Comparto unas líneas que se refieren al nombramiento del Papa Francisco y la coincidencia de que fuese en el mes de marzo tan cargado de historia martirial aquí en El Salvador que se eligiera al primer papa latinoamericano.

La tarde del sábado 12 de marzo de 1977, fue asesinado el sacerdote jesuita Rutilio Grande nacido el 5 de julio de 1928, en la Villa El Paisnal. La muerte de Rutilio Grande es de los hechos más impactantes de aquel período, ya que era asesinado un sacerdote, pero no era cualquier sacerdote ni su laboral pastoral era una labor enmarcada en la actividad tradicional de la iglesia católica.

Rutilio Grande cuestionó la jerarquía eclesial de su tiempo por la complacencia de esta, con los poderes económicos, políticos y militares prevalecientes, planteó que el evangelio debía de llegar a las masas campesinas, adoptó el método de Paulo Freire, para profundizar el análisis de la realidad, reivindicando el contenido de los documentos del Concilio Vaticano II, especialmente en cuanto a que evangelizar no era solo para la salvación de las almas, su planteamiento de una pastoral comprometida con los obreros y los campesinos era la ruta.

Es importante recordar que Rutilio Grande va a estar presente en toda la etapa efervescente de la organización popular de los 70, y en la zona donde la organización de los trabajadores del campo va a tener una incidencia fuerte en todo el proceso posterior a esto.

Es oportuno destacar que la presencia, el trabajo, la incidencia de Rutilio Grande es anterior a que Monseñor Oscar Arnulfo Romero fuera nombrado Arzobispo de San Salvador. El trabajo se inicia en el período de Monseñor Chávez y González.

Es Monseñor Romero, quien en ese devenir de la historia retoma el planteamiento de la Pastoral comprometida, del evangelio hacia los pobres, de la redención en el pueblo y es en otro marzo con fecha 24 que el más grande en la jerarquía eclesial salvadoreña y el salvadoreño más reconocido y homenajeado de la historia reciente del país, cae asesinado por su compromiso, por su fe, por su historia de denuncia, de cuestionar de poderes, identificado plena y absolutamente con los más débiles.

La memoria colectiva, nos lleva a encontrar una coincidencia con este marzo del 2013, otro acontecimiento vinculado a las jerarquías de la iglesia católica se ha presentado: el nombramiento del primer Papa latinoamericano en toda la historia del Vaticano. Más allá de la consideraciones sobre las particularidades del recién electo Papa, debemos reconocer el peso de la historia, de las luchas y de los mártires de nuestro país y de otros países de nuestro continente, donde la palabra evangelio y compromiso llegó a ser considerada como sinónimo de subversión, donde la opción por los pobres fue razón para la derecha de ordenar el asesinato para acallar las voces de varios sacerdotes e incluso de nuestro Arzobispo mártir.

En síntesis, recordar en marzo a los mártires nos lleva a vincularlos con la historia de marzo 2013 y a reconocer que las luchas de nuestro pueblo, que el sacrificio de nuestros mártires, abrió los cauces a los cambios, no solo en nuestro espacio geográfico, sino también en otros espacios más allá de nuestras fronteras. Debemos reconocer, Latinoamérica, sus luchas, sus procesos de cambio han obligado a que el mundo vuelva sus ojos a este continente cargado de historia y de futuro.

En el Diario de Monseñor Romero se lee con fecha 23 de octubre de 1979, sobre una invitación de Holanda para que el Arzobispo de San Salvador, viaje a ese país en diciembre para motivar una actividad ecuménica. En ese diario encontramos la cantidad de veces y lugares en las que Monseñor Romero, su voz, su planteamiento era toda una autoridad y un ejemplo para otras iglesias en el ámbito internacional, de lo que debía ser una pastoral de acompañamiento al pueblo. No debemos dejar que la historia oficial de la iglesia acalle la incidencia de nuestro gran pastor mártir en los cambios de los cuales hoy somos testigos.

La historia hoy nos pone frente a un hecho sobre el cual nos desafía a no ser pasivos, a que los cambios no se encarnen en una persona, que reflejen en los postulados sobre los cuales hay una cuota tan grande de catequistas, de servidores, de sacerdotes, de religiosas y de nuestro gran Pastor, los cambios deben recoger ese gran legado de Rutilio Grande, de Monseñor Romero y de otros, darles “Voz a los sin Voz”.

A lo anterior agreguemos dos reflexiones de Ignacio Ellacuría:

“Toda esta sangre martirial derramada en El Salvador y en toda América Latina, lejos de mover al desánimo y a la desesperanza, infunde nuevo espíritu de lucha y nueva esperanza en nuestro pueblo. En este sentido, si no somos un “nuevo mundo” ni un “nuevo continente”, sí somos, claramente, y de una manera verificable -y no precisamente por la gente de fuera- un continente de esperanza, lo cual es un síntoma sumamente interesante de una futura novedad frente a otros continentes que no tienen esperanza y que lo único que realmente tienen es miedo” . (1989) “Nosotros somos libremente parciales a favor de las mayorías populares porque en ellas negativa y positivamente está la verdad de la realidad”

 

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