Reflexiones de un veterano de guerra, a propósito de la necesidad de conocer la verdad histórica y redefinir conceptos usados hoy de manera irresponsable por supuestos luchadores sociales...   

En muchas ocasiones he intentado, aquí, en el entendido de que es este un buen espacio para ese fin, promover el debate sobre diferentes temas que deberían ser de interés común para los salvadoreños. Me refiero sobre todo a esos temas que han tenido y tienen una trascendencia histórica para la vida nacional; esos que han sido determinantes en el tipo de país y sociedad que hoy tenemos. Y entre las peores cosas que he confirmado en este intento, es una de las razones del porqué los políticos de una y de la otra Derecha, utilizan, y manipulan nuestras “conciencias” y nuestras voluntades.  

En uno de mis apuntes publicados en este espacio, afirmaba que lamentablemente a la mayoría de salvadoreños no le interesa profundizar en el análisis serio sobre temas y acontecimientos que nos determinan como país y como sociedad, y en lugar de eso les interesa más la parte anecdótica de los mismos. Lo he comprobado cuando al publicar un texto con el que se pretende introducir el debate sobre un acontecimiento específico, apenas unas cuantas personas se expresan con uno de esos famosos “like”, los que se reducen a unos tres o cuatro, si ese texto incluye cuestionamientos a aquellos “líderes” que a pesar de ser los responsables de lo que ahora somos como pueblo, siguen siendo protegidos y defendidos a capa y espada por sus seguidores.

De los pocos que opinan a través de un comentario, algunos lo hacen de manera bastante seria, coherente y argumentando muy bien su opinión, eso es bueno, pero que mal que sean tan pocos; otros, lo hacen tratando a como dé lugar de justificar que los hechos en cuestión son correctos y que sus responsables gozan de todo su respaldo. Lo malo es que en el intento de justificarlo, no hacen uso de argumentos que fundamenten sus posiciones, recurriendo al insulto y a la descalificación de quien escribe y de los que opinan de manera diferente, utilizando las ya conocidas frases de traidores, resentidos, vendidos, y ahora la nueva manera de tratar a los que se atreven a cuestionar el comportamiento de determinados dirigentes: “areneros champeros”. No faltan aquellos que se dicen indiferentes a lo que pase, como si hubiesen nacido en otro país.

Tampoco faltarán aquellos, que después de haber leído este escrito, se sientan ofendidos y arremetan contra este servidor por los conceptos que aquí se plantean; pero ese es un riesgo que no debe impedir la labor de desenmascarar los verdaderos propósitos de quienes son, igual o peor que los sectores tradicionales de Derecha, responsables de la situación que actualmente atraviesa nuestro país.

Es necesario, eso sí, para adelantarnos un poco a las acostumbradas descalificaciones, mencionar aquí la necesidad de actualizarnos tal vez en nuevas definiciones o redefiniciones de conceptos que tradicionalmente hemos manejado aquellos que participamos al menos en alguna de las etapas de nuestro truncado proceso revolucionario hasta 1992, año que a mi juicio marca la frontera y el quiebre de ese largo, duro y sangriento proceso, al que miles de ciudadanos no dudamos en incorporarnos, acompañando y respaldando a los grupos, en su mayoría provenientes de la clase media y pequeño burgués de nuestro país; que pensaron, diseñaron y organizaron su propia guerra, en un intento por obligar al sistema y a la clase dominante a reconocer y posibilitar su participación en los asuntos políticos y económicos del Estado, que durante décadas les había sido negada. Y es por eso importante, a partir de esto último, comenzar a aclararnos el punto sobre quiénes y por qué convocaron a la guerra, y quiénes y por qué decidieron aceptar su convocatoria; pero además, qué motivaciones o razones tuvo la mayoría de los que pasaron a conformar los ejércitos guerrilleros, conducidos política e ideológicamente por esos pequeños grupos, que aún en medio de la guerra, mantuvieron sus privilegios y comodidades, al menos de manera relativa.

En otra de mis reflexiones, hago una comparación entre las que para mi han sido las dos más importantes gestas históricas mediante las cuales las clases marginadas han intentado sacudirse el yugo de la explotación y con ello, las condiciones de marginación política, económica y social que les han mantenido en la pobreza, el analfabetismo y la ignorancia como condiciones perfectas para la manipulación por parte de los sectores del poder político y económico.

Me refiero al movimiento independentista entre 1811 y 1821, y al movimiento revolucionario desde los años 70 hasta 1992.

Nótese, como apunto en esa reflexión, la similitud entre ambos: ¿Quiénes pensaron, organizaron y convocaron aquella gesta independentista, de la cual no se nos informa con la veracidad con la que sucedieron los hechos? Los Criollos. En el estamento de clases de esa época, éstos eran considerados inferiores en relación a los Peninsulares, llamados también Españoles; es decir, la clase superior. Mientras estos ostentaban los cargos más altos en el gobierno colonial y tenían relación directa con la Corona española, aquellos, sólo podían aspirar a ocupar algunos cargos inferiores. Pero no sólo quedaban relegados al segundo plano de la vida política, económica y social, también estaban obligados a rendir los mayores tributos a la Corona, cuyos representantes en esta región eran los mismos Peninsulares.

Esas, en pocas palabras, y otras condiciones impuestas por la Corona, fueron las causas que motivaron a los Criollos a iniciar un proceso de lucha que les permitiera sacudirse el yugo español. No hablamos de una clase pobre, se trata de una clase con un relativo poder económico y político que le otorgaba privilegios, aunque inferiores a los que mantenían los Peninsulares. No hablamos de una clase analfabeta ni escolar ni cultural ni políticamente. Hablamos de grandes terratenientes y de gente culta como el padre José Matías Delgado, propietario de haciendas añileras de hasta 24 caballerías; hablamos de Manuel José Arce, quizá el más acaudalado de todos con haciendas de 15, 23, 63 y hasta 80 caballerías; de José Simeón Cañas, etc; todos ellos dueños de grandes extensiones de tierra y privilegios y que a pesar de ello, resentían y reclamaban por ser tratados como una clase inferior.

Ellos convocaron esa lucha, y a ella se sumaron los mestizos, los así llamados indios y los negros; es decir, las clases marginadas, explotadas y tratadas como animales. De más estaría explicar aquí las razones por las que las clases marginadas decidieron acompañar esa convocatoria.

¿Conocemos esa parte de nuestra historia desde este lado que lo planteamos aquí, o conocemos solo la versión oficial? ¿Cuál fue el desenlace de esa lucha? ¿Quiénes negociaron los términos para ponerle fin? ¿Qué clase de acuerdos se pactaron? ¿Con quiénes? ¿A quiénes beneficiaron esos acuerdos? ¿En qué condiciones volvieron a quedar las clases marginadas? ¿Acaso hubo transformaciones significativas en el estado de cosas de esa época y de esa sociedad?

Ahora bien ¿Quiénes pensaron, organizaron y convocaron la guerra “revolucionaria” de los años 70 hasta 1992? Grupos pertenecientes a la clase media y pequeño burgués.

Un “ídem” es suficiente para ilustrar que la historia se repite.

Conocer la verdad histórica es hoy una necesidad apremiante. Estudiarla, discutirla y difundirla es a mi juicio una tarea revolucionaria. Es igualmente urgente, a partir de ese conocimiento histórico, desenmascarar la historia oficial y la historia paralela que ha comenzado a hilvanar el nuevo sector del poder político y económico emergente con el fin de la guerra civil más reciente y unos acuerdos pactados en privado y a la medida perfecta de sus perversos propósitos.

Ignorar esa verdad histórica y negarse a desenmascarar la más grande y vil traición llevada a cabo desde mediados de los años ochenta y concretada con broche de oro en los últimos momentos del fin de la guerra, es convertirse en cómplice de aquellos a quienes no les importó ni les importa ahora el sacrificio de miles de compatriotas que decidieron acompañarles, asumiendo que compartían con estos las mismas aspiraciones por la construcción de una nueva sociedad política, social y económicamente justa; sin corrupción ni políticos corruptos, sin partidos políticos y otras estructuras conservadoras y defensoras del ahora más vigente y voraz sistema capitalista en contra del cual se hiciera la guerra. Sin un sistema educativo diseñado a la medida de las necesidades, tanto del poder económico tradicional como del nuevo surgido después de la guerra; sin un sistema de salud que sigue privilegiando a quienes tienen más dinero y a los que siendo funcionarios usan el mismo aparato del Estado para sacar ventaja sobre la gran mayoría desprotegida y marginada por el sistema, etc, etc.

Cuando pienso en la necesidad de redefinir conceptos hay algunos que cobran mayor relevancia y que son usados hoy a salva y mansalva por los que se supone son luchadores sociales: ¿Qué significa hoy “ser de izquierda”?, ¿Qué significa hoy “hacer revolución”?, y en consecuencia ¿Qué significa hoy “ser revolucionario”?

Por ahora sólo puedo afirmar que la responsabilidad de investigar para conocer a fondo y divulgar esa verdad histórica, debemos asumirla urgentemente los excombatientes que aún conservamos un poco de las energías física e intelectual que nos permitan un debate serio, constructivo, sin descalificativos ni insultos que promueven el odio; entendiendo que muchos de nuestros ex compañeros antes de ser cómplices de la traición, han sido víctimas de la misma. Una investigación y un debate que nos lleven, primero, a asegurarnos de qué fue realmente lo que pasó antes, durante y después de la guerra, para luego sacar las conclusiones que nos ayuden a construir una alternativa que no tenga que ver con apoyar a ningún partido político, mucho menos a proponer la conformación de otro para luego caer en el mismo fango y la podredumbre del mismo sistema que ahora sirve como refugio de una parte de aquellos, a quienes acompañamos para destruirlo, y que ahora defienden y fortalecen no solo desde el Ejecutivo y otras instancias del Estado, sino y fundamentalmente, desde su original posición de derecha y sus cada vez más florecientes empresas privadas.

Será sólo a partir de ese conocimiento histórico y la deducción de responsabilidades, que podremos comprender que lo que pasa actualmente en nuestro país no es una casualidad ni responsabilidad exclusiva de los tradicionales sectores de la Derecha política y económica, sino de aquellos que una vez terminada la guerra, pactaron unos acuerdos privados con éstos, con los que garantizaron regresar a su origen, pero con las condiciones que el sistema no les ofrecía antes. Cerraron muy bien el círculo –diría yo-, dejando por fuera a los miles y miles de verdaderos luchadores sociales y a un pueblo, que en alguna medida y gracias a las mismas triquiñuelas y planteamientos demagogos que usa la Derecha tradicional, aún les sigue apoyando.

Sólo mediante la investigación y el debate en los términos que aquí se ha planteado, comprenderemos las razones del porqué la base histórica del verdadero movimiento revolucionario quedó marginado después de la guerra y del porqué aquel comprometido y aguerrido movimiento social fue desmantelado hasta reducirlo a uno débil, acomodado y alineado a los intereses del nuevo grupo de poder económico construido sobre la sangre y sacrificio de miles de salvadoreños. Pero además, sólo así, conoceremos las verdaderas razones del porqué, la dirigencia histórica del resto de organizaciones político militares (ERP, RN y PRTC), guardan silencio y abandonan cobardemente a sus compañeros que también creyeron en ellos, convirtiéndose así en cómplices y artífices de la traición.

Involucrarse en esta tarea, hasta dar con la verdad para gritarla a los cuatro vientos y desenmascarar así a los traidores del movimiento revolucionario nos encaminaría en la construcción de los nuevos conceptos que tienen que ver con las preguntas antes planteadas: ¿Qué significa hoy “ser de izquierda”? ¿Qué significa hoy “hacer revolución”? y en consecuencia, ¿Qué significa hoy “ser revolucionario”?

Daniel Guevara, ex-combatiente del ERP | 6 de febrero de 2018  

Compartir