Solía pasar con frecuencia por el caserío Güiscoyol, es esta una comunidad ubicada al norte del municipio de San Luis de La Reina, en la zona Norte de San Miguel. Debió haber algunas buenas razones por las que los pobladores de esos lugares me trataban bastante bien. Recuerdo que en San Antonio Las Iglesias había una familia que insistía siempre en que yo me quedara a dormir en una de sus hamacas al interior de su vivienda. Resultaba un poco incómodo porque el resto de los compas debía quedarse fuera, pero algunas veces aceptaba el gesto amable de la familia, siempre y cuando me autorizaban los compañeros. En El Tablón –otra comunidad de ese municipio-, había una familia que mostraba mucha alegría cada vez que llegaba y permanecía un rato por el lugar; a ella hago referencia especial en otro de mis relatos. El jefe de la casa fue mi peluquero algunas veces, mientras su señora nos preparaba un cafecito, o mientras aprovechaba de jugar al futbol con sus pequeños hijos, Daniel y David.  

Otra familia que difícilmente voy a olvidar vivía en La Chácara, una comunidad de Carolina, más al norte de esa Zona. Recuerdo que algunas veces me cocieron allí semillas de Pan, que aprovechaba de recoger cada vez que podía. Creo que de allí eran originarios tres compas milicianos que se incorporaron mientras fui responsable de esa Área. Entre ellos Ernesto, a quien yo bauticé con ese nombre después que él mostró cierta dificultad para encontrar uno de su total agrado. Les expliqué que por cuestiones de seguridad no debían usar su nombre legal, entonces les dejé un rato para que decidieran cómo debíamos llamarlos desde ese momento. Ricardo fue el seudónimo que seleccionó el primero; del segundo no recuerdo, pero al tercero le estaba costando encontrarse uno y…

-Qué pasó, ya decidiste cómo vamos a llamarte?
-No, no sé qué nombre usar.
-Yo puedo buscarte uno si quieres?
-Sí, búsqueme uno usted…
-Te parece bien ERNESTO?
-Sí, me gusta ese.

Y anuncié públicamente su nuevo nombre.

Recuerdo un par de anécdotas que tuvieron que ver con Ricardo, o Richard como también le llamábamos: A pesar de que ya se les había instruido en el uso de las armas, específicamente del M-16 o R-15 que para el caso viene a ser lo mismo, y como pasaba con frecuencia, a este compa se le fue un tiro. Ya algunos de ustedes saben, los primeros días que a uno le asignaban un arma no se dejaba de jugar con el seguro y el gatillo y de repente…el balazo. Afortunadamente no le pegó a nadie. Se puso super nervioso el compa, pero no iba yo a hablarle fuerte, mucho menos a sancionarlo, quizá lo hubiese hecho en otras circunstancias; pero lo que más recuerdo fue la razón por la que más se puso nervioso: el pobre Richard creyó que estaba herido, y lo creyó así porque vio salir el casquillo volando cerca de su brazo. Entonces nos reímos, le explicamos y nos movimos del lugar.

En otra ocasión, corrió hasta alcanzarme y tuve que interrumpir la marcha para complacer una muy especial petición: Richard quería dispararle a una bandada de “cutes” que descansaba en lo alto de un árbol, mientras, supongo yo, divisaban alguna carroña para poder devorarla. Y es que igual que sus otros dos amigos, Richard estaba apenas preparándose para llegado el momento pudiéramos incorporarlo a alguna de las unidades de la zona.

Cuando volví la mirada hacia arriba, observé que el árbol estaba tan cundido de “cutes”, que casi lo cubrían todo. Entonces, seguro de que hasta con los ojos cerrados cualquiera lo haría, accedí a su petición con una sola condición:

-Si no te bajás uno de esos “cutes”, te voy a sancionar.

Y en medio del revoloteo de las aves de rapiña, se vio venir a un pobre “cute”, víctima del certero disparo del compita que, mientras todos reíamos a carcajadas, saltaba emocionado…

Algunos a lo mejor no tengan idea de qué clase de aves son los “cutes”, pero les aseguro que ya las conocen. Ya habrá aquí algún lector de este relato que se los aclare.

Así era la vida en esos días siempre que las condiciones de la misma guerra lo permitieran.

Recuerdo que en alguno de esos puntos, mientras caminábamos buscando la calle principal entre Carolina y Ciudad Barrios con la misión de realizar algunas acciones de sabotaje y advertir del paro de transporte que entraría en vigencia al día siguiente, me alcanzó uno de los muchachos del grupo que voluntariamente nos acompañaba para decirme con una evidente franqueza: -Daniel, sólo quiero decirle algo: si todos fueran como usted, y nos explicaran las cosas como usted lo hace, no importara el peligro, todos vendríamos contentos como venimos ahora. Lo que sea Daniel, ya sabe, con usted, lo que sea…

Y qué decir de esa familia que vivía entre San Antonio Las Iglesias, Güiscoyol y Las Aradas. Una de esas veces que por alguna importante razón me desplacé solo por esa zona, llegué justamente cuando ya oscureciendo se iniciaba una tremenda tormenta. Toqué la puerta por un momento y aún identificándome no abrieron, entonces les advertí que iba a quedarme un rato en el corredor de la casa para que no fueran a asustarse en caso de que salieran en algún momento. Pero la tormenta pasó y continué mi camino. Unos días después que pasaba por allí me salió al paso la señora para preguntarme si había sido efectivamente yo el que había estado allí esa vez. Muy apenada me pidió que la disculpara pero que al no estar seguros de que se trataba de mi, temieron de que fuera una trampa. Le dije no se preocuparan, pero me sugirió una clave para asegurarse que la próxima vez en realidad se tratara de mi.

Y en Carolina, cómo olvidar a la abuelita Fide y a la señora del comedor frente al parque. La primera era una excelente activista de nuestra causa, pero la recuerdo más por su amabilidad y su cariño para conmigo ya finalizada la guerra. Me alojé en su casa muchas veces mientras hacía el trabajo organizativo por la fundación del partido fmln. Me contaba cómo había alojado y servido de comer a Monseñor Romero cuando visitaba el pueblo. No pude entregárselo personalmente, pero creo que fue con un nieto que le envié un libro de la biografía de Monseñor, por supuesto con un saludo especial de mi parte escrito en la pasta del mismo. Cuando supe que había fallecido había pasado ya un año. Lamenté no haberme enterado en su momento, pero espero que haya recibido el libro con mi saludo y que haya alcanzado a leerlo.

De la señora del comedor no recuerdo su nombre, pero nunca la manera de tratarnos y el apoyo que nos brindó siempre. Cuando andábamos dinero nos cobraba la comida siempre con un precio especial. Cuando no, nos la proporcionaba igual.

En fin, hay tantos recuerdos de esos tiempos. Pero el que me trajo a la cuenta todos los anteriores, es precisamente el que encabeza este relato: el de la abuelita Celedonia, la bisabuela de Tomás y creo que pariente también de Cristo, milicianos del lugar.

La abuela Celedonia vivía en Güiscoyol, durante el día permanecía en su casa y por la noche se retiraba a dormir con el resto de su familia en otra cerca de la suya; pero era esa casa la que se convertía en prácticamente un campamento cada vez que llegábamos con intenciones de descansar un rato, o varios ratos…

Era la típica casa del campo: paredes de bahareque, piso de tierra, sin divisiones, la tradicional hornilla, los horcones al centro que además sirven para colgar las hamacas, la ventana que da al patio, el techo de teja bajo el cual cuelga un tapesco y esa cierta humedad que mantiene el piso.

Siempre era muy bien recibido por la abuela. Ya atardeciendo, casi con la oscuridad de la noche, llegaba alguno de sus parientes para llevársela a dormir, no sin antes dejar la siguiente indicación: -Hijo, te quedás aquí adentro en una de las hamacas, mañana nos vemos.

Y al siguiente día, antes que el posta del último turno anunciara que ya era tiempo de levantarnos con el acostumbrado ¡Arriba! ¡Arriba!...la abuela Celedonia estaba de regreso preparando café. Por supuesto, que la primera guacalada era para mí.

Ya finalizada la guerra y en ese andar de nuevo por esos lugares fundando al que todos confiábamos sería el nuevo instrumento para la continuidad de la lucha revolucionaria, pero que en pocos años se convirtiera en un partido más de Derecha al servicio de los intereses de un pequeño grupo de traidores que descaradamente se lucran con la sangre y sacrificio de miles de salvadoreños, genuinos patriotas y revolucionarios; regresé a la casa que muchas veces nos sirvió de cuartelito y lugar de descanso. Ahí estaba la abuela Celedonia, contenta porque volvíamos a vernos en relativa paz…

Cuando supe que un año antes había fallecido- igual que en el caso de la abuela Fide-, le reclamé a la familia por no haber buscado la forma de avisarme. Y aunque lamenté profundamente ambos casos, me queda la satisfacción de haber recibido el cariño de esas dos lindas y valientes viejecitas, que se quedaron para siempre en mi memoria.

24 mayo 2018

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