La conmemoración del centenario del asesinato de Emiliano Zapata puede ser definitiva para la popularidad del gobierno de López Obrador. Sobre esto, hay una extraña señal: en la inauguración del Estadio Harp Helú de los Diablos Rojos de México, el señor presidente fue abucheado al lanzar la primera bola al poderoso empresario. Quizá fue por el acuerdo evidente entre pitcher y catcher que en los juegos, intercambian acuerdos secretos con los dedos del receptor. Calificar de fifí a los gritones, es tan equivocado como decirles conservadores y reaccionarios a los maestros de la CNTE y a los campesinos de Amilcingo. 

Lo cierto es que prospera la convocatoria del Congreso Nacional Indígena, su Concejo de Gobierno, el EZLN y el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, el Agua y el Territorio. Han crecido estas organizaciones con el indignado clamor del asesinato de Samir Flores, el dirigente bienamado en constante comunicación por la radio Amiltzinko fundada por él. Agrava la situación, las maniobras torpes e insultantes del delegado federal ante el gobierno de Morelos, al organizar una encuesta amañada con propaganda del megaproyecto Huexca en el reverso de la boleta. El repudiado comisario político atiza el fuego de la digna rabia campesina. Distinguidos estudiosos de la cuestión campesina como Gilberto López y Rivas es ahora crítico radical opositor al proyecto de construcción de dos termoeléctricas, un acueducto, un gasoducto bajo los peligrosos terrenos del Popocatépetl y plantas de tratamiento de agua para volverla potable como lo es ahora cuando no ha sido expropiada. Todo esto implica la consigna “Zapata y Samir viven defendiendo el territorio”. Transportes de todo México calientan motores para llegar a Chinameca y recorrer el territorio zapatista. No hay anuncio del acto oficial.

Otro doloroso aniversario exige reflexión crítica y práctica. El 6 de abril de 1983 fue asesinada en Managua, Mélida Anaya Montes, la Comandante Ana María, segunda responsable de las Fuerzas Populares de Liberación. Esto apresuró el regreso desde Libia de Salvador Cayetano Carpio, Comandante Marcial, primer responsable de las FPL, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación y miembro de la dirección del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Marcial apresuró su regreso luego de una gira para consolidar el apoyo internacionalista a la guerra popular prolongada aprobada como estrategia de las FPL desde su fundación en 1970, ratificada en 1981 y sostenida hasta el comunicado final en el funeral en Managua para proclamar la campaña “Comandante Mélida Anaya Montes, juramos vencer”. Un comando atacó el cuartel de San Carlos en San Salvador como parte de la operación “¡Vivan los compañeros caídos en 1981!”.

El 12 de abril y en calidad de prisionero en una casa de seguridad sandinista en Managua, el Comandante Marcial optó por el suicidio ante la evidencia de que el asesinato de la Comandante Ana María había sido organizado por Marcelo, responsable de seguridad de las FPL. Marcelo se valió de la escolta de la Comandante para asesinarla. En secreto, sin honor alguno y con la sospecha infundada, desechada en 1984 por un tribunal en Managua, de la responsabilidad del asesinato, Marcial fue enterrado el 14 de abril en lugar bajo control militar. Todo esto aceleró las gestiones del Grupo Contadora de los cancilleres centroamericanos y el gobierno de México, para acelerar los Acuerdos de Paz, al fin firmados en Chapultepec. La imagen más elocuente del significado histórico de todo esto, es la de el aún comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo, Joaquín Villalobos, entregando su fusil al presidente Carlos Salinas de Gortari.

El 1 de abril de 1983, ante una asamblea de militantes, el Comandante Marcial había celebrado el XIII aniversario de la fundación de las FPL. El último párrafo de su discurso, insiste en denunciar la “intervención del imperialismo en Nicaragua y El Salvador, en Guatemala, su injerencia en Honduras y Costa Rica”, lo cual exigía consolidar el apoyo internacional a la revolución. (Frente a mi tengo nuestras montañas son las masas, la frase estratégica del Comandante Marcial al responder al infundio de la imposibilidad de lucha armada en El Salvador. Es el título del libro con las conferencias al Comité Central en 1981, con prólogos de Alberto Híjar y Dino Albani de la Corriente Leninista Internacional con sede en Italia; también está, la posición política del Frente Metropolitano Clara Elizabeth Ramirez que resistió a la debacle y el excelente análisis de Antonio Morales Carbonell, militante que desmiente los infundios al probar la aprobación estratégica de la guerra popular prolongada ratificada por el Concejo de 1981. El libro termina con el testamento político del Comandante Marcial y la última carta dolorida. La edición Der Keil, la hicimos en alemán y español, fechada en Viena en 1999).

El Comandante Marcial había decidido regresar a El Salvador para no salir sino hasta el triunfo con el Partido Comunista “de Nuevo Tipo”, “el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, todo para conquistar a las masas y fortalecer realistamente la unidad”. La consigna final es clara: “¡revolución o muerte, el pueblo armado vencerá!”.

El colectivo Marcial tenía razón ha procurado su memoria actualizada. La iniciativa que circula ahora de manera selecta, invita a hacer canciones al Comandante Marcial. El Colectivo Híjar ha acordado con Taller del Sur, musicalizar partes del largo poema de Arqueles Morales con título elocuente: “¿Quién carajos dice que Marcial ha muerto?”, frase inicial que pone en boca de un campesino de Chalatenango. Revolucionario guatemalteco, escritor testimonial tan excelente y menos prolífico que Roque Dalton y Mario Menéndez, Arqueles Morales es una buena vía de reflexión crítica memoriosa. Abril resulta así tiempo de definición política.

8 abril 2019

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