Reflexiones de un Veterano de guerra  

Primera parte La Ofensiva dio inicio exactamente la noche del 11 de noviembre. Pero los preparativos para garantizar el éxito de este esfuerzo militar habían durado casi todo un año. No se trataba de cualquier campaña ni de un esfuerzo militar con tantos imprevistos, ni de ataques aislados o concentrados en una sola zona o región. Tampoco era el intento de una o dos organizaciones de las que conformaban al FMLN pretendiendo ganar terreno o consolidar el que ya habían conquistado durante los años previos. Se trataba del esfuerzo de mayor proporción militar nunca visto ni vivido por los salvadoreños desde que iniciara la guerra abierta en 1981. 

Daniel GuevaraLos tres o cuatro días antes de aquel histórico 11 de noviembre fueron de intensa conspiración, ansiedad, preparaciones finales, traslado de los últimos materiales de guerra, aproximación de las unidades guerrilleras a los principales puntos que pronto serían escenarios de fuertes combates. Eran días cuando en los campamentos de Morazán, Chalatenango, San Vicente, Usulután, Guazapa, San Miguel, La Unión, Santa Ana, Cabañas; en fin, en todos nuestros frentes de guerra, así como en las casas de seguridad ubicadas estratégicamente en las principales ciudades en las que se alojaban unidades de compas que se adelantaron al lugar de los hechos para fusionarse con nuestras unidades de guerrilla clandestina y comandos urbanos, se vivían con intensas emociones que rozaban entre la nerviosa alegría y el temor; la seguridad y la duda sobre la efectividad que podría tener aquel esfuerzo, cuya consigna lo decía todo: “Vamos al tope y punto”.

El ingenio popular de los compas hizo gala en esos días. En San Salvador se organizaron bodas y actos fúnebres como una forma para introducir armas, munición y otro tipo de materiales de guerra. Hubiera querido participar en uno de esos entierros simulados, aunque no sé si en lugar de llorar al supuesto muerto me hubiera muerto yo de la risa. Lo cierto es que así entró una buena cantidad de material de guerra a la capital y las ciudades aledañas. En Usulután se alquiló una casa y se puso una tienda, por supuesto que se hizo con un prudencial tiempo de anticipación. La tienda era real y estaba ubicada en las cercanías del Hospital San Pedro. La atendía un par de compas que se hacían pasar como mujeres que no tenían nada que ver con el movimiento armado. Había allí un par de carros viejos y un pozo que sirvieron de escondite para las armas. Unas dos cuadras más adelante se instaló un “taller mecánico” atendido por un grupo de compañeros que conformarían una escuadra guerrillera al momento de iniciar la Ofensiva.

Para albergar personal se hizo uso de variedad de “leyendas”. En esto los guerrilleros se volvieron expertos. Como “leyenda” se conocía la coartada que se utilizaba para encubrir determinada situación o tarea propia de la guerra revolucionaria de modo que no fuera descubierta por el enemigo, ni por sus “orejas”. El desplazamiento del grueso de la fuerza militar fue principalmente con la marcha iniciada con anticipación desde Chalatenango hasta San Salvador, desde el Norte de Morazán, Norte de San Miguel, El Cacahuatique y Norte de La Unión hasta la ciudad de San Miguel; desde Jucuarán, El Tigre, Berlín y San Agustín hasta la ciudad de Usulután, para poner algunos ejemplos.

Las historias narradas, las notas noticiosas y los documentales sobre la Ofensiva se centran en los territorios de San Salvador y ciudades aledañas. Eso es muy comprensible, pero en el resto de ciudades y poblaciones al interior del país se libraron fieros e importantes combates: La Paz, en el centro y Usulután y San Miguel en el Oriente del país, fueron departamentos donde el cumplir la consigna de “ir hasta el tope” dejó un elevado costo en las filas guerrilleras.

La modalidad del combate urbano era la especialidad de los comandos urbanos. El desconocimiento de esa modalidad fue una de las causas por las que se tuvo un buen número de bajas entre los combatientes de los frentes rurales, acostumbrados a combatir en el campo, donde los árboles, peñas, vaguadas, pequeñas y grandes alturas, sembradillos y extensos territorios sin obstáculos sumados al conocimiento de sus veredas y callejones, facilitaban el desarrollo de los combates y la aplicación de diferentes y efectivas tácticas de desgaste al enemigo.

Los compas de los frentes rurales supieron entonces del respeto que merecían los compas urbanos. Hasta entonces, estos eran vistos con cierto desprecio y hasta eran objeto de insultos y burlas pero porque no tenían ni idea de cómo éstos se movían en un terreno lleno de obstáculos y espacios reducidos y a veces sin salida, en medio de controles permanentes de los cuerpos de seguridad y el mismo Ejército. Ejecutar una acción con explosivos, cruzarse una calle en pleno enfrentamiento utilizando generalmente armas cortas o avanzar hacia un objetivo o lograr una efectiva retirada requería de habilidades extraordinarias. En realidad, era más fácil que un comando urbano se adaptara a la modalidad de combate rural que el otro al de combate urbano. La Ofensiva de 1989 demostró eso y entonces los compas reconocieron el valor y los “huevos” que se necesitaban.

Recuerdo que antes de la Ofensiva muchos de nosotros comenzamos a recibir instrucción en el combate urbano. Ahora imagínense: nosotros recibiendo instrucción para el combate urbano en El Tigre, en medio de los cafetales y árboles que simulábamos eran postes del tendido eléctrico o de telefonía. Imaginándonos edificios, casas, vehículos y todos los obstáculos que se supone se encuentran a la hora de combatir en una ciudad. La teoría de esos “cursos” estaba bien, pero a la hora de las horas los compas no hallaban qué diablos hacer para avanzar en medio de una colonia con sus pasajes, sus muros y sus espacios sin salida…Y cruzarte una calle de lado a lado era convertirte en un blanco perfecto si no tenías quien te cubriera.

Pero era “Al tope y punto”. Los frentes de Morazán, La Unión y el Norte de San Miguel quedaron prácticamente solos. Todo se concentró en la ciudad de San Miguel. Los de Jucuarán, El Tigre y San Agustín Tres Calles; en la ciudad de Usulután. Y llegó la hora y comenzó todo.

Los compas en San Miguel lograron mantenerse entre el asedio y la defensa de posiciones unos 10 días. No pasó tal cosa en Usulután. Lo que si pasó en ambas ciudades fue la caída en combate de una importante cantidad de compañeros, que sumados a los caídos en San Salvador y el resto de ciudades constituyen precisamente ese enorme costo que se tuvo que pagar por la inexperiencia en el combate urbano, por los problemas de comunicación que impedían tener la información correcta y oportuna sobre el movimiento del enemigo, o incluso conocer del cambio de planes en el terreno de combate, etc.

Pero más allá de la inexperiencia de los compas en esa modalidad de combate y las supuestas fallas de comunicación, ya en medio de la Ofensiva pero sobre todo en los momentos más cruciales y ante la posibilidad de que el Ejército terminara rindiéndose, tal como los mismos miembros del Alto Mando lo han reconocido posteriormente, se comenzó a especular sobre la posible decisión de la Comandancia General del FMLN de cambiar los planes y objetivos de la Ofensiva; lo que pudo haber implicado una especie de conspiración y, en el terreno de combate, el abandono de las unidades guerrilleras a su propia suerte. Pero dejemos que esto nos lo vayan aclarando y confirmando compañeros que estuvieron más cerca y que posteriormente al fin de la guerra han venido investigando esa posible traición a los objetivos de ese estratégico esfuerzo de parte del alto mando guerrillero. Lo cierto es que los compas se habían mentalizado para ir al tope, los comandos urbanos y los guerrilleros clandestinos para no regresar a sus hogares, universidades ni centros de trabajo. Topar y vencer de una vez por todas o morir antes de intentar regresarse. Eso fue lo que cambió.

Ese cambio de objetivos y de estrategia cuando las cosas parecían a nuestro favor, cuando se suponía que ya se contaba con misiles al interior del país, cuando bien se podía seguir avanzando hacia las posiciones militares del enemigo, cuando los compas en San Salvador fueron capaces de tomarse la colonia Escalón, ingresar a las mansiones de los ricos y ordenarle incluso a más de alguna de esas “fufurufas” señoronas que les preparara la comida a los guerrilleros que tanto odiaban, cuando los compas fueron capaces de tomarse el Hotel Sheraton, cuando grandes batallas como la de El Nisperal, al norte del municipio de Santa Elena, departamento de Usulután demostraban que la capacidad de las fuerzas guerrilleras estaba para más que eso de andar buscando empujar negociaciones.

Hay un argumento que más se utiliza para explicar el repliegue o retiro del ejército guerrillero de las zonas que ya había tomado bajo su control como fue el caso de colonias y barrios populosos de municipios aledaños a San Salvador, San Miguel y la capital misma: La decisión de Cristiani y el Alto Mando de bombardear indiscriminadamente esas zonas…

Lo cierto es que el cambio de planes y estrategia de un esfuerzo con la magnitud y alcance planteados y cuya preparación había durado casi un año, creó en la mentalidad de muchos mandos políticos y militares una confusión tal, que al llegar a la frustración pudo haber provocado incluso desobediencias en el propio terreno de los combates y posteriores deserciones por la pérdida de una perspectiva que había costado años para consolidarse en la conciencia de los compas.

Recuerdo que una de las primeras tareas asignadas a la Escuela Político Militar refundada en Morazán después de la Ofensiva, fue precisamente la labor de acomodar ideológicamente en la mente de los combatientes y los mandos el concepto tradicional de victoria total por el de “victoria gradual” y la promoción y acuñamiento de otros conceptos como los de “Revolución Democrática”, “Socialismo Democrático” y la nueva “Proclama” sobre la cual debía basarse ahora la lucha hasta culminar con los “Acuerdos de Paz”.

¿Traición del alto mando guerrillero? ¿Ablandamiento político ideológico ante la presión internacional y la nueva correlación mundial producto del fin de la guerra fría? ¿Aceptación de nuevos términos para ponerle fin a la guerra producto de la nueva situación del gobierno sandinista ante la presión de los Estados Unidos y el desgaste del proceso revolucionario nicaragüense provocado por la guerra contrarrevolucionaria financiada e impulsada por los gringos? ¿Negociación secreta? ¿Tendrá que ver todo esto con la actual actitud y comportamiento político de la parte del mando guerrillero que terminó controlando el partido político fmln? ¿Explica todo esto la pasividad e indiferencia de la otra parte de la dirigencia histórica del movimiento revolucionario que ya no forma parte de ese partido?

Son muchas preguntas a las que debemos buscarle respuesta. Y hay que hacerlo. Debemos hacerlo. Si no lo hacemos nos convertimos en cómplices de esa gran traición. Debemos ir atando cabos entre todos, descubrir dónde estuvo y cuál fue la trampa…

Los salvadoreños debemos aprender de esta nueva lección y no olvidar que nuestro país ha experimentado, entre muchos, dos grandes procesos históricos que pudieron haber cambiado nuestra historia como país, como nación y como pueblo. Me refiero al proceso independentista entre 1811 y 1821 y nuestra más reciente guerra revolucionaria culminada en 1992. Procesos cuya trascendencia y parecido históricos nos obligan a acotar las siguientes conclusiones:

  • 1) En ambos, la propuesta de alzarse contra los sectores más poderosos, represivos, opresores y explotadores, surgió de sectores intelectuales, también de poder y de clases relativamente acomodadas. Diríamos, de sectores pequeño burgueses para referirnos al último de esos procesos. Inconformes por la marginación política ante el cierre de espacios que les permitiera desarrollarse y tener participación en el control del aparato del Estado.
  • 2) En ambos, convocaron al pueblo para que les acompañara en una lucha que éste (el pueblo) hizo suya sacrificando a sus mejores hijos y llevando la iniciativa en el campo de batalla hasta rendir política y casi militarmente a los sectores en contra de quienes se organizaron sendas campañas que llegaron a durar más de una década como sucedió curiosamente en ambos casos.
  • 3) Ambos enfrentamientos armados o conflictos sociales si se prefiere, fueron al final resueltos mediante procesos de negociaciones políticas sobre la base de compromisos y acuerdos que excluyeron la participación directa de los verdaderos protagonistas cuya representación fue asumida por sus respectivas dirigencias en las Mesas de Negociación.
  • 4) En ambos, esos acuerdos o compromisos políticos para desmontar la confrontación que en el segundo de los casos alcanzó el nivel de una guerra civil, fueron suscritos en documentos que se convirtieron en futuras trampas con el afán de impedir el avance del proceso revolucionario en su respectiva época.
  • 5) Ambos procesos fueron traicionados por sus dirigencias, ambas dirigencias traicionaron los objetivos de esas gestas históricas, ambas dirigencias asumieron la conducción de lo que resultó de ese desenlace; ambas, sucumbieron ante el poder, marginaron a los verdaderos protagonistas de esas jornadas de lucha y consolidaron una alianza con los sectores de poder contra quienes se alzaron. Se encargaron no solamente de que no cambiara estructuralmente nada. Con lo que hicieron y lo que dejaron de hacer también postergaron futuros intentos de cualquier movimiento que pretendiera reorientar y salvar ambos procesos. Ambas dirigencias pues, terminaron traicionando el sacrificio de miles de ciudadanos que aceptaron sus convocatorias, haciendo también suyos los propósitos e ideales de construir una sociedad justa para ellos y las de las generaciones futuras.

Daniel Guevara, excombatiente del ERP | Domingo, 11 de noviembre de 2018.

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