Vida de un salvadoreño revolucionario y caballero

Introducción por Charles Clement

Muchos (Norte*) Americanos conocen acerca del Arzobispo Oscar Arnulfo Romero, el moderno mártir de El Salvador. Pocos saben acerca de Enrique Alvarez, quién pertenecía a una de las “catorce”, las catorce familias que mandaron en El Salvador a través de su extrema riqueza. Él, también, fue un mártir moderno, pero no a causa de su fe religiosa. Fue más por causa de su racionalidad, su sentido de decencia, su generosidad de espíritu, todo lo cual le causó el ser llamado un comunista.

Enrique Álvarez no necesitó un filósofo como John Locke para explicar que el derecho de acumular propiedad privada debería estar limitado por un derecho universal para subsistencia. Él podía saberlo observando la vida de los campesinos que ayudaron a acumular riqueza a su familia. Es la razón de que hacia el final de su vida Enrique Alvarez y el Arzobispo Oscar Romero se volvieron amigos cercanos. Ellos llegaron a entender que la violencia estructural que los pobres en El Salvador a menudo llaman “nuestro pan diario” se estaba volviendo una vorágine de inevitable revolución.

En el otoño de 1980 Álvarez era el presidente del Frente Democrático Revolucionario (FDR), un grupo de líderes civiles que se oponían abiertamente a la junta militar instalada que estaba instigando el terror en El Salvador. Él había sido Ministro de Agricultura en tres oportunidades. Él había sido una estrella popular nacional de básquetbol. Era uno de los mayores cultivadores de café y por lo tanto uno de los hombres más ricos, en El Salvador.

Un tiempo atrás, Álvarez había comenzado a convertir su lucrativa plantación de café, El Jobo, en una cooperativa. De acuerdo con sus amigos él acostumbraba a decir, “nosotros que tenemos mucho tenemos que compartir un poco. Eso será el seguro de vida para que ese país sea libre del derramamiento de sangre”.

Pero el seguro de vida de El Salvador del cual él habló por algún tiempo se había escalado fuera de control. En el Día de Acción de Gracias, 27 de Noviembre 1980, Enrique Álvarez fue uno de los seis líderes civiles secuestrados a punto de pistola cuando se preparaban para sostener una conferencia de prensa en un Colegio Jesuita (Externado San José*) en el centro de San Salvador. Más tarde los reportajes de ese día decían que sus cuerpos mutilados habían sido encontrados y que un “escuadrón de la muerte”, se ufanaba de la responsabilidad por el secuestro.

Un millar fue el promedio diario de ese año, es decir de civiles que fueron secuestrados, asesinados, mutilados o “desaparecidos” por fuerzas de seguridad, las mismas fuerzas de seguridad que, cuando cambiaban su uniforme por ropas civiles, cambiaban su nombre a “escuadrones de la muerte”.

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