldados. Menciona que en aquel ataque no hubo disparos antes de la explosión de la granada. Belter cayó en la puerta, casi adentro de la casa. En el interior de aquella hacienda convertida en cuartel militar, los soldados muertos, otros heridos, y otros sanitos, sanitos, se habían quedado quietecitos sin hacer bulla, esperando quizás para poder evaluar la fuerza del ataque guerrillero, así fue como mataron a Belter. Si se escuchó ráfagas o si se escuchó solo un tiro, no se sabe. Belter cayó por la puerta principal, casi adentro del cuartel.

“En los caseríos de los alrededores comenzó a correr la noticia del ataque al puesto de El Guajoyo. Dijeron que los guerrilleros bajaron del Chinchontepeque. Se cuenta que los soldados en El Guajoyo llamaron por radio pidiendo ayuda médica y refuerzos de tropa. Llamaron al cuartel de San Vicente donde les ofrecieron refuerzo y pidieron un helicóptero para sacar a los heridos. Pidieron ayuda al cuartel de Zacatecoluca, a la comandancia de la guardia nacional de Tecoluca, al puesto de soldados de San Nicolás Lempa y al puesto de soldados de San Marcos Lempa. En el comunicado por radio dijeron que tenían un par de bajas, varios heridos, y que habían matado a un guerrillero extranjero, lo más común en ese tiempo era decir que eran cubanos.”

“Ese día los soldados de El Guajoyo sacaron ellos mismos a sus heridos. Usaron el tractor que servía en la hacienda El Granzazo, como muchas otras veces ya lo habían hecho para transportarse de El Guajoyo hacia San Nicolás Lempa, San Marcos Lempa y viceversa. Y también usaron una carreta con bueyes para el transporte. Fue hasta cuando casi habían llegado a San Nicolás Lempa cuando se escuchó el ruido de un helicóptero volando y este aterrizó en la Haciendita del Doctor Portillo, sobre la calle que de Altamira y San Nicolás Lempa pasa por el cantón Santa Bárbara, la misma calle que conduce a El Guajoyo, y por otra parte al cantón El Socorro, El Palmar, y a Tecoluca. Tal parece que tuvieron miedo de mandar el helicóptero hasta la Hacienda El Guajoyo. Tan rápido cargaron los heridos, el helicóptero levantó el vuelo perdiéndose en el horizonte. No se sabe si el cuerpo de Belter iba en el helicóptero junto con los heridos, ya que creían que se trataba de un guerrillero extranjero peleando en El Salvador. Hasta el momento no hemos podido obtener ninguna información que indique lo que los militares hicieron con el cadáver de Belter.”

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“Uno de los militares heridos se llamaba Jesús García a quien le decían "Chungo." Era un hombre de edad madura y un poco gordo de contextura física, era uno de los colonos de la hacienda que se habían convertido en orejas y miembros de las patrullas de ORDEN. La familia del viejo Chungo era así de pobre, no eran dueños de la tierra donde vivían y debían trabajar para el dueño de la hacienda. Allí había llegado Chungo desde quién sabe de qué rincón de El Salvador. Llegó a trabajar en la hacienda y se quedó allí a vivir porque se acompañó con una mujer originaria del lugar que tenía ya dos hijos grandes, uno de ellos tendría unos 20 años y el otro de unos 15. Estos últimos se hicieron soldados y formaban parte del destacamento posicionado en El Guajoyo. Uno de estos cipotes se llamaba Lorenzo y de apodo le decían "Lencho Pelagato." Lencho Pelagato era el más asesino de los dos hermanos, y no tenía misericordia con nadie.”

“… Te envío otro pedacito de historia tal cual lo escribió la compañera, falta la parte del papelito que los soldados encontraron en la bolsa de la camisa de Belter. Por las condiciones de vida no es fácil para ella encontrar el tiempo y recordar todo su pasado. Tan pronto tenga más información te la envío inmediatamente. Por cualquier pregunta sobre el texto me avisas.”

“El día siguiente del ataque, entró a Guajoyo una cantidad impresionante de soldados. Entonces supimos que en la bolsa de la camisa de Belter, los soldados habían encontrado un papelito doblado, allí estaba escrito el nombre de Manuel Ayala, y otros nombres e información de inteligencia recolectada con habitantes de El Guajoyo, interrogados antes del ataque. Ese día la calle verdeaba de soldados y un par de camiones grandes que llamábamos Mazinger, iban como si fuesen en un desfile en medio de las columnas de soldados a pie. Los soldados capturaron a Manuel, lo torturaron para interrogarlo y lo anduvieron golpeando y humillando por la calle. Desde El Guajoyo hasta San Nicolás Lempa los vecinos vieron pasar a los soldados que llevaban a Manuel amarrado con las manos atrás y sangrando de los golpes. Eran un montón de soldados y Manuel iba solito. Eso sucedió temprano en la mañana. En la tarde ya andaba la noticia que los soldados colgaron a Manuel en un palo de tigüilote que estaba dentro de la propiedad de Ramiro Chávez, entre el cantón de Santa Bárbara y San Nicolás Lempa.”

“De los soldados y patrulleros de ORDEN que sobrevivieron al ataque, se supo del viejo Jesús García "Chungo" quién continúo por un tiempo recorriendo aquellas calles de arriba para abajo, por veces montado en un caballo, o con otros soldados montado en el tractor de la hacienda El Granzazo, vigilando a los habitantes de los caseríos para ponerles el dedo con los soldados y la Guardia Nacional. Según testigos, el viejo “Chungo” y sus hijos junto con el resto de los soldados son responsables de la muerte de mucha gente indefensa en los caseríos El Guajoyo, El Socorro, El Palomar, y en el cantón de Santa Bárbara donde el 14 de febrero de 1981, Lorenzo y los soldados asesinaron a machetazos y a balazos a cinco familiares de Nora Alba Rodríguez, entre ellos su abuelo José Martín Rodríguez Rebelo de 81 años de edad, su madrasta Josefa Gregoria Suria de 71 años, su tía Inés Rodríguez Suria de 45 años, su prima Norma Pineda de 7 años, su primo Mario Rodríguez Pineda de apenas un año y medio de edad. Fue poco tiempo después que cometieron esta masacre que murió Jesús García, cuando viajaba de Guajoyo para San Nicolás Lempa montado en una carreta junto con otros soldados. Una rueda de la carreta pasó sobre una mina, y cuando esta detonó, volaron todos en pedazos.”

"Este informe está bastante bueno." Continúa Nora Alba Rodríguez haciendo referencia a mi relato, arriba escrito como Parte I de la historia de Belter.

“Este informé está bastante bueno. Con respecto al asalto a la hacienda El Guajoyo es cierto que este compañero Hermosura iba en el grupo que comandaba Belter y lo que pasó fue que en la hacienda usualmente se mantenían aproximadamente unos 30 hombres, entre soldados y miembros de los escuadrones de la muerte. Ese era el informe que se había obtenido por medió de unas personas que se habían interrogado para sacarles información de cómo estaba la situación en ese momento en la hacienda de El Guajoyo. Pero ese informe fue de lo que en ese momento estaba pasando en la hacienda. Pero hacía un par de días antes se había confirmado que eran como 30 hombres. Y lo que pasó que un día antes que los compañeros hicieran el asalto había entrado un convoy del ejército con un buen refuerzo de soldados y eso no estaba en las valoraciones que habían hecho los compañeros. Así es como el gran hombre, Belter, después de luchar en Nicaragua decide regresar a El Salvador a continuar luchando, hasta morir en la hacienda El Guajoyo. Y yo tuve la oportunidad de conocerlo porque él llegaba seguido al cuartel donde estábamos y Francisco apodado “Chico-Chele” y Mercedes eran sus hombres favoritos para que lo acompañaran a realizar hostigamientos al cuartel de San Vicente. Incluso cuando Belter murió, Francisco estuvo en ese asalto a la hacienda El Guajoyo pero esta vez él estaba con otros compañeros cubriendo un costado de la hacienda. Y yo di gracias a Dios que esa vez no le tocará en el grupo de Belter porque si no allí hubiera muerto Francisco porque eran como hermanos. Y cuando regresaron de la tarea, Francisco se lamentaba el no haber estado al lado de Belter, y decía que por qué los compañeros no lo habían rescatado y sacado de ese lugar y ahí fue donde los compañeros que estaban en el grupo de Belter le explicaron que Belter había quedado casi adentro de la hacienda y por eso era difícil el poderlo rescatar su cuerpo. Esto es lo que yo te puedo contar de ese día. Y también otra cosa que yo recuerdo es que esto fue a finales de noviembre porque después que murió Belter estuvimos en San Francisco Javier como un mes y medio y después nos trasladamos al volcán de San Vicente, y nos mandaron a una hacienda como unos 2 o 3 kilómetros arriba del cuartel El Cuatro de Mayo. Y allá estábamos cuando me dijo Francisco “… cuida bien al niño porque yo voy a la ofensiva y no sé sí regrese.” Yo me recuerdo que fuimos pocos los que nos quedamos en el cuartel, solo fuimos algunas mujeres que teníamos bebés y las de cocina, y de allí todos se fueron, y se dio la ofensiva final del 10 de enero. Y fue cuando después de un largo combate los compañeros tomaron prisionero al último soldado que quedaba combatiendo en Tecoluca, en la comandancia. Y cuando regresaron los compañeros se reían de ellos mismos, y decían que unos avanzaron en una planada bien pelada que no había a donde esconderse y que se habían puesto montes y ramas para verse como árboles. Y se reían cuando recordaban cómo lo habían hecho.”

Belter, Francisco y Mercedes, Hermosura, El Negro Hugo, y otros combatientes de grueso calibre realizaban hostigamientos a posiciones militares del enemigo como parte del plan de guerra. Es más, escuadras integradas por 10 guerrilleros se vestían de verde olivo, y equipados con rifles automáticos G-3 bajaban, a plena luz del día, a la terrible carretera, y simulando ser tropas gubernamentales requisaban un vehículo y se adentraban en las profundidades del perímetro defendido por el enemigo a explorar y a recolectar información, otras veces a hostigar sus puestos de vigilancia, tanto en Zacatecoluca como en San Vicente. Solamente para ilustrarles con un ejemplo: una vez en 1980, que Belter, Francisco y Mercedes, atacaron el cuartel de La Quinta Brigada en San Vicente y aniquilaron a los soldados vigilando en las torres, al punto salieron corriendo y requisaron un carro para la huida ya que Belter sabía manejar vehículo. Cuando regresaban a las posiciones en el volcán Chinchontepeque y se hacían presentes posterior a cada hostigamiento, lo hacían riéndose de las peripecias experimentadas, contentos de haber regresado con vida, y de haber logrado engañar al enemigo, y lo mejor, sin bajas en nuestras filas que reportar.

Parte III

Pepe Mina, un compañero combatiente del EPL y sobreviviente de aquellos turbulentos años, nos da un breve testimonio referente al ataque guerrillero a La Hacienda El Guajoyo, y sobre la caída en combate de Belter. Pepe Mina es testigo y actor de primera línea ya que participó de los combates aquella lejana noche. Además conoció personalmente a Belter. Así que aquí les presento unos retazos más del invaluable legado histórico y revolucionario del guerrillero Belter.

“… Lo poco que recuerdo del compañero Belter luego que se vino de Nicaragua posteriormente de la revolución es que se incorporó a Las FPL y asumió la responsabilidad de Jefe de Sección en el batallón que estaba posicionado en La Finca Iberia bajo el mando de Felipe… después de eso había la necesidad de ir tomando terreno y lo trasladaron para San Andrés Los Achiotes… estando establecido yo en su cuartel el compañero Juanón, segundo jefe del Frente Paracentral, me dio la orden que me trasladara para Los Achiotes y la orden era que fuéramos a observar la posición enemiga del Guajoyo… acatando la orden Belter y yo realizamos 3 observaciones del Guajoyo… y luego elaboramos el plan de ataque pero allí en la elaboración del plan se incorporó el compañero Juanón quien también era el jefe de la operación y Sergio Chupón el día de la operación… de Los Achiotes salimos el día de la operación a eso de las 06.00 para comenzar los combates a eso de las 10.00 pm… todo marchaba bien… como se había planificado… pero hubo un imprevisto que no lo tomamos en cuenta… ese día cambiaron de posiciones… y cuando se rompió el fuego el compañero Belter era el encargado de tirar las granadas, y ya estaba como a 20 metros de la posición y empezó a lanzar las granadas… estaba apostado en una bóveda porque allí había un cementerio… pero allí está la variante… nosotros no nos percatamos que podían poner postas al pie de un árbol de amate aunque en las observaciones lo hiciéramos y allí estaban apostados… y como a 10 metros le dispararon.. y el compañero Juanón le gritó que avanzara tirando las granadas pero el compañero Belter ya no respondió al llamado… luego me gritó a mí pero yo no le contesté porque yo quería llegar donde estaba Belter… y también Juárez estaba cubriéndome para que yo avanzara pero las tropas enemigas reaccionaron de inmediato y tomaron la posición de Belter y ya no pudimos llegar donde él estaba caído… muerto… el combate terminó… el compañero Juanón dio la orden de retirada a eso de las 05.00 de la mañana y nos retiramos sin el compañero Belter… esta operación fue ejecutada entre diciembre de 1980 y el 10 de enero de 1981.” [Pepe Mina. Veterano de guerra de Las FPL. Jueves 02 de marzo 2017]

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