Masacre estudiantil. Un antes y un después  

(Niño enyesado en el paso a dos niveles)  

Había sido tomado el Centro Universitario de Occidente en Santa Ana. Los estudiantes en protesta estaban recibiendo clases en el parque de la cuidad. En la Universidad Nacional en San Salvador, los altoparlantes ubicados en puntos estratégicos de los diferentes edificios de la ciudad universitaria, no cesaban de sonar anunciando la noticia de la violación de la autonomía por parte del ejército, acción ordenada por el gobierno del presidente Coronel Arturo Armando Molina. También hacían llamados a la comunidad universitaria, nacional e internacional a pronunciarse a favor y en defensa del Alma Mater y a estar pendientes para participar en las protestas que se estaban organizando. Todo aquello anunciado era acompañado con música de protesta que animaba a la población estudiantil a expresar su indignación participando en las movilizaciones que se estaban organizando.  

El gobierno de Molina, tenía el antecedente de haberse impuesto tras un fraude electoral en marzo de 1972. Su protector y entonces presidente, General Fidel Sánchez Hernández, había neutralizado un golpe militar encabezado por el Coronel Benjamín Mejía, cuando Molina ya era presidente electo y también había intervenido militarmente dos años antes la Universidad, durante cuya intervención fue destruido buena parte de su patrimonio, necesario para la formación académica. Sánchez Hernández la entregó al Concejo de Administración Provisional de la Universidad de El Salvador, CAPUES, que lo conformaban en su mayoría profesionales tolerantes y dóciles a los lineamientos del gobierno; además de haber instalado garitones similares a los cuarteles en todas las entradas del recinto académico. Los garitones eran ocupados por la vigilancia policiaca instalada que le llamábamos “Los Grises”. 

Ya para esos días, formaba parte de un comité de cinco estudiantes atendidos por Carlos Arias. Carlos era un líder dirigente estudiantil que había sido alumno de la facultad de medicina pero que se había cambiado a la facultad de derecho para continuar en relaciones internacionales. Con él, nos reuníamos en forma clandestina en diferentes lugares, como fuera de la Universidad principalmente. Nos atendía dándonos algunos informes de apreciación de la situación, además de criterios de seguridad, de hacer chequeos o hacer reconocimiento, detectar sospechosos y pasar desapercibido.

El evento internacional del concurso de mis universos estaba en su apogeo, los hoteles capitalinos estaban rebosantes de las diferentes delegaciones internacionales y, por supuesto había delegaciones numerosas de periodistas que deambulaban por la capital en busca de algún reportaje para complementar su trabajo. Se consideraba la presencia periodística, como alguna ventaja para nuestra protesta ye que habían sido masacrados campesinos en el interior del país en zonas rurales como en Tres Calles, La Cayetana y otras, pero no habían señales de ese tipo de represión en la capital y, menos aún con la presencia de tanto reportero para cubrir el evento mundial de belleza. Un día anterior a esa marcha, la comunidad universitaria congregada en Los Pinitos, había intentado salir del campus por la entrada frente al Hospital Benjamín Bloom, pero un contingente de uniformados de los cuerpos llamados de seguridad lo habían impedido. Esto indignó de sobremanera a la masa estudiantil, realizando una marcha interna dentro del recinto de la ciudad universitaria, dando a conocer que el día siguiente en horas de la tarde todos teníamos una cita para congregarnos en el lugar frente a la biblioteca central y facultad de derecho, que nadie podría parar nuestro derecho a manifestarnos en defensa de la autonomía. Por la radio salían anuncios del gobierno intimidatorios para hacer desistir a los estudiantes a salir en protesta. Esto generaba como un estímulo a participar en la mayoría de jóvenes universitarios.

Esa tarde se concentraron los estudiantes en el lugar acordado frente a la biblioteca central; las clases fueron suspendidas; el lugar estaba repleto como un hormiguero; un helicóptero sobrevolaba los alrededores como para disuadir a la muchedumbre estudiantil de salir fuera del recinto; grandes pancartas y megáfonos completaban aquella algarabía de muchachos que estaban deseosos de mostrar su repudio a la acción interventora en Santa Ana. Aquella marea humana que se encaminaba hacia la salida frente al Hospital Bloom se modificaba en tres columnas caminando disciplinadamente en fila india una vez se ganaba la calle sobre la 25 avenida Norte…Al grito de U…U…U. Únete, un grupo de estudiantes de secundaria que salía del instituto nacional por la pasarela se entusiasman y se unen a las columnas de los marchantes que impresionaban ocupando varias cuadras hasta la fuente luminosa.

Toda la avenida había sido bloqueada al tráfico vehicular; grupos de estudiantes corrían adelantándose a la marcha y desviando el tráfico. Era la marcha de la dignidad estudiantil defendiendo su derecho a manifestarse y su autonomía; todos sentíamos un ambiente de victoria por ser parte de esa marcha que inútilmente habían tratado de impedir a través de las cuñas radiales y el helicóptero que sobrevolaba. Tenía algo pendiente que arreglar, hacer una llamada para avisar a mi cuñada mi retraso a una reunión de estudio para hacer un trabajo que habíamos pactado. La marcha avanzaba rápidamente porque a veces corríamos. Pasamos la fuente luminosa, la pasarela de la entonces Policlínica Salvadoreña, y al estar enfrente del antiguo edificio del ISSS, por el paso a dos niveles, les digo a mis compañeros con quien cargábamos la manta principal: “tengo que hacer una llamada a un familiar, me adelantaré para hacerla en el teléfono público de la esquina del Hospital Rosales, ahí retomaré mi puesto con la manta para seguir en la marcha”. Ellos me contestan en broma diciéndome: “¡Vos vas a dar aviso a la policía por donde vamos en la marcha!” No hubo tiempo de responder a la broma porque venía corriendo hacia nosotros el grupo de exploradores de la marcha diciendo que vienen tanquetas y carros blindados por el rumbo del Hospital de Maternidad.

Veo hacia atrás lo largo de la marcha; hacia adelante veo que ya aparecen los primeros carros blindados con policías uniformados y equipados con máscaras antigases corriendo paralelo a las tanquetas y camiones. Estamos en medio de un puente; en la acera hay una señora con un niño de unos 9 años de edad que tiene una pierna enyesada; ambos lloran por presentir el peligro acercándose a nosotros; los estudiantes gritan en sus megáfonos mantener la calma y no permitir que nos dispersen; mantenernos unidos que unidos no serán capaces de hacernos daño. Siento un poco de confusión sobre qué hacer, quedarme con mis compañeros o ir a auxiliar a aquella madre con su hijo que salía del hospital.

Sólo fueron fracciones de segundos de vacilación; me prenso mis cuadernos debajo de mi cincho con el pantalón; los cubro con la falda de la camisa y corro hacia los necesitados que están en la acera llorando diciéndoles: “¡No se preocupen porque esos policías van a desbandar a los estudiantes para que no sigan su protesta, a ustedes no les va pasar nada!” Tomamos al niño de un brazo cada uno con su madre y caminamos hacia el combinado del ejército y policías que con sus escudos, máscaras antigás, y armas empuñadas disciplinadamente acompañando a los carros blindados, corrían al lado para chocar con la masa estudiantil que al ver a los verdugos, aumentaban la perifoneada en sus megáfonos haciendo llamados a mantearse unidos, sin dispersarse para protegerse.

Mientras caminamos hacia los pelotones que cargarían contra los manifestantes, se escuchan detonaciones fuertes de bombas lacrimógenas, se hace una humareda, se oyen disparos, asumo que son de salva hasta que llegamos a la esquina del Hospital Rosales diciéndole a los que acompañaba para salir:”¡Ahora ya pueden seguir solos de aquí para adelante! Sin esperar respuesta giro mi vista hacia donde quedaron mis compañeros, y no puedo creer lo que oigo y veo. No sólo la gran densa humareda de los gases sino que también veo cuerpos tirados en la calle y tanquetas pasando sobre ellos aplastándolos quedando la calle teñida de sangre de estudiantes; pierdo la noción del tiempo. Siguen saliendo pelotones armados como de relevo para continuar la masacre, se agrupan curiosos que provienen de la emergencia del Rosales y trabajadores de la construcción en la esquina que he tomado para vigilar lo que sucede, hasta que los uniformados se percatan de nuestra presencia y se dirigen amenazantes al lugar, corro y quedo colgado de la puerta trasera de un bus en marcha alejándome del sitio.

El bus había sido desviado por la tercera calle poniente a tomar el boulevard de los Héroes y luego a la Universidad Nacional. Desde la pasarela del Instituto me bajo de un salto sin esperar que pare totalmente el bus. Corro hasta pararme a la puerta de entrada del local que ocupaba la asociación estudiantil universitaria (AGEUS). Soy el primer estudiante en llegar; doy el reporte de lo que vi hacia a la marcha; mis interlocutores me preguntan insistentemente si estoy seguro de lo que está ocurriendo. Empiezan a sonar con alarmas los altoparlantes dando mi informe como preliminar, en forma repetida, dejando pausas musicales.

El día está terminando y me dirijo hacia donde mi cuñada a quien no había podido avisar sobre mi retraso en la reunión para el trabajo que haríamos esa tarde en la colonia Costa Rica. A las 7 PM, llego a su casa y me dice:”¿Qué pasó Fidelo? Lo estuve esperando. ¿Le ocurre algo malo?” Le respondo diciéndole, “han masacrado a la manifestación por el puente del ISSS” “¿Qué? ¡Espere, venga! Vamos donde mi papá para que me cuente todo enfrente de él. Al estar en la casa de Don Ceferino Lobo, narro en forma resumida lo sucedido a los manifestantes en el puente a dos niveles por el accionar fuera de toda lógica por las fuerzas combinadas del “ orden y seguridad “ con el ejército…

Con voz lacónica y pausada comenta: “sólo porque usted lo está contando, lo creo. Esto pasó hace muchos años en la huelga que derrocó al gobierno de Martínez, los estudiantes fueron masacrados también y fue la de nunca acabar hasta derrocarlo. Este gobierno está más emproblemado que el anterior”, comenta Ceferino Lobo. El profesor Ceferino Lobo, originario de Nueva Guadalupe, gran autodidacta, maestro de generaciones de profesionales, amante de las letras, de mucha reputación en su trabajo, había sido miembro del gabinete del general Sánchez Hernández quien eligió a dedo como candidato al presidente Coronel Molina.

El día siguiente, el 1 de Agosto iniciaban las fiestas patronales de San Salvador; la universidad estaba de luto y en pie de lucha, la sangre estudiantil había corrido por las calles. Todos nos mirábamos estupefactos, nos preguntábamos como era posible que eso pasara en pleno concurso de Miss Universo, con un gran ejército de reporteros internacionales. Algunos comentaban que a los periodistas que cubrieron la matanza les decomisaron sus rollos filmados y los que se resistían les golpearon decomisándoles hasta el equipo. La facultad de derecho estaba repleta como siempre; era un hormiguero; los líderes estudiantiles no cesaban de exponer sus análisis políticos por el hecho; no era ya sólo la autonomía universitaria, sino que era la agresión alevosa a la generación superior de estudiosos y profesionales del país. Estaba claro que al régimen dictatorial no le importaba la imagen dentro y fuera del país; sólo le importaba silenciar las protestas, que un par de años había iniciado ya en el campo masacrando cooperativas o grupos solidarios campesinos y ahora llegaba a la capital del país para demostrar que no tendría límite en su escalada represiva en adelante.

Un grupo de estudiantes con algunos sacerdotes se toman la iglesia catedral metropolitana por varios días para hacer denuncia del hecho; grandes contingentes de personas que rutinariamente visitan el centro de la capital escuchaban los discursos agitativos y de denuncia que los ocupantes decían ayudados por altos y sonoros equipos de sonido. Para mi comité de pocos meses de formado fue de escuela el asistir por turnos para hacer nuestras prácticas en seguridad y ganar criterios en la realidad de aquel nuevo escenario; escuchábamos los comentarios del ciudadano común y era un termómetro caldo de organización. Para la generación comprometida de la época, el 30 de Julio de 1975, significó un antes y un después asumiendo mayores compromisos en ese proceso en gestación. Los niveles organizativos se acrecentaron en los diferentes sectores sociales, nacieron y se fortalecieron organizaciones populares, muchos estudiantes se clandestinizaron, engrosando las diferentes grupos político-militares.

Me dio mucha alegría ver a Miguel Canjura y el Masucho con quienes éramos cercanos en los grupos de estudio y tiraje de clases en la facultad de Medicina, y que en esa protesta eran mis dos acompañantes que portábamos la manta encabezando la marcha. Miguel fue apresado y llevado a la policía nacional; contaba que no había sido golpeado o torturado; fue entregado a sus padres días después firmando un papel compromiso. Nunca hablaba de ese hecho y nunca volvió a participar en alguna protesta; le bromeaba de vez en cuando diciéndole que le habían puesto la camisa de fuerza; la última vez que lo vi fue en el bautismo de mi segundo hijo Joel Ernesto. El Masucho, no recuerdo su nombre, siempre estuvo activo en el movimiento estudiantil pero por las razones clandestinas de la época nunca supe a qué tendencia pertenecía. Algunos hablan de 300 entre muertos y desaparecidos, pero nunca se supo la cantidad exacta de los que no regresaron de ese contingente aproximado de 10 mil estudiantes que participó. A decir verdad había camiones que recogían a los muertos o heridos mientras otros con mangueras limpiaban la calle de las manchas de sangre. En lo personal conozco a algunos que fueron parte y son testigos de ese sangriento hecho que enlutó la comunidad académica y población salvadoreña. Ese hecho en donde los jóvenes universitarios fueron reprimidos con lujo de barbarie, significó un antes y un después para todos en el país y, principalmente, para los involucrados en el proceso salvadoreño. Nada fue lo mismo después. Hubo un proceso de concientización acelerada, crecimiento en cualitativo-cuantitativo de todos los niveles de organización, mayor activismo en general, así como también las fuerzas gubernamentales escalaron en sus métodos de control y represión.

Todo se multiplicó en el siguiente quinquenio: represión, masacres, tomas de iglesias embajadas, centros de trabajo, oficinas de gobierno, tortura, secuestros y asesinatos selectivos, atentados dinamiteros, etc. Hasta llegar al golpe de estado de Octubre del 79 con la conformación en menos de 4 meses de 3 Juntas Revolucionarias de Gobierno que fueron incapaces de mediatizar o contener el descontento popular con postura beligerante en las puertas de la guerra civil, la cual fue declarada el 10 de enero de1981. 

TREINTA DE JULIO
Por: Carlos Armando Argueta

Treinta y siete largos años han pasado
de aquel miércoles treinta de julio sangriento
cuando el dolor y la sangre corrió a caudales
bañando de rojo las sucias calles de San Salvador.

El pueblo con mucho pesar lloró a sus mártires.
Los estudiantes pedían el cese de la represión
en contra del Alma Mater.
Las tanquetas y las metrallas
fue la respuesta que dio la dictadura militar
al anhelado sueño de justicia y libertad
de aquel puñado de valientes estudiantes.

A pesar de haber sido masacrada la inteligencia y la razón
siguieron trazando fértiles surcos donde germinó esa sangre valiente,
formando un gran caudal de conciencia libertaria,
transformándose en un torrente de luchadores revolucionarios.

Hoy después de tantos años de aquel doloroso episodio,
el tiempo sigue su marcha.
Los nombres y apodos de los valientes mártires,
que entregaron su valiosa sangre por un noble ideal,
están cubiertos con la negra mortaja
del tenebroso y fatal mundo del olvido.

Treinta y siete años
han pasado de aquel macabro crimen.
Nada se ha hecho por reivindicar la honrosa sangre
de los mártires
que seguramente desde sus tumbas
claman justicia.
La respuesta ha sido perdón y olvido.
Los motivos y las causas de aquella protesta
siguen vivas y se multiplican cada día más,
los revolucionarios del pasado olvidaron sus principios,
y hoy son fieles adoradores de la riqueza y el poder.

NOTA: Este bonito y sentido poema fue aportado el año pasado por su autor, en la sección de comentarios, y por un error involuntario fue borrado desapercibidamente. Al aproximarse el 30 de julio, consideramos muy apropiado publicarlo junto al relato histórico de Fidel.
Tomado de: Blog de la persistencia | Fotos cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen, MUPI.

Viernes, 5 de julio 2013. 

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